domingo, 24 de mayo de 2009

MATILLAS


Los penachos de polvo con que se anuncia desde los altos de Bujalaro, nos ponen en sobreaviso de que Matillas es un pueblo diferente a cuantos por las tierras de Guadalajara estamos acostumbrados a ver. La intensa actividad industrial que otro día nos sorprendiera en Mandayona, desciende aguas abajo hasta encontrar su culmen en las antiguas instalaciones de la fábrica.
El viajero se hace presente de buena mañana entre rastrojeras, viñedos, huertas de frutal que van siguiendo de cerca el curso del río, y montículos yermos, en cuya falda encontraron sitio adecuado para sobrevivir en buena vecindad las aliagas, los tomillos y las torretas de la excavación. En Matillas, antes de cruzar por su puente magnífico sobre el Henares que da paso a la estación del ferrocarril, uno se encuentra con un pueblo decoroso, con un pueblo de casitas bajas y de ajardinados chalés que se van acurrucando como polluelos bajo el ala de la fábrica.
-Pues no se vaya usted a creer, que puestos a echar cuentas será de aquí de donde menos trabajadores tengan. Casi todos vienen de fuera. De Jadraque y de Mandayona son la mayoría
-¿Lleva mucho tiempo funcionando?
-Yo la he visto siempre. Cuando era chiquejo ya funcionaba, y por entonces le decían la Mina. La debieron de poner sobre cuando yo nací, por el año 1909, año arriba, año abajo.
-¿Los materiales de los que se abastece son de aquí del pueblo?
-Ahora no; ahora los traen de por ahí, de por Castejón y esa parte. Lo de aquí, por lo visto sólo vale para cemento gris y ahora parece que ya no se emplea. Las modas, ya sabe usted.
Don Félix Moreno, de Castilblanco, y don José Guijarro, de Muduex, llegaron a Matillas hace más de cuarenta años en busca de un puesto de trabajo en los oscuros tiempos de la posguerra. Uno y otro viven hoy de la jubilación y un poco del recuerdo, mirando con sus ojos cansados la erupción incesante de la chimenea desde un asiento de tabla en la carretera de Mandayona.
-¿Es ésta su casa?
-No señor. No es ésta. Es que nosotros nos venimos aquí a tomar la sombra.
-¿Cómo se llama el río?
-Nosotros le decimos el Henares. Baja desde la central, donde se juntan el Dulce y el Salado. Usted me dirá que sabor llevará el agua por aquí. Esto primero no es río, es un canal.
-A mí me parece un buen pueblo.
-No es malo, pero es pequeño. Tendrá poco más de doscientas personas. El término se acaba detrás de la estación y empieza el de la Torre.
La fuente pública de la carretera sale desde la cara frontal del lavadero. Es una fuente de grifo único, de los de apretar, de los que tienen en uso en las fuentes donde la gente no está dispuesta a que el agua se desperdicie, y que comete la pesada broma de lavarte la cara a destiempo cuando intentas beber.
La placita del ayuntamiento, de la iglesia, de las escuelas, es la misma según el lugar desde donde se mire. Es con la fuente de Saelices un curioso muestrario de formas funcionales y un alarde de ornamentación conseguido a base de material moderno, cuyo centro geométrico ocupa una fuente de tres caras arropada de rosales y rodean con su copa tierna una fila de acacias a cada lado. Por la carretera se ven salir los camiones del cemento cargados con sacos de papel. Viene a todo correr por el puente un perrazo flacucho y desgarbado con un colgajo de tocino entre los dientes buscando una sombra en paz a la orilla del río.
-Por favor, señor ¿Por dónde se entra a la fábrica?
-Pues mire, si no quiere mancharse de polvo, lo mejor será que dé la vuelta por debajo de la estación. Se llega enseguida.
El viejo edificio del ferrocarril se ve mínimo ante la mole de la fábrica que continúa arrojando como en una neblina sin fin los residuos del trabajo por la boca de la chimenea. La estación es a estas horas un sitio silencioso y solitario. Sobre la pared en sombra que mira hacia el andén hay una placa ovalada de hierro oscuro en la que se dice: “817’8 m. de altura sobre el nivel medio del Mediterráneo en Alicante”.
El jefe de administración de la fábrica se llama don Luis Delgado, u señor cordial que me ofreció asiento y conversación dentro de las oficinas, mientras hacía posible con la mayor diligencia una entrevista con el director.
-¿Son muchos los trabajadores actualmente?
-Entre todos los departamentos creo que somos unos ciento treinta.
-Impresiona un poco toda la instalación y el ritmo de trabajo para quien desconoce esto. ¿No le parece?
