martes, 17 de marzo de 2009

ESCOPETE


De buena mañana y en dirección a las tierras de complicada oro­grafía que caracterizan a la Alcarria Baja, es una delicia viajar con los albores de junio en busca de impresiones nuevas y de nuevas gentes por esos caminos donde a uno siempre le trataron bien.
El empalme de Monteumbría, mucho después de haber dejado atrás la carretera de Pastrana y no tanto el ramal de Hontoba, nos pone de hecho en las mismas puertas de Escopete. El pueblo apenas si se advierte al entrar, queda semioculto detrás de las eras. La urbanización se apartó de la antigua villa de o1ivareros y el viento, fresco a pesar de la época, agita las hojas de las acacias.
­Aunque he vivido muy cerca de aquí, es, no obstante, la primera vez que visito Escopete. Cuando se llega, uno se encuentra con un pueblo limpio, de calles bien pavimentadas y una Plaza Mayor reco­leta, cuadrada, donde los más viejos del lugar, que son para el ca­so la inmensa mayoría de sus habitantes, se recrean tomando el sol a la puerta del ayuntamiento.
En estos casos es lo más prudente que el recién llegado se dé, nada más descender del automóvil, una ligera vueltecilla por el pueblo, quizás comiéndose con los ojos todo lo que ve y anotando en su cuaderno de notas la primera impresión, que ha de ser después el cañamazo so­bre el que se imprima, con cierto orden, naturalmente, lo que tiene que hacer. Luego sólo resta poner en juego esa habilidad que da el oficio, de manera que, con dos o tres horas de estancia en cada lu­gar y otras tantas transcribiendo al lenguaje escrito lo que allí se vio, el trabajo queda, concluido y a punto para ponerlo ante el juicio del lector. Pues bien, la cosa no tiene ma­yor complicación y se cae de sencilla, lo que no excluye que donde menos pienses haya personas que te puedan salir, como mi amigo de Escopete, don Federico, por los cerros de Úbeda.
- ¿Qué, ya se ha dado cuenta de cómo están las cosas para luego echar el guante?
- No creo. Me parece que usted se equivoca.
- ¿Que me equivoco? En estos tiempos, cada vez que veas a un ex­traño, piensa mal y acertarás.
- Pues en esta ocasión su teoría le ha salido mal. Yo no vengo a pedir nada ni a llevarme nada. Mi misión, aun que usted lo ponga en duda, es la de ver lo mucho bueno que tenga Escopete para ponerlo luego en los periódicos y que la gente se entere.
- Hombre, pues si es así, usted dispense.
- Lo que podía usted hacer, si no tiene muchas ocupaciones, es venirse conmigo y enseñarme el pueblo. ¿Qué le parece?
- Nada hombre. Como quiera. Eso está hecho.
Y así, lo que en principio pudo ser una discordia, terminó en la mejor armonía. Al momento cogimos en amigable conversación la Calle Mayor y nos fuimos buscando las afueras, con dirección a la iglesia Un hombrecillo de bastante edad y con gafas oscuras sale de una tienda que hay a nuestra derecha. El hombre lleva en la mano una bolsa amarilla de las de la compra.
- ¡Qué calles más bien arregladas tienen en este pueblo!
- Pues aún podían estar mejor. Hay muchas todavía sin arreglar.
- ¿Qué viene el hombre, de la compra?
- De por unas cuantas galletas. Esto es un bar, si lo necesita ya sabe donde está.
- Muchas gracias. Cuando me marche, a lo mejor paso.
A primera vista sorprende muy gratamente la gallarda espadaña de la iglesia, situada en las afueras. No vine con la intención de hallar aquí el regalo de otra portada románica, perdida en la penumbra de un pórtico al que se llega después de un jardinillo con lilas y con rosales en flor. Es una portada en buen estado. El pico con el que se cierran las archivoltas delata su origen tardío, sin duda de la decimotercera centuria. Los capiteles están adorna­dos con motivos vegetales, y los haces de columnillas que los sos­tienen, muestran sobre la piedra los efectos de la desconsideración y del paso de los siglos.
- Se conoce que los chiquillos se entretenían en arañar las co­lumnas con clavos o con piedras, y por eso están así. Los trozos que faltan no han sido los chiquillos.
La puerta está cerrada. En el silencio de extramuros ruge el viento al estrellarse contra la pompa de los olmos. La espadaña soporta impasible, mirando al norte, la caricia del vendaval. En uno de los vanos, a falta de campana, nació una higuera.
- Eso es porque los pájaros han traído la semilla y ya ve donde ha nacido; no se puede explicar otra cosa.
Desde las tapias del cementerio se divisan los chalets de la urbanizaci6n, asomados a su balcón de gris áspero al otro lado de la Vega Baja. Los cerros por aquella parte se rizan de maraña y las laderas de La Lámpara muestran su falda punteada de olivar.
