jueves, 5 de marzo de 2009

CONDEMIOS DE ARRIBA


El panorama agreste de matorrales y jaras con que se viste de austeridad la falda del Alto Rey y los ribazos grises que nos conducen hasta Aldeanueva, se abre poco después en bosque espeso a medida que, pasando curvas y vericuetos, nos vamos aproximando a los Con­demios. Los Condemios son dos: el de Arriba y el de Abajo, tan juntos, que apenas si les separan diez minutos de camino a pie. Al hablar de Condemios, indistintamente, siempre se entiende que nos referimos al primero, al de Arriba, quedando su hermano menor rele­gado a satélite o segundón por orden de importancia.
Condemios tiene sus atardeceres característicos, transparentes, pin­tados de un color cálido cuando el sol se deshace en luminarias entre las copas altas de los pinos a su caída buscando el camino de Galve. Sentado en el pilón de la plaza, al frente el parque infantil y, a la iz­quierda, el frontón de pelota, uno piensa que Condemios es un pueblo donde se vive bien. La elegancia exterior de sus casas recién construi­das, sus calles inmejorables, los vehículos aparcados en las aceras y el edificio de su Ayuntamiento, sólido y hecho con sentido común, dan al pueblo cierto aire de distinción.
Por las calles huele a pino constantemente, y al otro lado de la plaza se escucha a intervalos el sonido sin piedad de una máquina serradora. Condemios es un pueblo donde se vive bien por obra y gracia de la madera.
-¿No es así, don Felipe Martín?
-Sí. No podemos negar que éste es un municipio que se desen­vuelve bien económicamente.
-¿Hasta qué punto puede esto repercutir en favor de los vecinos? -Pues, como cosa del Ayuntamiento, tenemos un empleado muni­cipal para atender la limpieza de las calles y jardines; tenemos una red general de gas propano, a la que puede conectar libremente cual­quier vecino que lo desee; un Centro Rural de Higiene con toda clase de instrumental y Rayos X; un bar-teleclub muy bien dotado; una panadería con maquinaria suficiente; un Ayuntamiento completísimo y, en fin, muchas cosas de las que los vecinos se pueden beneficiar. - ¿ y otros servicios no propios del municipio?
-Sí; también hay pescadería y frutería.
-¿Cuántos habitantes tiene Condemios?
-Hoy somos 252.
Don Felipe Martín es alcalde y panadero. Un buen profesional en su trabajo de siempre y un alcalde, pienso, sin demasiados problemas. -Ahora tenemos un proyecto aprobado por la Comisión Provincial para una urbanización de 103 parcelas, todas mayores de 500 metros cuadrados, que ya están a la venta. Es una urbanización al otro lado de la carretera con red de agua y alcantarillado a la que sólo le falta la pavimentación y el alumbrado, que se harán cuando todo esté en marcha. Por la calle principal de Condemios, con su carrito de mano, su pala y su escobón, me encuentro al empleado municipal del que me hablaba el alcalde. El barrendero, que andará por los treinta o poco más, se llama Vicente Vicente Vicente y se toma su trabajo con interés.
-¿Es limpio el pueblo?
-Sí, es limpio. Bueno; hay épocas. Cuando están las vacas no se puede tener limpio aunque se quiera.
Cuando, con el paso de los años, otras generaciones hablen del pue­blo y de lo que allí hay, no dudo de que el nombre de don Jesús deberá tenerse en cuenta si se quiere hablar con toda verdad y con toda jus­ticia. Don Jesús Moreno ha sido secretario de Condemios hasta hace poco, que hubo de jubilarse por motivos de salud. Lo encontré en su casa y volví a celebrar su aspecto de hombre recuperado.
-¿Cuántos años en Condemios, don Jesús?
-Pues mira: llegué aquí en el año 54. Así que desde entonces.
-¿Cree que la gente exagera cuando dicen que todo lo que es Con­demios se debe a usted?
-Pues claro que exageran, y mucho. Yo no me excluyo, porque he hecho por el pueblo todo lo que he podido; creo que también era mi deber, Pero lo que es o pueda ser lo hemos hecho entre todos, sin descartar a nadie.
A la entrada está el cuartel de la Guardia Civil, que allí consideran, no sin razón, uno de sus mayores privilegios. Al otro lado de la carre­tera, el depósito de gas, y un poco más lejos, la plaza de toros. El coso de Condemios está hecho de madera de pino sobre hormigón, al que no se le pueden augurar muchos años soportando las lluvias y las nieves de la sierra.
-¿Cuántos automóviles tiene actualmente el pueblo?
-Yo creo que pasan de los treinta y cinco. Luego hay también cuatro camiones y tres furgonetas.
Don Jesús me contó que el municipio tiene alrededor de 1.500 hec­táreas de bosques y que la gente solía vivir de los jornales, de las ma­deras y del ganado vacuno, especialmente.
-Sí. Hay una serrería en funcionamiento, cinco o seis talleres de carpintería y dos maderistas que tienen su domicilio aquí.
Por las calles impecables de Condemios, uno recuerda haberse en­contrado casi siempre con hombres vestidos con mono azul y polvillo de harina o de serrín sobre la gorra.
Cruzamos después el pueblo para llegar hasta un barrio recóndito y un poco empinado, desde donde la espadaña de la iglesia con su doble campanario toma una belleza infrecuente a la luz de la tarde. Muy cerca está la carpintería donde Valentín Abad trabaja en solitario con un oficio que le viene por tradición familiar.
Sí, claro. Mi padre, mi abuelo y todos mis antepasados que yo re­cuerde se dedicaban a esto.
-¿Qué trabajos son los que suelen hacer?
-Ahora se hacen puertas y ventanas de encargo, nada más. Antes, yo recuerdo que se hacían mesas, asientos, bancos, pero todo eso se ha dejado de hacer porque no se usa.
-¿No le parece que ha decaído un poco la carpintería con las puertas y las ventanas de hierro?
- ¡Hombre! Hubo una época en que se notó un poco, pero se ha visto que todo eso no debe dar resultado cuando la gente vuelve otra vez por la madera.
-¿Es antigua esta labor en Condemios?
-Aquí la madera se ha trabajado siempre. Antes se llevaban las puertas con carros a toda la provincia, incluso a tierras de Soria. No sé, pero más de dos siglos sí hace que aquí se trabaja la madera.
-El material que emplean será del pueblo, claro.
-¡Ah! Eso, desde luego.
Quiero recordar que la primera vez que estuve en Condemios cele­braban su fiesta patronal de San Benito, a principios de verano. Con­taba el pueblo entonces con su grupo de danzantes, que eran ocho y el zarragón, éste es el nombre que por aquí se da al clásico botarga.
Un grupo que se encargaba de preparar don Antonio Sanz y que debido de desaparecer cuando la juventud se marchó, como en todas partes.
Y así, con mucho pesar, y recordando a los buenos amigos que se quedaban allí, me fui del pueblo. Se había hecho tarde, tal vez demasiado tarde para andar en solitario por esas carreteras casi siempre inhóspitas y a horas poco recomendables. Una tarde en Condemios de Arriba es siempre una tarde memorable que gusta guardar presente en el recuerdo, muy cerca de tantas cosas de las que uno jamás quisiera olvidarse.

(N.A. Mayo, 1980)