sábado, 14 de marzo de 2009

DRIEVES


Pasando los campos de vid que, como un mosaico, rodean a Mon­déjar, la carretera se encierra poco después entre robledales, olivos y tierras negras de labor, camino de Driebes. Parejas de perdices se cru­zan en vuelo torpe desde el majuelo al otero, y, escondidas detrás de los chopos, los almendros y las alamedas, aparecen junto al cruce de caminos las primeras casas.
Drieves es un pueblo con cierta tendencia al blanco, con visible regusto manchego que delatan sus corralones cervantinos, sus rejas y sus sarmenteras al sol ya las lluvias que, a falta de sarmientos, como debiera ser, almacenan ramaje de olivo seco para quemar. La Plaza Mayor de Drieves no dice nada ni tiene tampoco nada que decir. La de la iglesia es otra cosa. En la plaza de la iglesia, o del Ayuntamiento, que ambos edificios están allí, se levanta en estos días el mayo tradi­cional: un tronco de chopo más o menos alto, según el número y ganas de trabajar de cada quinta, que eleva al viento en su extremo una rama verde como homenaje ancestral a la primavera en flor, como recono­cimiento de la juventud de siempre al amor no contaminado.
-Este año es bueno, ¿eh?
- ¡Toma! Es que son once quintos. Así ya pueden. Yo creo que tendrá casi treinta metros, ¿verdad?
-Por lo menos.
Aquel hombre, que todavía recuerda su mayo con nostalgia, se quedó mirando el palo de arriba a abajo y fumando un cigarrillo de los de liar en los escalones de la iglesia.
La iglesia de Drieves es un edificio con mucho yeso y poco arte donde falta de todo, hasta retablo. Al fondo, en una obra extraordi­nariamente bella, la imagen de Nuestra Señora de la Muela, cuya fiesta patronal celebra el pueblo conjuntamente con la de San Miguel, el 29 de septiembre.
-La tradición dice que la Virgen se apareció en las inmediaciones del Tajo sobre una muela de molino. Todavía quedan por allí las ruinas de una ermita que en su tiempo debió de tener ermitaño, y el pueblo, según cuentan, hacía su romería todos los años. Se habla de volver a reavivar todo aquello, pero creo que habría que reedificar y será difícil.
-¿Es ésta la verdadera imagen?
-La verdadera imagen de la Virgen de la Muela es una pequeñita que va de casa en casa metida en una capilla portátil. Hay una leyenda muy bonita sobre su hallazgo y el pueblo le tiene mucha devoción. Esta es una copia en tamaño más grande.
-Es curiosa la advocación de la Muela. Será única, ¿no?
-No. la Virgen de la Muela se venera también en Corral de Al­maguer, donde creo que hay otra imagen igual que ésta.
El cura de Drieves se llama don Saturnino Costero y es de Arbe­teta. Don Saturnino se hizo cura en Cuenca, cuando parte de la Alca­rria pertenecía a aquella diócesis.
En el despacho del Ayuntamiento conocí a don Julián, el alcalde. El alcalde es un hombre más bien metido en edad, sorprendentemente cordial, de conversación amena y de porte distinguido. Con don Julián Sánchez Roa hablé largo rato mientras recorrimos casi todas las calles del pueblo.
-Pues mire: éste es un pueblo que se ha quedado en menos de la mitad. Ahora andaremos sobre los quinientos habitantes porque a la gente le dio por marcharse de aquí, como pasa en todas partes. Los fines de semana la gente vuelve porque, de alguna manera, siguen vincu­lados al pueblo, aunque su residencia oficial no sea ésta. Hay que tener en cuenta que la mayoría están en Alcalá V Madrid, que están a un paso.
-¿Cuál es aquí el medio de vida más común?
-El principal y el único es el campo. Se vive del secano, o sea, del cereal principalmente; luego hay algo de olivo y 260 hectáreas de re­gadío reciente. Aquí tenemos un campo ideal para pastos, y en otro tiempo se hizo el mejor queso de España, demostrado en concursos, pero hemos tenido que dejarlo por falta de pastores. Piense que hace quince años contaba Drieves con 6.000 ovejas y hoy no pasaremos de las 2.000.v.
En los ejidos, al otro lado del pueblo, por donde caen las escuelas, la maquinaria de labor descansa en completo desamparo de aguas y vientos en lo que en otro tiempo fueron las eras, hoy recuerdo sola­mente de estíos interminables y chorros de sudor a la busca del pan de cada día.
-En este pueblo hay muy buena comunicación tanto con Madrid como con Guadalajara, a una ya otra salen dos coches que regresan en el día. Queremos hacer una estación de autobuses para facilitar la salida y la entrada de viajeros.
-¿ Qué se sabe del tesoro de Drieves?
-Bueno. Su nombre correcto es un poco complicado, se le llama "Tesoro Preimperial de Plata de Drieves" y se encuentra expuesto a la vista del público en el Museo Arqueológico Nacional. Se encontró hace algo más de treinta años al excavar el canal de Estremera que tiene la presa en nuestro término, y son 35 kilos de plata entre mo­nedas, adornos y ojetes de valor que proceden de la época an­terior al Imperio Romano, dos siglos antes de Cristo.
- ¿Y no dejaron ni una sola muestra para el pueblo?
-Nada. Aunque yo creo que, si no en el pueblo, sí que se podría tener en la provincia, si alguna vez se llegara a crear un Museo Arqueo­lógico Provincial, como lo hay en otros sitios. Si no fuera posible en su totalidad, podría estudiarse la forma de traer una buena parte.
A las puertas del mediodía, el bar de la señora Sacramento es uno de los mejores sitios de Drieves. La señora Sacramento tiene una nuera que se llama también Sacri; las dos suelen atender el negocio cuando hay prisas los fines de semana, como cuando no las hay. La señora Sacramento deja muy claro que, prácticamente, nunca ha salido del pueblo y es la más de atenta y jovial con la clientela. Por ella supe que los puches y las gachas de almorta son la especialidad, no sólo de la casa, sino de todas las cocinas de Driebes que se precien.
-Yo le hago a usted unas gachas que se chupa los dedos.
- ¡No me diga! Si eso no se come ya en ninguna parte.
-Ah, pues aquí, sí. Los días que llueve, yo pronto se lo digo a los de mi casa: Hoy, ya sabéis, tocan "gachis".
-¡Y con qué las acompañan?
-Se acompañan con panceta de tocino y con buen trago. Usted no sabe lo bueno que está eso. Son gachas de verdad, con harina de guijas, como deben ser.
Por las calles de Drieves, los chavales se deslizan a sus anchas en patín y corren en bicicleta. A la salida del pueblo. por el mismo camino de entrada, un señor mayor se distrae paseando pacientemente a su nieta, una niña muy fina con cara de capital, en la carretilla de llevar estiércol; la pobre va que da pena. En lo alto del cerro, las ruinas de una ermita antiquísima dedicada a San Sebastián y, al lado, otra mi­núscula, donde se conserva un Cristo que goza de todo el fervor po­pular y que, pese a la dificultad y dureza del acceso. Nunca le faltan visitas de las buenas gentes de Drieves, un pueblo del que, de verdad, salí contento.

(N.A. Junio, 1980)