domingo, 29 de marzo de 2009

FUENSAVIÑÁN, LA


La Fuensaviñán, el pequeño pueblecito de agricultores que hoy nos ocupa, y La Torresaviñán, simpático lugar vecino y parejo al nuestro, lucen, pienso yo, tanto el uno como el otro, innecesariamente, el artículo que los precede. En cualquier caso, el problema en cuestión que no va más allá de lo estrictamente gramatical, deja de serlo en el instante mismo en que uno da con sus pies por aquella zona y oye, con la mayor naturalidad del mundo, cómo las gentes de aquí se limitan a decir, sencilla y llanamente, La Fuente y Le Torre, al referirse a ellos. En este breve trabajo, por otra parte homenaje de gratitud a las dos docenas de hombres y de mujeres que allí vi­ven, repartiéndose entre todos las ventajas y las desventajas que arrastra la soledad, prefiero hacer uso de la misma denominación que me enseñaron ellos, el nombre familiar que cariñosamente le dedican los nativos. En este momento, amigo lector, nos disponemos a entrar en La Fuente.
El caserío queda escondido tras una espesa hilera de árboles. Los olmos y las choperas de los huertos forman una cortina umbrosa, de un verde intensísimo, que sorprende al viajero que llega con los ojos abiertos por el ramal de carretera que tomó en las inmediacio­nes de Torremocha. El pueblo está en obras. A gusto o a disgusto del vecindario -que en estas artes jamás llovió según el pláceme de ca­da uno- las calles están en pleno trabajo de pavimentación. Buscan­do un refugio para las horas de calor, acabo por caer en el minús­culo establecimiento de Isabel Barbas. La dueña, una mujer de escasa estatura y de pocas carnes, recibe a sus clientes ataviada con el viejo pa­ñuelo que le cubre la cabeza a modo de turbante. En el establecimiento de Isabel Barbas hay un mostrador pequeño de azulejos blancos, cajas de cartón donde se contienen los productos de la venta y una balanza de platillos arrinconada encima de una mesa. Isabel es una mujer de cierta edad, rayando por el aspecto los años reglamentarios para la jubilación. En el establecimiento de Isabel se vende jabón, azúcar, acei­te, tabaco, chocolate, arroz y bebidas. Un poco de todo y siempre en pequeña cantidad.
- Claro que un poco de todo, ya lo ve usted. Para nueve vecinos que estamos en el pueblo, con poco siempre hay bastante.
- Y sin competencia, que algo vale.
- No, eso no. Dicen que el gaitero del pueblo hace mal son, y qué verdad es. Aquí vienen cuatro o cinco tenderos de fuera todas las semanas, y la gente se va a ellos. Somos así.
- Bueno, pero la cosa es ir tirando. Para usted sola, con esto y un par de tierrecillas a tirar, ¿verdad que sí?
- Tampoco estoy sola. Soy soltera pero no estoy sola. Para el trabajo sí que lo estoy, pero tengo una hermana demente y hay que cuidarla. Y de las tierras, para qué las queremos; como hay que dar todo a hacer, los de los tractores se nos llevan más de lo que coge­mos, y así no puede ser. Sin unas manos que lo hagan es perder dine­ro, y algunos lo tendremos que dejar.
Salió en la conversación -no recuerdo cómo- el tema del telar con el que trabaja el Tío Marcelino. Lo busqué y lo encontré enseguida. El Tío Marcelino tiene la casa en un patio muy viejo, adornado con un rosal y la entrada cubierta por una parra. Me sale a recibir un hombre alto, de edad avanzada y de mirada, profunda. El Tío Marcelino Rebollo es además sacristán y ha gastado su vida en tejer, oficio que sigue practicando por el mismo sistema y con los mismos medios conque lo hicieron, sus antepasados. Hay en el portal un extraño ar­tefacto de madera carcomida y anillas de hierro que, el paso de los hilos y de los años, se han ido encargando de desgastar.
- Esto es el urdidor. Aquí es donde se prepara el material para tejer. Lo trajo mi padre de Miralrío hace setenta y cinco años, ya usado, para preparar las mantas de cama. También sirve para las mantas pequeñas o las piezas de costal, y hasta para hacer una cincha.
- ¿Que material emplea, Tío Marcelino?
- Ahora trabajo con hilo de algodón que me traen a casa, pero antes se hacía con cáñamo hilado aquí en el pueblo.
- ¿Sólo ha hecho mantas?
Mantas, y costales, y sábanas, y muchas cosas más. De aquí han salido muchas sábanas de lienzo de cáñamo, así un poco ásperas para rascar bien el culo. Luego se iban poniendo más suaves con el uso. Nosotros aún dormimos en sábanas de esas y bien frescas que son en verano.
