jueves, 26 de marzo de 2009

FONTANAR


Habían caído unas gotas de tormenta y la Vega del Henares des­tilaba un olor penetrante a campo y a tierra mojada. Fontanar no es sino un paseo por los extramuros de la capital, río arriba, sin perder para nada la extensa llanura de trigal y de hortalizas a punto de entregar como cada temporada el fruto íntegro de su fe­cundidad a quienes en ningún momento escatimaron trabajos para ver culminado su quehacer con una buena cosecha. En Fontanar uno se encuentra con un pueblo activo, de clara vocación agrícola, ro­deado por un campo envidiable al que, antes a puño y esteva, hoy haciendo uso de los últimos utillajes de la técnica en esta espe­cialidad, los hábiles campesinos de la zona supieron sacar a la tierra todo lo que aquella fue capaz de dar, y lo siguen haciendo con singular maestría. Es un pueblo de casitas bajas, cortado en distintas direcciones por las vías de comunicación; un pueblo de viviendas confortables y calles limpias, que sólo se deja en común con el pueblo convencional que conocemos, un ligero olor a ganado en sus barrios extremos, y su nido de cigüeña en lo alto del moderno campanario frente a la Plaza Mayor.
- ¡Que me voy!
El carro de la basura estaba haciendo su recorrido mañanero por la plaza. El encargado del servicio lleva un mono azul y conduce su cargamento de desperdicios y trastos viejos sobre un carromato tirado por una mula. Cerrando el convoy, Luis lleva un perro atado al travesaño que, mal de su gusto, sigue cabizbajo los pasos del ca­rruaje con relativa docilidad.
- ¿Qué tal la faena?
- Bien. En habiendo salud y ganas de trabajar, tampoco tiene uno por qué quejarse.
La plaza, de Fontanar es un lugar de incipiente restauración, en el que los hom­bres se reúnen cada mañana a tomar el sol, y donde nunca se esca­timo la medida a la hora de tirar del terreno para asentarla. La plaza, geométricamente rectangular y de un perfecto acabado en loseta, tiene en mitad una artística farola rodeada de jardín al que visten de color un puñado de florecillas acabadas de nacer. En un de las dos esquinas por las que la plaza se abre a la carretera de Humanes, un perrillo pequinés la ha cogido juguetona con el forastero a la puerta del bar.
- ¡Gualis! ¡No seas cargante, deja al señor en paz!
- No se preocupe. Yo creo que es al primer perro que le caigo bien.
El dueño, un señor de mediana edad y muy atento, resultó ser el propietario del establecimiento y el alcalde de Fontanar. Con don Francisco Retuerta uno siente a su vera por las calles del pueblo la satisfacción de la compañía y la seguridad de una fuente de información veraz y de primera mano.
- Pues hombre; no vayamos a decir que es un pueblo nuevo, pero se ha construido mucho. Lo más reciente es todo esto de la plaza que todavía lo tenemos sin acabar.
- ¿Se consideran ustedes de alguna manera ser parte de la capital?
- No, no. Ni hablar. Nosotros somos nosotros y la capital es 1a capital. Eso sí, tenemos muy buenas comunicaciones, no se si seis u ocho coches de línea diarios con Guadalajara aparte del tren, y la poca distancia nos favorece mucho, pero nada más.
- No estarán descontentos con el campo que tienen, supongo.
- Tenemos un terreno extraordinario. Un setenta por ciento del término es vega, y la hortaliza de aquí no puede compararse en ca­lidad con ninguna de España. Lo malo es que el término es pequeño y de poco pasto; luego, el clima cuando quiere nos la juega. Sin ir más lejos, hace unos años nos dejó una plantación enorme de pi­mientos arrasada en un cuarto de hora.
- Decía usted de poco pasto. ¿Es que hay mucho ganado?
- Lanar, muy poco; pero hay medio centenar de vacas, o más, que consumen bastante.
- ¿Con cuántos habitantes cuentan hoy?
- Alrededor de setecientas personas. El pueblo ha crecido en los últimos años, y si la cosa de la urbanización llegase a salir como está previsto, podríamos ponernos en cuatro o cinco mil. Ya veremos.
