martes, 3 de marzo de 2009

CONCHA


A caballo de una loma sobre la que se asientan, las casonas en ocre de Labros se dejan ver desde más de dos leguas a la redonda. Hay un pastor escondido debajo de su manta de cuadros a cuatro pasos de la cuneta. Las ovejas, blancas y negras, mordisquean sonando las esquilas los verdes rebrotes de hierba que las postreras llu­vias forzaron entre la rastrojera gris que limita el camino.
- ¿A Concha dice que va usted? Pues mire: bien fácil lo tiene. Un poquito más alante verá la carretera que le sale a la derecha. No se encontrará a muchos por allí. y era un buen pueblo, ya ve us­ted. Desde aquí, una hora andando o menos. ¿Sabe cómo les dicen a los de Concha?
- Pues no lo sé. Me imagino que les dirán conchanos o concheros, o concheños. Cualquiera sabe.
- No señor. Les dicen bubillos, pero son muy buena gente. Transcurre el corto ramal de carretera que me indicó el pastor entre llanuras agrias de cultivo salpicadas de sabinas y lindes pe­dregosas hasta casi las puertas de Concha. El solitario cementerio a nuestra derecha, retazo limpio en mitad del páramo donde la muerte duerme en paz su sueño interminable, nos da paso al ínfimo lugar ­molinés medio escondido entre el ramaje desnudo de los chopos que hay en una cerca. El pueblo, igual que el cementerio que acabamos de de­jar atrás, reposa en el más asombroso silencio. El sol del in­vierno acalla todavía más el silencio de la mañana. La misma carretera nos adentra en la zona más importante de Concha, divide al pueblo en dos con las plazuelas -la del juego de pelota y la de la fuente- una a cada lado del camino. En la plaza del juego de pelota hay un tractor parado junto a un montón de leña. Más ade­lante, un arco inmenso de antiguas dovelas esconde su mitad tras el murillo de contención que sostiene la casa. Luego, una, fuente esbelta hecha en el siglo, con bellísimo monolito y dos caños se­cos, que las buenas gentes de Concha hacen manar cuando es necesario por medio de una llave que hay bajo tierra al pie del abrevadero.
- ¿Le gusta?
- Mucho, sí señor. Es una fuente muy bonita, pero ya veo que la cosa del agua debe de andar mal.
- No, ahora no andamos mal. Es que la cortamos. El problema grave se presenta cuando vienen en verano los de Barcelona. Cuando la cosa se pone fea tenemos un día agua y dos no.
- Además, con los poquitos que son, tampoco necesitarán mucha.
- Muy poca. Si somos ocho casas abiertas, nada más, y veinte per­sonas escasamente. Ahora vamos a dar el agua de la fuente, para que vea usted qué par de chorros tan hermosos arroja.
Al otro lado de un arroyuelo de los que nunca bajan agua, se ve detrás de los árboles la sólida, espadaña de la, parroquia. Laureano e Hipólito, los dos únicos hombres con los que coincidí en la plaza de la fuente, me dicen que la iglesia está en obras, pero que tie­ne un caracol digno de verse.
- Yo no sé si usted la conocerá, pero para el caso tiene la misma hechura que la dé Milmarcos.
- Pues sí que me gustaría verla, pero siempre que alguien me acompañe a entrar ¿Quién tiene la llave?
- Ese será, el asunto, que aquí no tiene la llave nadie.
Una jovencita muy mona que vive en Onda y se llama Noemí, y Ju­lio, un muchacho oriundo del vecino pueblo de Labros, recorrieron el pueblo en bicicleta buscando las llaves de la iglesia sin demasiado éxito. Al rato, la llave apareció, y, con la pareja de joven­zuelos, con Laureano Carrasco y con Hipó1ito Arranz, nos fuimos acercando hacia la -puerta, ya en las afueras de Concha. La portada de la iglesia tiene un arco enorme de medio punto y la inscripción, todavía legible, que acredita su condición de "Iglesia Asilo". Es un edificio, probablemente, de principios del siglo XVII, bien conservada en su aspecto externo, con muros de mampostería y recios contrafuertes de sillar.
- Ahora lo verá. Por dentro, con las obras y unas cosas y otras, está hecha un desastre.
Rebozados un poco por el polvillo de los arreglos, ve­mos en el interior algunos retablos barrocos de agradable aspecto, techumbre con nervaduras, y tallas viejísimas sin excesivo valor colo­cadas piadosamente en las hornacinas y en las repisas de los altares.
- Si se encuentra con fuerzas podemos subir hasta la torre.
