lunes, 1 de junio de 2009

MIERLA, LA


Por aquello de que Guadalajara ya no tiene secretos para él, ha­ce tiempo que uno dejó olvidado, perdido mejor, el mapa provincial que en los comienzos fuera compañero fiel y maestro entrañable de horas y andaduras.
- Perdone usted, pero tengo la impresión de que me he perdido. Voy a La Mierla y me parece que he andado mucho sin encontrar el empalme. Podría usted darme una idea de por donde cae. ­
- Sí hombre; siga un poco más adelante. A cosa de medio kilóme­tro de aquí lo encontrará a su derecha. Ahora les han arreglado la carretera y se va muy bien.
Como hacía unos minutos que dejé atrás la Puebla de Beleña sin encontrar rastro, opté por pararme a esperar que el primer transeúnte me sirviese de guía. Era un camión de gran tonelaje cargado de madera al que ahora me avergüenza haber detenido en plena­ marcha para dar un escape a mi despiste. Luego salen al camino los jarales, los romeros, las aliagas y el tomillar, los pinabetes y los enebros, tiñendo de un verde hosco las tierras nuevas que pei­naron en horizontal las máquinas de la repoblación. Hace calor y, a pesar de todo, aún se filtran entre la bruma los firlachos de nieve por las sierras lejanas de Riaza. La Mierla saldrá en seguida, más allá de las alamedas y de los trigales pasada la fuente del lavadero con su extraña forma pentagonal, semejante a los arcaicos enterramientos de linajudos personajes del antiguo Egipto que, por la disposición de los sillares, debieron idear los hombres del medievo. Las abejas merodean por el barrizal del sobrante y un señor vestido con mono azul trabaja en una casona de piedra, a manera de almacén, que haya la caída.
- Buenas tardes. ¿Usted sabe cómo se llama esta fuente?
- No lo sé.
- ¿No es usted de aquí?
- Sí, pero es que no tiene nombre.
- Pues da la impresión de que aquí hubo un molino, ¿no?
- Sí, antiguamente fue una almazara.
Como el hombre del mono azul no parece tener demasiadas ganas de conversación, uno se marcha a buscar otras impresiones en el interior del pueblo. Cuando va llegando, la primera sensación que se tiene es la de haber visto cómo el canto de una airosa espadaña sobre el resto de las viviendas bajas de La Mierla se disipa. No es sino lo que queda de muro de lo que fue la torre parroquial, que uno piensa a ciegas se debió venir abajo con cualquier mal aire en una noche de invierno.
La plaza es cuadrada y espaciosa. Tiene en el centro un olmo desmochado y una fuentecilla artificial que solamente tira agua cuando se le pulsa al grifo. Frente a mí hay un hombre de edad más bien avanzada leyendo el periódico. El hombre está leyendo plácidamente sentado sobre un cojín en el quicio de su puerta a la sombra. Cuando salgo del coche se nota un fresquito muy agradable que sube de la vega. El caballero del periódico me mira sin prejuicios y acepta de buen grado mi conversación sin levantarse del suelo. Yo, por no salir de tono, me siento junto a él en la acera.
- Pues mire, es la “Nueva Alcarria”. Me la ha traído el cartero porque viene una hoja que habla de su pueblo y estoy a ver si le puedo sacar una poesía.
- ¿Al periódico?
- No, a Tortuero. ¿No lo ve? Viene una foto de la plaza y todo. Yo no he ido nunca, pero parece un buen pueblo.
- Ya lo creo que lo es. Está metido en un hondo, y tiene un puente viejo muy bonito y un río y una presa con truchas.
- Eso ya lo dice aquí bien explicado.
- Claro. Es que lo que dice ahí lo he puesto yo.
- ¡Ay la madre del cordero! Entonces es usted el que viene aquí en la fotografía.
La cosa es que nos hicimos amigos muy pronto, y el hombre me con­tó que hacía versos desde hace veintiséis años y que vive solo, que tiene una gracia especial y se inspira a las cuatro de la mañana.
- Me incorporo en la cama, doy la luz y los escribo en el respal­do de la guitarra.
- ¡No me diga! ¿También le da usted a las cuerdas?
- No sé tocar, pero me ayuda a escribir los versos. Qué cosas.
- ¿Y cómo le dio a usted por ahí?
- Pues resulta que tuve un amor varios años y me dejó porque me dio bronquitis. Entonces caí como en una desesperanza. Le escribí a doña Elena Francis, la de la radio, y me aconsejó que olvidase aquello. Yo le hice caso y ahora mi amor son los versos.
- ¡Caramba!
- Sí señor. Tengo la casa empapelada de poesías. Pase y lo ve. A todo el que viene le llama la atención.
Pues bien; ver la-casa de Leandro Moreno, el ilustre hidalgo de La Mierla, es el colmo de la exaltación a lo verde. Verde el color general de aquellas vaguadas por donde el Ocejón se hace plano en contacto con el Henares, verde el color de la puerta donde nuestro hom­bre se apoya para ver correr el tiempo, verdes también sus ojos can­sados, y verdes, aquí están, los cromos de calendario clavados en la pared con señoras mal vestidas o sin vestir, rodeadas de versos por los cuatro costados, muy a tono con el escaparate de carnicería que las estampas representan.