- Cuando usted deje de trabajar ¿qué?
- Cuando yo lo deje se acabará para siempre. Me traen mucho para mantas cimeras de somier, pero a la gente ya se lo advierto. Tengo trabajo para mucho más tiempo del que voy a vivir.
- ¿Cuánto cobra usted por una manta?
- Trayéndome el material cobro 180 pesetas, y se me va todo el día. Menos de lo que me cuesta un litro de aceite es lo que gano de jornal, y aún habrá quien diga que se lo hago caro.
La Tía Leonor, la esposa de nuestro hombre, sacó para que la viera y palpase con mis ojos y manos una sábana bien doblada, de tela recia, con un largo par de kilos de peso. La sábana estaba nue­va, impecable, con las iniciales de un nombre bordadas en letras de molde, rameadas con hilo de color.
- Esa sabana esta hecha en este taller. A ver si adivina usted los años que tiene. Y usándola, ¡eh!.
- Lo mismo tiene treinta o cuarenta.
- Más, muchos más –me ha dicho la buena mujer. Esa era de mi madre, y yo ya tengo ochenta y tres años; así que, de cien no le quite ni uno, y aún tiene que durar otros tantos, por lo menos.
El Tío Marcelino se colocó en el sombrío rinconcillo del obrador, al lado de un ventanuco que por toda luz consigue dejar la estancia en penumbra, y comenzó a mover todo aquello forzando con el pie sobre un madero y a contarme particularidades y detalles de su trabajo.
- Esto es una lanzadera y lo que tiro por aquí entre los hilos es la canilla. A eso se le dice el templar. Así toda la vida, cuatro generaciones seguidas sin dejarlo. Mi padre vino de Anguita. Cuentan que allí hubo tres o cuatro telares en cada casa.
Con mi amigo de La Fuente y con su mujer, la Tía Leonor, me fui hasta el atillo de la iglesia. La vista desde allí se pierde en la inmensa extensión de campos de mies situados a las puestas del sol.
- Mire, a todo esto le decimos El Aguanal y aquellas parideras de allá arriba son Los Majadales, y por esa, parte que se ven los chopos le dicen Las Salinas, que cría muy buenas judías.
- Oiga, ¿y el pueblo que hay en aquel alto?
- Aquello es Navalpotro. También tienen buenas judías, sí señor. Antes pasaban por aquí las merinas desde Soria camino de Andalucía.
En la portada interior de la iglesia de La Fuente dice: «Iglesia Asilo. Año 1773».
- ¿A que no sabe usted por qué dice eso?
- Pues no lo sé. Lo v también en uno de los Cendejas.
- Es porque en aquellos tiempos, cuando uno hacía algo malo venía y se refugiaba aquí, y si a la hora de tocar al alba lo encontraban escondido en una iglesia de estas, se le castigaba con menos rigor. Ya sabe usted que en aquellos tiempos por muy poco colgaban a uno.
La iglesia parroquial es en su interior recogida y escueta. Tiene un bello retablo barroco en el presbiterio y otros cuatro laterales, más pequeños y con menor interés. En una capilla que parte del crucero se puede ver un curioso monumento funerario adosado al muro, con la estatua yacente de un sacerdote esculpida en mármol. La historia de aquel personaje me la contaba con todo el encanto de lo que llega hasta los oidos soplado por los aires de la tradición, el Tío Marcelino.
- Este señor dicen que fue hijo del pueblo y se escapó de casa siendo muchacho porque su madre, como eran muy pobres, lo había puesto a guardar cerdos a jornal. La cosa es que cuando fue mayor se hizo cura, y cuando volvió al pueblo aún vivía su madre. Se presentó a ella como si fuera un mendigo, pero cuando lo reconoció por una mancha que tenía en el brazo y supo que era sacerdote, la pobre mujer se murió de alegría. Después se hizo esta capilla, y hasta hace muy poco se le ha hecho una misa diaria aquí mismo.
Por la lápida mortuoria que hay al pie del artístico monumento, cualquiera que fuese por allí podrá saber que el legendario personaje al que se refiere murió en 1564, y que su nombre fue en vida el de don Alonso de la Fuente. Lo demás, la simpática historia que me contó el Tío Marcelino, está grabada no en la piedra, sino en el sentir del pueblo, tal y como nos la han referido.
Cuando los días de mi viaje a La Fuente han ido pasando en una medida prudencial, como para que los recuerdos hayan encontrado en los cuartelillos de la memoria el debido reposo, pienso si a través de estas líneas habrá llegado al lector la imagen más o menos fiel de lo que es el pueblo. La Fuensaviñán tiene más alma que piedra, y que campo, y que agua a pesar de su nombre, y eso no es fácil traducir en palabras.

(N.A. Agosto, 1982)