viernes, 22 de mayo de 2009

MARCHAMALO


Marchamalo, por su situación, número de habitantes y particular manera de vivir desde hace una veintena de años, es pueblo que a nin­guno de nuestros lectores le debe resultar novedoso.
Ignoro cuál será la hora de Marchamalo exactamente. Me refiero a su hora punta, al momento de su máximo despertar diario, a la hora de su plena vitalidad. A mitad de mañana en un sábado cualquiera de in­vierno, desde luego no es. A estas horas el pueblo es un tráfago monótono de gentes que vienen y que van, de autobuses de la empresa municipal y descargan viajeros para regresar inmediatamente a sus puntos de partida, de gorriones jolgoriosos en las madroñeras deshojadas de la plaza, de niños en bicicleta abrigados con jerséis de colorines.
Marchamalo es pueblo administrativamente anejo a la capital; el más grande y el más poblado, con mucho, de los cinco pueblos anexiona­dos. En el mismo solar que el pueblo ocupa se cree que existió la vie­ja Arriaca, la Guadalajara de los Iberos en aquella otra parte del He­nares. No hay, esa es la verdad, demasiadas pruebas que lo demuestren ni tampoco que lo desmientan. Lo que si es cierto es que Marchamalo ya existía en tiempos de la Roma Imperial, y que por su enclave cruzaba la vía que, en dirección noreste, llegaba a Cesaraugusta (Zaragoza).
La Plaza Mayor es amplísima, una plaza radiante de luz, cerrada en cuatro caras de manera informe. Tiene en mitad una fuente monumental de las de surtidor y bancos en su entorno para que el público pueda sentar­se. La Plaza Mayor de Marchamalo es como una glorieta capitalina, con un conjunto de viviendas alrededor que conservan intacto el regusto de lo rural, la estampa exacta de un hermoso pueblo campiñés de labrado­res.
- Pues mire usted, qué quiere que le digamos nosotros. Tan cerca como estamos, algo se nos pegará de la capital.
Acabo de dejar el coche junto a la reja de un viejo palacete del XVI. El dintel y las jambas de la puerta son de piedra almohadillada. Solemnes llamadores de hierro y un impecable escudo de armas destacan en el conjunto del frontispicio, todo él de canto de ladrillo. Se trata -creo-­ del caserón solar de la familia Ramírez de Arellano, que después pose­yó como propio el coronel de aviación Verda del Vado y ahora está deshabitado, dispuesto para el mejor postor sin que sean muchos los que se interesen por él. Al otro lado de la plaza se dibujan con el sol de cara los arcos de la iglesia. La iglesia de Marchamalo tiene los muros de guijarro y pasta de tierra amasada con ladrillos de refuerzo en las esquinas. Encima de la torre está la cigüeña invernadora, como la de Alovera. Suena el gong de las once en el autorradio de un coche. La torre de la iglesia no tiene reloj, dicen que lo rompieron los mar­chamaleros porque no daba las trece.
- ¡Vaya usted a saber si eso fue así, o no fue así!
De la plaza parten en todas direcciones calles anchas y largas, llanas, limpias y en orden, con el sello personal de las casas de la Campiña. Los hombres del pueblo conversan en grupo al abrigo de las esquinas mirando lo que pasa. Al kiosco acuden algunos señores a reco­ger el periódico y niños a comprar chucherías. El recién llegado pasa desapercibido, perdiéndose un poco en medio de tanta impresión, quizás por estar acostumbrado a otra cosa.
Salen de una casa nueva de la plaza repiqueteos acompasados de castañuelas y voces de chiquillas que andan de ensayos. Tal vez por moti­vos de raza -otra razón no hay- a uno le gusta y le emociona el soni­quete seco de las castañuelas.
- Ah, pues ya van entonando algo.
Una casa contigua recuerda en vistosa placa blanca que allí nació el 24 de septiembre de 1885 don Emilio Fernández Galiano, catedrático de Universidad, académ1co e insigne biólogo, en homenaje a su memoria por parte del ayuntamiento y de sus amigos en 11 de mayo de 1963. No lejos, la iglesia. El pórtico está lleno de carteletas, anun­cios y jaculatorias para que la gente piense. La puerta está cerrada.
- Oiga, es que la entrada la tiene por la otra puerta.
- Es verdad, perdone. No me había dado cuenta. Muchas gracias.
La iglesia de Marchamalo está dedicada a la Santa Cruz. Su capaci­dad es suficiente para un pueblo grande. El retablo mayor es reciente y poco artístico, a tono con lo demás. Las tres naves están revestidas de yeso blanco, clareándose, sobre todo en la bóveda de cobertura, los la­drillos del XVII. El templo es obra del maestro de Guadalajara Pedro de Medinilla. Como cabecera en una de las naves está el venerado Cristo de la Esperanza, patrón del pueblo, con su media docena de lamparillas ardiendo sobre el añal que los devotos encienden a diario. En otra nave lateral, retablo exacto al del Santo Cristo, se ve la imagen de San Isidro Labrador empuñando un manojo de espigas con una cinta que tiene los colares de la bandera de España. Al instante acude un anciano, ­enciende cuatro lamparillas y se pone a rezar ante la imagen del Cristo de la Esperanza. Me acerco a él y le hablo bajito.
- Es hermoso -le digo- Le tienen mucha devoción ¿verdad?
- Mucha, sí señor. Aquí al Santo Cristo de la Esperanza lo queremos mucho.
- ¿Cuando celebran su fiesta?
-A primeros de mayo. Depende de cómo venga la semana. Son tres días de fiesta. De siempre han sido los días que siguen a la Cruz de Mayo.
