lunes, 9 de marzo de 2009

CORRALEJO


A ti, que al ponerte a mirar este trabajo sobre un pueblo más, demuestras que sientes dentro de tu ánimo el sabor agridulce de es­ta provincia desangrada sin piedad de lo mejor que tuvo: sus hijos. A ti, que vives a diario con la nostalgia de tu patria chica, ahí donde la riada de los tiempos te dejó plantado y en donde no quisieras acabar tus días. A ti, que eres, tal vez a pesar tuyo, uno de los po­cos que, fieles a la llamada de la sangre, moras todavía agarrado de raíz al suelo que te trajo al mundo. A ti, amigo lector, estés donde estés, dirijo mi pregunta, la mar de ingenua, para que me contestes como lo hacían nuestros abuelos, con la mano en el pecho ¿Tenías idea de que Corralejo era un pueblo nuestro?
He vuelto a insistir, aprovechando la bonanza de la tarde, en viajar solitario por estas carreteras de la sierra de Madrid para colarme, allá por las crestas en donde nace el Jarama a falta de otro camino más recto, en una de las aldehuelas olvidadas y perdidas que hallaron lugar de reposo sobre los altos pedestales de Somosierra, desde donde poder mirar al cielo y a las estrellas limpiamente porque los hombres de aquí -entonemos el mea culpa- nos obstinamos en ignorar por sistema que ellos son también hombres como los demás hombres y compatriotas, casi conciudadanos, nuestros.
Más allá de El Cardoso se comparten las escarpas y las cumbres del macizo los rebollos y las estepas, los pinavetes de la repoblación y los jarales, el oro del sol y el azul del cielo. Acabamos de cruzar por un empalme de carreteras con indicadores que anuncian la presencia cercana de Peñalba, de Cabida, de Bocígano, de Colmenar, de Corralejo. Los cuatro primeros conservan desde siglos precedentes sus tejados de un siena rojizo, mientras que corralejo, debido a su proximidad con Majaelrayo y con Campillo de Ranas, se acicala de negro, porque es parte indivisa de lo que ha tiempo dimos en llamar impe­rio gris de la piedra de pizarra, aunque -ahí está lo triste- no tiene, ni tuvo nunca, comunicación vial con el resto de los pueblecillos que comparten con él similares características.
Antes de bajar a Corralejo, por una carreterilla que desciende bordeando un panorama alpino de profundas depresiones en donde pas­tan las cabras, se ve a no demasiada distancia por el saliente la vi­lla de Tamajón, cabecera de una comarca de la que, por imperativos de la orografía y de la desconsideración de los hombres, Corralejo se halla desligado.
Acabo de llegar al pueblo. He caído como en un cruce de calles reducido, casi a pleno campo. Tras de mí hay una ermita pequeña de piedra ne­gra con un campanil en lo alto, un leve cobertizo sobre dos colum­nas y un olmo viejo al que han desmochado con exageración. Las ca­sas refulgen al contraluz con sus techumbres de plancha cenizosa. Se ve una vaca y un ternerillo bebiendo a mi derecha en el pilón de una fuente cerca de la chopera. Un hombre de edad atraviesa la plazuela con un cubo en la mano.
- Buenas tardes. ¿Me podría indicar dónde vive Alejandro, el guarda?
El hombre no contesta. Inicia una retahíla interminable de soni­dos sin articular mientras que mueve las manos como un molino. Se ve que me quisiera complacer de mil amores, pero no puede. Es León, el sordomudo.
Una carteleta bajo el sombrío pórtico de la ermita dice: “Plaza de San Agustín”. Luego es muy posible que sea este donde ahora estoy el centro vital de Corralejo.
Como alguien me había dicho que al llegar preguntase por el guarda y el amigo León parece que no me daba noticia, ni cierta ni equívoca, pregunté a un señor y a una señora ancianos que tomaban el sol no lejos del olmo.
- El guarda es hijo nuestro, pero está en el campo. Tiene que es­tar a punto de venir. Pase usted a casa y tome algo.
- No, muchas gracias.
- Sí señor; ahora le saco el porrón o una cervecilla, y algo de comer si quiere. Tenemos poco, pero lo que hay está para darlo a quien tenga necesidad. Siéntese usted.
- Son muy amables. De verdad que no quiero nada. Vengo solamente a ver esto y por lo que adivino se ve pronto.
Enseguida aparece León, el sordomudo, y se apoya en el quicio de la puerta. Empieza a señalar hacia adonde yo estoy y a hacer ruido como de un motor. La señora Modesta lo entiende y le responde.
- Sí, hombre, sí; ya lo sabemos que este señor ha venido en el co­che, ya lo sabemos. Viene de Guadalajara.
León señala con la mano que Guadalajara está por allá, entre el saliente y el mediodía. Después vuelve a hacer como ruidos de motor y negativas con la cabeza.
- Sí, León, sí; que ya sabemos que a Guadalajara no se puede ir en coche, que no nos quieren hacer la carretera. Mira, este señor ha tenido que dar la vuelta, como todos.
Y el León a lo suyo, dale que te pego, gesticulando y diciendo cosas que no hay quien entienda. La mujer lo intenta solucionar.