Y así lo hicimos. ¡No faltaría más! Hipólito, con sus noventa y tantos kilos de peso cumplió como los demás, y como los demás sudó la gota gorda escaleras arriba. Es el de Concha el clásico campanario al que se asciende por una interminable escalera de caracol, compuesta por cin­cuenta y seis piezas que van saliendo de los muros y concurren en un vástago central de piedra viva, recorriendo toda la longitud de la torre en un rapidísimo movimiento helicoidal muy interesante.
- ¡Ay! Ahora sí que apetece sentarse en las ventanas a tomar el aire. Uno ya no vale para, estas cosas.
Noemí, se entretiene mientras tanto en leer los textos que los fundidores de hace dos siglos tuvieron a bien dejar escrito sobre el bronce de las campanas.
- Esta es de 1728, y la pequeña, de 1813. Aquí se ven las maquina­rias del reloj. Todavía tiene colgando las pesas de piedra.
El descenso es más rápido y optimista que la subida. A mitad de escalera, uno baja ya de forma mecánica, de manera casi instintiva, en un movimiento irracional que parece de delirio.
- ¿Sabe lo que le digo? Qué está la bajada como para venir borracho. Fuera de la iglesia, me cuentan mis amigos que la ermita grande que se ve más allá de las eras es la de La Asunci6n, y que el retablo se lo llevaron al museo de Sigüenza.
- Ahora nos podemos acercar hasta La Soledad. Es más pequeña pero está muy bien.
Por el camino me contó Laureano que el leve alcor, sobre cuya lade­ra se alza el pueblo, es el Cerro del Santo, y que se llama Concha porque forma el terreno en esta parte una especie de cazuela o con­cha, por donde las aguas no encuentran otra, salida que el mal llama­do arroyo Pipa, que en realidad no es otra cosa sino un desagüe para los casos extremos de lluvia torrencial.
- Sí, esto es como el río Rana, que cuando llueve mana. Eso sí, el suelo es muy húmedo. Aquí, en cualquier parte que se ponga uno a ahondar un poco encuentra agua a los dos o tres metros.
Hipólito no es de Concha, sino de Milmarcos. Pueblo mejor, quién lo duda, pero que según él tiene razones poderosas para vivir aquí.
- Ah, claro. Yo ya llevo en Concha casi media vida. Es que nosotros éramos ocho hermanos, y me casé con una de aquí que era hija única. Como allí no había para todos y aquí hacía buena falta atender las cosas, nos vinimos. Aunque, no se crea, que a mi pueblo también lo ha castigado la emigración.
La ermita de La Soledad es muy pequeña; tanto como la de San Roque que nos dejamos sin ver. A través de las rejillas se adivinan en la oscuridad las imágenes de San Juana Bautista, de la Virgen y un Santo Sepulcro. Después nos dedicamos a conversar amigablemente por las callejuelas abandonadas del pueblo alto, donde crece la hierba al no haber quien la pise y hallan su medio ideal los jaramagos y las zarzamoras que esconden sus troncos entre los escombros.
- A esta parte se le llama el barrio del Pimpollo. La gente prefiere el barrio de abajo para vivir.
En su casa de Concha, escribió a mediados del siglo XVIII don Gregorio López de la Torre la famosa Chorografía y descripción del muy noble, leal, fidelísimo y valerosísimo Señorío de Molina. Sien­do importante su término municipal por haberse encontrado en él mi­nas de mármol jaspeado que, para mal suyo, se fueron de su suelo para adornar lejanos palacios que nada tienen que ver con Concha ni con su actual momento de soledad.
-¿Cómo se llaman aquellas lomas de bosque?
- Son sabinas. Le decimos el Sabinar del Lomo.
Nos acabamos de parar frente a las ruinas de una casona sobre cu­yo dintel se ve la curiosa efigie en piedra de una dama. La. cara de la mujer nos recuerda aquellos rostros de las egipcias palaciegas que vivie­ron en tiempos de los faraones.
- Yo no sé a quien le he oído que esa piedra vale muchos cuartos. Vemos después otra vivienda antigua con escudo esculpido en el frontal y una jaculatoria de 1638 en alabanza del Santísimo sacramen­to, junto a la que hay una especie de garitón de piedra en el esqui­nazo de otra vivienda hundida.
- Eso es de una chimenea que se empleaba antiguamente para hacer jabón.
Y, sin más, con la ayuda valiosa de mis amigos de Concha, acabo de tomar una idea más o menos aproximada de lo que el pueblo es hoy. Residuo acaso de un lugar encantador, cargado de añoranzas, donde la gente vive en paz con su trabajo y sin otro deseo por su parte que el que le de­jen vivir así, haciendo gala de su condición de gente honrada, hospitalaria y cordial, en fiel consonancia con el ambiente que caracteriza a toda esta extensa comarca del Señorío.

(N.A. Diciembre, 1983)