viernes, 22 de mayo de 2009

MASEGOSO DE TAJUÑA


En Masegoso las casas son iguales. Ya no es el pueblo el mismo de hace cincuenta años; aquel donde nacieron y pasaron su juventud los pocos viejos que ahora toman el sol sentados en los escalones de hormigón o de piedra labrada, y pasean en las mañanas de verano a la sombra de los soportales en los que no aparece lo antiguo ni lo pintoresco de los demás pueblos, lo trazado caprichosamente por la mano de los siglos en esa anarquía de líneas que tiene lo rural, sino las formas geométricas de academia, nacidas en una mesa de despacho, y, desde luego, la pulcritud. En Masegoso, la Guerra Civil dio al traste para siempre con el sabor rancio de la primitiva vi­lla, reduciendo a escombros extendidos por la solana que mira al Tajuña todo su tipismo, enterrando entre el polvo de la metralla toda esperanza de supervivencia y hasta las mismas ganas de vivir para dos centenares de alcarreños de hace casi medio siglo. Masegoso, como Gajanejos y algunos pueblos más de la comarca que corrie­ron la misma suerte, contrastan en el conjunto general de los pue­blos de su categoría, y que son, como bien sabemos, un porcentaje elevadísimo de los que conforman en su totalidad el mapa regional de ambas Castillas. Pero...¿cómo son sus gentes?, ¿qué dicen?, ¿de qué manera piensan?; ese fue el motivo principal que, en esta oca­sión al menos, hizo perderme un día más en la rugosa piel de la Al­carria, más triste que otras veces, más gris si cabe, más huraña, aletargada bajo la débil luz de un sol de invierno.
Creo que no haga falta decir que el único valor por el que me­rece la pena terciarse la manta y tirarse al camino -más cuando las condiciones, como ahora, no son favorables- es por el hombre. El hombre, sí; que, aunque pudiera sonar a frase manida, es el alma del pueblo, su propia vida, su único movimiento. La ocasión es óp­tima para comprobarlo en los pueblos vacíos: pueblos inanimados, sin latido del corazón, pueblos muertos que el tiempo se encargará de reducir a tierra de nuevo como a uno mas de los cuerpos sin vi­da de cualquier mortal. He sentido a veces la tentación de pasar una tarde en cualquiera de estos pueblos muertos, y si no lo hice fue por la imposibilidad manifiesta de llevar a los lectores la fuerza del calor humano; pero la idea ha vuelto a renacer y es hasta posible que lo haga algún día.
Cruzo el pueblo sin parar en un primer vistazo, como si quisie­ra recoger todo lo que es Masegoso con una sola impresión. Atrás queda la zona residencial que hay en el ángulo con la carretera de Brihuega, el lavadero público y la plaza. Más tarde los recorreré, paseándolos tranquilamente, uno por uno.
El casco urbano acaba en una explanada abierta al campo que tienen rotulada como Plaza del Frontón, o calle de doña Petronila Ri­vadeneira, según la esquina que prefiramos tomar como referencia. En la Plaza del Frontón, limpia, soleada, parece como si se hubie­ra concentrado toda la luz y todo el aire de la Alcarria. No hay nadie. Al rato veo salir a un hombre de una cochera. El hombre viene ataviado con un mono azul y se pone a rascar el barro seco de las vertederas enganchadas en la trasera de un tractor pintado de rojo. Nuestro amigo de la Plaza del Frontón se llama Dionisio, Dionisio Villalba. Es un señor metido en edad, de risueño aspecto, trabajador incansable y, tal como saqué como conclusión de sus propias palabras, labrador empedernido. Antes, agarrado a la esteva, a bordo ahora de su flamante "Massey", a don Dionisio se le escapan los ojos de­trás del apero; la labranza es toda su vida.
- Además de verdad, y que no lo puedo remediar. Cuando veo a uno labrando, si puedo me acerco a ver, y, si no, por lo menos me paso un rato mirando cómo lo lleva. Antiguamente, con las mulas me pasaba igual, y si son 1os aperos, en seguida voy a ver las ventajas ­que tienen, o a ver las faltas que les puedo sacar. Digo yo que si la agricultura para mí será como una enfermedad.
- Ah, pues el otoño este año no ha ido nada de mal, el pasado fue un desastre.
- Pues le voy a decir una cosa: por aquí, los años de mucha llu­via nunca son buenos. Cuando los embalses y las fuentes cogen agua: ¡Malo! La cosecha se nos pudre. Este terreno va mejor con cuatro gotas: la justa para nacer y un poquito de humedad para ir tirando, pero muy poca.
- Echarán de menos el pueblo antiguo, ¿verdad?
- Pues no. No se puede comparar. Este es mucho mejor. Al princi­pio la gente andaba reacia, pero no porque no le gustara, sino por­que había que abonar seis pesetas al mes y no nos parecía bien pa­garlas. Nos hemos acostumbrao a él y cuando vamos a los pueblos de los alrededores, nos extrañan.
- Y todo porque en la guerra no quedó nada.
