lunes, 16 de marzo de 2009

ESCARICHE


A pesar de los años que me retuvieron por aquellas tierras de Pastrana y que me complazco en recordar con un especial cariño, debo decir, con no poco pesar por mi parte, que no conocía Escariche. El pueblo viene a caer mitad de camino en el ramal que une la carretera de Mondéjar con la de Tarancón, allá por 1as inmediaciones de la Villa Ducal. ­Una urbanización de viviendas coloristas, levantada sobre una leve vertiente de maleza cerca de las primeras casas, sirve de preludio a uno de los pueblos mejor cuidados de la Provincia. Cuando llega la tarde, el sol del otoño viene a estrellarse contra los ojos del conductor. Escariche es una villa centenaria, habitada por gentes trabajadoras y honradas, amantes de lo suyo, donde uno va saltando de sorpresa en sorpresa, hasta desbordar su asombro ante la estampa sencilla y elegante de la Plaza del Caudillo.
La de Escariche tiene tanto de plaza como de jardín. Ocupa un espacio cuadriforme, empedrado de loseta y de guijarrillos minúsculos en cuyo centro se alza una fuente escalonada, con tres cuencos sobrepuestos de mayor a menor como las tartas de boda, rematada por una alegoría infantil de piedra blanca y que sostienen sobre sus lomos de granito cuatro cachorros de león. Es una placita señorial, comedida y coquetona, a la que rodean por tres de sus caras viviendas distinguidas, con balcones pintados de color y macetas por las paredes. Las ancianas toman el sol en la acera delante de una casa en obras. Sentado sobre uno cualquiera de los bancos de la plaza, al recién llegado le apetecería quedar­se allí a descansar después del viaje, inmóvil, oyendo el murmullo de la fuente con las últimas sombras del atardecer. Al otro lado de la calle, la piedra de la iglesia se yergue en la espadaña del campanario.
Calle Mayor abajo, Escariche luce desde mediados del XVI su mag­nífico palacio. A primera vista, la noble mansión quiere recordar en su hechura al palacio ducal de la plaza de Pastrana. Por una de las pequeñas puertas que tiene a la calle, sale una señora ciñéndose el delantal con un lacito a la espalda que hace maquinalmente.
- ¿Qué casa es ésta, señora?
- Le dicen el palacio. Aquí había monjas, pero luego, según cuen­tan, se fueron a Almonacid. Esto es muy grande.
- Y muy bonito también, me parece. Yo creo que éste debió de ser un pueblo muy importante. No hay más que verlo.
- Ya ve usted, qué le va a decir una. Este pueblo dicen que tiene historia. ¿No ha visto los dos niños que hay en el escudo?
- Sí, ya me he dado cuenta.
La historia a la que debía de referirse la buena mujer del delantal puede ser la de los antiguos señores de Escariche; uno de ellos, don Nicolás Polo, consiguió traer hasta su pueblo e instalar en su propio palacio, que desde entonces pasaría a ser convento y palacio a la vez, alas monjas Concepcionistas de Guadalajara. Años más tarde, el referido señor, fundador del convento, pudo ver con gran gozo cómo seis de sus hijas profesaban como Franciscanas de la Concepción, pasando de inmediato a tomar parte de aquella comunidad. Hoy, las monjas de Escariche no son más allá que un vago recuerdo, una idea imprecisa en la mente del vecindario que la gente del pueblo suele contar con nostalgia y hasta con veneración.
Nada tiene de novedad, vagando por las calles sin otra misión que ver para luego contar a los lectores, encontrase con vivien­das de gallardo aspecto, en las que la higiene y el confort se adivinan a cada paso. Viviendas blasonadas unas, señoriales otras, distinguidas las más, hacen de éste un pueblo merecedor de un tratamiento especial, que según alguien me contaría más tarde, suele acompañar el suave carácter de quienes viven allí, la serena austeridad, y el encanto de su emplazamiento al borde del arroyuelo Catrono, su amante y compañero de siempre. Al pasar, uno se va encontrando de esquina en esquina con calles que tienen nombres llamativos, nombres con algo que decir: calle de Cantarranas, de Fuentearriba, Vistabella, calle de Enmedio. En el Callejón, que es como en el pueblo suelen llamar a un barrio alto en el que desemboca la calle Fuentearriba, hay un rincón alzado como en una plataforma del terreno a manera de patio andaluz o verbena de aldea, que cubre entrelazadas las ramas sarmentosas de una parra enorme.
