sábado, 28 de marzo de 2009

FUENCEMILLÁN


Cuando a los días se les ocurre amanecer siniestros como el de hoy y las heladas asolan sin piedad las tierras yermas de Cogolludo, dicen los de Fuencemillán que los demonios corren por las calles. Es verdad que, mientras se anda por la Campiña del Henares, la situación es distinta. Será en Montarrón donde comiencen los primeros vellones de nieve apelmazada en los zopeteros que acabará por cubrir, más adelante, los altos áridos y las vegas muertas de Fuencemillán.
- Claro que sí; ahora se sube hasta la plaza divinamente. ¿Para qué deja usted el coche aquí?
- Es que patina, sabe. Me acaba de dar una rabeada en la esquina y casi se desmorra contra la pared.
- Bueno, pues como quiera. Suba andando que la plaza no tiene pierde.
Las calles empinadas se cubren todas con una placa de hielo sin derretir dibujando las zonas en sombra. En el alto, los chiquillos hacen cabriolas con las bicicletas por encima de la nieve que se fue acumulando en las umbrías de la plaza. El coche del panadero sube tocando el claxon estrepitosamente. En la solanilla del ayuntamiento hay dos hombres charlando al sol con las manos me­tidas en los bolsillos. Junto a los dos hombres, un palitroque des­comunal se pierde en las alturas señalando al cielo azul, al cielo gélido de la mañana de invierno.
- Buenos días tengan ustedes.
- Lo dirá usted por decir algo.
- Pues, más bien sí ¿Eso qué es? En su tiempo yo diría que es el mayo, pero ahora...
- Eso es, el mayo, y el junio, y el diciembre, y todos. Los mocetes lo plantan con mucha ilusión, pero, luego...a ver quien lo qui­ta. Ese, lo mismo se tira ahí un par de años.
El ayuntamiento de Fuencemillán es una casona blanqueada, sin historia, sin edad, que preside la plaza. En la puerta del ayunta­miento está el buzón de correos y la placa azul que anuncia la cen­tral de teléfonos.
- Y esto de aquí era la escuela. Si el refrán lo dice:

Fuencemillán está en cuesta,
tiene la iglesia en lo alto,
la casa-villa en la plaza
y las escuelas lindando.

