miércoles, 11 de marzo de 2009

CUBILLAS DEL PINAR


En Cubillas del Pinar no hay para muestra ni un solo pino. Cabe pensar que los hubo en otro tiempo, o en sitios no lejanos quizás, pero en sus alrededores más inmediatos son carrascas y olmos moribundos lo que priva en el áspero paisaje que envuelve de cerca de la Ciudad de los Obispos.
La tarde del verano es calurosa. El sol baja sin piedad quemando los campos muertos y la piel de los vivos. Me acabo de sentar sobre el borde humedecido de un pilón que hay al lado de la carretera al que nadie hace caso. El momento es de una inusitada placidez que cala en el alma ante el variado espectáculo del rumor de las aguas, de las sombras oscuras de los árboles, del canto de las chicharras, del sabor románico de la iglesia del pueblo algo más lejos, sellando con sus severas formas el pliego manuscrito del campo de Sigüenza. En estos lugares dejados al olvido por mano del hombre, es la Naturaleza sabia la que aplica la ley de la compensación para que el espíritu pueda gozar.
Junto a la carretera que sigue hacia Bujarrabal no se mueve nada. Todo aparece como muerto bajo la fogatina del sol de las cuatro. De vez en cuando salta una rana al pilón o se mueven de forma suave las hojas de los chopos. Al cabo de un rato canta el chichipán y pica la espalda sudorosa. Uno, luego de haber intentado sacudirse la pereza, piensa que es el momento justo de tirarse al ruedo, de sacar el librillo de notas y apuntar cuantas impresiones se le vayan ocurriendo, a la vista de lo que hay, para contarlas después.
La plazuela de la Iglesia es pequeña en Cubillas, algo así como una oración en piedra que rebasa sin sentir el puente de los siglos, rezada en el más auténtico román paladino de la duodécima centuria de nuestra era. Una fuente artificial de cemente, con su grifo para sacar agua, y un viejo rodillo de los de asentar las eras, llaman mi atención poderosamente antes de hundirme en la oscuridad de la galería buscando el alivio de la sombra. En la fuente se advierte a quien bebiere que está prohibido lavar, bajo la multa de dos mil pesetas.
Desde la pilastra de arenisca del pórtico en la que estoy sentado, uno se adormece colando su mirar por entre los dos arcos que dividen columnillas parejas con capiteles en los que el tiempo borró su motivo ornamental. La puerta de la iglesia, bajo sencilla arcada románica, está cerrada. No se puede entrar. La espadaña luce en cambio sus formas del mismo estilo mirando al poniente, airosa, conventual, con sus bloques de sillería en los que apenas se nota el menor desgaste soportando inamovibles el bocado de los hielos, de los vientos y de los soles de muchos siglos.
Por fin, como única señal de vida ante tanta quietud, me ladra un perro que hay tumbado al sol junto al quicio de una puerta. Un niño juega solitario en un montón de arena a la sombra de los contrafuertes. El niño no tiene otra compañía que la de su pequeño camión de plástico, en el que carga un puñado de arena cada viaje. El niño lo conduce empujándolo con la mano por un senderillo de curvas que él mismo trazó, hasta concluir y vaciar su cargamento en lo más alto. Luego regresa por el mismo camino y vuelve a repetir la misma operación, seguro que hasta que le deje la luz del día.
- ¿Cómo te llamas?
- José Luis.
- ¿No hay más niños en el pueblo?
- No. Sólo estoy yo.
- ¿Qué es lo que haces?
- Subir arena con el camión.
- ¿Y qué harás cuando la hayas subido toda?
- No sé. A lo mejor la bajo otra vez.
- ¿Por qué no hay más niños en el pueblo, José Luis?
El niño no contesta. Se limita a sonreír y me mira con cara de ángel. Pensará que eso mismo es lo que a él le gustaría saber. Al fin me responde muy bajito.
- No lo sé.
El ábside rodea en semicírculo al viejo templo por la parte del barranco de los Pradillos. El ábside se adorna con curiosos modillones, muestra de una época demasiado oscura como para ponerse a tirar aquí del hilo de la Historia sin que éste se rompa. Bajo el ábside cantan los jilgueros en las ramas y zumba el abejorro. La calma parece que lo derrite todo.
Al sol de la tarde tuesta su cuello desplumado una gallina grifa. Las gallinas que hay en las eras de Cubillas son unas gallinas sin espíritu, gallinas vagabundas y con inclinación a la vida aburrida. Al poniente, perdido no lejos en medio de la colina, se recorta como una mancha oscura la torre mayor del castillo de Guijosa. Por un momento se oye el silbido del tren, llaneando por las vegas trigueras del noroeste.