­- Haciendo punto, mire. Aquí hemos pasado la tarde. Ahora que empieza a refrescar nos metemos a casa y hasta mañana si Dios quiere. No sabe lo bien que se está aquí al sol por las tardes.
De las tres mujeres del Callej6n, en realidad sólo oí hablar a dos. La otra, puede que pensara con razón que las cosas no es­tán como para ponerse de cháchara con el primero que llega.
- Oiga, ¿y aquello que hay encima del cerro?
- Es un Calvario. Cuando llega su tiempo se rezan las cruces subiendo el cerro arriba. Lo hicieron hace poco. Hay una ermita pe­queña, pero muy maja.
Hurgando en el archivo de los recuerdos y de las conmemoraciones locales, uno se encuentra con que Escariche tiene una veneración especial a la Virgen de las Angustias, su patro­na, cuya fiesta celebran con gran brillantez el primer domingo de septiembre. Pero pudiera ser que por su carácter eminentemente costumbrista supere a las demás la que dedican a San Antonio Abad, simpática fiesta de invierno enraizada con las tareas agrícolas desde hace siglos, y que los modernos sistemas de mecaniza­ción han venido a privar de una buena parte de su autenticidad campesina y rural con la que naciera. Al pasar las caballerías al campo ­del olvido, falta de la fiesta el momento popular y emotivo de la bendición de animales cada año. Pese a todo, Escariche continúa celebrando esta efemérides con una hoguera enorme en las orillas del pueblo la noche del 16 de enero, ocasión que ya de paso aprovecha la juventud y los grupos de amigos de cualquier edad para asar carne de cordero y entrar así, con buen pie y alegre el estómago, en la fiesta de San Antón propiamente dicha.
Aquí se vive del campo, de los cereales y del girasol especialmente. Los olivos, el viñedo y un poco de huerta, completan el abanico de productos agrícolas más destacables de su suelo, apar­te de una ganadería pujante, pero escasa todavía por falta de pastores que la cuiden. Me hubiera gustado encontrar, de paso por la Calle Mayor en donde vive, a un viejo conocido, Agustín Pérez Moranchel. Agustín es de alguna manera el padre y promotor del milagro urbanístico del nuevo Escariche; un hombre que desde su puesto de alcalde y de diputado en otro tiempo, encontró la posibilidad de alcanzar ciertas mejoras en beneficio de su pueblo y las supo aprovechar debidamente, meticulosamente, celosamente.
Al caer de la tarde los hombres se reúnen en corrillos por las aceras de la Calle úMayor. Llega desde la ventana del bar el murmullo de los jugadores de cartas, jubilados en ­su mayoría, que prefieren dejar correr el tiempo pegados al a­mor de la estufa. El cura está en su despacho rellenando un expe­diente matrimonial o una partida de bautismo. Don José María Re­yes lleva muchos años de sacerdote en Escariche, y el tiempo, y su exquisita condición de hombre de bien, le han convertido poco a poco en un incondicional del pueblo y de la gente del pueblo.
- Aquí da gusto. Es un personal que se responsabiliza con sus cosas, atento con quien viene de fuera, y yo creo que hasta un po­co emprendedor. Ahora iremos a ver la iglesia. La hemos ido res­taurando y merece la pena echarle un vistazo.
Hay unas señoras cuidando el jardinillo de la iglesia. Las mu­jeres acaban de hacer un poco de limpieza en el interior, preparando las cosas para la misa del domingo. Después de la restauración, la iglesia de Escariche es acogedora, limpia, a la que don José María le ha conseguido sacar todo el partido posible con el míni­mo de costo posible también.
-Ah, pues aun así, todavía se nos ha puesto en un millón de pesetas, y todo se sacó en colectas y donativos. Aquí el pueblo ha hecho una labor meritoria. Todo hay que decirlo.
Las sombras del otoño han comenzado a tender sobre los campos ariscos de la comarca su velo de cada noche. El viaje acaba de hecho con una visita relámpago a la Villa Ducal. Uno, que a veces gusta sentir su propia debilidad, acabaría por reconocer, a poco que le forzasen, su pasión casi filial por el viejo pueblo de la de Éboli. A escasos minutos de Escariche el coche me pone al pie del cerro del Calvario, con la vega del Arlés al hondo, con el convento que fundara Teresa de Jesús perdido como un fantasma entre la noche, y a un paso, salpicados sus rincones bellísimos por farolas eléc­tricas, toda la gravedad y el encanto de la Señora de la Alcarria, la noble y señorial, la mística villa de Pastrana.

(N.A. Diciembre, 1981)