jueves, 12 de marzo de 2009

CUBILLEJO DEL SITIO


CUBILLEJO DEL SITIO

La hora es verdaderamente intempestiva. Junio, cuatro de la tarde. No es el momento mejor para llegar a un pueblo, sea cual fuere, por ver cómo es y lo que allí se cuece. En Cubillejo del Sitio, a mi llegada se cuece todo: las piedras, el asfalto, los pájaros que busca­ron refugio en las sombras de las huertas, el campo y la vida son esta tarde y en este entrañable lugar del Señorío molinés un verdadero horno.
El viaje ha sido largo. Atrás quedó la capitalidad, Molina, que nos limitamos a bordear al pie del castillo y aquí estamos, en la expla­nada de los bajos de Cubillejo por donde no se ve un alma. Hay, por todo haber, un perrazo sesteando a la sombra del portalón de la fra­gua que, para colmo, ni siquiera me mira. En la otra orilla suena incesante el rumor de una fuente, cuyo caño bien surtido vierte en un abrevadero largo, inconmensurable, el abrevadero más largo que he visto en mi vida, a la sombra de un endrino. El pueblo queda justa­mente arriba, escalonado en la ladera y mirando al mediodía, de cara al vallejo y a las primeras elevaciones importantes de la Sierra de Caldereros.
La fuente de abajo echa un agua fresca y revitalizadora. Al rato de estar allí se levanta un vientecillo que barre la vega y sacude levemente, delicadamente, las ramas de los árboles y las espigas de mies en las hazas. Entre unas cosas y otras, sentado en el borde de la fuente, al visitante se le abren las ganas de ponerse en marcha, y opta por arrastrar su cansancio por callejón arriba en busca de alguien con quien conver­sar. Se sube entre paredones de cerca y muros de piedra rojiza, de ­casonas viejas y desangeladas. Al torcer la mirada atrás se ven, no lejos, las encinas que preceden al Pico del Águila, y, más hacia no­sotros, los esbeltos trigales de la vega comenzándose a teñir de su característico color de paja. Por encima del barranco y de los mon­tes se mecen solemnes una pareja de aves de rapiña.
Todavía no he visto a nadie. Cerca de la plaza me encuentro aho­ra con un perrillo canela, de brillante pelaje, que me mira cariacontecido, con ojillos cadenciosos y cara de profunda pena, no sé el porqué. En el centro de la que supongo debe de ser la Plaza Mayor de Cubillejo del Sitio hay otra, fuente más; ésta de bien trabajada cantería, cuidada y elegante. La fuente de la plaza derrama sobre la ­pilastra de su base en doble canal. Tras de mí queda el frontón, solitario y magnífico; frente por frente un edificio restaurado, ba­jo y simétrico; deduzco que serán las antiguas escuelas de niños que hoy dedicarán, tal vez, a centro de recreo y consulta médica. En la cara poniente de la plaza, la más alta de las tres, se ve una casona-palacete dieciochesco donde está el bu­zón de Correos, que supongo será el ayuntamiento.
En vista del poco éxito me voy de allí oliendo una ramita de hierbabuena que acabo de arrancar al pie de un plátano. Al rato, por fin acierto a dar con tres señoras que cosen a la sombra. Las mujeres están sentadas sobre sillas bajitas de espadaña, en corro, no se miran, pero hablan una con otra sin parar. La mujer que parece mayor viste pañoleta, pelerina de lana y saya hasta los pies rigurosamente ne­gra. La mujer que parece mayor no cose ni hace nada.
- Pues no señor, no hago nada porque ya he trabajado bastante.
- Ha sido una suerte verlas. Creí que no encontraba a nadie en to­do Cubillejo ¿Qué pasa?
- Si somos muy poquitos. Seguro que si busca no encuentra usted por ahí otro corro de tres -me dice ahora una de las que sí cosen. Aquí hemos llegado a ser hasta setenta vecinos. Luego se fue la gente y a malas que estemos veintitantas personas en el pueblo.
- Pues me parece bonito Cubillejo, ya ven. Con esas vistas y esa vega desde la plaza debe dar gusto vivir aquí.
- Y muy tranquilo, y muy sano. El día del Señor se murió una abuelica que iba a cumplir ahora 102 años, y no hace tanto se murió otra con 101, y por ahí tiene usted al Tío Tiburcio, con sus 96 caminando tan listo. Digo yo que tienen que ser las aguas.
La mujer que viste pañoleta y pelerina negra se llama Patricia. Con el calor de la tarde me produce al mirarla una tremenda desazón. Debe de pasar mucho calor la pobre mujer.
- Ah, pues no señor. Con esto se va muy bien. Cuando voy a Barcelo­na con mis hijos me dicen que me lo quite y me ponga vestido como las de ahora. Yo no quiero. Tengo de todo pero no me lo quiero poner. Voy así porque he ido siempre y porque me gusta.
Las otras dos señoras, doña Fe y doña Amparo Alguacil, me han di­cho que son hermanas. La segunda es la esposa del alcalde de Cubillejo.
