jueves, 14 de mayo de 2009

LUZÓN


En el viaje de hoy he sorprendido al pueblo de buena mañana. Cuando antes de llegar a él se da vista a la fecunda vega que riega el Tajuña a poco de nacer, el pueblo se descubre en silen­cio, viejo y señorial, sobre una ligera ondulación del terreno, restallando los rayos del primer sol en las torres y en las oji­vas de los Escolapios, tiñendo de un color encendido los sillares de arenisca que conforman el monumental campanario de la iglesia.
Si la tradición no nos engaña, y en este caso nada hay que in­vite a sospecharlo, en el valle que tenemos delante los ojos debieron instalar su cuartel general las antiguas tribus de lusones, pueblo celtíbero que, veinticinco siglos atrás, ocupó por estas latitu­des una faja extensa de tierras de la Meseta cuya capitalidad pudo estar situada en el actual pueblo de Luzón o en sus inmediaciones El pueblo está encajado entre cerros ásperos, de piedra rojiza, que se manifiestan a su alrededor en roquedales pintorescos, erguidos allí como vigías que velasen desde sus puestos en el Alto de ­las Peñas, en Los Frailes o en La Veracruz, el sueño de los hombre, intentando conservar de una vez por todas la paz de la vega, en tantas ocasiones alterada por latigazos de la historia, desde que sus primeros pobladores tuvieron a bien instalarse en aquel escogido lugar.
Ya dentro me sale al paso la colosal fuente de Luzón con nueve caños de manar abundante, muy cerca del cauce del Tajuña cuyas a­guas juntan aquí, en la puerta principal, por la que se entra, des­pués de haber atravesado una calle estrecha con sabor medieval, a la Plaza Mayor. La plaza de Luzón se despereza a la sombra de la torre. Una placa conmemorativa, clavada sobre la pared del ayunta­miento, recuerda que allí nació el insigne historiador don Francisco Layna Serrano, nombre que el pueblo ha dado tambien a una calle contigua que viene a morir a la plaza.
-Vivió muy poco tiempo en el pueblo. Su padre estaba aquí de médico cuando él nació, pero se debieron ir pronto.
-¿Tuvo don Francisco trato frecuente con ustedes?
-Sí, y muchos detalles. Cuando iba uno del pueblo a operarse de la garganta o de lo que fuera, con un papel del ayuntamiento diciendo que era de Luzón, lo operaba gratis.
Los hombres de la calle del Arrabal se salen al sol junto a las tapias de los huertos. Las campanas de la iglesia dan el primer toque para la misa del día. Por las callejuelas de los barrios altos invitan a subir las sombras y las piedras. Luzón, a pesar de que la gente que allí vive no se dé cuenta, es un pueblo cargado de encantos, suelo ideal para leyendas desconocidas, para luchas encar­nadas, para amores románticos cuando el mundo vivía algo más que de pan y de circo.
Del ayuntamiento s ale un señor que, por el porte, me pareció el secretario. Y lo era. El secretario de Luzón vive en Ciruelos, se llama don Samuel Rubio y atiende también los quehaceres administrativos de Alcolea del Pinar. Fue un hallazgo estimable el dar con don Samuel. En compañía del secretario se anda por el pueblo con mayor soltura, como si todas las puertas se fueran abriendo al paso de par en par.
-Es un pueblo antiguo. En tiempo de los celtas esto debió tener mucha importancia. El nombre de Luzón viene de “lusón”, que, según parece, fue el pueblo que fundó todo esto. Hace poco hemos descu­bierto algunos restos de un castro antiguo, bien cerca de aquí.
-¿Quedan documentos de la historia de Luzón?
-De aquella época quedan las piedras, que no es poco, y de tiem­pos posteriores sí que hay cosas. Aquí tenemos documentos de cuando la ocupación de los franceses, por ejemplo, con datos de lo que ca­da vecino tenía que aportar para el sostenimiento de las tropas. Para sacar más dinero, los franceses cogían y secuestraban a uno de aquí y se lo llevaban a Molina; luego pedían lo que les parecía bien por el rescate, y el pueblo a pagar. Fue preciso vender muchos huertos para sufragar gastos. Lo liberó, según consta, el Señor General Castaño.
-¿Qué población tendría por entonces?
- Entonces andaría muy cerca de las dos mil personas.
- ¿Y ahora?
- Ahora tiene, exactamente, ciento ochenta y cuatro.