El anciano se ha puesto a rezar de nuevo. Yo lo dejo en su silencio y me pongo a dar una Vuelta por las dos naves laterales. No sé, pero la iglesia de Marchamalo en relación con lo que el pueblo es, me ha produ­cido una remota impresión de pobreza.
Las calles principales de Marchamalo concluyen al final en la Plaza Mayor. Los automóviles que vienen por la carretera de Usanos pasan de largo hacia la capital por un lateral de la plaza. Ahora me pierdo en otra dirección, buscando por la calle de la Iglesia la Plaza de los Po­llos. Antes paso junto a una frutería bien surtida y el anuncio en frente donde tiene su sede la peña “El Botillo”. La Plaza de los Pollos está a poca distancia de la Plaza Mayor. En mitad se adorna con una extraña especie de cipreses y una farola igual que las que solemos ver en las plazas más céntricas de las grandes ciudades. Alrededor hay asientos metáli­cos y unos cuantos ejemplares de chopo blanco. El pavimento de la Plaza de los Pollos se está comenzando a levantar por diversos tramos.
- Eso lo hacen las raíces de los árboles. Son una clase rara de cho­pos, de esos que se hacen rápidos pero que tiran una raíz que lo destroza todo. La plaza la destrozarán en cuatro días.
- Ah, pues con el tiempo también afectará a las calles.
- Hombre claro, y en las casas también se meten. Para las tuberías, las raíces de estos árboles son un peligro.
- ¡Caramba!, pues el plan que tienen es bastante feo.
- Ya lo creo. Aquí lo bueno sería árboles de mucho cuerpo y poca raíz, pero eso debe ser bastante difícil.
Arturo Valentín me cuenta en la Plaza de los Pollos que Marchamalo sobrepasa por muy poco los tres mil habitantes, que viendo el ambiente y el movimiento de las calles parece que son más, pe­ro no. Después le pregunto por el alcalde pedáneo y me explica que vive a la misma entrada del pueblo, pero que al ser sábado puede estar en en casa o no estar. Más tarde comprobaría yo, tras llamar desde la cabina, que en la casa del señor Olalla, don Fernando, nadie descolgaba el teléfono. Es el precio que hay que pagar a la improvisación y los viajes planteados sin aviso previo. La puerta del ayuntamiento está también cerrada.
- No, siendo sábado es muy difícil que haya alguien.
Es ahora un señor de cumplida edad, apoyado al andar sobre dos mu­letas, quien me interrumpe. Se llama Lorenzo León, cartero de Marchamalo, que anda como puede intentándose recuperar de una desviación de columna, al parecer seria.
- Sí, estoy de baja por enfermedad. No me las tengo todas seguras de que vaya a recuperarme del todo. Con esto voy a la jubilación.
- Tampoco será tanto. La esperanza no debe perderla.
- Si tuviera veinte años menos, sí, pero...
Asoma a la plaza otro de los autobuses del servicio municipal. Se apean dos señoras, un hombre de mediana edad y una chica con pantalón vaquero. Lorenzo me dice que en cualquier hora del día hay alguien dis­puesto para salir a Guadalajara.
- Y porque los autobuses vienen con mucha frecuencia. Si no fuera por eso siempre irían llenos hasta los topes.
Lorenzo el cartero, hombre de naturaleza cordial y condición abierta, me va haciendo un recuento sobre la marcha de los diferentes esta­blecimientos: tiendas, entidades y lugares de ocio que tienen en el pueblo. Cuando las cuentas se ajustan de memoria volandera, la exactitud pudiera ser dudosa o por lo menos falta de rigor.
- No creo que me equivoque mucho. De comestibles creo que son cinco las tiendas que hay; una frutería muy bien montada; cuatro carnicerías; de cosa de bancos y cajas de ahorro están todos, no falta ninguno; y una discoteca bastante bien preparada para que se diviertan los jóvenes
- Pues cuántos pueblos importantes de la provincia quisieran tener la mitad, ya ve usted.
- En eso puede que tenga razón -me replica Lorenzo muy complacido. Si tira usted por esa carretera arriba, o por la otra de Fontanar según se sale de Guadalajara, llega hasta la Sierra, y allí tiene usted pueblos en los que no hay ni gente. Nada más que cerros.
- Ya lo creo. De eso le puedo dar fe. Pero tienen una tranquilidad y un ambiente limpio que ya lo quisiéramos para nosotros. En la vida to­do cuenta.
Metidos en el medio día sin casi darnos cuenta, la plaza se ha ido animando poco a poco. La gente, a medida que el sol se ha ido dejando sentir, se sale a la calle. Un sol tibio que apenas si da calor. La fuente se ha puesto de improviso a funcionar, poniendo el surtidor a verter por todos sus caños. Hasta nosotros llega el soplido de la presión. El ambiente de la mañana parece que se alegra.
- Ah, pues la fuente es bonita.
- Ya lo creo. Por la noche es más bonita aún. Se ilumina con tres o cuatro colores. Se pone a funcionar y se corta ella sola por su cuen­ta. Cada cierto tiempo comienza a soltar agua.
Marchamalo, villa tradicional de labradores recios, ha visto caer sobre sí el impacto -quizás apresurado en exceso- de un tremendo giro en sus modos de vida. El tiempo fue haciendo que sus habitantes se adapten de buen grado a los nuevos sistemas, en tanto que el pueblo ahí está, con su otra imagen, rodeado de cerca por las tierras de labor en las que bregaron sus pobladores de antaño, y de industrias instala­das en su término, de las que uno espera puedan vivir los que vengan después, sin que el pueblo por eso sufra lo más mínimo en su propio yo.

(N.A. Febrero, 1988)