- Toma un trago del porrón, anda. A ver si así te callas.
Y el sordomudo, en vez de callar, con el trago toma más bríos.
- Sí, hijo , sí; como si nos dices arroz ¡Pero no ves que no te en­tendemos!
Por fin se va León y me quedo a solas con el abuelo Juan y la abuela Modesta. En la casa tienen también la cabina del teléfono público y un apara­to de televisión en el portal. Los dos ancianos me dicen que son marido y mujer y además son primos carnales.
-¿Pues cómo es eso?
- Ya ve, las cosas que hacían antes. Muchas veces eran arreglos de los padres para no tener que partir, a lo mejor, un huerto o vaya us­ted a saber. Ahora la gente vive ya de otra manera.
- ¿Cuántas personas son en total en Corralejo?
- Aún seremos unas veinte. Hace dos o tres años vino al pueblo el señor gobernador y estuvo aquí en mi casa. Hablando con él como hablo con usted.
- ¿También lo invitó a vino?
- ¿Entonces? Pasó a la cocina y le di pan, y vino, y chiche también comió como uno de tantos. Y usted porque no quiere.
- ¿Cuánto ganado hay por aquí?
- Mucho. Más de cien vacas, de todas todas; y de ovejas y cabras una. multitud, ya lo creo. ¡Anda Juan! Acompaña a este señor para que vea algo del pueblo.
Nos bajamos el abuelo Juan y yo en amor y compañía hasta los pra­dos de La Canal. Desde las afueras, el hombre me fue señalando con la garrota las cumbres más altas de los alrededores. Verdaderos mons­truos de esteperas y de robles cercando el bravo horizonte de las sierras.
- Ahí tiene el Ocejón, y el del mediodía es el Pico del Otero. El Jarama pasa por ahí debajo, desde aquí no se ve. En este prao de los palos toreamos una choteja el día de San Agustín. Luego la matamos y se la come la gente. Una choteja de nada, ¿sabe?
- Pues, qué bien. Y con tanta tranquilidad como tienen.
- Tranquilidad mucha, y mucho frío en invierno también. A esta calle le decimos Las Cruces. Detrás de ese cerro de ahí mismo esta Campillo de Ranas. Con sólo que nos hicieran la pista hasta Campillo, ya se nos ponía Guadalajara a una hora de coche; pero ya ve usted, se conoce que a los que la tienen que pagar les viene mal y así nos tienen. Cuatro o seis pueblos sin comunicación con la capital, sólo por un cacho de pista de pista de media hora andando. Usted dirá si hay derecho.
- ¿Y las vacas por dónde pastan?
- Están en lo de Matallana, que lo compró ICONA y nos lo arrienda para pastos.
El abuelo Juan sube al pueblo con lentitud; por no hacerle andar le digo en seguida que lo he visto todo. Los años endurecieron el oído del abuelo Juan y es necesario hablarle fuerte. El viento frío de la atardecida choca en los troncos nudosos y en el ramaje limpio de la chopera. Andando por las afueras del pueblo, uno se da cuenta de que a medida que el sol afloja y va faltando la luz, Corralejo va ganando en misterio, y, naturalmente, en encanto. Las gallinas alzan a las nubes su ultimo sorbo de agua en el estanque de Los Pilares. En ese momento la abuela Mo­desta me esta esperando junto al olmo para enseñarme la iglesia.
Corralejo tiene como templo la humilde ermita a la que me referí al principio, pequeñita y paupérrima en su interior. Aquí no cabe hablar de retablos, ni de artesonados, ni de columnas, ni de pilas bautismales. Una especie de almacenillo o cochera sin cielo raso, por cuya cobertura se cuela entre las tablas negras y las juntas de las tejas la luz del día. Es lo que tienen en la aldea como lugar idóneo para dar culto a Dios. Hay una imagen de San Agustín y otra de la Virgen de Fátima, pequeñita, por todo ornato, una a cada lado del muro frontal. Junto a la puerta se ve una palangana con agua bendita encima de un montón de la­drillos sueltos. En el suelo, delante del altar, luce la llama mortecina de un cirio encendido.
- Qué maravilla. ¿Y tienen Santísimo?
- ¡Toma! ¿Pues qué se ha creído? Aquí tenemos de todo.
- Tienen todo; pero de todo no.
- Y buenos santos que había; pero, ya sabe, la guerra acabó con todo. A la lumbre fueron a parar.­
A la hora de la marcha me espera León al lado del coche; está fumando y sonriente, preparado para decirme adiós. Luego salude, por poco, a Alejandro Rodríguez, el guarda de Sonsaz, que volvía de vigilar la reserva con sus dos perros.
Las sombras de Peña la Cueva han cubierto el pueblo en un instan­te. En las laderas de la solana parece que se encienden los rebollos y las jaras con la ráfaga anaranjada del sol de la tarde. Corralejo se echa a dormir en el regazo de su encantador rusticismo antes de que en los demás sitios caiga la noche. Al subir de la cuesta, un pastor re­gresa con el hatajo de cabras de hinchada ubre buscando el calorcillo amable del hogar, en estampa viva y sonora que el tiempo ha sido incapaz de arrancar a los albores del siglo del progreso.

(N.A. Mayo, 1985)