viernes, 12 de junio de 2009

MONTARRÓN


Para bien o para mal, guste o no, es aquí en Montarrón, a mitad de ladera en estos agrios oteros que circundan al pueblo, donde se da la línea divisoria de los climas serranos y campiñeses, según versión de pastores y labriegos nativos que es la que para quien esto escribe goza de un mayor crédito.
Montarrón -al menos el de hoy- es un pueblo nuevo, sin historia, sin más que contar que no sean los consabidos desastres bélicos que acabaron con el primero pueblo, cuyas ruinas a ras de suelo y muros desmoronados en la vertiente oeste del cerro de la Atalaya, hablan al que se acerca en el inteligible lenguaje de las piedras. Se construyó el moderno Montarrón durante la década de los cuarenta, según el plan nacional de Regiones Devastadas. Sus calles son rectas, como trazadas a regla y a cartabón; sus casas iguales se atienen indefectiblemente al modelo oficial; el ayuntamiento ofrece en­carado al sur el frío arquitectónico de su simetría, y la iglesia simula con su impecable construcción del siglo XX, las formas clásicas de ochocientos años atrás. En las fachadas del pueblo refleja el sol casi crepuscu­lar sus rayos blancos contra la superficie de los encalados. Ismael Mejía es un muchacho rubio de Montarrón, sanote y fuerte, que uno conoce desde su adolescencia. Ismael Mejía baja conduciendo un tractor equipado de aperos y se detiene para saludar en la misma es­quina de la calle Ramón y Cajal. No habla demasiado Ismael Mejía; se le ve con deseos de agradar pero sin saber cómo.
- ¿Qué se sabe del primitivo Montarrón?
- Poco. Los viejos aún saben más. Que estaba muy en cuesta y que lo volaron cuando el bombardeo.
- Creo que existió un castillo en la Atalaya, ¿verdad?
- Sí. Arriba hay aún como una mesa de piedra con una mano señala­da de picadura.
- El campo no parece de lo mejor. Se ve mucho cerro y mucho erial.
- Eso sí; pero los bajos son de buena tierra. La vega que tenemos es de lo mejorcito de la zona. Luego, los bajos del Reloj y del Ca­ñuelo también son buenos, y la otra vega, donde el Pavo Real, es todavía. mejor. Lo malo son los altos, que tenemos bastantes. ­
Constantino de Lucas acude con un dedo vendado y el brazo en ca­bestrillo. Por la edad, Constantino de Lucas debe tener idea de aquellas horas tremendas a que les sometió la aviación hará medio siglo.
- Y tanto que me acuerdo. Tenía yo tres años y estaba haciendo ca­cas cuando cayó un obús a cuatro pasos de mí. Recuerdo que me cogió mi madre y me metió a casa como en volandas. Nada más que empezaban a caer bombas, toda la gente corría asustada a esconderse en las bodegas. Al poco nos llevaron evacuados a la provincia de Cuenca.
- ¿Cuándo regresaron a sus casas?
- A nuestras casas no volvimos nunca, porque estaban hundidas. Cuando acabó la guerra nos trajeron a Fuencemillán y allí estuvimos hasta que hicieron el pueblo nuevo. Algunos echaron raíces en otras tierras y no volvieron por aquí.
Desde Montarrón sobresale al mediodía, por encima de las colinas ásperas que nos separan de la Alcarria, la corona inconfundible del cerro de Hita. En la calle del doctor Castillo de Lucas se mecen las caléndulas y los alhelíes al pie de las parras cuando sopla el viento que sube de la vega. Por los montes que tiñen de ceniza la pues­ta del sol, se adivinan de lejos los puntitos alineados de los olivos en medio de un mar de asperezas donde ancló el chaparro, floreció el a1mendruco y navegan los retamales.
- ¿Podría usted ponerme al corriente de quién fue el doctor Casti­llo de Lucas'?
- Con mucho gusto. Yo lo conocí. Era un médico descendiente de este pueblo que venía mucho por aquí. En la puerta de la iglesia le hicie­ron un monumento con su estatua y todo.
Montarrón evoca su pasado con tinajas de las de fermentar adornan­do las esquinas. Los perros sestean entre sol y sombra acostados en el cemento de las aceras y aun en plena calle, impasibles, sin entrar ni salir en vidas de nadie. La fuente pública que hay delante de1 ayunta­miento desagua por dos grifos diferentes, uno de los de girar y otro de bot6n. El agua de la fuente es fresca y muy apetecible. El abreva­dero, ya sin oficio que digamos, como todos los abrevaderos de 1as fuentes tradicionales, se ve con el fondo vacío y atascado de piedras. Por el ojo de buey que centra la fachada de la Casa Consistorial se acaban de colar, una detrás de otra, media docena de palomas.
- Aquello que hay detrás es un invernadero. Aquí, aunque poco, te­nemos de todo.
- Ya lo veo, señora.
El invernadero se ve a cierta distancia sembrado de horta1izas que crecen a prisa bajo el voluminoso medio cañón de plásticos transparen­tes, que más parece un tune1 o una imaginaria estación sideral de fe­rrocarriles interplanetarios.
