sábado, 7 de marzo de 2009

COPERNAL


Un insistente zigzag de curvas en la carretera que tomé en Hita con dirección a Espinosa me dejan al cabo de un rato en las inmedia­ciones de Copernal. He cruzado al venir por tierras áridas donde la Campiña se disloca, y campos de intenso color marrón dibujando los bajos de las laderas viejas en las colinas que peinó el arado, en vísperas ya de teñir su sana faz con la pincelada de verdín de las cosechas. Desde el ventanillo cerrado del automóvil se alcanza a ver en la lejanía, desdibujado por la neblina invernal, el soberbio macizo del Ocejón cubierto de nieve. El pueblo de Copernal queda aquí mismo, en lo alto de una leve ondulación del terreno al otro lado de la barranquera espinada de chopos. Se eleva sobre el lóbrego panorama de sus­ viviendas la torre esbelta de la parroquia, magnífica, imperante, bien conservada, que se remata en un delicado carillón de hierro fi­no donde se mueve, al capricho de los vientos, el gallo metálico de la veleta.
Por el saliente bordean a Copernal los fragosos cerro de Las Cuestas, arañados de arriba a abajo por cárcavas que abrieran las lluvias torrenciales de tantos siglos, donde se crían entre una y otra, aquí un insignificante cuartelillo de olivar baldío, allí una moña de chaparros, para coronar en contraluz la seria silueta de las carras­cas vigilando a perpetuidad las horas siempre iguales de aquellas tierras. Una bandada de palomas huidizas vienen a caer en aparatoso revoloteo sobre el tejado de la iglesia.
El barranco que nos acercaría hasta el pueblo se atraviesa por un puente de piedra que salva el declive y se extiende, de parte a parte, por medio de zarzales en hibernación y nogueras desnudas. De­lante de nosotros renquea una pareja de tractores enormes subiendo la cuesta. Los tractores acaban de parar frente a la caseta de la báscula municipal, al inicio de una explanada de hierba que tiene más adelante una fuente pública con el pilón helado y el edificio, relativamente moderno, del ayuntamiento. La casa consistorial se sostiene sobre soportal con triple arcada de ladrillo visto.
Se ve que Copernal es pueblo antiguo, de casas típicamente rura­les levantadas de adobe y otras más recientes que se construyeron cuando el plan de Regiones Devastadas. Son frecuentes las viviendas que el tiempo y la desidia se obstinaron en tirar a tierra. Otras intentan evitar la catástrofe apoyando todo el peso de sus pa­redones de tierra sobre puntales inclinados que las sostienen. Esta­mos, pienso al poco de llegar, en un pueblo de nobilísima tradición, bello como pocos, que adivina entre las arrugas de su ancianidad, con el pésimo trato que le regaló la historia, un final inminente, si antes, los pocos que viven allí y quienes lo intentan sostener desde fuera, no le ponen remedio.
- Es verdad que no hay derecho a esto. No se debería ni decir, porque todos tenemos un poco de culpa, pero Copernal no se merece el estar prácticamente vacío como está. Si viene usted un día de los de entresemana, no se encuentra un alma por las calles.
Julio Calvo me contaba su impresión calentándose las manos alre­dedor de una hoguera de ramas que é1 y Antonio de la Torre, el joven alcalde de Copernal, habían preparado junto a la báscula municipal.
- ¿La proximidad a Guadalajara ha tenido algo que ver con la emigración?
- En el caso de nuestro pueblo, sí. Yo, mismamente, vivo en Gua­dalajara y vengo todos los fines de semana y lo días que hace fal­ta a. trabajar en el campo. La gente se fue y no sé si hizo bien o hizo mal.
- ¿Y usted, señor alcalde?
- Yo vivo aquí de continuo. El problema mayor que tenemos es el de los hijos, por no haber escuela en el pueblo. Hay que llevarlos todos los días a Espinosa. Por lo demás, es un pueblo donde se está muy bien.
- ¿Les responde el campo?
- El terreno de aquí es bueno; sobre todo muy seguro. No dará cosechas de esas grandes como en otros sitios, pero, a la larga, produce más que los de otros pueblos vecinos. Lo malo es que cuando la em1ígración se alqui1ó mucho termino a los de fuera y lo llevan ellos.
- Ganado poco, claro.
- Nada; hay un atajo que se come todos los pastos del pueblo, pero lo lleva uno de fuera.
Pese a ser la de hoy la primera vez que venía a Copernal, y también la primera que andaba por estos augustos parajes que avecinan las tierras del Henares, no es para mí nada novedosa la visita. Hace pocos días cayó en m1s manos un librito sencillamente encantador, una pequeña joya escrita con extraordinario amor a su tierra por Gloria de Lucas Simón, autora a quien desconozco, pero que merece el reco­nocimiento de aquellos para quienes el ambiente rural y el costum­brismo de nuestros pequeños burgos, significa algo más que una sim­ple manera de ser, un modo de manifestarse de nuestros antepasados que con ellos pasó para siempre a mejor vida. Lugar de Copernal es el poso genuino, una pavesa cargada de vida sobre lo que fue el pueblo hasta la hora fatal del éxodo, unas cuantas páginas impresas que perpetuarán su memoria hasta el final de los tiempos, aunque la causa que lo motivó haya sido absorbida por la, a veces incomprensible, forma de vivir de estos tiempos nuestros.
