domingo, 1 de marzo de 2009

COGOLLOR


Medio escondido en la fronda a la vera de un arroyo sin nombre, Cogollor espera la llegada del visitante en la paz de una prominencia de la Alcarria, donde otros cerros más altos de tomillar y ma­lezas resguardan de cualquier aire la piña de viviendas em­pinadas sobre la cuesta.
Hemos venido a caer de pronto, después de atravesar los llanos inhóspitos de Alaminos, en un paraíso terrenal donde la vegetación domina, enseñorea, y pienso que hasta condiciona, la vida de los hombres.
Conocía este pequeño lugar yendo de paso por la carretera de Cifuentes, sin haber caído jamás en la tentación de poner los pies en él hasta que, por corazonada acerté a llegar ex profeso una tarde gris de finales de mayo. Visto desde el mirador del tiempo, uno cree que es esta la hora de Cogollor, el momento justo para dejarse ver, y recibir visitas si sale al caso de quienes acuden a su vega con la mejor voluntad, con el alma a ojos vistas para evitar suspicacias, buscando el don indescriptible del color de los campos después de una primavera lluviosa, y el pueblo que lo sabe, que tiene corazón lo mismo que el intruso que accede hasta sus muros coincidiendo con la hora de la siesta, se le abre en afectos desde el primer instante.
- ¿No será usted el ingeniero que viene a ver la cosa de las ca­lles?
- Pues no soy yo, no. Lo siento.
- Es que llevamos un rato esperándolo. Usted perdone.
Ya uno, que durante los últimos cinco años lo han tomado en estos pueblos de Dios por tratante de ganado, por cobrador de contribuciones, por revisor de contadores, por oportunista y gente del hampa, siente como un halago cuando aquel señor del mono blanco le toma en Co­gollor por el ingeniero que lleva la cosa de las calles.
- Nada hombre; no hay nada que perdonar. Una equivocación la tiene cualquiera.
La calle del Padre Octaviano pasa paralela a las huertas de Los Cañamares. Es un barrizal casi intransitable. Por un callejón baja malamente un anciano apoyado en dos garrotas ortopédicas, una en cada mano. El desco­nocido se hace el encontradizo y coincide con el anciano en la misma esquina.
- Buenas tardes.
- Muy buenas, las tenga usted.
- ¡Qué bonitas están las huertas en este tiempo!
- Nada, no señor. Están muy feas. ¿No ve que se quedaron sin con­centrar? Todo está yermo.
- Pues es una pena ¿verdad?
- Ahora no se cultivan mas que las tierras de la vega. Aquí como no pueden entrar los tractores, lo dejan que se pierda.
- Claro.
- La vega coge por esa otra parte. Luego sigue allá abajones, has­ta lo de Valderrebollo.
- Y dice usted que lo mueven con tractores.
- Todo con tractores, sí señor. En el pueblo siempre habrá una docena de ellos. Mi hijo y mi yerno tienen cada uno el suyo.
Nuestra conversación, que nadie más escucha, tiene como fondo el canto variadísimo de cientos de pájaros escondidos en la espesura de la alameda.
-Esos son gurriatos; por aquí hay muchos gurriatos. Si quiere le puedo acompañar hasta la iglesia.
Bordeando las faldas de Cogollor, siempre a la orilla de las huertas, nos colamos bajo el arquillo que había de conducirnos ha­sta el atrio. Allí volvimos a quedarnos quietos los dos mirando en silencio los verdizales casi selváticos de la hoya.
- Lo están devorando las zarzas y los yerbajos. Como nadie se preocupa de ello...
- ¿Qué cerro es aquel?
- A ese le decimos el pico de la Veleta. Desde allí escupían los nacionales cuando la guerra, y los otros desde el Picarón, que está por allá detrás. Aquí mismo, debajo del pretil, estaba la boca de la ametralladora y la gente metida en sus casas. ¡Qué cuidao había que tener cuando se salía a la calle! Del pueblo mataron a dos o tres.
­El señor Eugenio, don Eugenio Contera Arroyo, mi amigo el ancia­no de Cogollor, me ha invitado después a entrar a la iglesia. Es pequeña, muy bonita, se ve que está cuidada con mucho cariño. El templo tiene una nave mayor que acaba en el presbiterio con un retablillo como fondo. La otra lateral es en realidad un pasillo de entrada que preside desde su altar la imagen venerable de San Anto­nio.
- Es el patrón del pueblo: San Antonio de Padua.
Por cobertura un só1ido artesonado que alcanza hasta el coro, también de madera oscura. A los pies del Cristo, tiembla en la pared el resplandor rojizo de unos cirios. A espaldas de la iglesia, comido por las hierbas que afloraron cubriendo las tumbas donde descansan en paz los que ya se fueron, queda el recogido recinto del cementerio. Nos asomamos el abuelo Eugenio y yo muy respetuosamente por el ventanillo de la puerta. En el interior se ven unas cuantas cruces, como flotando por encima de aquel intenso lago de verdín que creció al otro lado de la tapia.
