domingo, 21 de junio de 2009

NAHARROS


Mínimo y olvidado; frío en esta mañana delantera del mes de abril. Naharros surge como un puñado de casas antiguas, otras acondicionadas debidamente según las necesidades del momento, en el fondo de una tremenda caldera de montañas grises que atraviesa por su mitad el río Cañamares. No lejos, a media hora de camino a pie siempre en dirección norte, la villa realenga de Atienza, altiva y señora., comandando desde la cresta de su castillo el insólito panorama de aquellas serranías.
En Naharros es protagonista de vidas y de paisajes el tinte cenizoso de los gneis y de las piedras de pizarra, de sus collados y ci­mas pedregosas color de plomo, donde las modernas maquinarias de la excavación sacan a la superficie cantidades ingentes de cuarzo que luego -ni qué decir- marchan fuera de nuestros ámbitos territoriales como nubes que se evaporan sin dejar rastro.
El pueblecito de Naharros tiene como pretexto en sus alrededores algunas cercas que encuadran praderas desatendidas que el sol agosta, chopos nudosos a prueba de hielo, álamos de corazón ruin y soberbios ejemplares de fresno, especie mítica de la que este escondido lu­gar de la sierra es santuario. Luego los tejados de pizarra, compar­tiendo la venerable pelambrera de sus casas con otros más modernos entre tierra parda y bermejo chillón.
Dejo el automóvil sobre la alfombra en una pradera, al sol, junto a unas piedras planas que la gente usa como asiento. Los restos de otro vehículo situado al pie de un casillo, en medio de tanto silencio y de tanta desolación, parecen recordar en el lenguaje mudo de su estatismo el final de los tiempos. En los corrales de las casas hay amontonados haces de jaras y de estepas, arbustos de leyenda que los serranos dicen , sin que les falte razón, que arden igual que la pólvora y tienen al arder un olor pastoso que inciensa y llena de paz el alma de los campesinos.
-Buenos días tenga usted, señora.
-Buenos días, señor ¿Qué se le ofrece?
-Nada en especial. Venía a dar una vuelta por el pueblo. No lo conozco.
-Aquí hay muy poco que ver. Vamos, no hay nada que ver. Digo yo.
Doña Petra de Mingo me mira muy atenta, con un escobón en la mano derecha desde el patio en sombra de la casa en donde vive. Un rústico rincón pueblerino que ya quisieran para sí más de cuatro pintores. La señora Petra se deja fotografiar a mitad de conversación.
-¡Ay qué señor éste! Si las mujeres de los pueblos estamos muy feas, mire usted.
-No lo crea. Mi madre fue una mujer de pueblo, y mi mujer y mi hija también lo son, y ninguna es fea. ¡Qué tranquilidad en estos pueblos! Usted no sabe lo que vale eso. No creo que tengan desavenencias entre los vecinos, y si las tienen hacen muy mal.
- No señor. En este pueblo no pasa nada. Nunca pasa nada. Habemos muy pocos, una docena para el caso. Hace unos cuantos años éramos sesenta vecinos.
-¿Qué es lo que más echan de menos?
-El teléfono. Que se acuerden de ponernos el teléfono, porque así no podemos estar.
La conversación con esta buena mujer tiene como testigos un perrillo y unas cuantas gallinas escarbadoras al lado de un montón de leña. Las gallinas cacarean sin cesar.
- De leña no andamos mal, gracias a Dios. Hace mucho frío en los inviernos y conviene tener un poco de avío. Yo siempre guiso con leña de estepas y con troncos de roble.
A la caída hay una fuente abrevadero que tiene los muros blanqueados de cal. Sobre el frontal hay un tosco relieve representando la silueta de un águila bicéfala. El reguero de los desagües se escapa, limpio como salió de la tierra, hacia los prados del Hospital.
Las casas de la calle de la Iglesia son de piedra caliza o arenisca. En los corrales y casillos para el ganado suelen ser las paredes de pizarra. En este momento sale con su coche por la calle de la Iglesia José María Moreno, un muchacho joven de los de la emigración, pero hijo del pueblo. Parece ser que me ha reconocido y detiene el coche sólo para saludarme. Hablamos unos minutos. José María va acompañado de su padre, un señor mayor. Me explica que tiene que hacer unas cosillas en Atienza y que van para allá. Le pregunto.
-¿Qué le veis al pueblo para no fallar casi ningún fin de semana?
-Yo vengo con frecuencia porque tengo aquí a mis padres. Como encanto a mi pueblo le veo el campo. Por lo demás da un poquito de pena ver lo olvidado que lo tienen. Somos pueblo anejo a La Miñosa, tal para cual. No hay casi habitantes. Pero son las circunstancias las que tienen la culpa. Yo creo que los pocos que son se lo merecen todo. Lujos no les hace falta, pero teléfono y un poco de asfalto en las calles, honradamente creo que sí. Naharros se achica, como se dijo, en el fondo de un inmenso anfiteatro de montañas que aquí se conocen como el cerro del Lutuelo, las Sierras, el Cuento, de donde se saca el cuarzo, el cerro de San Antonio, la Zumaguera y la Sierra del Val. Calle adelante dejo a mi izquierda un arco desnudo de piedra tallada que da a un bosquedal de maleza y de infranqueables zarzales. Más allá tejadillos ruinosos que cubren