martes, 3 de marzo de 2009

COLMENAR DE LA SIERRA


Desde El Cardoso, pueblo por cuyo término municipal situado en el recorte noroeste de estas sierras abruptas venimos pisando de nuevo tierras de la provincia. La carretera de asfalto se pierde dibujando los montes por laderas pinariegas y de chaparral hasta las faldas mismas de la Peña Minada, el cerro monumental que tiene al pie de su vertiente a las puestas del sol, extendidas en árido declive, las casonas y los corralejos que configuran hoy el pintoresco pueblecito de Col­menar.
Estamos en deuda con estos despoblados lugares de la serranía a los que, por obra y gracia de los caprichos del terreno y otro tanto por la in­justificada desatención de los hombres, se hallan completamente al mar­gen de la comunidad provincial, desasidos del mapa desde el día en que la red interna de comunicación, hace ya tiempo, tuvo a bien dejarlos despegados, olvidados quién sabe si a perpetuidad, en sus respectivas barranqueras de matorral y escarpa, respirando, eso sí, el aire más pu­ro y delicado de todas la comarcas de Guadalajara y tierras adyacentes.
Llego a Colmenar de la Sierra con la tarde acuestas. Tarde de un otoño templado y limpio, para más señas. Las típicas casonas montañe­sas de adobe y de entramado están dando paso en el paisaje adusto a la nueva construcción de los cementos, de los aluminios y de las tejas variopintas hechas mayormente para adornar, que prefieren los que vie­nen de fuera. Los pueblos así -quién lo duda-, ganan en comodidades y en higiene incluso, pero pierden en encanto.
Pese a lo apacible de la tarde, me encuentro al pueblo callado, so­ñoliento. En Colmenar a estas horas no se ve a nadie ni se mueve nada. Tras de mí zumban las abejas calle abajo, y en los ribazos que apuntalan las huertas negrea la fruta pasa de las zarzamoras que, por estar en la sierra, pintaron tarde.
Creo que ahora me encuentro en la Plaza Mayor. Es un ensanchamien­to cuadriforme de la calle por la que acabamos de entrar. Una de las caras de la plaza se abre a los huertos y al barrio de abajo. Hay en mitad tres o cuatro arbolillos alineados en deshoje, y, cerca de don­de yo estoy, está la fuente pública, rumorosa y fresca, que vierte des­de su caño único en los pilares labrados de granito. A su pie corre otro regato paralelo sin canalizar que se escapa pueblo abajo a flor de superficie. Colmenar de la Sierra, sin que sea preciso ningún nati­vo que nos lo justifique, es pueblo de buenas aguas que, como casi siempre ocurre, se pierden en la inmensidad de los campos sin que nadie las aproveche.
Me he sentado a descansar del peso del viaje sobre una viga de ma­dera vieja tirada al lado de la fuente. Tras de mí hay una mata de hierbabuena que, con sólo tocarla, deja sobre las manos del viajero el detalle generoso de su buen olor. Sigo sin ver a nadie. Al rato cruza la esquina de la plaza una jovencita en pantalón corto que lleva en las manos un libro sin abrir. Después lo abre y se pone a leer frente al sol naranja en el escalón de una casa deshabitada.
- ¡Hola! -le digo al pasar por delante.
- ¡Hola! -me contesta sin levantar apenas los ojos de la lectura.
La chiquilla no tiene aspecto de vivir en el pueblo de continuo. Debe de ser de los que acuden en el fin de semana mientras que el tiempo se lo permita. Detrás de la reja de una casona en obras, que muy bien pudiera ser el ayuntamiento, hay un cartel que dice: "Club juvenil Amanecer. Teatro infantil. "El rapto de las cebollitas". Patrocina la Excma. Diputación Provincial. Cardoso de la Sierra, 9,30 noche".
Andando con entera despreocupación por las callejuelas desiertas de Colmenar de la Sierra, uno se da cuenta de que lo poco que hasta hoy sabía de él, tiene más que justificado fundamento. El pueblo, al margen de su manifiesta soledad, de la que el hecho de no haber encontrado una sola persona con quien conversar es buena prueba, fue en su día cabecera de un importante señorío mendocino, cuya privilegiada condición perduró por los siglos hasta la pasada centuria en que, de­finitivamente, dejó de pertenecer en calidad de señores a los duques del Infantado. Lo más que te cuentan los resignados habitantes de la villa es que no hace tanto, tuvieron su cuartel de la Guardia Civil y toda clase de funcionariado, y ahora nada, que el qué le vamos a hacer. Y lo dicen vencidos y convencidos por el azote insistente de los infortunios, sintiéndose impotentes siquiera para emitir una queja, a sabiendas, quizás, de que nadie les haría caso.
- Aquí, por mucho que busque, no encontrará otra cosa más que pie­dras y cerros; unas cuantas cabezas de ganado y pare usted de contar. Los viernes por la tarde aún suelen acudir algunos de los de fuera, pero esos traen otro plan distinto al de los que estamos aquí. En verano vienen como locos a bañarse en el Jarama.
El señor Cesáreo López, agarrado a su vara, estaba sentado en el escalón, a la sombra de un estrecho pasadizo sin nombre.