Hay pa tirar y dejar,
y dar parte a los amigos,
a esos de la tercera
que en el pueblo andan conmigo.

Dice uno de los que, sin obligar al lector a sonrojarse, se pueden reproducir en una prensa que se precia de honesta.
- La cosa es que parece que no tengo traza. Como vivo solo, y voy así un poco mal vestido y eso, a la gente le choca que sea yo capaz de hacer estas cosas. A todas las médicas que vienen les hago versos.

La hemos visto muy amable
y a la par muy servicial,
aunque nos ve achacosos
ella nos quiere curar.

- Pues no está mal. ¿Ya los hombres no les hace?
- También. Ahí tiene uno a Iñigo, otro a Manolo Escobar. Antes les hacía a las de la radio, a la Matilde Conexa, a la de Periquín, y a las de entonces; ahora les hago a los de la televisión. A todo le hago poesías. Esta que hay en el libro se la hice al pueblo:

Estamos que presumimos
ahora de zapatos nuevos,
pero de nada nos sirve,
pues la iglesia que es de todos
la tenemos en el suelo.

- ¿Cuántas poesías ha hecho en su vida?
- Pues todas las que ve por las paredes, todas las que tengo en esta caja y cinco o seis cuadernos más.
En la casa de Leandro están las paredes -y no es una manera de decir- empapeladas de versos. Suele hacer una cortada vertical a la hoja donde escribe que luego abre como una ventanita. Debajo aparece ­la estampa, de tal manera que, para poderlo leer, es preciso cerrar las dos portezuelas de papel que él maneja con mucho cuidado.
- Las que hago a los santos las tengo en la habitación, y en el comedor a los de la radio, la tele, los artistas y toda esa gente. ­Detrás de una tapia, frente a la casa de Leandro, hay un corral con un laurel, una higuera y unos lilos en flor. Es el dueño don Bienvenido Parra, que acaba de llegar desde Azuqueca y me regala una ramita de laurel que le ha pedido para mí mi amigo el poeta. ­
- Esto, con un par de conejitos de campo, no hay cosa mejor.
Leandro se ha venido conmigo hasta la iglesia hundida. En la Pla­za de la Picota. nos encontramos con el rollo que le da nombre, levantado sobre tres gradas escalonadas de sillería. Es una picota. monda­ y lironda., sin otro aditamento que la lisa columnata de piedra.
- Ahí, más hacia la iglesia, estaba antes el picoto, más pequeño y con una cruz, pero tenía su columna y todo.
De la iglesia de La Mierla quedan hoy los cuatro muros, un trozo alto de lienzo de la torre, las tres columnas del soportal y el arco de la portada en el que está escrito: "Se renovó esta iglesia siendo cura D.Juan Blasco, año 1901". En lo que fue su atrio han brotado las raíces de los olmos, mientras que en el piso de la única nave crecen las zarzas y se amontonan los escombros, las inmundicias y los cascotes de teja que cayeron del techo.
- Donde el altar mayor hay enterradas muchas gentes importantes. Aún puede que se lean sus nombres en las lápidas. Algunas las han abierto para buscar reliquias y no sé que historias de esas.
A pesar de su pequeñez, y de su despoblación que alcanza la cifra exigua de dieciocho personas en tiempo de invierno, La Mierla tiene sus calles limpias y bien arregladas. Leandro me habla de logros y de proyectos municipales.
- Sí, lo de las calles ya se ha hecho. Ahora nos falta arreglar
