miércoles, 6 de mayo de 2009

JADRAQUE


La moderna estampa que ofrece la villa queda bañada con todo su esplendor por la intensa luz de la media tarde, encajada en los bajos alcarreños o campiñeses adonde acuden las vegas vecinas para reunirse al pie del castillo. Diamante, por decir, anclado en mitad de grises horizontes, al que limitan en la misma dirección por la que silba el tren y repta el Henares los barbechos peinados y los campos de labor después del último cultivo. La vieja fortaleza del Cid al alcance de la mano y a ras nuestro cuando, lentamente, con la justa lentitud que aconseja el discurrir del camino e invita el paisaje, nos disponemos a descender hasta sus aledaños.
Las persistentes lluvias de noviembre hicieron el milagro de devolver el manar a la fuente de la curva, y, dando vistas al septentrión, las a abruptas cumbres de la sierra pasan frente a nosotros, recortando entre picos y collados de conocido nombre los horizontes fríos del fin de año. Suben y bajan por la ladera los escuadrones de los almendros y de los olivares, estampando en retazos de perfecta concepción geométrica la falda del cerro que se puso por corona los despojos de la antigua mansión mendocina. Abajo, la inmensa plataforma que riega el río, salpicada de choperas desnudas y de pueblos vaporosos, humeantes, donde la vida de los hombres y de los campos parece que se paralizó hasta el regreso de la savia.
Dejados atrás los hotelitos que hay a la entrada, las exposiciones permanentes de su moderna industria y el paraje urbano de los Cuatro Caminos, el sol baja a estrellarse en las piedras calizas de la ermita del Cristo por el camino de la Estación. Un puñado de ancianos dejan marcada su silueta sobre la pared, sentados en el poyo a la luz de la tarde. Son ancianos de visera caída que no hablan ni alzan siquiera la cabeza para mirar cuando alguien pasa. Las niñas, en cambio, saltan a la comba junto a ellos frente al campo de fútbol.
Hay una pequeña tienda abierta donde venden periódicos, tarjetas postales y artículos de regalo. El dueño de la tienda se llama Germán y es también fotógrafo. Cuando le pido una postal del cuadro de Zurbarán que hay en la iglesia, me dice que esa postal está sin hacer, que es preciso editar tiradas grandes para que sea rentable, y que Jadraque no da para tanto.
-Puede llevarse un par de vistas del pueblo con el castillo. Por el momento es lo único que tenemos.
-¡Ah!, pues muy bien. ¿Se lee mucho en Jadraque?
-No crea. En verano un poco más porque vienen los de fuera.
-¿Conservan todavía el mercado de los lunes?
-Sí que se conserva; pero ha caído mucho. Los animales ni siquiera los traen. Hacen los tratos y luego van con los camiones a los pueblos a recoger el ganado. Todavía viene gente, aunque mucha menos que antes.
Lo que sí se conserva, y en aumento quizás en la villa, es su tradición carnicera. Son, quiero recordar, ocho establecimientos los que funcionan con regularidad en ese ramo, aparte del consumo en los restaurantes que suelen adquirir la carne directamente de los productores.
Los cubos de garbanzos, de judías, las espuertas de cebollas y los sacos de patatas, se exhiben colocados encima de cajas vacías en la calle de Blanco Contreras. La casona solar de los Arias Saavedra nos trae a la memoria la estancia entre sus cuatro paredes del insigne escritor Jovellanos durante los años de la invasión francesa, en donde fue recibido igualmente el no menos insigne pintor aragonés Francisco de Goya.
Con su completo y bien atendido comercio, sus plazuelas recoletas y el regusto señorial de tantas viviendas teñidas por la pátina de los siglos, Jadraque tiene la traza de una pequeña ciudad adormilada, de una ciudad vieja que se hizo piedra por aquellas del destino. Los plomizos pináculos de la torre de la iglesia dan a la vista, por encima de la fuente dieciochesca de la Plaza Mayor y del nuevo edificio del Ayuntamiento, una impresión palaciega que recuerda en algo a las que se alzan sobre los cielos segovianos de San Ildefonso, pincelada rococó de los primeros Borbones, familia con la que la villa tuvo algo que ver allá por sus primeros tiempos.
En la Casa de la Inquisición, sobre cuya fachada campea desportillado el escudo del Santo Oficio, se alojó durante algún tiempo Isabel de Farnesio, segunda esposa del rey Felipe V; mujer vivaracha y ambiciosa que en este mismo lugar, en las históricas Conversaciones de Jadraque, mandó con viento fresco al otro lado de los Pirineos de donde había venido, a la influyente Princesa de los Ursinos, la que, no hacía tanto, había sido su protectora y confidente ante la Corte de Madrid.