- Ahí se hace en cuatro días todo lo que se siembra.
La ig1esia parroquia1 de nueva planta es, sin duda, 1a pieza más valiosa que tiene Montarrón. La arrogante espadaña se alza por encima de las lomeras en la única nave que veremos más tarde. A1rededor hay un juego bien labrado, moderno, perfecto, de arcos que semejan en to­do, también en solemnidad, a los atrios porticados de los famosos monasterios románicos de la Edad Media. Dentro solo hay silencio. El ábside sin retablo alza, por encima de un simulado montículo de metal, ­la imagen del Crucificado más allá del altar. Sobre la Cruz queda una imagen, también moderna, de la Inmaculada Concepción. En los muros laterales que tiene la nave se pueden contar, cada una en su correspondiente repisa, las imágenes de los Sagrados Corazones, de Santa Gemma, de San Isidro Labrador y de San Sebastián Mártir, donde uno intuye que se cifran las devociones populares de los que ahora son y de los que pasaron antes. Una sola capi11a dedicada a baptisterio y un coro nuevo completan, con la recogida sacristía que no llegué a ver, todo el encanto interior de uno de los templos más bellos y en mejo­res condiciones de toda la diócesis seguntina. En 1a solanilla que precede a la iglesia está el busto del doctor Castillo de Lucas, de quien ya me hablaron.
Puestos a hurgar en las crónicas desvaídas de los archivos donde se hila la historia, pequeña o grande, de los pueblos, uno se encuentra con que Montarrón, asumió la categoría de villa hará cuatro siglos, pasando más tarde sus señores a ostentar el título de condes por gra­cia especial del desgraciado Carlos II. Tiempos en los que cambió de hidalgos al paso de las sucesivas generaciones como doblón en mano de rey. La fiesta de San Sebastián, de profunda raíz en la vida de sus gentes, consta que fue instituida en 1579. Hoy, mucho me temo que los cien habitantes de Montarrón viven un tanto al margen de sus condes y de su pasado, incluso -detalle harto común- lo desconocen y les despreocupa de manera total.
En su poyo de la calle de los Condes gasta la tarde don Ignacio Simón Zurita. Don Ignacio es un señor de edad avanzada, alto, fuerte, que se libra de los soles en caída con gorra de visera. El hombre se abre en conversación con la soltura de las almas que no tienen segun­das partes, con la seguridad que le dan los años y con la conciencia limpia. Don Ignacio Simón Zurita se me representa, no sé por qué, a la vera de aquellos cerros mondos, medio bíblicos, como un patriarca del An­tiguo Testamento.
- Todo lo que usted ve, el pueblo también -me dice-, todo eran viñas. Desaparecieron el año de la filoxera y la gente acabó por huir adonde pudo. Hace tiempo éramos aquí ciento y pico de casas abiertas. Las vi­ñas se cavaban a mano y el producto se acarreaba hasta las cuevas a lomo de caballerías. Con aquellos animales labrábamos hasta los cerros. La gente de ahora es mucho más señorita, no se les puede ir con esas.
- ¿Prefiere el pueblo nuevo o añora aquel otro en el que usted nació?
- Este está mejor, pero el otro, por lo menos a la gente mayor no se nos va de la cabeza. Recuerdo que era de calles pinas y empedradas a mano. No sé cómo se les ocurr1ó hacerlo en mitad de la cuesta. Seguro que fue por tener las bodegas más a mano.
- ¿Sacaban su propio vino en los jaraíces?
- Hombre claro. De aquí se ha sacado también mucho aguardiente. Mi padre era el que lo sacaba con un aparato de aquellos que le decían alambique. Me acuerdo que acudían los serranos de allá arriba con car­gas de pino y se llevaban a cambio buenos pellejos para beber. Por la sierra eran bastante amigos del vino, antiguamente soplaban más que los mosquitos; no sé ahora,
En tardes luminosas del mes de abril como la que hoy tenemos, produce en el ánimo de quien debe abandonar el pueblo cierto desaliento. Remato mi estancia en Montarrón recorriendo entero, todo él, los contados escondrijos que todavía no conozco. Me doy cuenta tras el ábside de que han empezado a crecer los yerbajos y que la gente, quizás por descui­do, tira plásticos, botes vacíos y material de desecho. El pobre es­pectáculo contrasta con el orden encomiable y con la limpieza meticu­losa de sus calles. En el frontón pelotean, muy mal por cierto, una señora con chándal y dos o tres chavales de los del fin de semana, golpeando el aire a cada lance con las raquetas. Al momento no se oye nada. Sólo el tractor de Ismael Mejía, con las vertederas clavadas hasta los ojos, remueve en la vega, al son renqueante del mo­tor que el viento se encarga de subir hasta el pueblo, los fondos hú­medos de las tierras.

(N.A. Mayo, 1986)