sábado, 23 de mayo de 2009

MATARRUBIA


El pueblo queda situado a la margen izquierda de un arroyuelo de invierno que lleva su mismo nombre, ya en la vega del Jarama acaba­dos de pasar los llanos trigueros de la Campiña.
Sorprende al entrar la extrema magnitud de la torre parroquial y del templo entero, recibiendo en la cara plana del campanario los soles directos de la media tarde. En seguida la plaza descarnada del ayuntamiento, con su piloncillo central y una fuente de grifo que se limita a funcionar tan solo cuando se le pulsa. La fachada del ayun­tamiento es la de un edificio reconstruido, típicamente campiñés, imitando en su forma y en su contextura, los tradicionales palacetes de la comarca levantados con ladrillo rojizo allá por los viejos tiempos de la decadencia. Dos, tres calles, parten de la plaza en direc­ciones distintas que uno deberá recorrer con meticulosidad, captando como siempre una impresión general que le pueda ser válida.
A la sombra del ayuntamiento hay sentada una anciana pequeñita que se apoya en su bastón. Como todas las ancianas de todos los sitios, la abuela Baldomera es pronta para ponerse en conversa­ción con el recién llegado, despreocupada, sin prejuicios. La abuela Baldomera, con sus ochenta y siete encima, vive al margen de insegu­ridades y de gentes con perversa intención.
- Buenas tardes tenga usted ¿Qué hace ahí tan solita?
- Pues mire, esperando a mi sobrina, la del bar, que no está en casa. Es como si fuera una hija, sabe. ¿De donde viene usted si no está mal la pregunta?
- De Guadalajara.
- Ah, pues allí tengo yo una hija, y un nieto que trabaja de pes­cadero. A lo mejor los conoce usted.
- No creo. Sería demasiada casualidad.
- Este es el ayuntamiento. No sabe lo hermoso que es por dentro. Si quiere se lo enseño. Mi hijo se llama Jerónimo y es el alcalde. Ahora está trabajando en una obra, por aquella calle de detrás.
- Lo veré todo, no se preocupe. Acabo de llegar y prefiero quedar­me un ratito aquí, sentado a la sombra, con usted.
- Como quiera. Yo lo peor que tengo son los pies. Los años aún los llevo bien, pero los dichosos ojos de pollo me hacen pasarlo mal.
Por la calle contigua de la Posada se llega en un instante a las choperas del arroyo. Un soberbio hierbazal descontrolado da paso al puentecillo de hormigón que cruza el arroyo seco. Al otro lado está el lavadero, seco también. Un almacén de barro depositado en el fon­do de las dos albercas que en mejores circunstancias debieron servir para lavar la ropa y, ahora, se han convertido en el blanco del abandono, umbroso e inhóspito covachín extramuros donde alguien, con poco sentido de la responsabilidad y escaso gusto, se dedicó a estampar cascotes de botella con el consiguiente peligro. En el ramaje de la chopera no cesan los jolgorios del ruiseñor, templados por la brisa que sopla de la vega. De tarde en tarde, suenan por 1as huertas vecinas los impactos de la legoncilla al chocar con la tierra. En los corrales casan bajo la barda los Guijarros con el adobe, dando lugar a gruesos lienzos de pared que lo resisten todo. Las gallinas, mien­tras tanto, escarban medio despistadas buscando entre la hierba los gusanillos o los incipientes granitos de cereal que en verano aparecen por cualquier sitio sin saber cómo. Poco después volvemos a la plaza.
- No hay demasiada animación en Matarrubia. ¿Qué es lo que pasa?
- No pasa nada. Es que somos pocos.
- Venía yo con la idea de que era un pueblo mayor.
- Antes si. En tiempos tuvo cien vecinos o más. Pero, lo que es ahora, no sé si quedaremos en todo Matarrubia cincuenta personas mal contadas. Los viejos dicen que antes fue una villa grande, luego y que hubo una guerra, se destruyó y se quedó en pueblo. El término es de los mayores que se conocen. Lindamos con un montón de pueblos.
- Pues vaya plan.
- Aún tenemos buena fiesta. Este año trajo la Diputación una ronda­lla y todo.
- ¿Cuando fue?
- El día 3 de mayo. Aquí se celebra el Santo Cristo. Ahora se busca que sea sábado, si coincide con el día 3 mejor, pero si no, puede ser dos días antes o después. Hay que buscar el acomodo de la gente.
Quiero recordar que se llamaba doña Paulina Santamaría la mujer que me contaba todas estas cosas mientras hacía punto sentada a la puerta de su casa en la calle de la Posada. Allí mismo conocí a otra mujer muy simpática, doña Gloria Dolores, y a un hombre que se llama Ángel, Ángel García Esteban. Según me contaron son todos de la misma familia, de una rama importante del vecindario de Matarrubia, en donde la abuela Baldomera significa, viva aún, un tronco venerable, asido a la raíz casi en línea directa por la yema octogenaria de sus muchos años. En atención a ella accedimos con gusto a entrar al impecable edificio del ayuntamiento.
- Tenía razón la abuela. En un pueblo así no es nada corriente el encontrarse con un edificio tan hermoso.
- En cambio, las calles ya ve. Todo no puede hacerse al mismo tiem­po, ¿no le parece? Solo tenemos arreglado un barrio.
