domingo, 21 de junio de 2009

NAVA, LA


Hace mucho tiempo que no aparecía por estas tierras solitarias que sirven de preámbulo a las tremendas moles monta­ñosas del Ocejón y del Santo Alto Rey, lo que a mí mismo, antes que a los sencillos habitantes de la comarca, donde uno cuenta con su en­trañable grupo de amigos, me ha causado no poca, extrañeza.
La tarde, por fin, salió limpia y transparente como un inmenso pliego de celofán. El día dura más, y los campos comienzan a sacudir se de su letargo después de un invierno repleto de inseguridades y ­de contratiempos climatológicos. El escaparse en serena tarde marce­ña por estas latitudes de la provincia, firlachos blancos de nieve sin derretir en las hondonadas umbrosas de los montes, es un obsequio por parte de la Naturaleza que uno difícilmente sabrá cómo pagar. Pinos recentales de repoblación y abetos chiquitos; tupido mato­rral en las laderas punteadas de robles, de estepas, de romeros y jarales, de aliagas y de tomillos, de biercol nectarino del que se saca la buena miel serrana, son a, diestra y siniestra nuestros fieles compañeros de viaje. Un viaje feliz y sin compromisos, un viaje sin prisas como es preceptivo por estas carreteras de más allá de la Ve­ga del Henares. El aire impoluto que pasa a los pulmones recuerda de inmediato que acabamos de entrar en tierra de promisión, donde todo es distinto, porque el hombre y su perniciosa secuela de liviandades aquí no tienen asiento. Los contados pueblecillos que sur­gen al pie de las montañas, amigo lector, están casi vacíos: Vegui­llas, Zarzuela, Arroyo de Fraguas, Semillas, La Nava, son nombres que, no muy tarde -o mucho deberían cambiar los rumbos de la vida moderna-, acabarán por no existir, por convertirse irremediablemente ­en montones de escombros, sin que de su condición anterior a los um­brales del siglo XXI haya otra constancia que lo poco que pueda que­dar registrado con letra de imprenta en alguna parte. A quien esto escribe, el meterse una vez más en ese tipo de reflexiones le produce cierta congoja, no puede evitarlo.
La palabra “nava” es por definición tierra, baja y llana, situada generalmente entre montañas. La Nava, antiguo lugar de nuestra serra­nía es eso exactamente: una planicie de humedales a modo de fondo de caldera, que rodean abruptas elevaciones pedregosas de tono gris, bau­tizadas por los serranos de hace siglos con nombres como éstos: La Cabrera, Tomillar, Cerro de Arriba, Castellar y Moroquero.

Castellar y Moroquero
Picuzos y Tornillar,
cuántas calderetas de oro
en tu seno dormirán.

Sí, pero esa es otra historia bien distinta.
- ¿Por qué, don Victorino Moreno, alcalde de El Ordial y de la Nava?
- Bueno, pues eso es, sencillamente, porque en esos cerros hay oro. Más cantidad o menos, pero oro hay. En tiempos hubo minas y ex­tracción. Yo me acuerdo que en 1944 ó 1945 desmantelaron una fábrica que había ahí detrás y que se llamaba "La, Esperanza". Aún queda por el pueblo algún martillo de los que usaban.
La Nava se muestra desparramado, con las casas viejas, los huer­tos y los chalés, haciendo un todo que ocupa una extraordinaria su­perficie. La urbanización e infraestructura para el vecindario deben ser, dada la generosa distribución de las viviendas, difíciles y de mucho costo. Algunas de las viviendas antiguas, de un indecible encanto de siglos, sostienen la pesada cobertura de lajas de pizarra sobre sus cuatro paredones de piedra y de barro batido. Las nuevas construcciones son por el contrario elegantes, seguras y funcionales, como corresponde al buen gusto y a los medios de los que carecieron nuestros antepasados.
He decidido como punto final de mi viaje la fuente pública. Es un estupendo manantial de muro bajo por el que salen tres chorros a colmo de un agua finísima con sabor a naturaleza viva. Junto a la fuente queda el lavadero municipal, que las señoras suelen utilizar aún con no muy mal criterio. De los corrales más próximos llegan los graznidos de un pato doméstico. No sé por donde voy. En la esquina de una calle nueva hay una placa que dice: "Calle de Fco. Tomey". Uno se esfuerza por asimilar, a bote pronto, que haya una calle en un lugar perdido dedicada a alguien a quien conoce. El detalle resulta enternecedor y un poco emotivo. A través de sus puertas entreabiertas veo en el interior de un patio a un hombre -parece experto- quitando la piel de un cabri­to que tiene colgado de un palo. Frente por frente acierta a salir en ese momento una señora, bajita más bien, que me mira con gesto de extrañeza.
- ¿Vive por aquí el alcalde?
- sí señor, aquí mismo. Ahora lo llamo.
Victorino, el alcalde, me acompar1a hasta el interior del espacioso corralón donde el señor Jacinto concluye con éxito la complicada operación del desuelle. Con mucho oficio, y algo de ciencia también, que todo es preciso, el señor Jacinto deja caer humeantes los intestinos de la res en un cubo que tiene preparado a tal efecto. El gato aguarda nervioso que caiga el cuajarón de sangre que cuelga del hocico.
-¿Cuántos lleva despachados con éste?
-Unos cuantos -me dice-. No lo sé. Seguro que más de los que me faltan hasta que caiga el último.
Sujeta de una estaca en el pasadizo hay una cabeza de carnero con toda su piel y cornamenta, secándose por sí sola a base de tiempo.
- Vamos a dar una vuelta por ahí -me dice el alcalde- No habrá mucho que ver, pero... Ya hemos reconstruido el horno.
-¿Aún cuece su pan cada vecino?
- No se cuece pan, pero se asan cabritos.
- Buena carne, por lo que se ve. De ganado, ya poco, supongo.
- Sí, muy poco. Trescientas cabras a lo sumo. Aquí vive la gente más bien de la jubilación, de los dos chotillos que quedan y de cuatro tierruchas míseras que no dan casi nada. El día que se vaya de aquí mi hijo, esto se ha terminado.
- ¿Cuántos son ahora en el pueblo?
- De continuo para vivir, quince de ellos. Nada más.
- Victorino More­no, alcalde titular del Ordial y vecino de La Nava, su barrio anejo, es además de comunicativo y amable, un señor alto, delgado, de enjuta tez, griposo en estos momentos para más dato, y amigo de quienes vienen por el pueblo en son de paz. Victorino se jubiló, no hace tanto, en el cuerpo de la Policía Nacional con el grado de sargento.
- Pues ya lo ve -me explica-, si se da cuenta, el pueblo va dando la vuelta como una herradura.
- Algunas de las casas más antiguas conservan por encima de los qui­cios el típico tejadillo en ángulo que tuve ocasión de ver tantas veces en los pueblos de la Serranía de Cuenca, y que en estas tierras de Guadalajara aparecen de tarde en tarde como sello con un origen común.
- Las casas viejas se van hundiendo solas.
Por el llano de la Laguna, dentro del pueblo, se ven hileras de manzanos desnudos de la clase reineta, y tablares de col, mucha col espi­gada a la que, tengo la impresión de que nadie hace caso.
Cuando nos acercamos a casa de la señora Anita, la mujer más anciana de La Nava, para que nos den la llave de la iglesia, se nos une don Julián Elvira, el alcalde pedáneo. Las mujeres más viejas del pueblo visten por lo general de un negro riguroso, como vistieron sus madres, y no como seguirán vistiendo sus hijas; para que luego digan que la vida no cambia. El detalle, a quien esto cuenta le parece bien.
­- No sé en donde lo he leído, pero creo que el patrón de La Nava es San Ramón Nonato. . ' ,
Eso es -me dicen a un tiempo-. Luego, Victorino lo aclara echando mano al verso:

