viernes, 8 de mayo de 2009

LARANUEVA


Cuando dejas la carretera general, el alminar castillero de La Torresaviñán -tarde clarísima de finales de año- pone en el horizonte una imagen casi perfecta de lo que pudo ser la España medieval, sedi­mentada por el suceder de los siglos en piedra conmemorativa, que ape­nas sirve para algo más que para evocar tiempos legendarios que nadie conocimos y para dejar, mientras que el mundo es mundo, la gracia de sus ruinosos muros sobre el otero.
Por La Fuensaviñán los cuervos beben el agua estancada de las cu­netas, mientras que las ovejas madres y los corderillos completamente blancos carean y retozan por el prado de las eras. Una señora los guarda sentada al sol escondida detrás de unas piedras. Ya en Laranueva, una cruz mortuoria de cemento sobresale por encima de las tapias del camposanto.
Al pueblo lo encuentro como cabía esperar, sólo y sumido en un silencio profundo bajo el sol limpio, con las ropas tendidas a secar en las cuerdas de las fachadas por la plaza del Juego de Pelota. La furgoneta de un comprador de lanas que había venido de Zaragoza arran­ca y se va. En la plaza nada más quedan que los cuatro olmos viejísi­mos, moribundos, con el corazón repleto de piedras. En nuestros pue­blos, cuando el corazón de los olmos se consume de puro viejo, se sue­le rellenar el hueco con piedras y cemento para que no se caiga. La triste corteza pondrá luego de su parte todo lo demás, realizará el milagro para que en abril las hojas vuelvan a salir con fuerza.
-Bueno, pero eso era antes, porque ahora los olmos si no se mueren de viejos se mueren con la enfermedad.
La plaza del Juego de Pelota en Laranueva comunica con la carrete­ra y con el campo directamente.
-Pues aún le dio algo de vida al pueblo cuando hicieron la carretera.
-Las calles de toda esta zona están cementadas y limpias. Sobre una vieja portona, claveteada toda ella de tanto poner avisos, hay un folio de papel que recuerda a los vecinos la obligación que tienen de avi­sar al veterinario veinticuatro horas antes de la matanza del cerdo.
-Es que la gente, si no se le recuerda, hace lo que le da la gana., y con las cosas de comer no se debe jugar. ¿No le parece usted?
-Ya lo creo.
- En Laranueva hay algunas casas de buena piedra y de florido herra­je en las que nadie vive. En la plazuela del Camino de las aras hay dos viviendas contiguas que tienen sobre el dintel anagramas piadosos y las fechas de 1603 y 1731 respectivamente. Los tres o cuatro vecinos del barrio se encuentran tomando el sol sentados sobre los poyos de pie­dra.
-Jesús hecho Hombre Salvador, quiere decir eso que pone ahí -me explican. Esas piedras de las puertas duran más que los hombres y que los olmos. Cualquiera sabe cómo las podrían subir con la de kilos que deben pesar.
- ¿A quien tienen por patrón en Laranueva?
-Aquí hacemos la fiesta al Santo Cristo de Lara. Se celebra siem­pre el 14 de septiembre.
-¿Y qué suelen tener ese día?
-Nada. Una mala música y vale. Este año aún trajeron cuatro o cin­co músicos.
-Algo es algo.
-Tocaban muy mal los condenaos. No llevaban bien el asunto. Cada uno iba por su sitio. Cuando uno andaba por Torremocha el otro te salía por Renales. La cosa es meter ruido.
-Pues qué bien están aquí. No dirán que les molesta nadie.
-Eso sí. A ver si nos quieren arreglar también estas calles de atrás. Los vecinos del Camino de las Eras se llaman Lorenza, Narciso, Julio Y Ángela. La última es más joven y vive en Alcalá.
Después me cuelo por los callejones de las eras hasta la plaza. La hierba crece entre las piedras de las casas como en pleno campo. Por algunas de las casas se ven esgrafías en la pared, dibujos toscos sobre ­el cemento de revoque representando soles y animales irreconocibles. La costumbre está muy extendida por la zona. Llego al instante a la plaza del pueblo, pequeñita más bien y recoleta. Está en obras.