- Pues guardando las ovejillas estoy, ya ve usted. Una veintena que tengo careando ahí detrás.
- En sus tiempos debió ser buen pueblo el suyo. Parece grande.
- ¡Miá si fue!; claro que fue, pero de qué nos sirve. Ahora no quedamos más que cuatro de ellos. Media docena de vecinos si me apura.
- Es curioso. Octubre y los árboles con fruta todavía.
- Sí que hay alguna, manzanas sobre todo, pero se cae. Les entra el mal y las tira el aire.
El señor Cesáreo, golpea mientras me habla los cantos de la calle con la punta de la vara.
- Esa señora, que viene por ahí es la más vieja del pueblo. Andará ya por los ochenta, y se llama la Tía Narcisa.
- Voy a echar un vistazo a las gallinas -dice la mujer cuando pasa por delante de nosotros.
- Viajarán poco ustedes. Ni siquiera les apetecerá salir de aquí.
- Poco. Algunos sí que viajan con eso de que tienen los hijos fuera, pero otros se pasan aquí los años eternos sin salir del pueblo.
- ¿En qué se distraen cuando llega el invierno?
- En nada. Cada uno a lo suyo. En estar con el ganado. Luego echa­mos en casa nuestra buena lumbre y a esperar.
- A esperar, ¿qué?
- No lo sé. A que nos abran el bar cuando viene el de Madrid, un sábado y un domingo cada quince días. Esto se queda como muerto cuando llega este tiempo. Cerros, cerros, cerros; nada más que cerros.
A nuestra izquierda, muy cerca de adonde estamos, queda lo que en Colmenar la gente conoce por la Huerta del Cobo. El tapial se ve re­vestido de zarzales, limpios, como si ninguna mano hubiera pasado por ellos. Las moras para el forastero son una provocación.
- Me gustan, ¿saber? Voy a coger unas cuantas mientras que no hago nada. Son fruta de pobres, ya lo sé, pero están muy ricas.
- Esas son ya tardías. A primeros de septiembre vienen otras que les decimos pajareras. Aquellas son más gordas.
Una pareja de patos blancos se chapuzan a placer en un charco que hace la reguera. Por el poniente hiere el sol cuando se mira a las cumbres empinadas de los cerros. El pueblo se presenta como una exhi­bición de rusticismo por estos rincones de las afueras, un juego de aleros oscuros y de casonas cenicientas, sobre cuyos muros de pizarra y cal bailan los entramados y los añosos paredones de barro que se amasaron no más acá de hace dos siglos. Tejadillos umbrosos que se sostienen pienso que de milagro, con el simple apoyo de unas maderas requemadas por debajo de las canales. ¿Habráse visto estampa más elocuen­te del alma moribunda de estos pueblos de montaña? Rayando extramuros, a la luz vespertina con su escabrosa piel de marañas y de robledillos, los picos del Otero, de la Mená y de la Cabeza del Viejo, donde las gentes de acá miran cada mañana y cada tarde para saber de lluvias, de neblinas y de temporales.
Por un altillo de lo que pudiera ser la calle Mayor, antes de caer otra vez en la plaza, la señora Narcisa va delante de mí en medio de una bandada de gallinas que la siguen de cerca. La calle de la Iglesia parece que conserva aún un poco de su antigua y señorial estampa. Las flores se encienden reventonas en las ma­cetas de una galería corrediza, bajo visera de tejas y de tablas pasadas, muy original y muy bella. Los cuatro vecinos de la calle y algunos más que todavía quedan de los veraneantes sin prisas, charlan plácidamente a la sombra de un olmo que mira hacia el barranco.
- A los que no viven aquí les dará pena tenerse que marchar.
- Pues sí, pero es en Madrid donde tenemos nuestra vida resuelta y no aquí. No hay más remedio. ¿Le gusta todo esto? Tiene poco que ver. Ahora le están dando la vuelta con lo de las obras.
En el límite meridional del pueblo, sola y rodeada de tremendos zarzales que crecen entre las piedras de los bancales, está la igle­sia del antiguo burgo serrano. Me han dicho que se está comenzando a hundir, que no tiene techo. La torre de tres cuerpos y el ábside son de sillarejo del siglo XVI cargados de nostalgias y de leyendas, y tal vez sin otro porvenir a la vista que desaparecer irremisiblemente antes que después. Detrás queda el humilde camposanto del pueblo, con sus cru­ces de forja y sus manojos de florecillas secas; encajado entre las ruinas becquerianas del ábside y presidido por una cruz negra de made­ra tosca, una cruz descomunal que da a la muerte, más romántica allí que en ninguna otra parte, cierto olor a tragedia, a tremendo misterio, a desdicha fatal y desesperada.
Por encima de los descomunales volúmenes de los cerros, se respi­ra incontaminado el aire de los dos mil metros de altitud. Se ensan­chan los pulmones en el florido atardecer otoñal de las cumbres, mientras que el corazón de los hombres se empequeñece, busca su madriguera en la oscuridad a la vez que el sol se escapa tras uno de tantos picachos anónimos, dejando en el horizonte un halo de luz y de sangre desteñi­da que, al final, lo mismo que a las montañas, y que al pueblo, y que a las gentes, se tragará la noche.
Las campanillas del ganado suenan por el barranco tapizado de matorral despidiendo el día.

(N.A. Noviembre, 1985)