martes, 10 de marzo de 2009

CORTES DE TAJUÑA


Atrás la villa de Luzaga, arroyo abajo, la pinariega tranquilidad de los campos que tomamos cerca de Alcolea se torna de momento en tremendos roquedales, a veces agargantados y estrechos, sobre cuyos cielos de intenso color azul planean una docena o dos de buitres depredadores. El río baja muy joven junto a la carretera, enmarcado por choperas hasta el mismo pueblo de Cortes.
- Bueno, pues ya lo ve usted –me dice un hortelano-, por estos pueblos no queda nada.
En los bancales de la vega arden los matujos secos en medio de una humareda espesa que ahoga con solo mirar. Cortes de Tajuña surge al pronto como escalonado, ocupando un rellano a la derecha del río, ro­deado por cerros viejos de color gris ceniza a modo de anfiteatro. Es la, hora fatal que precede a. la media tarde del sábado, la hora en que la gente se aposenta en el comedor de su casa pegada al televisor, sin prisas ni preocupaciones.
El pueblo tiene a la entrada una plazuela con el muro del frontón en su mismo centro. Más allá una pila de cajas vacías de las de transportar cervezas, en la esquina de lo que uno intuye que pudiera ser el bar del pueblo, dando vista no lejos al cerro de la Torrecilla en la solana. Al respaldo del juego de pelota abre su ramaje enorme el olmo de la plaza, seña de identidad y principal protagonista del municipio según se entra. El olmo de la plaza tiene en brote casi todas sus ramas, acusa si, pero no con síntomas de muerte, la garra de la enfermedad. Dos perros atados con cadenas al pie del olmo me ladran comedidos, con moderación en las formas; saben que atados del collar al tronco del olmo tienen todas las batallas perdidas.
Por la ribera del Tajuña sopla el viento con estrépito al chocar contra las ramas de la chopera. El río se cuela lamiendo el cauce de malezas por debajo de los tres ojos de un puente destartalado. Las escombreras y el vertedero están junto al río a su paso por el pueblo de Cortes. Un tractor sale de los callejones de arriba, pasando después bajo el olmo de la plaza que, por un instante, le sirve como de arco de triunfo. Luego la calle Mayor, cuestuda, como una prolongación de la carretera que divide al pueblo en dos. Un pavo de media arroba se pavonea delante de mí cuando emprendo el ascenso hacia la plaza. Al acabar la cuesta la calle Mayor se hace más elegante, más señora y más luminosa, mostrando a mano derecha las formas arcaicas del románico del XII en el portalejo de la iglesia, y la augusta severidad de una casona contigua con aspecto más allá que centenario. La calle continúa después hasta perderse al pie del Cerro de las Eras, en cuyo altiplano por el poniente se ventilan con todos los aires las cuatro paredes del camposanto.
La iglesia, se precede de verja para entrar y de una barbacana a modo de pretil que prosigue algunos metros a lo largo de la calle. La puerta de la iglesia se ve adornada con fortísima clavetería y dos picaportes que llaman la atención por sus artísticas formas de hierro elaborado. A cierta distancia, la espadaña de la iglesia y la fachada palaciega del caserón vecino, componen un conjunto al que no harto de mirar. Visto a estas alturas todo el pueblo de Cortes, da la impresión de ser otra cosa, quizá más de lo que en realidad es.
- Qué casa más hermosa, ¿verdad usted?
- Es antigua. Fue de una abuela mía. Ahora viven en ella dos de nuestra familia, dos primos.
- De habitantes en Cortes, supongo que mal como en todas partes, ¿no?
- Pues más o menos, unos veinte vecinos. De habitantes puede haber doble o poco más.
- Toda esa zona de la vega es muy bonita. ¿Cómo le llaman?
- A eso se le dice La Cofradía, y el cerro es la Cerrezuela. Luego está aquella piedrusca de la cuesta que se llama la Peña del Tolmo. En la peña están las cruces de hierro de cuando hacemos el Entierro en Semana Santa.
La señora que tan amablemente me recibe, y que con la misma amabilidad me cuenta lo que buenamente va saliendo en la conversación, es doña María López Rojo, mujer de edad avanzada que vive en el barrio de arriba.
- A este barrio le decimos Andalucía los que vivimos aquí. Parece que es lo más alegre del pueblo y siempre nos da el sol.
Doña Consuelo sale después de su casa con el periódico Nueva Alcarria en las manos. No es fácil contar el gozo de doña Consuelo cuando me encontró, sin esperarlo, junto a su misma puerta al sol de las cinco.
- Pero es que tenía que haber venido usted un poquito más tarde, cuando toda esa parte del río y las choperas están tan hermosos. Mire, desde aquí hasta Abánades es todo muy bonito. Hay media hora de camino andando por donde la Cuesta de los Ríos, y que no habrá visto seguramente nada que le guste más.
- Buen, pues cierro los ojos y me lo imagino.
- Ya, claro; pero eso no es lo mismo. También tenemos un pan muy bueno en la tahona del pueblo. Lo vienen a comprar de muchos sitios. La gente dice que no ha visto cosa mejor. Lo cuecen con leña, como debe ser, como antiguamente.
Enrique Calvo, no muy a su gusto porque en el corrillo se está lo que se dice bien, acaba por marcharse con el azadón al hombro. Al momento las dos mujeres, doña María y doña Consuelo, me invitan a pasar para que vea por dentro la magnífica vivienda del diecinueve que tanto me impresionó desde que subí hasta cerca de la iglesia.
- Hay confianza. Somos todos de la familia. Todos los del barrio le conocemos a usted por lo que escribe en el periódico. Pase como si estuviera en su casa.
El portal es para mí una pieza única por su solidez y por su juego de formas, sobre todo, con que la piedra adorna el suelo. Sobre la superficie visible de un sillar están escritas las iniciales LR y VL. Carmen, la dueña, que vive en aquel palacete con su hermano Ángel, me lo explica.
- Son las iniciales de nuestros antepasados que hicieron la casa. Se llamaban Leandro Rojo y Vicenta López.
- ¿Siempre han vivido ustedes aquí?
- Siempre. La casa era de nuestros padres. Aquí nos criamos y aquí seguimos viviendo.
- Una suerte –les digo. Que la disfruten muchos años más. La verdad es que me dan un poquito de envidia.
Ángel estaba en una habitación contigua acabando de comer. El comedor es espacioso, muy cómodo, con una cocina de leña que deja una temperatura estupenda cuando el ambiente refresca en la calle. Me siento al lado de Ángel, junto a la mesa.
- Mucha paz –le digo como saludo. Los que viven en el pueblo no saben apreciar lo que eso vale en estos tiempos.
- Sí, demasiada paz. Las cosas tampoco son así de buenas. Y eso que ha venido usted a dar con gentes de genio más bien abierto, de las que no nos aburrimos.
En Cortes de Tajuña celebran, cada cual con arreglo a sus posibilidades y a su sentido del humor, la fiesta de san Roque y de Santa Bárbara, la gloriosa patrona de los artilleros y de los que trabajan en las minas. Para San Roque se da la “caridad” a los que asisten a la fiesta, propios y extraños. La caridad consiste en un cantero de pan, un troncho de chorizo y el vino que sea menester. La antigua caridad venía a ser poco más o menos, sólo que cambiaban el chorizo por una buena loncha del queso de la tierra.
- En cambio, para Santa Bárbara la cosa es diferente. Como cae en el mes de diciembre, el tiempo no está para fiestas. Tenemos la misa, nuestra procesión y nada más. Luego las mujeres nos echamos nuestras buenas partidas al julepe. También se le cantan cosas a la Santa, como era la costumbre de antes:

