lunes, 6 de abril de 2009

GARBAJOSA


Los pedruscos oscuros que se amontonan por donde el depósito de las aguas semejan monumentos prehistóricos. Tampoco tendría demasiado de particular, habida cuenta de que la zona está plagada de reminiscencias megalíticas como confirma el conocido dolmen del Portillo, a menos de una hora de camino a pie en tierras de Agui1ar, allá a la caída.
Cuando entro a Garbajosa me cruzo con un señorito que lleva asi­da del collar a una perra canela. Al afortunado can del señorito le brilla la pelambre con el sol de las doce.
Usted, amigo lector, seguramente que no conoce este ínfimo bur­go con vocación molinesa sin que lo llegue a ser. Yo he pasado antes de hoy cientos de veces por sus aledaños, y en cada ocasión me picaba la curiosidad para llegarme a él el indicador de la carre­tera. Hoy he decidido entrar y estoy francamente sorprendido. Garba­josa es un pueblo pequeñito, de contada población, habitado por gen­te afable que ama lo suyo y mimado por una naturaleza cruda, senci­llamente hermosa. La claridad cristalina de la mañana a las puertas de abril es posible que haga al viajero ver las cosas dis­tintas a como en realidad son. En el jugo de pelota se entretienen con las raquetas un hombre joven y un muchacho pequeño. Cuando uno de los dos marra el golpe, la pelota sale disparada calle abajo hasta Nueva York, hasta los huertos del lavadero.
En el pueblo a estas horas solamente se oye el toc toc de la pe­lota y el rumor de los caños. El pilón de la fuente está lleno de un agua limpísima que transparenta el fondo, limpio también, de ce­mento. Por detalles como éste, y por la pulcritud de sus calles ce­mentadas, uno se da cuenta enseguida de que en Garbajosa tiene su pe­queño altar el civismo de la mejor clase.
La iglesia está a cuatro pasos de aquí. La gracia plateresca de su portada me atrae como llamado por el imán invisible del arte pu­ro. Por el contrafuerte de sillar baja una lagartija. Dos gallinas picotean a la vez en un rincón del atrio. Ahora estoy, frente por frente, observando la ya dicha filigrana renacentista de la porta­da. Se adorna en arco adovelado, en columnas con capitel corintio, en cruces y laureados escudos, en ornatos que encartelan una leyen­da similar, si no la misma, a la que hace tiempo pudimos ver en la sin igual portada de la iglesia de Bujalaro, una jaculatoria de alabanza a la Ma­dre de Dios, Reina de los Cielos y de los Ángeles. La columna de nuestra izquierda está carcomida hasta la médula, con oquedades pro­fundas que taladró el climatológico transcurrir de los siglos. Su compañera, en cambio, aparece nueva, perfecta, casi como el primer día.
- Pues de siempre la hemos conocido así, y eso que está más al abrigo que la otra. Los hielos y las escarchas la acaban por devo­rar. Como el rincón la tiene siempre a la sombra, los hielos ahí se eternizan, y por eso es.
Cuando el abuelo Celestino me contaba la razón del mal que padecía aquella columna, acudió una señora a interesarse por mi persona Curioso, ¿verdad?. Antes había tomado en prevención la debida nota so­bre la matricula del coche en el que llegó el sospechoso. El sospechoso, naturalmente, era yo.
- Bonita iglesia, sí señora. Es una sorpresa muy grata, ya ve
- ¡Ah! Pues si la viera por dentro, aún es mucho más.
- Se la podías enseñar -le insinuó el abuelo Celestino-. Están en obras, a ver si la dejan de piedra vista.
- Ni hablar, la llave la tiene el señor cura en Alcolea.
- Si me ha dicho que es un periodista. ¿Qué se va a llevar?
- No te fíes. Cuando venga el señor Belinchón, si alguna vez viene, ya se le enseñará. A que ese no aparece por aquí, como si nuestro pueblo no existiera.
- Si viene ese señor, le dirá usted lo mismo que me dice a mí -le contesto. Aparte de que, ya que se pone usted en ese plan, le diré que no tengo el menor interés de ver su iglesia por dentro. Con la portada me sobra.
Pueden ustedes imaginar cuando la señora Felisa Palazuelos -que ese es el nombre de la mujer- descubrió el final del enigma. Corrió has­ta su casa, llamó a las vecinas y regresó al punto con las llaves de la iglesia. ¡Lo que son las cosas!.
- ¡Hombre, no me diga! Pues si llevamos esperándole, qué se yo el tiempo.