el centro de la plaza y terminar el sa1ón cultural para ancianos que ya tenemos emprendido en la escuela.
- Como son tan pocos, aquí todos serán autoridad. Usted, concejal por lo menos.
- Yo aquí tengo veintitrés oficios: hago de señor, señora, señori­to, mayordomo y criado, y de médico y enfermo si me coge un resfriado. Bueno, yo soy depositario del ayuntamiento, suplente de juez y alguacil.
En el lugar donde estuvo en tiempos la única aula de la escuela han preparado un sa1ón limpio y espacioso, con servicios y salita de biblioteca que todavía están sin acabar. La escuela queda en las a­fueras y conserva una placa de mármol sobre la facha­da en la que se hace constar cómo fue donada por D.Ricardo Fernández Rojas y Monasterio, en recuerdo de su madre.
- Ese hombre debió de ser un impresor famoso de primeros de siglo.
La cosa es que costó hacer todo en aquellos tiempos treinta mil pe­setas, y ahora, el poco de arreglo se va a poner en millón y medio.
- Pues tienen aquí un patio muy hermoso si lo cuidaran.
- Algún año hemos hecho las vaquillas en este patio. Luego nos las bajamos a comer a la fuente de abajo. No estaba el alcalde aquel día y ocupé yo su puesto. ¡Ay que ver qué borrachera más tonta que pillé con eso de la limonada! Yo, siempre solo, y aquel día el amo de todo. ¡Qué felicidad!
El poeta me regala antes de marcharnos al campo un ramito de li­la en flor y un caramelo de menta. Por las eras hay una señora que habla con acento andaluz recogiendo collejas en la explanada de su casa. A nuestra derecha, el terreno se alza por los Avenazos sal­picados de olivar, y delante tiran su sombra negra en el ribazo las carrascas.
- Todo se ha perdido. Antes sembrábamos también esa parte. Como no queda nadie para trabajar, ahí está, perdido.
- Pues lo que se ve sembrado no puede estar mejor. Tienen una co­secha que parece que grita.
- Ya lo creo. Hay un campo muy guapo. Este año, con haber llovido, está bien lo bueno y lo malo. Para los manantiales, de todas maneras ha sido poco.
Al bajar por la carreterilla de la presa vemos cerca de nosotros una casita de madera en medio de los sembrados. Leandro me cuenta que por las huertas de Malavarde se cogía antiguamente mucha fruta, y que por las piedras blancas de la Gravera se cayó en una ocasión, dando vueltas, por querer sacar un conejo de la boca.
- No me maté de milagro. Y el conejo, el muy cabrito, se quedó allí.
Concluimos el encuentro, y con él mi visita a La Mierla, sentados en uno de los bancos que hay bajo el techadillo de la ermita de la Soledad. Cada uno, asomados por los ventanucos de las dos puertas, miramos lo que hay dentro del ínfimo santuario, que son unas cuan­tas imágenes veneradas en el pueblo y media docena de bancos de ma­dera donde los fieles se reúnen los domingos y fiestas de guardar para oír Misa. Se ve todo limpio y ordenado.
- Ha quedado muy bien. La hemos pintado y da gusto estar. Como la iglesia se hundió, nos tenemos que servir de la ermita.
En el ángulo que separa los arcos de las dos puertas, figura por encima de la columna un escudo de piedra de “las llagas de Cristo” sostenido por querubines. La brisa de la tarde juega con el inmenso mar de verdín de las tierras vecinas. Leandro me mira con una sonrisa picarona y angelical, como de poeta en trance.

(N.A. Junio, 1984)