La fuente pública chorrea por cuatro caños que soplan otras tantas caretas esculpidas sobre la piedra. Es una fuente hermosa y de correr abundante, con pilón octogonal, muy bien cuidada, y tiene una leyenda inscrita rodeando la copa por la que sale el agua. La leyenda fija el año de su construcción en 1761.
Don Andrés, el cura de Jadraque, autor de libros de viajes y de historias relacionadas con la provincia, está en el ameno comedor de su casa rodeado de papeles y sentado delante de la máquina de escribir. Es la primera vez que veo y que saludo a don Andrés Pérez Arribas, hombre sensacional, amigable y de erudito trato.
-Ando últimamente -me dice- trabajando sobre doña Mayor Guillen de Guzmán para una revista de la Diputación de Toledo. Hace un montón de tiempo que me lo pidió y así estamos.
Luego hablamos tranquilamente, y con libros de consulta que el sacerdote iba sacando acerca del castillo, de su construcción sobre el cerro y de la posible relación con el Cid de Vivar que conocemos.
-Ninguna relación. La Historia en ese punto es tajante y clara: el Cid jamás estuvo en Jadraque. El castillo fue mandado construir por el Cardenal Mendoza para su hijo Rodrigo, marqués de Cenete, que por habérsele metido en la cabeza que eran descendientes del Cid Campeador, le llamó Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, y luego le consiguió de los Reyes Católicos el título de conde de Cid, que es por donde le viene el nombre al castillo. Todo ello ya a finales del siglo XV.
Bajamos después desde la casa curato hasta la iglesia. Don Andrés, versado en Historia e insaciable admirador de las bellas artes, es el ideal cicerone para recorrer en su compañía la que en otro tiempo llegase a ser colegiata de Jadraque.
-El chapitel de la torre, como verá, quedó muy bien. Lo hizo don Juan José, el cura que tienen hoy en la iglesia de San Nicolás de Guadalajara. Son láminas de pizarra muy sólidas y muy bien puestas. Por cuanto a la iglesia, la portada es lo mejor que tiene.
-Raro estilo, ¿no?
-Mucho. No se ajusta a ninguna época determinada. La hizo un arquitecto de Sigüenza, oriundo de Navarra, que se llamaba Pedro Villa Monchalián, en 1669. Se ve que es posterior a la primitiva fábrica de la iglesia. Va como ajustada entre la torre y el contrafuerte.
Según me contó el párroco, el conjunto ornamental de su interior es relativamente moderno. Se mandó decorar a expensas de don José Gutiérrez de Luna, “El Indiano”, oriundo de Jadraque, hace poco más de un siglo. El primer retablo, dedicado a San Juan Bautista y desaparecido durante la guerra, había sido montado en 1739, mientras que el actual, de una luminosidad y de un dorado bellísimos, se trajo de la ciudad palentina de Frómista, y va complementado con columnas y aditamentos de escayola tratados con extraordinario primor.
-La verdadera joya es aquel cuadro.
-Ya lo creo. Aunque yo no dormiría tranquilo pensando en su seguridad.
-Desde luego. Lo que pasa es que, por ser de un autor tan importante, está registrado en todos los catálogos de arte y sería muy fácil de identificar. Es el antepenúltimo cuadro que pintó Zurbarán antes de su muerte. Está fechado en 1661 y lleva la firma.
La magistral figura del pintor extremeño representa la imagen de “Jesucristo recogiendo sus vestiduras después de la flagelación”, tema nada corriente en el arte religioso y, desde luego, un lienzo de valor incalculable, dada la personalidad y la fama universal del pincel que lo hizo.
-En esta capilla tenemos otro Cristo muy bonito. Es una talla del diecisiete. Se le atribuye, no sé por qué, a Pedro de Mena. Procede, según parece, del antiguo convento de franciscanos.
Y así es. Pocos rostros de Cristo muerto ofrecen el dramatismo, la sensación de dolor y de carne maltratada como éste de la iglesia de Jadraque. El labio superior acusa visiblemente el efecto natural de la hinchazón ocasionada por la violencia.
-Si se fija bien verá que tiene la dentadura completa y el paladar se deja ver por la boca entreabierta. Le dicen, mal llamado, el Cristo de los Milagros. No lo es. Aquel era otro que tenía su propia capilla y que también desapareció en el treinta y seis con las demás imágenes que faltan.