- Bueno, mi marido es el alcalde pedáneo, porque este pueblo pertenece al ayuntamiento de Molina. El otro Cubillejo igual. ­
La señora, Fe me cuenta que está haciendo una colcha de ganchillo para su hija, que al hijo lo tiene de sacerdote en Trijueque y por esos pueblos que hay en la carretera general, cerca de Guadalajara.
- Ahora cuando se afiance el verano, esto se llenará de gente, supongo.
- Claro que se llena. De chiquillos con las bicis que no dejan nada vivo, que rompen cristales, que tiran piedras al pilón, siempre haciendo rastros. Yo tengo un nieto -me cuenta la señora Patricia -que estoy con miedo de que venga. Ese es peor que un bicho.
- Las calle parecen muy arregla das, ¿verdad?
- Sí, las empezaron a arreglar pero aun quedan muchos rincones que están como antes; y los focos igual, el que no mira al cielo mira a la tierra. No hay ninguno que esté como debe de estar.
Luego, las tres mujeres me hablan de los hijos del pueblo que vi­ven en Guadalajara. Cuando les digo que no conozco nada más que a uno, parece que se extrañan. Después me cuentan lo de la fiesta.
- Es Jesús Nazareno. Siempre la hemos hecho en mayo, pero por las circunstancias la tuvimos que pasar a agosto. Mucha gente sí que viene, pero ni fiesta ni nada. Ni aquellos bailes que había en nuestra mocedad, y aquellas rondas. Ahora, todo como muerto.
Por enigmática e insegura, quizás sea la leyenda que habla del nombre actual de Cubillejo del Sitio una de las más interesantes que componen el nomenclátor total de nuestros pueblos. Se dice que entro tiempo el pueblo se apellidó del Cidio, en memoria del paso del Cid, cuando el destierro obligado a que le sometió el rey Alfonso VI, su Señor. Otros lo atribuyen a razones más acertadas, alegando que fue aquel el lugar exacto que eligiera Fernando III para es­tablecer su cuartel general cuando el cerco, o sitio, del cercano castillo de Zafra y que, como se sabe, concluyó con la boda de doña Mafalda, hija del magnate sitiado, y de don Alfonso, hermano del rey, que después serían los cuartos señores de Molina.
El atrio de la iglesia es un apretado yerbazal de vallico, desde donde se domina en una sola visión el lejano y abrupto declive de las montañas y de los roquedales, y la veguilla suave más cerca, como un mínimo mediterráneo de mieses a punto de sazón onduladas por el sol poniente. La portada renacentista queda entonces a nuestra espalda.
Es un bello ejemplar de cantería trabajada con pulcritud por artesanos de hace tres siglos, más o menos. La espadaña, es posible que de la misma época, y el sobrio edificio parroquial del XVI, sirven en lo más alto de ornamento al resto del pequeño lugar.
- Tiene mucha historia este pueblo. Antiguamente he leído yo que se llamaba Cubillejo del Buen Sitio.
- Ah, pues mire, eso si que no lo sabia.
- La cosa es que así a primera vista parece que no tiene traza, pero aquí hubo reyes y de toda la pesca, de cuando los moros y los romanos. Donde está la iglesia, antes estuvo el castillo.
No pasé mucho rato con Antonio Ramiro y con Amalio Alguacil en el cómodo rellano del barrio de la Iglesia, debajo mismo de las campa­nas donde los dos tomaban la sombra. Les dije luego que tenían un pueblo muy limpio y que las calles estaban perfectamente de pavimen­to, quizás un poco en cuesta.
- Así con el cemento, cuando viene el invierno muchos días se con­vierten en pistas de patinaje.
Cuando bajé hasta la fragua para emprender el viaje de vuelta, todavía dormitaba a la sombra del tejadillo el perro antipático que me encontré al llegar. No tiene, por lo que se ve, otra tarea mejor en toda la tarde. En Cubillejo, como en algunos cientos de pueblos más de la provincia, la gente vive sin demasiados agobios, sin pri­sas, como Dios les da a entender, que siempre es buena cosa. Quién sabe si no está ahí el quid de la cuestión, el secreto de longevidad ­de estos hombres y de estas mujeres que, encorvados y rugosos de piel, son pura historia igual que las leyendas y las piedras nobles.
Me detengo unos instantes al salir para contemplar, desde su propio pie, el pairón barroco de San Juan Bautista asomado por encima de la cuneta. Creo que es el más artístico de todo el Señorío y, por supuesto, un orgullo para Cubillejo del Sitio. Un hombre mayor con panta1ón de tela fina se pasea, como debe ser, por el ar­cén izquierdo de la carretera. Se ve que es un hombre de capital y que está al tanto de las normas de circulación establecidas para los peatones. Le digo adiós con el claxon y me responde moviendo la mano lentamente como señal de despedida. El anciano de la carretera y el visitante no se conocen.

(N.A. Julio, 1985)