Por el paseo del Cementerio se divisa en una buena parte de su total superficie la fecunda Vega del Henares plantada de cereal, cuyo mar de espigas, tostadas desde hace tiempo por aquellos calo­res de junio, brillan en cada asomadilla del sol entre los nubarrones oscuros de la mañana.
- Se esperaba una buena cosecha, pero como se secó en cuatro días, ni el grano ni el peso van a ser lo que eran.
Preceden al cementerio de Fontanar una masa sombría y apretada de olmos y de castaños siguiendo el estrecho sendero que va a pa­rar a las puertas del camposanto. Mas adelante, la imagen impeca­ble de la urbanización, con sus casas de un ocre clarito, alinea­das, higiénicas, iguales, esperando a sus dueños que las habiten y a los hijos de sus dueños que vengan a correr por las zonas de jardín todavía inacabadas.
- Están terminadas unas veinticinco, pero el proyecto total es de mil trescientas. Pueden servir muy bien para gente que trabaja en Guadalajara y que prefieren comprarse aquí la vivienda. Tiene mu­chas ventajas, aunque el inconveniente de la distancia también se debe mirar, pero que bien visto, con los seis minutos que tenemos a la capital y las buenas comunicaciones, hay muchos que les interesa y prefieren esto. ­
Es posible que en el moderno pueblo de Fontanar, la única apor­tación que pueda satisfacer de algún modo la curiosidad del que llega nuevo, sea el palacete que los de allí conocen por la Casa Grande. Se trata, al parecer, de un antiguo convento de padres car­tujos, circunstancia, esta que delatan, o por lo menos confirman, algunas vidrieras de arte sacro y toda la traza conventual de la antigua mansión. Hoy, la Casa Grande es un lugar inhabitado, al cargo de un administrador que cuida de la heredad completa en nom­bre de sus dueños, que, para colmo, y como es sabido en estos casos, casi nadie tiene el gusto de conocer.
- Esto es de la viuda de uno de los señores Drake, hija ella del marqués de Valterra.
- ¿Tienen alguna relación con el pueblo?
- No mucha; pero con el pueblo se portan bien, para qué vamos a decir lo contrario. Esas piedras redondas las han traído de otra finca que tienen en Montilla. Deben ser de lagares de moler uva.
El curioso palacete de Fontanar tiene dos patios extensos, en­calados, uno de ellos montado en derredor sobre columnas de ma­dera, y un jardín cuidadísimo con piscina, en la que crece el césped y dan sombra las moreras, las acacias y el ciprés, junto a los viejos muros que cubren con románticas charreteras de verde oscuro la yedra y la madreselva.
- ¿De quién es este busto?
- Ese es el dueño, uno de los Drake que murió hace dos o tres años. Otro de ellos es diplomático en no sé qué país de África.
- ¿Tienen también tierras en el pueblo?
- Sí, sí que tienen. Antiguamente era de ellos un cincuenta por ciento del término. Después vendieron mucho, pero aún les queda bastante.
Terminado el paseo por algunas de las calles sin nombre de Fontanar, uno viene a caer de nuevo en los alrededores de la Plaza. Por las calles del pueblo es fácil encontrar, en conjunta y original armonía, las antiguas casas de labor con sus portonas para las mulas junto a los modernos bloques de viviendas distribuidos en pisos y apartamentos familiares. Fontanar tiene una iglesia moderna, sin otro protagonismo arquitectónico que las nuevas formas funcionales, el ladrillo, la madera de pino barnizada y el hierro de forja. Una iglesia hermosa, donde fuera de toda concepción tradicional, el silencio y el recogimiento se ven y se palpan.
Hay un corro de hombres reunidos a la puerta del bar. Los hombres hablan de la tormenta, de los huertos, del granizo. En el fondo, la eterna canción del campesino, cuyo esfuerzo a pesar de los pesares, queda hoy igual que siempre pendiente del hilo sutil, del caprichoso suceder de los acontecimientos atmosféricos que cada verano dan, o quitan, en ese juego de azar del que depende en su mayor parte la vida de nuestros pueblos.

(N.A. Agosto, 1981)