miércoles, 8 de abril de 2009

GASCUEÑA DE BORNOVA


En esta sierra, los vientos septembrinos del atardecer zumban so­bre la copa de las choperas. Macizos pizarrosos, casi virginales des­de el origen de los tiempos, laderas mate erizadas de jaral, viejos robles desnudos a una y otra margen del camino, nos dejarán al fin en el lugar de Gascueña. Pueblo de cenizosa estampa, tierra de pastores y carboneros en otro tiempo, Es ahora un solitario paraíso bajo los fríos montunos del Alto Rey.
Una mula maniatada de las que pastan en las afueras me impide por un instante seguir andando. Al momento entro en la Plaza Mayor.
Gascueña de Bornova tiene una plaza sencillamente hermosa, adecentada y pulcra, con florecillas blancas, rosa y color violeta, sobre la peana redonda que sostiene en mitad un árbol tierno. Hay frente a mí una casona nueva, perfecta de líneas, levantada sobre piedra de piza­rra. Los ventanales y la puerta principal son de madera vista, tan nuevos que a distancia se adivina el olor a pino. Los aleros se adornan con artísticos modillones de carpintería.
- ¡ Hola!
- Hola, señora. Buenas tardes.
Una mujer joven, vestida de cretona azul celeste cruza por delante de mí con un cubo lleno de lana vieja hacia las peñas de las orillas donde debe de estar el vertedero de los desperdicios.
El pilón de la fuente es octogonal. Tiene en el centro un curioso monolito, a manera de catafalco, que corona una enorme copa de hierro como la del rey de la baraja. En el fondo del pilón se ven piedras, tapas de cerveza y un hueso de res. Según consta en la chapa de cobre que hay sobre uno de los caños, la fuente se hizo en 1865, siendo al­calde J. S. (Justo Somolinos).
La Plaza Mayor, bien pavimentada, se rodea de hermosas viviendas antañonas, casi todas con un color de plomo casi riguroso.
- Pues ya lo ve usted. Es el estilo de como se hacían las casas por aquí antiguamente. Son negras porque la piedra por aquí es negra.
Más adelante queda, con su campanillo sujeto por cabezal de hierro, la ermita que debido a circunstancias lamentables, pese a su escasa superficie, ha de servir de parroquia. Gavino está detrás de la ermita, aventando sobre un esportillo medio almud de habichuelas secas.
- Muy pronto parece para que hayan cogido las judías –le digo.
- Sí, se secaron sin llegar a colmo y son malas. Ha sido un mal año de judías.
- ¿Qué es aquella casa grande de la plaza?
Aunque nos es demasiado viejo, Gavino anda el hombre algo duro de oído. Me responde al fin.
- Aquello es el ayuntamiento. La han hecho este año. Yo no he trabajado allí. Yo vivo en Madrid. Me fui a Madrid hace diecisiete años.
- ¿Qué pasó con la iglesia?
Nada. Aquello fue una pena.
- ¿Cómo dieron lugar a que se hundiese?
- No lo sé cómo fue, pero es una pena que se viniera abajo. Con bien de cuartos se podía recomponer, pero no tenemos de dónde sacarlos.
En las parras de los patios cuelgan los racimos de uvas sin madurar. Los huertos de la ermita y todas las nogueras y árboles de consumo se ven plagados de fruta. Gascueña, por lo poco que he podido ver, y sabida la climatología del terreno, tiene un campo generoso.
- Sí, hay años en los que la cosa no viene mal, pero no queda gente que los cuide. Total, aquí tenemos los cuatro huertos y poco más.
Por los ventanillos de la puerta de la ermita cerrados con cristal, se distingue al cabo de un rato el altar que queda al fondo, media docena de bancos para sentarse y los pies de un Cristo muy grande que cuelga del techo. A uno de los lados del altar arde en la penumbra la lamparilla del Santísimo.
El lavadero público está junto a la ermita. Se ve seminuevo, pero una de sus pilastras no tiene agua y la otra está llena sólo hasta la mitad. Parece que las señoras del pueblo, al menos por ahora, no lavan en él.
Una anciana enlutada da paseos cortos al sol con su garrota en una esquina de la plaza. A pesar de sus 55 habitantes de hecho, es difícil ver un alma por la calle aunque la hora de la tarde es la mejor para el paseo y la temperatura agradable. Los motivos me los contarán doña Felisa Barrios y Lorenzo Somolinos, de pie junto a la fuente.
- Es que hoy ha sido la romería del Alto Rey y está todo el mundo en el cerro.
- Pues también es fatalidad.
- Nosotros hemos subido muchos años. Es una romería muy bonita.
Bueno –les digo. Yo creo que en esta sierra es muy bonito todo. No se quejarán de su pueblo, y de esta plaza sobre todo.
- Pues debe usted saber una cosa –me explica. Desde que está la alcaldesa al tanto, el pueblo no parece el mismo. Es a ella a la que hay que agradecérselo. También a los vecinos que ayudan, pero a ella más. A cada uno lo suyo.
- Lo creo. Yo conozco en la Provincia unas cuantas alcaldesas que son un ejemplo. Algunas muy jóvenes.
- Ah, pues esta ya no es tan joven. Debe de andar con los 65, y no sabe usted lo que se preocupa y lo bien que lo hace. Ahora anda detrás de reconstruir la iglesia, que ya veremos. Se llama Amalia Somolinos. También está hoy en la romería.