En Nicomedia Nacisteis
en medio de los regalos,
y todo lo despreciasteis
por Jesús, tu esposo amado.

Cuando nos ha parecido oportuno hemos vuelto a salir a la calle. Los montes que rodean a la villa son: el de la Puente y la Peña Rubia. Con tan cercana perspectiva de cerros plomizos, uno piensa que como tierra de pan llevar el pueblo de Cortes sólo tiene la vega.
- No; el terreno de labor está al otro lado de los cerros. No se ve desde aquí. En tiempos también tuvimos bastantes cangrejos en el río, y muchas trufas. Fue una buena época aquella para este pueblo.
Frente por frente al pretil de la iglesia, me indican los agujeros que dejaron en la pared los proyectiles y las bombas de cuando la guerra. La terrible impresión de aquellos años es una imagen que no se borra en el recuerdo de quienes les tocó pasarlo.
- Más vale que no volvamos a ver otra ¿No le parece a usted?
- Ya lo creo. Yo no llegué a verlo, pero me lo imagino.
El interior de la iglesia se corresponde con la escasa población que Cortes tuvo siempre. La nave es pequeña. Como más destacable en su interior, el artesonado que la cubre, el presbiterio y el crucero que da lugar, a derecha e izquierda, a sendas capillas con sus correspondientes retablos dedicados a Santa Bárbara y a San Roque, a la Virgen del Rosario y a Cristo en la Cruz; a la última de estas imágenes con indulgencias especiales concedidas por el obispo Ochoa Arenas en el año 1883. Las nueve pinturas sobre tabla del retablo mayor, representan escenas conocidas de la infancia de Cristo, de su Pasión y de su vida pública. Las pinturas se notan deterioradas y oscurecidas por el humo de las velas. El retablo mayor es de marcado estilo renacentista.
- Está todo muy mal –me dicen. Con rifas y donativos hemos ido arreglando lo que se ha podido.
El viejo sagrario se adorna con relieves de la Resurrección y con la efigie de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Como nota final, aparte de la interesante pila bautismal románica en sus formas, voluminosa y pesada como la misma piedra de la que está hecha, tomo cuenta del silencio y de la piedad que cada objeto y cada rincón sugieren. Iglesia pueblerina de Cortes, solitaria como tantas otras, resumen de devociones mil en donde la fe entra por los ojos, y en donde todas las cosas, el acre olor incluso, convidan a rezar. Fe y oración, dos pilares hoy contracorriente, pero sobre los que se sostienen a pesar de los pesares las almas y las vidas de tanta gente nuestra.
Cortes de Tajuña, pueblecito anexionado en la actualidad al municipio de Alcolea del Pinar que le hace el papel de villa madre. Testigo de las primeras mocedades del río Tajuña, se adormece lentamente recostado en su altillo al que vigilan los montes y ofrece pleitesía un hermoso valle, que aguas abajo abre tierras y rocas buscando los ásperos campos de la Alcarria.
(N.A. Mayo, 1987)