-Pues sí, algo se está haciendo. Nunca falta algo que hacer.
-Pocos son en el pueblo por lo que veo, ¿verdad?
-Muy pocos somos, si es verdad. Treinta personas escasamente. Cuando yo era chico, tengo oído que éramos 207.
-¿Cómo se llama usted?
-Me llamo Jesús Puente Sebastián. Soy el alcalde pedáneo. Laranueva pertenece como ayuntamiento a Torremocha.
El alcalde me ha parecido un señor simpático y muy servicial. Me ha reconocido en el momento de saludarle y me acompaña gustosamente por el pueblo como guía. Por el callejón que nos acerca hasta el vallejo de las Cinchadas veo cómo el ladrillo sustituye a las pesadas losas de piedra que usaron los antiguos, ahora tiradas por el suelo.
-Pues por toda esta parte más vieja dicen que estaba lo típico del pueblo, a la salida del sol. Con hacer la carretera, el pueblo se fue a la otra parte. Ahora es esto lo más ruinoso. Las fuentes se ven allá abajo.
-Parece buen terreno.
-Sí, aquí hay buen campo. Todo esto de las Cinchadas y lo que sigue más abajo es lo mejor del término.
Nos asomamos desde las Peñuelas a ver las dos fuentes y el lavadero. No bajamos, las vemos desde lejos. El soniquete continuo de los chorros pese a la distancia, sube hasta nosotros. Desde las Peñuelas a estas horas de la tarde el panorama es hermoso y de un encanto simpar.
-En los pilones de las dos fuentes se servían de agua las mulas. Ya nada. En todo el pueblo no hay mas que una burra.
De subida con dirección a la iglesia, Jesús me habla con no poco en­tusiasmo de la mejor virtud que el pueblo de Laranueva tuvo de por vida
-Era el pueblo más alegre de toda la comarca. Aquí venían para la fiesta los mozos de todos los pueblos y nunca pasaba nada. Todos tan felices.
-Qué pena que se acabara aquello.
-Hacíamos baile con violines y laúd y guitarras. Aquello era muy bo­nito. Ahora ya lo ve, todo muerto, hasta los olmos de aquí abajo se nos mueren. Donde esté la alegría y la música que se vaya todo lo demás.
-Desde luego que sí. En eso hemos perdido mucho. ¿Le gusta la música?
-A mí mucho. He tenido siempre una ilusión fuera de serie por la música. De chico venían a tocar el Graciano y el Quirico de Sauca. Me da­ban una envidia...Todavía me acuerdo de las cosas que tocaban.
La iglesia parroquial de Laranueva, pese a su senci11ez, es intere­santísima. Tiene una portada románica interior, metida tras el portalejo, y dos arcos cegados de su primitivo pórtico del siglo XII. La portada, libre de la intemperie, se conserva bien. Cuatro arquivoltas lisas y otra exterior con cuadrícula de ajedrez le sirven de adorno. El resto de la iglesia son añadidos de siglos posteriores.
Un anciano de corta estatura, el señor Cirilo, atraviesa el umbral con un cubo de agua en la mano. Seguro que vendrá de limpiar como es sábado.
-Bueno, pues puede usted pasar a verla, si lo desea.
El interior de la iglesia se compone de una nave con crucero, curiosa cúpula y pavimento acuartelado de tumbas con baldosa. Una lápida mortuoria en el presbiterio tiene por fecha la de 1731. Como apoyatura del púlpito alguien tuvo la peregrina idea de colocar las parejas de columnillas románicas y los capiteles foliados que arrancaron de los arcos del primitivo pórtico. Al señor Cirilo aquello le parece fatal.
-Una chapuza ¿verdad Usted? –me dice.
-Sí, más bien sí. Esto aquí no pinta nada.
El retablo mayor es de estilo renacentista, en tanto que los cuatro restantes de las capillas del crucero son de florido barroco: de la Dolorosa, del Cristo de Lara, de la Virgen del Rosario y de San Antonio. La imagen del Cristo de Lara es una buena talla, posiblemente de mediados del siglo XVIII. En las pechinas sobre las que descansa la cúpula se ven pinturas representando a los cuatro evangelistas.
-Veo que tienen órgano en el coro.