Se entra por un pasillo elegante, limpio y muy fresco, con puertas de buen estilo castellano a derecha e izquierda y una escalera pala­ciega para subir. Mis acompañantes me van enseñando, una por una, to­das las dependencias del edificio: los servicios, la sala de consulta médica, el sa1ón de sesiones, todo en el piso bajo.
- Con los pocos que son ustedes, el sa1ón no se verá lleno nunca.
- Qué va. Cuando vino el señor Obispo y nada más. Para la fiesta no se les deja entrar porque los jóvenes son muy poco cuidadosos, si entrara todo el mundo sería el caos.
En el piso alto del ayuntamiento están los despachos y dependen­cias dedicados a secretaria y archivo. Como parece ser que todavía no ha habido tiempo material para ponerlo en funciones de puro nuevo, se nota la falta de mobiliario adecuado y los papeles y archivadores en las estanterías se ven un poco revueltos.
- ¿Qué dicen los que vienen a verlo?
- Nada. Se van todos encantados de lo bien que está.
-¿Tienen ayuntamiento propio o están anexionados a otro?
- No, es ayuntamiento nuestro, con nuestro alcalde y todo. El se­cretario viene desde Guadalajara.
Por la calle de Enmedio pasamos a saludar a Jerónimo, que como me contó su madre estaba trabajando de ayudante de albañil en una obra. Me pareció un hombre correctísimo y servicial, lo mismo que todas las personas con las que acerté a dar en Matarrubia. Salí con la impre­sión de que al alcalde le hubiera gustado venirse con nosotros a ver el pueblo, pero, el trabajo está por encima de cualquier cumplimiento e hizo bien en quedarse. Otra señora, María Serrano, nos dejó la llave de la iglesia y me pre­guntó muy interesada si era yo de la urbanizaci6n. Cuando le dije que no, insistió en que, fuera quien fuera, a ver si les podía conseguir un millón para arreglar la iglesia.
- Sería una buena acción, ya ve usted, que falta le hace.
- Qué más quisiera yo, señora. Si estuviera en mis manos... Se ha confundido usted, lo siento.
Desde el pretil, el pueblo abajo parece otra cosa, con las lade­ras de rebollar como fondo y las cárcavas desgastadas por la lluvia torrencial de muchos años que los del pueblo reconocen -leyenda de por medio- como la Terrera del Diablo.
La iglesia es un edificio verdaderamente monumental, de altiva espadaña y paredones de mampostería y guijarro sostenidos por contrafuertes todo alrededor. Sobre uno de ellos se ve un reloj de sol y una fecha escrita: 1713.
- Con ese reloj nos guiábamos para saber la hora cuando las eras.
La portada sur es una bella muestra, algo deteriorada, del arte renacentista. La portada sur, por lo que me dicen, se pasa la mayor parte del año sin utilizar.
- Se entra por la otra puerta, la de debajo de las campanas. Por es­ta es por la que sale el Cristo el día de la fiesta.
A pesar de su voluminosa estampa exterior, la iglesia de Matarrubia tiene una sola nave, carece de retablo mayor en el presbiterio que su­plen con una imitación mediocre de pintura sobre la pared frontal, pre­sidida por la imagen de San Bartolomé Apóstol.
- Mire, en este altar tenemos al Santo Cristo de la Agonía. Es muy milagroso. Dicen que una vez vino una plaga de langosta, sacaron al Cristo y se retiró en seguida, Desde entonces lo pusieron en el pue­blo como patrón.
- Ya; pues la imagen se conserva muy bien.
- Es que lo tuvieron que repasar un poco. Mientras la guerra hubo que esconderlo en una cueva con los otros santos y se estropeó bastante
- Me parece todo muy bien. Aquí tienen un Niño Jesús muy bonito, con su bandera como el Niño de la Bola, pero sin bola.
- Eso no lo sabemos. Nosotras siempre lo hemos visto así. Para el domingo de Resurrección se saca con la Virgen de los Remedios y se ha­ce una procesión muy bonita, con sus reverencias y todo. Aquí le de­cimos el San Juanillo.
- Muy grande se me hace la iglesia. El coro se conserva muy bien.
- Pues mire, en la fiesta mayor y en los entierros aquí no se cabe. En lo que va de año ya se han muerto seis. Menos una chica de cincuen­ta años, los demás eran ya viejos, así muy amigos. En el pueblo deci­mos que se han ido muriendo de pena unos de otros.
Poco más nos resta que ver después de lo mucho que mis amigas, do­ña Paulina y doña Gloria, tuvieron a bien enseñarme de Matarrubia. Al final me hablaron del jolgorio popular en las eras cuando sus años mo­zos, y de la falta de alegría que padecemos hoy, que la gente se ha hecho egoísta y por ese camino no se va a ninguna parte. Por uno de los ventanucos de la vieja escuela, se ven desordenados y cubiertos de polvo los pupitres bipersonales en los que se sentaban los niños del pueblo cuando los hubo. Los cuadros de las paredes ponen al 1óbrego panorama de la sala de clase una nota amarga que rememora tiempos de añoranza que, dando la razón al poeta, hay que admitir que no fueron peores.
Y en medio de todo, Matarrubia. Un pueblo simpático y con ganas de vivir, habitado por gentes amigables y dadivosas donde uno cosechó, a falta de nada mejor, un cúmulo de recuerdos inmejorables que con­serva frescos como el primer día.
(N.A. Agosto, 1985)