-Es posible. La gente se queda un poco cortada al ver la fábrica en marcha; pero no es nada nuevo, porque la extracción de cemento aquí se va a más allá del medio siglo.
-El director, don Antonio Grúa, a quien había tenido ocasión de conocer tiempo atrás, me recibió en su despacho y fue desde ese momento mi guía incondicional durante el tiempo que permanecí allí, escuchado y comprobando el meticuloso proceso de fabricación del cemento de Matillas, uno de los más estimados, y más caros, en el mercado actual. ¿Por qué señor Grúa?
-Bueno, de los más estimados sí que lo es, precisamente por ser distinto al cemento común de color gris que estamos acostumbrados a ver. Aquí sólo se fabrica el cemento blanco, mucho más codiciado, mucho más difícil de obtener debido a los elementos que lo componen, y, naturalmente, también más caro.
-¿Hay diferencias notables entre uno y otro?
-La diferencia esencial es que éste carece totalmente de Hierro, que es un colorante nada más. La utilidad real y la calidad apenas varían, pues tanto el gris como el blanco pueden utilizarse con la misma garantía. Lo que pasa es que no es nada fácil encontrar componentes adecuados que no tengan hierro, y eso, aquí donde estamos es absolutamente factible, pues a cinco kilómetros tenemos todo el material que se necesita y en cantidad inagotable. Es una suerte, algo insólito. Nuestra empresa no tiene otra fábrica de cemento blanco más que ésta, por supuesto.
-¿Para esta labor se necesita algún tipo especial de maquinaria?
-Sí, hemos tenido que hacerle alguna pequeña adaptación, pero la fábrica es la misma y con la misma maquinaria que cuando se hace el gris.
-¿Qué departamentos tienen?
-Tenemos una oficina técnica, un laboratorio para el control físico y químico donde se hace también algo de investigación de materiales, un taller y almacén bien provistos, y dentro de lo que pudiéramos llamar explotación está la molienda del crudo, los hornos, la molienda del cemento y la expedición, bien en sacos o a granel, en camión o en ferrocarril directamente desde fábrica.
-¿Cuál viene a ser la producción anual, aproximadamente?
-Un año con otro viene a oscilar entre las quince mil toneladas.
-Que van a parar ¿adonde?
-Generalmente al mercado nacional: Zona Centro, Levante, Cataluña, Baleares y Canarias, principalmente. Por cuanto al extranjero enviamos mucho a Marruecos y a todo el norte de África.
-¿Es Guadalajara una reserva en este tipo de materiales?
-Guadalajara es extraordinariamente rica en yesos, caolín, calizas y arenas. Es casi imposible encontrar otra tierra que la iguale.
-Don Antonio Grua me proporcionó un casco antes de salir. En los laboratorios los empleados cuentan con medios de precisión suficientes para producir calidad y mejorar si fuera posible. Las enormes calderas, los motores eléctricos, descomunales, de primeros de siglo, las tolvas, y hasta las mismas ropas, van recubiertas de una finísima capa blanca en medio del ruido ensordecedor de la molienda. La zona de hornos despide al pasar un calor sofocante que para el trabajo se atenúa por medio de ventiladores. Don Mariano Sarria, un obrero de Mandayona, lleva veintisiete años en aquel puesto cuidando los controles y las agujas que es preciso vigilar a cada momento para mantener la temperatura en los 1700 grados que son precisos.
-¿Cuánto consumen los hornos, señor Sarria?
-Esto se traga cincuenta toneladas de fuel-oil al día.
-¿No se ha quemado usted nunca?
-Hombre, en veintisiete años me he pelado la cabeza aquí más de una vez con el fuego, y la piel quemada muchas veces más. Los accidentes se dan, no hay quien lo evite, pero afortunadamente cada vez menos.
Con la ayuda de los cristales ahumados y procurando guardar las distancias de la caldera, se ve a través de una ventanilla cómo los materiales incandescentes giran y se deshacen dentro de aquel infierno en un espectáculo nuevo para mí e inacabable a la luz cambiante del fuego.
-Aquí es mucho mejor el invierno que el verano. En este tiempo se pasa mal.
Fuera de la fábrica era verano. El muelle de envasado y carga estaba desierto cerca del medio día. El último camión se veía transponer por la carretera de Mandayona camino de cualquier lugar de España, o de fuera de aquí, donde se descubrió en su momento y hoy se emplea con absoluta predilección otro producto más sacado a la luz del generoso vientre de la Alcarria.

(N.A. Septiembre, 1981)