-Teníamos órgano -puntualiza Cirilo. Sonaba muy bien, pero en la gue­rra uno se llevaba una cosa, el otro otra, y así se quedó. La que es bonita es la pila del bautismo. Toda de una pieza. Tiene que ser muy antigua también.
-Sí que lo parece. Si es auténtica, que sí que lo será, de ochocientos años hay que quitarle muy pocos.
En el atrio me explican Jesús y el señor Cirilo que aquello debió de ser antes cementerio, que cuando plantaron las acacias salían calaveras y huesos por todas partes. Luego nos paramos, debajo del campanario, para contemplar un poco con detalle la magnífica espadaña, altiva y elegante, labrada en piedra con arte del siglo XVIII. Es una de las espada­ñas más bellas de la provincia. Tiene dos vanos para campanas y otro más alto para el campanillo. Fi1igranas barrocas y cuatro pigotes piramidales le dan cierta prestancia y distinción. El sol ya débil de la tarde pare­ce teñir la piedra de un delicado color de oro viejo.
-A una de las campanas le hemos puesto ahora un yugo de hierro. Seguro que a la otra habrá que ponérselo también.
Vuelvo con el alcalde al cabo de un rato hacia su casa en la plaza del Juego de Pelota. Pasamos junto a una casona solar de antiguas fami­lias distinguidas que ya son leyenda. Jesús me intenta explica algo sobre su posible origen.
-Yo es que oí a mi abuelo decir que esta casa era de dos hermanos: uno que vivía en Navalpotro y el otro aquí. Debían ser gentes ricas, con mu­cho ganado. Según mi abuelo, aquí no había nada más que ocho o diez casas de vecinos, y esta era una de ellas. Los demás eran criados y pastores. Luego se empezaron a casar y se formó el pueblo.
En ambas fachadas tiene la casona sus correspondientes escudos, uno armas y el otro de patronazgo. El primero con un casillo, dos leones rampantes y dos flores de lis.
-El de atrás, ya lo ve usted, tiene un caldero, el garrote del pas­tor y todo. Dicen que si sería de la empega ponían al ganado.
Al final conocía a la señora Gregoria a la puerta del alcalde. Como otras mujeres más de la comarca , la señora Gregoria pasa las horas haciendo manoplas de pita y de cáñamo para una casa de Madrid. En el pueblo no saben para qué se usan. El dueño les ha dicho que son para emplearlas en el baño.
-Pues yo no lo sé -les digo. Como no sean para rascarse la espalda...
-Pues nosotros tampoco lo sabemos -opina la señora Gregoria. Serán para rascarse la espalda, o el culo o lo que haga falta. Por lo visto las mandan al extranjero. A nosotras nos encargan que las hagamos, y las hacemos. En estos pueblos hay muchas mujeres haciendo manoplas.
Estas horas de la atardecida invitan a quedarse en el pueblo por más tiempo. Sin ruidos ni contaminaciones, sin mayor inquietud en la gente que las meras preocupaciones fisiológicas si es que las hay y poco más. El año se quiere despedir de Laranueva con un sol radiante, con el cielo azul, azul intenso y la tierra húmeda.
-Pues no crea usted que es poco -dice la señora del alcalde-, que acabo de hablar con mi hija en Alcalá y dice que allí tienen una niebla muy fuerte, que están de nublado.
La distancia que me espera para volver asegura Jesús que es de setenta y dos kilómetros. Los tomo sin demasiadas prisas, ahora con el sol de frente.
(N.A. enero, 1988)

2 comentarios:

Usoa Lopez dijo...

Hola, Gregoria era mi bisabuela. Nos ha echo mucha ilusion a toda la familia leer este blog. Y a mi abuela, su hija, mas que nada su expresion, ya que como la conociamos muy bien, eran muy propias de ella ese tipo de expresiones.

Unknown dijo...

Hola,
Yo soy nieto del ya difunto Juan Cerrada (o conocido como Tío Juan). He ido desde pequeñito a veranear a este pueblo todos y cada uno de los años de mi vida (y aún voy!), que ya son 33. Me he quedado totalmente asombrado al leer este pequeño relato sobre el pueblo de Laranueva. Me ha traído recuerdos muy gratos.

Gracias.
Jaime.