-Pues no deja de ser un interesante hallazgo.
-En tiempos le quitaron los brazos y lo emplearon en el sepulcro para la procesión del Viernes Santo.
En estas tuve ocasión de conocer y saludar al alcalde de la villa, Alfredo Granizo, quien con Carmen Villegas, la nueva secretaria del Ayuntamiento, pudieron mostrarme in situ todo lo que de interés se guarda en la iglesia.
La verja que cierra el presbiterio; la consagración del templo en 1871 por el obispo de Sigüenza don Francisco de Paula Benavides y Navarrete, inscrita sobre una placa que hay en la nave del Evangelio, y el Nazareno de la sacristía sobre lienzo del taller del Greco, nos lleva a concluir la visita con la tarde en penumbra.
Próximo a la porta de la iglesia está, en el centro de una plazuela mínima y silenciosa, el busto en bronce que el pueblo dedicó al poeta José Antonio Ochaíta con motivo de su muerte ocurrida en Pastrana durante las fiestas del Carmen de 1973, mientras sostenía, con el alma y con el corazón al mismo tiempo, toda la Alcarria entre sus manos. Bajo el busto de Navarro Santafé se lee: “Jadraque a su poeta José Antonio Ochaíta, 1905-1973”.
Con el pueblo envuelto en sombras se acrecienta el carácter misterioso de su arquitectura genuinamente alcarreña en las callejas escalonadas de más arriba. Las plazas recogidas doblan su interés arropadas por la oscuridad de los aleros viejos. El frío había dejado las calles desiertas. En el cruce de los Cuatro Caminos el autobús de J.Campos acaba de arrancar cuesta arriba con una docena de viajeros que van hacia la Sierra.
Una asomadilla ligera a la exposición de alabastros de Antonio Fernández puede ser ahora oportuna. En las nuevas instalaciones, nuestro hombre ha colocado varios millares de piezas decorativas, modeladas con la luminosa piedra de la comarca.
-Sí; el interés por el alabastro continúa en aumento. Ya se nos conoce en muchos sitios de España y la producción ha ido a más.
-¿Algo nuevo, Antonio?
-Siempre hay cosas diferentes. Hemos conseguido nuevas tonalidades en el color, la fuente de vaselina líquida, infinidad de modelos de columnas...
-¿Se siente satisfecho de vosotros el pueblo de Jadraque?
-Yo creo que sí. Le damos trabajo y cierta popularidad con lo que hacemos, y eso siempre va bien.
La otra particularidad que da fama a nuestro pueblo dentro de su variada gastronomía es el cabrito asado. Tengo muy cerca de aquí uno de los restaurantes jadraqueños más conocidos por su buen hacer en esta manifestación, nada desdeñable, de nuestros platos típicos. Unas leves impresiones de Mercedes Gregorio, cocinera especializada en el cabrito asado, mujer joven y discreta.
-Bueno; nuestros asados llevan un brebaje de hierbas aromáticas, tomillos del cerro del Castillo y un poquito de secreto profesional. Nada más.
-¿Definitivamente, la cuna del cabrito asado es Arbancón o es Jadraque?
-Yo tengo oído que la salsa vino a enseñarla un señor de Arbancón hace muchos años. Luego, Jadraque se la apropió y la ha hecho suya.
-¿Cuántos cabritos se vienen sacrificando habitualmente?
-No sé; unos sesenta a la semana. Cuando hay bodas y bautizos, algunos más. Depende mucho de la época.
-¿Sus mejores clientes?
-Los madrileños, desde luego. Madrid y sus alrededores. Guadalajara también, pero menos. Cuando es fiesta en Madrid, para nosotros es día de trabajo extra.
Y salimos de la nobilísima villa alcarreñocampiñesa en noche cerrada. Las estrellas de diciembre centellean en la bóveda castellana como puntitos de fuego gélido que paralizan los ya escasos deseos de tirarse al camino. Muy por encima de nuestras cabezas el cuarto creciente juega con las almenas del castillo en una visión única, romántica y medieval. Luego las luminarias en la noche de los diferentes pueblecillos que salpican los valles del Henares y del Bornova en serena y tenebrosa paz. Jadraque ha quedado a nuestra espalda, como sepultada en el hoyo, soñadora y soñada en la mano rugosa de tantos campos muertos.

(N.A. Enero, 1985)