sábado, 14 de marzo de 2009

DURÓN


No es la actual imagen de Durón la misma que el pueblo tuvo hace veinte años, cuando lo conocí, ni nada que se le parezca; mucho menos la de aquel otro Durón de don Camilo del año cuarenta y seis: "un pueblo en tres pedazos, dos en la ladera, y otro, más pequeño, al lado del camino que tomará el viajero y al lado de las huertas", como fondo a "un paisajito muy bucólico que parece sacado de un tapiz".
Pasadas, y casi olvidadas, las últimas maldades del invierno por toda la alcarria, Durón se dispone a recibir la primavera con su cara limpia, como un pueblecito andaluz o levantino de pescadores a la hora del alba; con sus callejuelas empinadas que suben hacia la parte antigua que remata con el tejado cuadrangu­lar de la torre. Un pueblo de pescadores sin mar -con pantano, eso sí, demasiado cerca-, sin redes extendidas al sol, sin viejos lobos cruzadores de occeanos que cuenten historias de titanes en las noches de tempestad a la luz de un candil de aceite. Durón, tomado por el sol de la mañana, luce las nuevas formas de sus casas, de sus cómodos chalés de elegante trazo, como colocados en línea a lo largo de la calle en el barrio bajo, poco más allá de las choperas, de los nogales y de los huertos.
Un hombre de edad avanzada sube por una de aquellas callejuelas en cuesta hacia la Plaza Mayor; por otra afín y en dirección contraria baja una señora con un botijo apoyado en el ijar. La Plaza Mayor está situada arriba, al pie más o menos del cerro del Castillo. Todavía quedan a la vista la señal de algunas viejas casonas blasonadas, y la magnífica portada de su iglesia presidiendo la acrópolis por el poniente.
Desde el pretil de la iglesia de Durón se domina medio mundo. Como más alejada del pueblo en su otero característico mirando hacia las aguas del pantano, la ermita patronal de la Virgen de la Esperanza; más hacia nosotros los hotelitos y los bares del barrio del Villar, al otro lado de la carretera; y en los límites, las tierras llanas del labrantío, las huertas del Ceremeño, el Haza de don Amando, y el alto de la Cabeza al frente. Sitios y parajes de extramuros que todavía conservan su nombre en el saber de la gente, y como la picota o la fuente neoclásica forman parte en su conjunto de la verdad de Durón.
Un hombre descansa a la sombra sentado sobre un banco en los soportales del ayuntamiento. Como las buenas gentes de Durón es un hombre abierto y conversador, amigo de propios y de extraños, conocedor profundo del hoy, y sobre todo del ayer en la vida del pueblo.
- Y dice usted que el agua de la fuente es buena para beber.
- Ahí la tiene; pruébela y luego me lo dice. Toda la vida la hemos estado bebiendo y nadie, que yo sepa, se ha muerto por eso. Muchos la beben a diario, y eso que tienen el agua dentro de las casas. Pero dónde va usted a comparar...
Me contó el hombre del soportal que a los de Durón les llaman durones, no duroneros ni duroneños, y que los de otros pueblos les dicen por mal nombre cuando hay zaragata los "siete camisas".
- Pues por una tontería, ya ve usted. Resulta que antigua­mente, para la Virgen de la Esperanza, que se celebraba el 18 de diciembre, ya casi en las nochebuenas, la gente bajaba hasta la ermita en mangas de camisa. Era una costumbre como para presumir un poco de que no se tenía frío, y era porque llevaban siete camisas, una encima de otra. La gente joven no sabe nada de eso.
La gente joven, en las mañanas soleadas de Durón, sea el tiempo que sea, se reune a jugar al fútbol o a escuchar música a todo volumen en las pequeñas explanadas que hay a la entrada del pueblo, junto al poyal de la picota. Una picota severa ésta de Durón; serio monumento en piedra mirando a los huertos, en el que las gentes todavía se imaginan a aquellos malhechores de leyenda colgados de los cuatro brazos y pagando sus culpas, lo que uno pone en duda que alguien llegase a ver. Sí, en cambio, con su simple estar allí, convierte a la villa alcarreña en algo distinguido, como en realidad lo es.

(N.A. Marzo, 1981)