En Umbralejo la Virgen,
en La Huerce es el Señor,
en el Arroyo San Roque
y en La Nava San Ramón.

La iglesia está solitaria en las afueras. Para llegar se hace pre­ciso salvar los barrizales saltando de piedra en piedra. Tiene una es­padaña chata con doble vano y dos campanas sostenidas por cabezales de hierro. La iglesia no tiene nada que se le pueda conside­rar como artístico o llamativo. Está recubierta de una mano de argama­sa, y tiene portalejo al entrar sostenido por dos columnas de ladrillo.
- No hay nada, como podrá ver. Teníamos una buena cruz de plata, pero nadie sabe adonde ha ido a parar.
- El retablillo también es pobre ¿verdad?
- Mucho. Lo hizo un carpintero de Aldeanueva de Atienza como buena­mente pudo. El que había antes de guerra era una joya.
Me llama la atención poderosamente el piso de cemento, frío como él solo, y la pila bautismal de traza románica, piedra tallada del si­glo XII posiblemente, que guardan en el baptisterio por debajo del co­ro.
- A San Ramón lo hemos celebrado siempre el 31 de agosto, que es su día, pero ya llevamos unos años haciéndolo el último fin de semana, que siempre cae algunos días antes a cuando le corresponde.
- Me separo un instante de Victorino y del señor Julián para ver, a través de la sencilla verja que lo cierra, el rústico camposanto que se adosa al muro del ábside. Tres tapias bajitas y unas cuantas cruces entre la hierba, florida ornamentación de diademas de plástico en chi­llonas tonalidades, todo muy digno y cuidado, bajo los inmaculados cielos de la sierra. El sencillo espectáculo hubiera, merecido en su ho­nor aquellos doctos versos de don Miguel de Unamuno, gustador de rincones evocadores y emotivos como éste, donde los muertos duermen en paz su sueño interminable.

“Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos”

La Nava, como Valverde de los Arroyos, Valdepinillos y algunos lugarejos más de la sierra, poseen en sus términos paisajes realmen­te espectaculares que uno lamenta no poder visitar en esta ocasión por falta de tiempo.
- Hay varias cascadas allá detrás. Una muy bonita de doce metros de desnivel que tiene forma de cola de caballo. Les decimos las Cho­rreras. Mala hora es ya, y el camino seguro que no está demasiado bueno; pero sí que merece la pena acercarse por allí, sobre todo en verano aquello es precioso.
Rematamos las horas de La Nava, ya a la espera del anochecer, en el pequeño bar de la señora Lucía. Una salita minúscula y bien aprovechada en la que tienen casi de todo. Los anaqueles que hay por detrás del mostrador ofrecen al visitante por decenas los trofeos deportivos conseguidos por los veraneantes en las fiestas mayores de San Ramón, y las botellas sin empezar del coñac, imprescindible para ganar cada invierno la batalla a los hielos de la comarca. Por el pequeño salón del bar se pasea de un lado a otro una perrucha soniquera con una campanilla de res colgada al cuello. Un buen trozo de pared se adorna con colas peludas de jabalí y rabos de vaca negra. El ambiente de la estancia es para quien esto cuenta íntimo, amable y acogedor. La hora se encargará poco después de ponerme en camino, antes de que cierre la noche por los collados del poniente que se comieron al sol hace un buen rato.

(N.A. Marzo, 1987)