viviendas antiquísimas en las que habitaron las buenas gentes de años atrás, y hoy se acaban por desmoronar víctimas del olvido. Ha vuelto el frío. Un señor vestido con mono azul retoca al palustre las cuatro caras, tiernas todavía, de una chimenea encima del tejado. Ahora me ladra un perro. La iglesia viene a estar marcando el límite con las orillas del pueblo en dirección al río Cañamares. La espadaña de la iglesia mira hacia los campos y a los cerros del poniente. Tres contrafuertes arriman su espaldón de piedra y de cemento debajo de las campanas para reforzar el muro. La veleta está fija, señalando con su punta de hierro la situación del lejano Moncayo, el de los solanos traidores, sin moverse nada. El techadillo de la iglesia cubre sobre dos columnas el arco de la entrada.
Separando las casas y las callejuelas de Naharros hay extensas superficies de pradera donde picotean las gallinas. Allá los chalés con sus puertas y ventanas cerradas, soportando el soplo sin cesar del viento noreste. El sol daña la vista con el brillo característico de las lajas de pizarra en los corrales. Sobre la hierba mullida de la pradera hay un perro comiendo un hueso de cabra. Se ve que es un perro feliz, amigo del orden y de las buenas maneras, acostumbrado a que nadie se meta con él ni él se meta con nadie. Ahora pasa un avión tajando el cielo con su chorrera de humo blanco. El sonido del avión retumba por la sierra instantes después. Por una sendilla de hierba que nadie debe de pisar desde sabe Díos cuando, llego hasta la otra pradera en donde dejé el coche. Alguien acudió al reclamo del vehículo y se sentó sobre las piedras.
- ¿Qué suelen hacer aquí para distraerse?
-Nada; nos sentamos al sol o nos vamos al campo a sembrar unas pocas patatas, o lo que sale.
El señor con el que hablo se llama Máximo y la mujer que nos escu­cha Victoria. Uno y otra me cuentan después más cosas pausadamente, sin prisas, el tiempo en Naharros al fin y al cabo, ¿para qué sirve?
- No nos quieren poner el teléfono, mire usted. Ni aun escotando la parte de dinero que nos corresponda o pagando lo que valga, pero por qué será. No nos hacen caso. Que somos pocos, y que somos pocos. Como si no contáramos como personas.
- ¿De donde viene el médico?
- De Atienza. Hasta ahora no ha ocurrido nunca nada urgente, que hayamos tenido necesidad de llamar, pero puede ocurrir cualquier día.
Vuelvo otra vez desde la calle de Arriba hasta la de la Iglesia. La señora Mónica parece dispuesta a enseñarme por dentro el edificio de la parroquia, lo único que me resta por ver. Vamos los dos sobre los mismos pasos que hace un instante recorrí. La iglesia de Naharros es pobre, como cabía suponer, y fervorosa y entrañable como también ca­bría suponer. Uno siente verdadera. Predilección por estos mínimos tem­plos pueblerinos, en los que la fe entra por los ojos sin necesidad de esforzarse, y sugieren muchas horas de devociones en tiempos ya lejanos, cuando las hoy casi desiertas aldehuelas de toda Castilla fueron pue­blos vivos, regidos por la experiencia de la gente mayor y sostenidos sobre brazos jóvenes de los que ya no quedan.
El retablo mayor es de sencillas formas barrocas al estilo popular, y, según me han contado, está dedicado a San Juan Bautista; si bien la hornacina principal aparece sin ninguna imagen.
- Es que al santo se lo llevaron a restaurar y todavía no han traí­do.
Algunas tallas viejas de escaso valor hemos podido contabilizar además, botón de muestra de lo que en lejanas décadas pudieron ser las devociones de los hijos de Naharros: La Asunción, San Antonio, un San­to Cristo y otra imagen chiquita de la Virgen del Rosario, presiden desde otros lugares sus altares respectivos. La iglesia tiene una sola, nave, y apoyado en el muro reposa el pendón procesional de las grandes solemnidades.
- Aún lo sacan el día de la fiesta, pero ni fiesta ni nada. Como en el pueblo no quedan mozos, los que vienen de fuera cargan con él. Eso es para el 15 de agosto.
- ¿Qué tal fiesta tienen entonces?
- Nada. La misa y repartir roscas, y nada más. Antiguamente -aclara la señora, Mónica- íbamos hasta Atienza a pedir el agua a las Santas Espinas Hasta, allí se llevaba el pendón. Se ha perdido todo. No ve que no que­da nadie.
Tomo nota antes de salir del orden y buen cuidado de la pequeña iglesia parroquial, del arco de triunfo que separa en su mitad el presbiterio de la nave en donde están los bancos, detalle que le da solidez y hasta un poco de elegancia, al tiempo que refuerza el sostén de la plancha de cober­tura.
Tampoco hay mucho más por donde hurgar en el pueblecito serrano del que uno se dispone a salir de un momento a otro.. Mañana fresca a pesar de la estación y de todos los pesares. La gente, como siempre, es también en Naharros el gran descubrimiento por el que yo apostaría como hallazgo de más valor. Lo más efímero por otra parte. Lo que temo haya podido llegar al principio de su propio fin, si con urgencia no se le pone remedio, cosa que, a simple vista, parece demasiado hermosa para que se cumpla.

(N.A. Mayo, 1987)