- Oiga: el señor Juan, el cartero antiguo, vive por aquí, ¿no?
- ¿Lo conoce? Pues ese es mi hermano. Vive allá enfrente. ¡Hala vamos! que yo le acompaño. Pues dice usted, aquí pasan cosas muy raras. Si esta mañana bien temprano estaba tan raso como ahora y se veían caer copos de nieve, ¿qué le parece?, digo yo que si los traerá el aire de allá de la sierra. De Montarrón a esta parte cambia mucho el clima; esto es más frío, y si se va usted hasta Veguillas, más frío aún. Ya ve usted cómo está la cosa para coger aceituna.
Mi amigo, el cartero viejo de Fuencemillán, estaba con la señora Paca, su mujer, desplumando gorriones en el corralejo trastero que da a la plaza. El polvillo de nieve toma la forma de las piedras y de los cascos de tinaja sobre la barda que cubren el paredón. Dos gatos, gordos como cochinos, contemplan el expolio lastimosamente, maullando a la espera de lo que caiga.
- La cosa es que los pájaros no son mal bocao; pero tienen tan poco los puñeteros…
El señor Juan, don Juan Sacedón Alcorlo, es hombre alegre y de extraordinaria disponibilidad, inteligente, de trato cortés y ami­gable. Es mi amigo un profesional a su modo del genio y del buen humor. Quizás usted conozca al señor Juan personalmente.
- Pues pudiera ser. A mí me conoce mucha gente. ¿No ve que yo soy botarga de la fiesta de Hita? Lo que pasa es que como lleva uno ese ropaje, no hay quien te adivine. Yo soy, para que usted se entere, el botarga de Beleña.
- De Fuencemillán, querrá decir.
- No, no: de Beleña; que aquí no hay botarga. Como allí no queda gente, me visto yo, y voy como si fuera de Beleña. ¿Se va enterando?
- Sí, un poco.
- Pues eso. Nos juntamos cuatro en Hita: el de Montarrón, el de Aleas, el de Arbancón y yo, que soy el de Beleña para los efectos.
- Señor Juan: ¿Cómo les dicen a los de Fuencemillán?
- Ahora no nos dicen nada, pero antes nos decían los ahumaos, porque aquí en tiempos se hacia mucho yeso. Lo llevaba la gente a todas partes con los borriquillos. El pueblo está todo encima de pedruscos de yeso. Ya no queda ningún molino de aquellos. Ahora hay fábricas, pero se han ido allá cerca de Espinosa.
Restos aún de la Guadalajara vinatera de principios de siglo quedan como muestra perdidos por los ribazos. Las tinajas lucen en la ladera su panzota rojiparda de barro cocido. Fuencemillán está salpicado de pequeños cuartelillos de olivar afincados entre las calles. La curiosa estampa de los olivos con vocación urbana se re­pite frecuentemente en pueblos de la Campiña y de la propia Alca­rria.
- Ya no es nada. Muchos los van arrancando para construir, pero ya ve cómo están de fruto. A estos no los cuida nadie.
- ¿Qué hacen aquí con la aceituna?
- Se la llevan los de la molienda y luego nos traen el aceite. No sé si es a Aranzueque adonde se la llevan o por esa parte.
Yo sugerí, y mi amigo el señor Juan aceptó, la idea de subir hasta la iglesia a pesar del frío y del tremendo ventarrón que soplaba desde la sierra. Al respaldo de la sillería y abrigados los dos hasta por encima de las orejas, todavía es posible aguantar allí el bufido del huracán que silba por las esquinas. Es el de Fuencemillán un tem­plo sólido, provisto de espadaña en lugar de torre, y un portalejo previo a la puerta de entrada al que se accede a través de un arco de medio punto cerrado por verja de bien trabajada forja. En el hierro queda constancia escrita de que fue Martín del Rey, de Co­golludo, quien hizo la obra en 1894.
- Yo lo llegué a conocer a ese. Si se fija bien, aquí no se ve soldadura por ninguna parte. Todo a base de calor y de martillo. Lo que más vale dicen que son estas figuras de abajo. ¿Se atreve a que nos asomemos a lo de Valdelacasa?
Lo de Valdelacasa es una hoya que queda a la caída de la igle­sia mirando al norte. Para verlo hay que asomarse a cuerpo gentil por el esquinazo donde se estrellan los vientos helados que llegan desde el Ocejón.
- ¡Caray! Si no hay quien mire. Eso de más arriba es el Cerro de los Hornos. Ahí es donde se hacia el yeso antiguamente.
Las tapias del cementerio quedan frente a nosotros. Sobre las tumbas se ha ido recogiendo la nieve en montoncitos pequeños a manera de dunas, empujada por el aire. Nos llega desde abajo el ruido bronco de dos camiones por la carretera de Espinosa. Vehículos pesadísimos de tres y de cuatro ejes que ocupan al pasar toda la anchura del camino.
- Los ve bien. Esos son los sustitutos de los borricos que lleva­ban el yeso. Cómo cambia la vida ¿verdad?
- Ya lo creo.
- Mire, qué bien se ve desde aquí el Cerro de la Cabra, y la Dehe­sa, y la Cuesta Triguera por allá arriba, y el Barranco de Valdemuñoz.
- Mucho campo yermo, señor Juan, pero poca labor.
- Claro, de labor sólo los bajos. Eso sí, lo poco que hay es muy bueno. ¿Y los pastos..?, de lo mejorcito de la comarca. Aquí siempre han tenido buen ganao, pero, ya sabe, la gente se va haciendo mayor, y lo hemos tenido que vender poco a poco. Qué sé yo si habrá muchas más de cien ovejas.
En Fuencemillán existe actualmente una cerrajería y dos tiendeci­llas donde las mujeres se surten de lo más imprescindible. La de Pa­blo, tiendecilla y bar a la vez, es un establecimiento sombrío, con poca luz, tiene el mostrador alto, muy alto, donde mi amigo el señor Juan y yo, ateridos de frío, nos paramos unos minutos nada más buscando la placidez de los lugares escondidos de la intemperie.
- ¿Y qué vamos a tomar? Si yo nunca tomo nada. A mí, todo esto de las bebidas, no me va. Como no quiera Que tomemos una copa de quina... Eso puede que nos ponga un poco a tono.
- Ah, pues a mí me parece muy bien – le digo. La quina calienta ¿verdad?
-¡Hombre, que si calienta! Pero como está un poco dulce pasa bien.
La gente en Fuencemillán habla siempre de las fábricas refirién­dose a las que en su día nos sorprendieron antes de entrar a Espino­sa, en sus mismas puertas, a esta parte del río. Quiero recordar que son en aquel complejo cuatro factorías en total: dos de yeso, una de cementos y otra de harinas; todas enclavadas en tierras de Fuencemi­llán, según parece.
- Todo es de aquí, y la gasolinera no lo es por muy poco. El térm­ino del pueblo se mete allá, hasta las mismas orillas de Espinosa.
- Bajará la gente de aquí a trabajarlo, supongo.
- Qué va. Eso es lo malo, que para el caso bajan cuatro de ellos. Los dueños tampoco son de aquí y prefieren personal de otros pueblos. No sabemos por qué.
Cualquier fecha es buena para acercarse a Fuencemillán. Encontrará, estoy seguro, gente maravillosa y abierta al diálogo. Pero, si pre­fiere, yo le aconsejaría que lo hiciese un 3 de Mayo, la fiesta de la Cruz, o para San Isidro, que, como me cuenta Ana María, la telefo­nista, hay años en que se traslada, no sé por qué razón.
- Sí; la razón es que cuando hacen toros se pasa la fiesta a San Isidro, pero lo hacen siempre.
-¿En fiestas es correcta la gente con los forasteros?
- Mucho. Les damos la caridad y todo en el ayuntamiento: pan, que­so y vino, hasta que se harten.
La visita a Fuencemillán quedó en el recuerdo como una más; pero diferente a todas. El viejo pueblo de yeseros conserva intacto, a pesar de los tiempos, el carácter laborioso que le distinguió desde antiguo. Todavía queda por allí, perdida en sus angostas callejuelas, alguna casona con varios siglos que refuerza, con el pese de sus losas en lo alto, la verdad de cuanto el reportero vio, intuyó si no se le dijo, y hoy les cuenta.

(N.A. Enero, 1983)