- Aquí es que tenemos tres vegas. Aparte de ésta tenemos la de Valdelagua que va a Hontoba; y luego la de Sever, que se junta con ésta en el cementerio de Escariche.
- Pues la urbanización parece grande, ¿no?
- Sí; parcelas habrá más de doscientas, pero chalets, unos seten­ta debe de haber. También les falló el agua.
- ¿Yeso?
- Aquí andamos mal de agua. Para beber sí que hay, pero, para re­gar, nada. Ahí, detrás de los olmos, tengo un huertecillo con cuatro alcachofas y cuatro espárragos que no necesitan agua, y a tirar. Las vegas están, por lo menos dos, completamente secas. Ha llovido mu­cho, sí, pero hasta que los manantiales cojan, todavía falta..
- Parece increíble, ¿verdad?
- Mire, aquí tenemos el cementerio. Lo vamos a ampliar. Hemos comprado estos herreñales para hacerlo mayor.
Por la costanilla de la fuente sube ahora un tractor con los aperos a la espalda. Do Federico Martínez González, que viste gabar­dina y una curiosa gorrilla de paño verde, me cuenta que es tenien­te de alcalde; que entre alcalde, juez y demás, ha sido de ayunta­miento desde que acabó la guerra. Al pasar por la calle del Castillo pienso que Escopete se acaba pronto, que es un pueblo pequeño. Don Federico me va explicando que al terminar la guerra eran más de cua­trocientas personas, y que, si ahora se fueran a contar los que vie­nen para el fin de semana. Tampoco serían menos, pero que el lunes se vuelven a quedar solos otra vez.
- Y tan solos. Se los puedo contar, y no crea que me equivocaré en muchos: dos, cuatro, cinco, siete, nueve..., unos cuarenta y tantos en total, y casi todos viejos.
Ahora sale del pueblo un rebaño de ovejas recién esquiladas. No sé por qué, pero las ovejas sin lana tienen cierto parecido a las se­ñoritas ataviadas de los barrios bajos, saltarinas y englengles, cuando salen de conquista. La perrilla del pastor muerde las patas traseras de la burra que sale dando saltos derecha a la fuente. El rebaño nos deja al pasar un pastoso olor a sirle.
En mitad de la plaza Nicolás, el pregonero, suelta a las cuatro esquinas las últimas ordenanzas municipales a toque de trompeta. No son muchos, creo que después de Pedro, el alguacil de Ujados, es es­te el pregonero que recuerdo haber visto más recientemente en pleno ejercicio de su función. Las mujeres escuchan con interés desde las inmediaciones de la plaza.
-¿Qué pregona, señor Nicolás?
- Que vengan a dar las altas y bajas de los perros, de los burros, de las bicicletas, y a que paguen lo de las sepulturas.
Por la calle de La Pedregosa, mi amigo, don Federico, me cuenta que su padre fue veterinario y que tiene muy buenas amistades en Guadalajara.
- Cuando yo era joven empecé a estudiar Magisterio, pero no debía de ser muy buen estudiante y mi padre me puso aquí con la labor. En Escopete he pasado toda mi vida. Eran malos tiempos.
- Bueno, ¿y qué más da? La vida hay que pasarla, y cuando se llega al final de la función, lo importante es haber hecho con garbo su papel, aunque no sea de primer galán. ¿No le parece?
- Pues sí. A fin de cuentas, todos acabamos por correr la misma suerte. Mire, le voy a enseñar un azulejo que tiene más de 100 años. Ahí está: "Calle de La Pedregosa". Desde aquella columna de arriba es nuestro todo. En este corral de abajo tenemos unas cuantas colme­nas de las de antes.
- Me llama la atención la cantidad de olivos que se ven por las afueras. Cuidándolos bien, seguramente que tendrían una riqueza en todas esas laderas.
- Ya, pero han de estar así a la fuerza. Cinco mil y pico tengo yo, ¿para qué'? Ahí las tiene, todas yermas. Lo poco que he cogido alguna vez en los últimos años, vale menos que los gastos de mano de obra. Así no se puede seguir.
- Bueno, pues una impresión más o menos exacta de lo que el pueblo es ya me la llevo. Así que, no sabe cuánto celebro el haberle cono­cido. Si quiere se puede venir conmigo hasta Guadalajara.
- Gracias. ¿Qué le ha parecido esto?
- Muy bien. Escopete es un pueblo donde me da la impresión de que se debe vivir sin demasiados problemas. Lástima que la gente se empeñe, como en tantos más, en quitarlo del mapa con eso de mar­charse a la capital. Cada cual conocerá sus motivos, pero es una pe­na. ¡Qué quiere que le diga!
- Así lo pensamos nosotros también.
Escopete, municipio y villa de la subcomarca de Pastrana, de 19,1 kilómetros cuadrados de extensión y 860 m. de altitud. La emigración ha dejado una mí­nima colectividad humana: 57 habitantes en 1981. En 1970 eran 142, y en 1960 superaban los 350. Se cultivan cereales, olivos, hortalizas y prados. Es lo que dicen de él los informes fríos de los libros especializados en contar por medio de cifras lo que los pueblos son y lo que fueron antes.

(N.A. Junio 1984)