lunes, 30 de marzo de 2009

FUENTELAHIGUERA DE ALBATAGES


FUENTELAHIGUERA

En Fuentelahiguera late el corazón de la Campiña. El pueblo en­contró acomodo sobre el altiplano de un alcor que sus primeros moradores se entretuvieron en minar de bodegas. Desde la boca de una de estas cuevas abandonadas, los campos que circundan a Fuente­lahiguera muestran a primera vista un espectáculo hostil. Fragosas laderas de chaparral y rebollo limitan al otro lado las tierras suaves de la veguilla, pórtico feraz, parajes de pan llevar culti­vados con la antigua sabiduría de los campesinos de Fuentelahiguera. Cruza, por el arroyo un rebaño cuyo tintineo de esquilas sube hasta el pueblo impulsado por el vientecillo de la tarde, un campanilleo agreste de manada en tropel. A la entrada queda la iglesia monumental, rectiforme, de ladrillos tres veces centenarios y torre cuadrada de la posterior centuria que, por encima de su esbeltez de guijarro y argamasa, corona un artístico campanario de piedra sillar donde anidan las aves.
En Fuentelahiguera mandan los tonos tierra del ladrillo de siglos que aquí fabricaron, del adobe campiñés de los corrales, de las te­jas rojipardas sobre sus casas bajas, distribuidas cuidadosamente en callejuelas uniformes, acogedoras, limpias, donde los viejos se acomodan al sol y corren desesperados los chiquillos en bicicleta.
El pueblo conserva todavía en añosas viviendas el recuerdo de familias acomodadas: aquí el sugestivo arco de ladrillo, allá, la reja artesanal, gloria y sudor de viejos herreros castellanos, acullá la filigrana, de un carillón decimonónico rematado por el clásico ga­llo de hojalata que baila a merced de los vientos. Espacio y luz, esta es la nota más característica de nuestro pueblo, muy ajeno en su forma y en su distribución a la rural estrechez de los lugares serranos, molineses o alcarreños.
Un rincón detrás de la iglesia se adorna con viejo instrumental pendiente de la pared pintada de blanco. Es un museo al aire libre de objetos recuperados que, por su originalidad, no deja de llamar la atención a quienes pasan por allí.
- ¿Le gusta?
- Pues sí que me gusta, ya ve usted.
- Pase dentro y mírelo tranquilamente. Seguro que sabe para qué se usaba en tiempos todo esto.
- Algunas cosas, sí. Menos esa rueda dentada, que puede haber sido de muchas cosas; lo demás creo que sí lo sé: un morillo de la lumbre, un candil, unas tijeras de esquilar, un hacha de podar olivos, una manivela de aventadora, un pujavante de herrar caballerías...
- Lo ha ido colocando mi hijo Salva, y resulta bien ¿verdad?
- Es curioso, sí señor. Pero la pared da para más cosas.
- Claro que da. Lo que pasa es que cuando crecen las dalias y todo esto de abajo lo tapan.
Don Seberiano Blas y doña María Jesús, el simpático matrimonio que vive en la casa a que nos hemos venido refiriendo, me quisieron acompañar hasta el atrio de la iglesia por la cara del ábside que mira al arroyo. Allí me explicaron cómo aquellas tierras de cultivo más próximas a nosotros se llaman de Las Lámparas porque, al pare­cer, fueron en su día propiedad de la iglesia, y la pequeña aporta­ción a renta de los vecinos iba destinada a aceites para las lám­paras y atenciones especiales del culto durante todo el año.
- Mire, yo siempre he oído decir a los viejos que desde aquella ladera de enfrente, por donde están los chaparros, había fábricas de ladrillos. Cuentan que, desde aquí donde estamos nosotros hasta la fá­brica, se ponian una fila de hombres y se iban pasando los ladrillos de mano en mano, para levantar toda la iglesia.
- Pues, aún tendría que haber unos cuantos hombres, ¿no cree?
- Y mujeres también se pondrían, digo yo. Eche la cuenta: trescientos metros de distancia, pues, qué menos que otros tantos hombres. Y el año que se hizo aquí lo tiene, mire.
Efectivamente. Varios ladrillos del muro, a nuestra misma altura, tienen marcada en crudo la fecha de su fabricaci6n: 1694; lo que no deja lugar a error por cuanto a la época de las obras se refiere. Fuentelahiguera es pueblo de horas tranquilas. Horas que hace tiempo dejó de contar el casi centenario reloj del ayuntamiento. El frescor de febrero contrasta con los tonos cálidos del atardecer re­flejados en las paredes blancas de sus calles. En la que aquí dicen del Cerro, hay un anciano sentado sobre una viga antiquísima de ma­dera. El anciano está solo, pensativo, con la cabeza apoyada ligera­mente sobre el bastón que sujeta entre las piernas. Me dice don Pa­blo Blas que, como la tarde siga así, tendrá que meterse en casa.
- A ver. No viene ninguno de los otros viejos al asiento, y es por que hace frío. El sol se ve que quiere hacer algo, pero puede más el aire.
- Mejor sería que lloviese un poco, ¿no le parece?
- Pues ya ve, aquí no hace mucha falta. Este terreno guarda bien la humedad. Seguro que por la parte esa de Marchamalo cambia la cosa.
- ¿Hasta donde llega la carretera?
- Esa se va hasta Viñuelas, El Cubillo, Uceda, y luego, si usted no la deja, lo lleve, hasta la parte de Torrelaguna.
