viernes, 8 de mayo de 2009

LABROS



En las mañanas del mes de abril, Labros se despierta bajo el cielo más azul y más limpio de todas las tierras de España. El pueblo se recuesta silencioso y espectante sobre un escalón molinés mirando hacia los fríos llanos de la paramera. De vez en cuando, las aves rapaces merodean por los cielos de Labros. El pueblo no dice nada, se solaza acristalado en la ladera como si bastante hiciese con estar allí. Todavía es pronto para que vayan acudiendo los jubilados que se marcharon del pueblo y los veraneantes que lo animan todo, que lo revuelven todo. Labros no es Monchel, como en la novela de Berlanga; ni es tampoco la Lacóbriga romana en la que dicen que nació Poncio Pilatos. Labros es él mismo, con su recia personalidad, con sus leyendas y sus costumbres caducas, con el joyel de su iglesia desmoronada, con el empeño de sus hijos ausentes por sacarlo adelante, con sus abiertos campos de verdín, con sus aves rapaces en el cielo, con sus virtudes y con sus defectos.
Hace sol y la sementera brotó con fuerza en las tierras que rodean al pairón y al empalme de la carretera. Junto a la casilla está el cruce de caminos, caminos en cruz: a Amayas, a Hinojosa, a Milmarcos, a Anchuela, se puede ir desde allí según se parta del cruce de caminos en una o en otra dirección. El pueblo queda arriba, poco más adelante, despertando al sol de las once que en este tiempo no es mala hora para despertar.
Desde los aledaños de la ermita del Regazo -la que ahora sirve de iglesia y casi permite palpar el bronce de las campanas con las manos de puro bajas- se siente la necesidad de subir hasta las ruinas de la verdadera iglesia del pueblo. Hay que atravesarlo todo de punta a cabo. A Labros lo han remozado con esmero sus vecinos durante los diez o quince últimos años. Menos gente, el pueblo tiene hoy casi todo lo que se le pida en un día de diario: hogar-biblioteca, teléfono, consultorio médico, y hasta parada puntual de los vendedores ambulantes en la plazuela del frontón, que llevan al pueblo lo necesario para la subsisten­cia dos o tres días en semana.
Calles en cuesta, rinconcillos pintorescos de antiquísimo sabor que invitan a soñar en rondas nocturnas, cuando los pueblos gozaban de salud y había manos hábiles para templar el laúd y gargantas afinadas y potentes que cantaban jotas, porque hasta aquí, amigo lector, llegaban los efectos costumbristas del vecino reino de Aragón. Calle de San Isidro, de la Fuente, de San Roque. Por encima de la calle de San Roque hay unas peñas sobre las que se apoya la barbacana. La portada románica de la iglesia restalla al sol con sus piedras repujadas. Uno siente pasión al mirarlas. En un intento inútil de arrancarlas de allí y llevarlas consigo, uno se entretiene en sacarles fotografías. Seguro que son las fotografías número diez o veinte que uno posee de los trenzados y de los relieves de la iglesia de Labros. Dentro, tras los muros ruinosos, malamente se sostiene todavía en pie el muro frontal del ábside, y por la bóveda de cobertura nada mejor que el azul inmenso de los cielos, en esta mañana pintado de nubes.
Al borde de la plaza, en donde aún parece latir el corazón del pueblo, se conserva, entre el pairón de San Isidro y el juego de pelota, una placa de vistosa azulejería talaverana en la que se puede leer: «A Labros, cuna de Lorenzo Cetina (1644), gaitero de por vida a cambio de 12 reales de plata. Y a todos los dulzaineros que han llevado el júbilo por los confines de esta tierra. La Escuela de Folclore de la Diputación de Guadalajara.»
Como pueblo esencia de los viejos costumbrismos molineses, en los campos de Labros hay cinco pairones, cinco enseñas de piedra en las que se volcaron las devociones de los campesinos andarines de sendas, de los trabajadores de sol a sol en su intento de arrancar, a fuerza de sudor y de sacrificios, el jugo de la tierra para sobrevivir, para seguir adelante llevando en alto el honroso testigo que heredaron de sus antepasados. No he visto los cinco pairones de Labros; es más, dudo que todos ellos existan todavía. Me han dicho que estuvieron dedicados a San Vicente, a Santa Bárbara, a San Juan, a las Angustias, y a la Virgen de la Jaraba, éste último ya lejos del pueblo.
Resulta tibio el primer sol de abril por los campos del páramo molinés. La estela del pasado invierno, singularmente crudo, se hace sentir aún por estas latitudes. Bajo las sabinas en la carretera de Amayas, no lejos del pueblo, todavía quedan restos de la última nevada y placas de hielo cubriendo los charcos.

(N.A. Octubre, 1984)