En la Plaza Mayor se están dando los últimos retoques a una casona acabada, de construir. Es una sólida obra de piedra, muy grande, acorde con el estilo medio de la arquitectura local. El edificio estará dedicado a centro cultural y de recreo, y es, por las circunstancias que han concurrido en su construcción, el símbolo del buen entendimiento y del quehacer comunitario del pueblo.
- Se ha hecho todo con la aportación personal de la gente; más aún de los que viven fuera. Aquí se daban cita los fines de semana y en poco tiempo se ha hecho. Se pondrá bar, salas de juegos, biblioteca pública, en fín, un poco de todo para que la gente tenga adonde ir. Hay que inaugurarlo en seguida.
Subimos charlando hasta la capilla y el viejo colegio, hoy aban­donado, que dicen Los Escolapios. Es un conjunto magistral, de pul­cra estampa, de piedra labrada, con ventanales, portada y rosetón góticos. En realidad, Los Escolapios son una fundación debida a don Juan Bolaños, hijo de Luzón y canónigo que fue de Málaga.
- La capilla está cerrada; pero por dentro es preciosa. Ahora se va a retocar un poco. En esa otra parte han estado siempre las es­cuelas.
Sin dejar para nada las calles en cuesta de Luzón, casi todas pavimentadas de cemento, volvemos a la plaza. Don Samuel me llevó hasta el molino en el paraje que dicen de Las Presas, río abajo. A la altura de la fuente encontramos al alcalde, don León Hernando. Me dice el alcalde que la vega del Tajuña vale un imperio, que da mu­chas patatas, pero que hay que trabajarlas. En las aguas clarísimas del río se baña un perrillo ratonero que se va dando respingos por el camino del cementerio, delante de nosotros.
- Allá abajo, por la Piedra Horadada, empieza lo de Anguita. Allí se mete el río por debajo de las piedras, igual que si se lo traga­ra la tierra, y luego vuelve a salir, como en Ruidera.
La concesión de aguas al molino de la Puerta de la Dehesa data de tiempos del rey Alfonso el Magnánimo, y así consta en un perga­mino que su actual propietario, don Samuel Rubio, conserva en la habitación destinada a biblioteca. El molino, que por su disposi­ción y utillaje todavía recuerda el fin con el que se hizo y para el que se debió emplear durante muchos años, es hoy un lugar para­disíaco enclavado en plena vega; amable estancia de recreo formada por huerta, piscina y palacete para vivir. En el molino hay varias fuentes de agua fresca, adornadas con esculturas románticas sacadas de los clásicos y mucho silencio. Apenas si se oye en aquel fabuloso rincón el caer de las aguas y el canto mañanero de los pájaros que acuden a los frutales de la huerta. En el estanque se deja ver por un instante el banco de truchas que corren endiabladas hasta ocultarse entre el agua turbia del fondo.
-Las hay hermosas, ¿verdad?
-Si, algunas son grandes. Lo mejor que tienen es que son de la clase común, o sea, de las truchas originarias del río. ­
Por el mismo camino del Cementerio y de San Roque se vuelve al pueblo. La iglesia parroquial está abierta. Tiene una portada rena­centista de piedra enferma, muy bonita, bajo un pórtico al que adornan varios rosales amarillos y otros de rosas rojas, manzanillas y hierbabuena. En la iglesia está celebrando un sacerdote metido en edad y oyen mi­sa una docena de mujeres en silencio. La iglesia de Luzón es oscura; tiene doble cúpula y un retablo monumental, bien dorado, que preside una imagen centenaria de San Pedro revestido con los ornamentos pon­tificios. Un órgano en el coro y varias capillas laterales, concluyen con lo ya dicho mi recuerdo de la iglesia de Luzón y que me gustaría visitar de nuevo con mayor detenimiento. La patrona, Nuestra Señora de la Peña, cuya festividad conmemora el pueblo en el mes de septiem­bre, tiene su ermita en la parte más alta de Luzón, mirando al valle que fertiliza el Tajuña.
De estos lugares venerables, perdidos en cualquier escondrijo de la provincia, uno acostumbra a salir en silencio. El peso de la historia anonada sin que uno apenas lo advierta. Es el legado justo, el tributo de respeto y admiración a lo que pudo ser, o fue, escenario en donde se representaron los primeros pasajes del drama particular de nuestra propia raza.

(N.A. Agosto, 1982)