La calle de Hita bordea al pueblo por el poniente, casi parale­la a la Calle Mayor, y, como ésta sube cuesta arriba buscando en las afueras el transformador de la luz y el camino del cementerio. La calle de Hita tiene todas las casas iguales, seriadas y repeti­das, son casas de estampa oficial que se levantaron en su momento para sustituir a aquellas otras que sucumbieron víctimas del horror de la guerra. Los troncos secos de las parras completan, una a con­tinuación de otra, la monotonía de las cinco viviendas de la calle de Hita.
Muy cerca de la fuente que hay frente al ayuntamiento, vuelvo a encontrar de nuevo al vecino Antonio de la Torre. Me cuen­ta que una buena porción del suelo que pisamos no es propiedad del municipio, ni de los vecinos siquiera, y que de allí no se puede remover un palmo de tierra aunque sea para mejora del común.
- Debe ser del Estado, o qué sé yo. Aunque lo queramos arreglar, no podemos, no es nuestro. Se expropió después de la guerra y también ha tenido eso mucha culpa de que no se haya puesto el pueblo un poco más en orden de lo que está.
- ¿También afectó la expropiación a las tierras?
- No; las tierras son todas nuestras.
Dos cipreses apuntan al cielo nublado por encima de las tapias lejanas del cementerio. Al bajar, el ambiente es todo de un ocre tristón: el pardo tapiz de los tejados, la tez terrosa de los paredones, el gris invernal del cerro de Las Cuestas… Un grupo de niños y de niñas me adelantan corriendo a pie y en bicicletas por la explanada de la antigua plaza, delante mismo del viejo frontón. De­trás de ellos corre un perrillo pardipintado con vocación de niño. Me han dicho que el perro se llama Búmer.
- Siempre se viene con nosotros. Si quiere le enseñamos la iglesia. Ana tiene la llave.­
- Ah, pues me parece muy bien. ¿Todos estos chicos sois en el pueblo?
- Los sábados sí. Aún hay alguno más.
- ¿Adónde vais al colegio?
- Nosotros vamos al Plan Sur de Guadalajara.
- Y yo a los Salesianos.
- Y a nosotros nos llevan a Espinosa.
- ¿Os gusta estar en el Pueblo?
- Mucho.
Los chiquillos de Copernal son dóciles y respetuosos. Se llaman Ana, Nuria, María Ángeles, Raúl, José Antonio y Carlos. Las dos pri­meras son las que dirigen de alguna manera la bandada de seis.
- La iglesia la han dejado muy bien. Está pintada por dentro y por fuera.
Es verdad. De tan limpio, el templo tiene por fuera un aspecto extraño, acaramelado. Con la elegante imagen de la iglesia ante los ojos, enfilando una de las aceras de la calle estrecha por donde en­tramos con la torre al fondo, uno echa de menos los bloques moldea­dos de caliza, de sillarejo, de mampostería, que tienen otras igle­sias. Se entra por un lujoso pórtico con techumbre de madera oscura que sostienen cuatro columnas de piedra. Una verja de hierro cerca la entrada por encima del pretil. Sobre la puerta de acceso se lee: "Iglesia de San Pedro”.
Estamos ya dentro de la única nave. Los chiquillos y el perro se me han adelantado a pasar tomándose aquello un poco como lo toman los niños. Cuando les insinúo que lo que hacen no está del todo bien, Raúl se sale al pórtico con el perro mientras los otros se limitan a esperar, quietos y mudos como calvos de convento, sentados sobre un banco cerca de la puerta.­
Hay un retablo sencillo tras el altar mayor, con una imagen del Corazón de Jesús en el centro y tres relieves que representan otros tantos pasajes de la vida y muerte de San Pedro. La iglesia se ve limpia y decorosa, impecablemente pintada. En algunos altarcillos y doseletes laterales hay algunas imágenes antiguas de talla, como la del Santo Cristo de Copernal, y otras modernas de escayola como la de San Roque, que es en realidad el patrón del pueblo y cuya fiesta, sabido es, se celebra en el mes de agosto.
La mañana continúa bajo los efectos de un cielo plomizo y amenazador; hace frío. Cuando emprendo el regreso, al tomar otra vez la ca­rretera pasado el viejo puente por donde entré, oigo la algarabía de los chavales jugando en el barranco de la fuente. El perrillo Búmer y otros dos juegan a patinar en la superficie helada de la piscina. Los demás me hacen señas desde abajo agitando las manos. Hasta Hita la, la carretera pasa bordeando los tesos de erial y los cam­pos cultivados, dibujando las laderas cóncavas de las cañadas.
(N.A. Marzo, 1985)