- Este es el cementerio viejo. El nuevo lo tenemos según se sa­le para Alaminos. La segunda cruz que se ve detrás es la de mi se­ñora. Ya va para veinte años que se murió la pobre.
- Qué hierba más rara, ¿verdad?
- No se yo de qué clase será esto. Parece yedra, pero no es.
- ¿Cuántas personas quedan hoy en Cogollor?
- Pocos. Así de asiento, unas cincuenta o poco más.
Como en los pueblos de antes, en los que se respira al andar por sus calles la solera y hasta la tradición del tiempo pasado, uno se encuentra al andar por Cogollor con viviendas de recia estampa, juegos de entra­mado, de adobe, de caliza, bajo aleros corvos de madera gris tomada por los años.
- Mire, en ésta de aquí me he criado yo y he vivido siempre. Ahora la tienen vacía. La que hay dentro es mi nieta, que habrá subido a limpiar un poco.
Acabamos de llegar a la Plaza Mayor. En realidad no tiene mucha forma de plaza. Es un ensanchamiento longuiforme con dos alturas, en cuyo muro divisorio mana abundante la fuente pública. Hay tres ca­ños que desaguan en un piloncillo, para colarse después al abrevade­ro.
- Lo del sobrante baja después hasta los huertos.
Frente a nosotros queda la casona tal vez más fuerte y voluminosa de Cogollor, de piedra en muro. Es la casa curato, que se adorna pegando a la fachada con dos plantas de pita, una a cada lado de la puerta principal.
- Ahí es donde vive el señor cura. El pueblo es más pequeño que los de la contorna, pero como en los otros no tiene casa, pues vive aquí. El abuelo Eugenio y la señora Aurelia, su vecina, se interesan porque pase a ver las obras que están haciendo en el ayuntamiento. Está todo hueco. Se ve que quieren levantarlo como de nueva planta, con dependencias apropiadas para todo tipo de servicios: oficina municipal, consulta médica, sa1ón de sesiones... La señora Aurelia me dice que no he podido encontrar mejor compañía en Cogollor; que el se­ñor Eugenio es un incondicional de mis trabajos sobre los pueblos y que algunas cosas se las sabe de memoria.
- Y no lo dude. Si por una de aquellas viene usted por aquí y se va sin verlo, a este hombre seguro que le da algo. Muchos días se sa­le al sol con nosotras y nos cuenta lo que dicen de los pueblos.
Por la ventana en obras del ayuntamiento se alcanza a ver, vallejo arriba, el espectacular contraste de los trigales, tiernos aún, con el color encendido de los ababoles y de las tamarillas que comparten con el verde de la cosecha la humedad de los bajos. Aquí mismo, los tejados del barrio de las huertas, los corralillos ruinosos plagados de ortigas al alcance de la mano. En la plazuela del Vallejo hay una casa antigua que tiene el mu­ro dorsal en semicírculo, igual que los ábsides de las iglesias romá­nicas. Maruchi, una señora joven que vive frente por frente a la casa redonda, tiene el balcón plagado de macetas con geranios en flor. Al final de la calle saludamos a Engracia, otra mujer muy simpá­tica que con la señora Aurelia y el abuelo Eugenio consienten en ser fotografiados para la posteridad, después de darse una ligera peina­dilla, por eso del buen parecer, en una casa vecina.
- Bueno, pues nada; a ver si habla usted bien del pueblo. La pena es que no haya venido para la fiesta. Entonces sí que da gusto ver cómo se pone esto.
Y acabamos la visita tomando un café servido por Lourdes, la nieta del señor Eugenio, que desde que faltó su madre lleva las rien­das de la casa, obligada por la necesidad a ser mujer antes de tiempo. Lourdes debió sospechar que pasaríamos por allí, porque al momento lo tenía todo listo en la mejor paz y armonía, en el pequeño come­dor familiar, teniendo como testigos una mesa redonda, el aparato de televisión, una paloma disecada, una imagen sobre cristal de San An­tonio y las fotografías de otro tiempo que son recuerdo entrañable. Tomamos nuestra racioncita de café los tres, hasta el abuelo.
- Yo no debía de probarlo. La tensión la tengo muy mal, pero por un día...
Este es, amigo lector, el resumen un poco a vuelapluma de unas ho­ras en Cogollor, allá por la Alcarria cifontina. Pequeño lugarejo, sí; pero bello como pocos; donde los pájaros cantan sin descanso escondi­dos entre el ramaje de los huertos, y habita una raza especial de gentes cordiales, simpáticas, honradas y dadivosas, cuyos nombres hoy traigo a la memoria con admiración y cariño grandes.

(N.A. Junio, 1984)

1 comentario:

Guillermo Cepero dijo...

Cuando he leido esto me ha dado mucha pena y tristeza el no tenerte ya entre nosotros por todos los momentos contigo y lo que has representado y lo buena persona que eras ...

Un beso tía Aurelia

Tu sobrino Guillermo