Cubillas del Pinar no parece un pueblo por mucho que se le mire, sino un conjunto anárquico de casas colocadas en la cuesta a las que se llega por estrechos senderos de hierba y piedra. Por el barranco, en medio de las malezas y de los chaparrales que agranda el humedal, se alcanza a ver el solitario cementerio de la aldea, sitio de augusta paz y de silencios rotundos, junto a cuyas tapias hubiera apetecido soñar y yacer bajo su tierra el poeta G.A.Bécquer. De vez en cuando el viento poniente tiene la gentileza de soplar refrescando la piel de los cristianos. Uno busca de manera instintiva la sombra de las encinas, para mirar hasta adonde la vista alcanza el sereno espectáculo de los campos seguntinos que las elevaciones de Sierra Ministra acortan enseguida. Frente a mí se levanta una vivienda moderna, con torreón almenado por remate como si fuera un castillo. Por entre las almenas me ha parecido ver una plantación de ajos talludos sobre la cubierta. Allá abajo, encendidas por la fogosidad de la media tarde, se agrupan en muy poco espacio las cuatro casas de la aldea de Mojares, con su ermita solitaria en la vega.
Acabo de recorrer en cosa de un instante todas las callejuelas y escondrijos de Cubillas. Desde el balcón emparrado de una casa me mira con atención una señora de edad avanzada. La buena mujer me diría después que se llama Trinidad Gonzalo. Junto a la puerta de entrada, debajo del balcón, nos escucha un señor mayor sin decir ni pío.
- Muy chiquitajo es todo esto. –ha dicho la mujer.
- Sí, mucho. Pero se compensa con la mucha tranquilidad que tienen ustedes.
- Sí, señor. La tranquilidad es buena, pero no tanta. Por no tener no tenemos ni agua en las casas. Tenemos que subir a cogerla a la fuente. Dicen que cuesta muchos millones traerla, y con siete vecinos que somos no podemos contribuir.
- ¿Cómo se llama esta calle?
- Ésta es la Calle Real.
- Les favorecerá mucho tener Sigüenza tan cerca.
- Sí; pero ya que tuviéramos por lo menos un autobús para bajar una vez a la semana. En el pueblo no hay más coche que el del alcalde, y como anda por el campo con las ovejas no podemos contar con él. Luego, las edades nuestras tampoco son como para bajar andando. Se nos hace muy lejos.
Las diecisiete personas que aún quedan en Cubillas, así como los oriundos y paisanos que los quieren acompañar desde los pueblos vecinos, celebran su fiesta mayor el día de San Juan, fechas de verano recién estrenado en las que estas tierras disimulan su tremenda sobriedad y se suelen vestir de gala.
- Ni fiesta ni nada, ya ve usted.
Entre los contrafuertes de la iglesia sigue José Luis empeñado en su tarea de cambiar de sitio el montón de arena. Todo es cuestión de paciencia. Don Francisco Millán, hombre que usa gafas para ver y sombrero de paja para que el sol no le moleste, es la persona más vieja del pueblo. Tiene ochenta y dos años, pero se conserva listo, ágil y la mar de bien. Don Francisco Millán viene de asomarse al barranco de los Pradillos.
- Lo que no me acabo de explicar –le digo-, es que el pueblo se llame Cubillas del Pinar y no tenga alrededor ni un solo pino.
- Pues no los tenemos tan lejos –me responde. Lo que pasa es que están detrás de ese cerro y no se ven.
- La iglesia, en cambio, si que vale la pena conocerla.
- Eso dicen todos los que pasan por aquí. Los señores curas cuentan que es una iglesia con mucho mérito.
- ¿La podríamos ver por dentro?
-Si usted quiere, claro que sí.
Don Francisco, mi gentil acompañante y amigo de Cubillas, se descubre su sombrero de paja cuando cruzamos el quicio. La iglesia es por dentro un rancio respiro de piedad medieval. Muy oscura. Dos ventanas rasgadas, como saeteras, dejan pasar la poca luz del día que una vez dentro se hace penumbra. El retablo mayor es de un barroco muy descuidado. Por encima del altar hay montones de insectos y palomitas de los que están matando a los olmos. En sus correspondientes nichos del retablo están las imágenes de San Juan Bautista, que es el patrón del pueblo, de la Virgen del Rosario y de un santo obispo por cuya identificación no me decido.
- Ese es San Marcial. Yo creo que es San Marcial –explica mi guía. Le hacemos la fiesta el 5 de julio.
Los techos de la hermosa iglesia de Cubillas dejan pasar la luz del día por entre los agujeros. Uno piensa que también dejarán pasar las aguas de los temporales. Como todas las iglesias de su estilo y de su antigüedad, separa al presbiterio de la nave de los fieles un arco de triunfo entre muro y muro. En una de las rinconeras, junto al coro, se apoya el largo palitroque del pendón de las procesiones.
- ¿No lo sacan?
- Poco. Acaso en la procesión del día de San Juan. Nos faltan brazos.
Don Francisco Millán, doña María, su mujer, y yo, protegiéndonos los ojos de la luz de la calle. Antes de partir les pregunto por mi amigo de Guijosa, el señor Gabriel Ruiz Martín, el Gordo. Me contestan con la mirada baja y la cabeza sin cubrir que ya murió, que la vejez no perdona y que a cada cuál le llega su día.
Con la tarde comenzando a declinar es una suerte viajar sin prisas por las tierras de Sigüenza, parando las veces que sean necesarias para admirar la vega, para seguir con los ojos el blando planear de un águila, para beber del caño de una fuente. Luego, la sorprendente imagen a contraluz de las torres de la catedral, con destellos de oro viejo a medida que el sol desaparece.

(N.A. Julio, 1987)