- Nada. Esa casa de ahí y las cuatro paredes de la iglesia. Sólo las paredes, porque el techo se puso después. Nos evacuaron de aquí a todos los vecinos a vivir en los pueblos limítrofes, donde nos quisieron recoger. Después de la guerra cada cual se vi­no como su madre lo parió, sin nada de nada, a labrar las cuatro tierrecillas y a esperar a que nos dieran las casas en el plan de Regiones Devastadas, pero eso ya fue para el año cincuenta o más tarde.
- Las casas ya son de ustedes, ¿no?
- Claro que son nuestras. Desde hace mucho.
- ¿Y las tierras?
- Las tierras también. Antes pertenecían la mayor parte a los du­ques de Medinaceli. Yo he oído decir que desde aquí había que llevar la renta a tierra de Soria todos los años. Luego ya pusieron un ad­ministrador en Cifuentes y cobraban aquí. También fueron dueños los Azagras, que de esa familia creo que era doña Petronila Rivadeneira, a la que le dedicaron esa calle. Esa mujer dejó mucho dinero ingre­sado para que los intereses fueran a parar a las mozas nacidas en Masegoso cuando se casasen. Pasó el tiempo y ya nadie sabe que fue de ese dinero, ni donde estará. Las tierras las compramos los del pueblo después y son nuestras.
En el Masegoso que yo he visto quedan todavía más del centenar de personas, sin un horizonte nada claro por el que se vislumbre una posible, lenta pero posible repoblación con el tiempo. Una se­ñora enlutada, joven aún, que lleva cogida de su brazo a una chiquilla por la calle Real, me habla al preguntarle por la vida del pue­blo en un tono de aparatosa protesta, de indignación, de dolor tre­mendo que la mujer ha debido sufrir en sus carnes, seguramente.
- Lo peor que pudieron hacer en el pueblo fue quitarnos a los niños. El año que se los llevaron a Cifuentes había treinta y dos; al año siguiente, no quedaron en el pueblo ni niños ni padres. Ahora no sé si quedarán en el pueblo un par de ellos. Eso ha sido ayudar a que no quede nadie, a convertirlo otra vez en un desierto. ¡Maldita la mano ne­gra de quien sea la culpa! Sí señor; que a una le hacen ponerse así aunque no quiera.
Sólo en contadas ocasiones, y no desde cualquier sitio, es posible sorprender a la Naturaleza sumida en aquel mutismo que na­da más poseen las cosas sin vida, en aque­lla serenidad augusta con­que se contempla desde el pórtico de la iglesia. Abajo, el uni­forme caserío del pueblo nuevo, dibujando desde sus tejados el leve desnivel donde se asienta, con sus calles rectas, sus ángulos precisos, como medidos a tiro de cartabón. Detrás, la fértil vega del Tajuña, por la que el río desciende escondiéndose entre los ca­rrizales se­cos que crecieron en los márgenes de su cauce; y como fondo co­mún para todo aquello, las ásperas sinuosidades de la Alcarria, mondas y frías, rezumando sudo­res de muerte hasta la lejana resu­rrección que vuelva con el mes de abril. Por el poniente, en el altillo que aquí dicen Las Viñuelas, infinidad de viviendas ajardinadas se yerguen en la loma, como otro pue­blo distinto, paralelo y más confortable aún en apariencia que el propio Masegoso.
En el restaurante de la carretera soplan con toda su fuerza las máquinas del café. Nos sirve una chica con gafas y una señora más bien gruesa. La gente que viene de paso, o que va, coincidiendo con el fin de semana, toma copas de coñac y vasos humeantes de café con leche.
El agua del lavadero produce escalofríos. Una señora termina de lavar su cubo de ropa. La mujer lleva las manos amoratadas y los dedos rugosos, comidos por el frío. Dice que tiene lavadora, pero que le hace ilusión echar de vez en cuando la ropa a la corriente y acla­rarla con aquella hermosura de agua tan limpia. Me contó la señora del lavadero que el patrón de Masegoso es San Bernabé, cuya fiesta han celebrado siempre el día 11de junio, y San Martín, el del verani­llo, el 11 de noviembre.
- San Martín es un santo muy elegante. Seguro que lleva caballo.
- Sí que lleva caballo, y capa. San Martín también lleva capa. Pero ¿sabe lo que pasa? , que los han castigado a los dos.
- ¿Cómo ha sido eso? Parece una desconsideración.
- Y lo es, sí señor. A los dos los han quitado de su día y los celebran juntos en agosto. ¿Qué le parece?
- Qué se yo. Habrá sus razones, supongo; pero en principio a mí no me parece bien, ya ve usted.
La vistosa plaza de Masegoso está desierta. Como no hay niños que corran por ella, la hierba crece a placer en el suelo cuadra­do, al que cercan dos filas de soportales abiertos en arcos y preside el magnífico edificio de la corporación, modelo en su clase de la arquitectura funcional de la posguerra.
El encanto del pueblo, que lo hay, está en ser diferente. Masegoso es sobre todo un pueblo atractivo, con cierto aire de pequeña ciudad despoblada. Sitio cómodo en el que todo el mundo vive a gusto y que, a pesar de los pesares, corre la misma suerte que los de­más. Una nota diferenciadora en plena solanilla de la Alcarria. Un cuerpo que rebosa juventud y un alma curtida por el trabajo y por la penuria de la vieja Castilla.

(N.A. Enero, 1983)

1 comentario:

CRIS dijo...

Masegoso de Tajuña, uno de los pueblos más curiosos de Guadalajara,merece la pena visitarlo.