La iglesia acusa en su interior por estos días el consabido desor­den de los andamios y del claveteo de la piqueta en el yeso de las paredes y de la bóveda que la cubre, magnifica, con artísticas nervaduras que alguien sin demasiado gusto pintó de un ocre chillón que no viene al caso. Hay una sola nave y alguna capilla lateral en donde se reparten media docena de retablillos dieciochescos sobre cuyas peanas reposan imágenes antiguas tapadas con plásticos, figuras de abarrocado porte, más viajas aún y patéticas en aquella oscuridad de la iglesia en obras. El retablo mayor es una delicada joya del barroco popular castellano-aragonés, con impecable dorado y una serie de ta­llas que preside la imagen de San Miguel lanceando al diablo. La señora Tere, la mujer del alcalde, me ha dicho que entre el cura y su marido llevan la obra adelante.
- Pues hay más quehacer de lo que parece. Don Alberto, el cura, debe ser un hombre atrevido.
- Lo irán haciendo poco a poco. Todos dicen que con la piedra vis­ta, la iglesia ganará mucho.
Bajamos un poco en comisión hasta el lavadero. Ahora nos acompaña también doña Severina Ciruelos. Las choperas del Pradillo tapando la vaguada nos invitan a recomponer en mente la imagen ideal de un paraíso, de cara a las mañanas insufribles del mes de julio.
- Aquí tiene usted el lavadero. ¿Verdad que es hermoso? Por deba­jo tiene lo que les falta a otros: un sitio para meter los pies. Así descansan las piernas mientras se lava y se trabaja con mucha comodidad.
- Pero lo usarán poco.
- No crea. En verano siempre está lleno. Donde esté el agua co­rriente que se vayan las monsergas de las lavadoras.
El lavadero es espacioso y bien atendido, con una sola alberca partida en dos y un agua clarísima que se escapa por un canalillo hasta los huertos del barranco.
- ¿Y la fuente, qué? No dirá que no está limpia..
- Ya, lo creo.
- Nos toca a nosotras limpiarla. Los hombres, que si viejos que si no tienen tiempo, ni se ocupan. Qué chorros, ¿verdad usted?
Subiendo por la calle de José Antonio me cuentan las mujeres que su fiesta mayor es el día del Corpus, pero que la han tenido que pasar a San Roque para que haya más gente. Cerca del frontón hay un azulejo que dice: "Plaza de la Reina María Cristina". De vez en cuando, uno se echa ante la vista algún ejemplar valiosísimo de casona hidalga, con piedra para la eternidad y herrajes de siglos. Es el monumento común de tantos pueblos semide­siertos que perpetúe la presencia de aquellos hombres que borró la
Historia y el hombre ha echado también al olvido para siempre.
- Mire, aquella casa de madera que nos han colocado ahí arriba rom­pe toda la gracia del pueblo. Es de uno de Guadalajara. Aquí le deci­mos "La casa de la pradera".
En los corrales del Altillo dormitean las gallinas amorradas al sol. Nos ladran los perros. La señora Felisa, la señora Severina y la señora Tere, me muestran desde el mirador el abierto panorama de la vega. Una porción importante de las tierras que el horizonte limita por el poniente pertenecen a la provincia de Soria.
- Sí, todo aquello de arriba es término de Benamira. Desde los primeros altos que se ven ya es Soria. Aquí estamos en el límite.
En la parte opuesta, sobre el espinazo de piedras en la loma, Aguilar de Anguita, el pueblo prácticamente deshabitado donde recuerdo que hallé, no sin sorpresa, una flor escondida entre los escombros. Frente a nosotros el altiplano del Carrascal, teñido a rodales por el tinte cenizoso de las encinas; y abajo la vega, banco y despensa en cualquier tiempo de las honradas gentes de Garbajosa, que regaron con el sudor de sus frentes y ella les alimentó con el fruto abundante de sus cose­chas. Una vega larga y ancha, de terreno llano como una carta que la recién estrenada primavera va comenzando a pintar con los verdines de abril y el sol enciende a medida que avanza el día.
Cuando volvía al frontón en donde había dejado el coche, mis amigas me dejaron sólo. La señora Severina todavía me acompañó a ver el jardín de una casona de verano y me encaminó después, por la calle de la Soledad, hasta la plaza. A la salida las volví a ver con los capazos y las bol­sas de la compra junto al furgón del hombre de la fruta.

(N.A. Abril, 1982)