En la misma calle del Cerro, frente a la carretera, muy cerca del tronco de madera donde los viejos se sientan a tomar el sol de la tarde, está la casa del médico. En Fuentelahiguera ejerce su profe­sión desde hace veintidos años el doctor Vaamonde, don Carlos. Per­sona suficientemente conocida y recordada en la provincia desde sus años de Presidente de la Diputaci6n. Me hubiera gustado encontrarlo en su casa, y tuve suerte, lo conseguí. Uno tiene, al margen de cualquier razón política que no viene al ca­so, cierta amistad con don Carlos, si bien, no recuerda haber mante­nido con él una conversación medianamente prolongada antes de esta visita casual a su propio pueblo.
- ¡Pasa, pasa! ¡Cualquiera te esperaba por aquí ahora!
El doctor Vaamonde me recibe en una habitación pequeña, muy orde­nada, repleta de libros, de fotografías de familia, de diplomas, en torno a una mesa camilla. El tema, naturalmente, se centra desde el principio en Fuentelahiguera.
- La gente es maravillosa. Después de veintidós años aquí, me doy cuenta de que mis relaciones con el pueblo van más allá de lo mera­mente profesional. No somos pueblo y funcionario, paciente y médico, no. El tiempo en compañía unos de otros nos ha hecho ser y tratarnos como amigos, a veces como familiares entrañables. Me han enseñado mucho. La gente aquí es una carga de humanidad, de ayuda mutua, y el hombre que sea como debe ser no tiene más remedio que entrar en el juego. Estoy muy a gusto, y, pese a haber adquirido unos derechos para conseguir una plaza aparentemente mejor, en un pueblo más gran­de, por ejemplo, prefiero quedarme aquí, no me quiero marchar.
- ¿Qué habitantes tiene hoy Fuentelahiguera?
- Es pequeño. De hecho habrá unos trescientos ochenta.
-¿Tiene el pueblo su enfermedad característica, que haya sido para el médico motivo de alguna que otra noche de vela?
- Ahora no. Es un pueblo muy sano, atento siempre a cualquier campaña sanitaria y muy limpio, como has podido ver. Aquí la gente vive muchos años. Pero, haciendo memoria, puedo decirte que, en otro tiem­po, me dieron mucho quehacer las fiebres de Malta y el carbunco, hoy erradicadas por completo a base de vacunas al ganado y cuidados especiales. No estará. por debajo de los doscientos casos de fiebres de­ Malta los que debo que haber atendido en este tiempo. Y, como detalle cu­rioso, siempre es grato decir que, durante mi estancia en Fuentelahi­guera, no se ha muerto ni un solo niño. Claro que, la proximidad a Guadalajara, sobre todo en materia de análisis, urgencias y demás, también nos sirve de mucho.
Cuando salí, el Tío Pablo se había marchado a casa. Se ve que ha­bía podido más el aire. Aunque se nota, por la afluencia de juventud sobre todo, la especial condición del fin de semana, el pueblo conti­núa tan tranquilo como cuando llegué. En realidad, sólo me resta una visita importante que no quisiera omitir: la insólita imagen del Santísimo Cristo de la Salud que, con todas las medidas de seguridad como custodia, se guarda en una capilla dentro de la iglesia.
No hay nada de interés, aparte del Cristo, en el monumental templo de Fuentelahiguera: un retablo lateral que tiene como mérito el ha­ber sido hecho por un sacerdote que se llamó don Apolinar, con tablas de cajón e instrumentos caseros, para sustituir al otro barroco que desapareció en la guerra; un presbiterio interesantísimo con cúpula de corte jesuita, y un artesonado sencillo sobre la nave que se conserva en condiciones aparentemente inmejorables.
El Cristo tiene unos setenta centímetros de longitud total y está hecho de marfil de una sola pieza. En su hornacina le han preparado un artístico juego de luces que, al cambiarlas, produce en quien lo mira una serie variadísima de impresiones conseguidas con la ilumina­ción. Dicen en Fuentelahiguera, y así consta en el librito donde vie­ne escrita la novena en su honor, que la imagen procede de América, que fue adquirida por un emigrante llamado Antequera y remitida a su pueblo -él murió antes de poder regresar- por medio de un francés que se la quedó para él. El galo enfermó gravemente, y prometió que si se curaba haría llegar la preciosa imagen a su destino. Curó, pero olvi­dó muy pronto la promesa. Volvió a enfermar de nuevo, con mayor gra­vedad que en la primera ocasión, y volvió a prometer. Al verse otra vez curado por mediación del Santísimo Cristo, lo trajo por fin al pueblo que le indicó el ya fallecido Antequera, y ahí está, recibiendo desde hace siglos el fervor y el homenaje de Fuentelahiguera, cu­ya festividad celebran desde entonces con especial júbilo el 14 de septiembre de cada año.
Hoy, el viajero conserva con cariño el recuerdo de su visita. Fuentelahiguera, aldea que debió de ser del desaparecido Albatages por el puente de Usanos, queda ahí, con toda una vida por delante, Pue­blo que vive bien con su trabajo y donde la gente se entiende bien, sin odiar a nadie, sin envidiar a nadie. Página abierta y punto de medi­tación para quienes, a escalas más altas y agarrados a otras riendas todavía más comprometidas, quieran aprender el bello arte de la convivencia.

(N.A. Marzo, 1983)