- ¿Para cuándo tienen la fiesta en Gascueña?
- Pues mire, cuando en todos los pueblos, el 15 de agosto. En realidad debería ser para la Octava del corpus, y también el día de la Inmaculada Concepción. Por eso de que hubiera más gente la tuvieron que cambiar.
Mirando de poniente a saliente se ven desde la plaza, y por este orden, los siguientes parajes en la cordillera que resguarda a Gascueña de los dañinos vientos del norte: el Alto Rey, la Peña de los Huesos, la Peña de la Ventana, la Peña de los Royos, el Asomadero y Valdefuentes. Al otro lado de las montañas el pueblo de Prádena, y al sur los vallejos encajados del Bornova.
- Aquí de todo eso no falta. Sierras y montes, todos los que quiera.
A la entrada del pueblo hay, por encima de los huertos y de los frutales, un chalet colocado a la sombra de una noguera. El chalet se llama “El Moralejo”. Una vez allí he querido perder, o ganar un poco de tiempo, subiendo hasta la iglesia situada en la parte alta. Me conduce un senderillo estrecho paralelo a un regato, bajo sombras de árboles y de arbustos a los que se les empieza a caer la hoja. Al final hay una cerca de alfalfa recién segada, y la iglesia después.
Es una pena verdaderamente como dicen los vecinos. La gente tiene razón. Una primera arcada de dovelas grises se pierde entre la maleza que creció silvestre, los zarzales y los escaramujos. Otra después en ojiva, de piedra caliza, adornada con pequeñas pirámides y picos de diamante, da paso al colmo de la desolación y de la ruina: palitroques desprendidos y deshechos por el sol y las lluvias de más de 15 años, escombreras de jaramago y zarzal, los hierros oxidados del piadoso púlpito, los muros desgranados del coro, la espadaña a vientos del poniente con su campana todavía, son datos que llaman a la clemencia. Detrás, como en los más románticos relatos de Bécquer, el recóndito cementerio de aldea rasurado de hierbas, salpicado de cruces y coronas de flores en su mitad, marcando con el sórdido tic,tac de su silencio las horas de Gascueña y de toda la sierra. La verja que cierra el camposanto está pintada de un verde demasiado fuerte. Uno piensa que a pesar de todo el verde le va bien, es color de esperanza, término del sueño de los muertos.
Dos ancianas suben despacio hacia el depósito de las aguas. Las dos se antiguan de un modo instintivo cuando pasan por delante la iglesia en ruinas. Suspiran en un suspiro profundo, sonoro, que se confunde con el soplo del viento al chocar con las esquinas del campanario. La iglesia vino a tierra víctima de la dejadez, por no remediar a tiempo los efectos de una gotera que la empapó de un mal irreparable.
Ahora paso junto a un espeso cercadillo de maizales. Al pie de las montañas el sol de la tarde enciende las piedras plateadas de las parideras y de los casillos para el ganado dejados de las manos de los hombres. Más allá de nuevo los robles. La sensación de calma se acentúa a medida que la luz se va. Al bajar hasta el pueblo me detengo varias veces junto a los zarzales plagados de moras sanas y apetitosas. Por las Losas, entrando ya en la calle Mayor, un gato asustado salta de una ventana a otra.
- Ese no tiene escarzo en las patas.
- No señor. Se ve que es un gato muy sano.
Aquí hay otra fuente pública que funciona haciendo girar el grifo. La fuente tiene un botijo de adorno sobre el arco de cemento en el frontal.
- La de la plaza es más vistosa, ¿verdad usted?
- Sí, a mí también me parece más vistosa la de la plaza.
Pasan junto a mí una pareja de enamorados cogidos de la mano. Por el aspecto deben de ser de capital. Los dos van muy a lo suyo; ni me miran siquiera.
Gerardo Somolinos está en mitad de la plaza. Gerardo es hermano de Gavino, el hombre que salude al poco de llegar aventando judías en la solana de la ermita. Gerardo y yo -lo que son las casualidades- tenemos viejos conocidos en común y eso nos hace sentirnos muy amigos, casi como si fuéramos de la familia. Según oídas, Gerardo fue albañil en otros tiempos, y no de los malos. Si se pone, todavía es capaz de dar sopas con honda a más de cuatro.
- Ya; pero no es lo mismo. Los años son los años.
- ¿Qué tal se vive en Gascueña?
- Bien, se vive bien. Mejor que en Madrid. Para qué nos vamos a engañar.
A poco que me descuido el sol comienza a teñirse de rojo y a desaparecer tras las faldas del Alto Rey. La tarde serrana es un baño de bienestar y de paz a estas horas finales del día. Gascueña de Bornova, sus gentes, y los veraneantes rezagados que todavía quedan, se disponen a recibir a la noche vestidos de chaqueta.
En un mundo hostil, donde el hombre busca a fuerza de palos de ciego lo que jamás será capaz de encontrar por mucho que se obstine, permanece la lección amable de estos pueblecitos de montaña medio vacíos, humildes, intrascendentes, en los que todavía hasta el vivir rodeados de privaciones resulta hermoso.

(N.A. Octubre 1987)