martes, 2 de junio de 2009

MILMARCOS


Y la aventura se repite. Cuesta trabajo desperezarse en estas mañanas de avanzado otoño para salir de viaje hacia los confines de la provincia, precisamente en aquella dirección en la que nunca parece llegar. Momentos antes de partir caigo en la cuenta de ser un viajero al que le gusta caminar. Me colma de satisfacción la vida y el ambiente rural, pero el hecho de llegar hasta él, y más cuando las condiciones climatológicas parecen adversas, hay salidas que suponen no poca contrariedad. Luego, a Dios gracias, nada ocurre. Todo resulta mucho más fácil de lo que parecía al principio, y la fatal concepción del viaje se acaba disipando con suavidad a medida que se va ganando espacio y tiempo a la distancia.
A pesar de época del año el día invita a viajar. La mañana, soleada y a la vez fresca, ayuda a deshacer es hastío, que torna en optimismo cuando uno acaba por perderse en los campos labrados de la Alcarria, antes de que se llegue a zambullir de hecho en tierras de Molina. El viaje a Milmarcos no es casual, fue madurado concienzudamente en los últimos días. Es un viaje que colma de ilusión el alma del viajero, un viaje de lujo.
El cúmulo de motivos interesantes con que el pueblo colmará después los deseos de quien se acerca por primera vez a Milmarcos, se abre con la sorpresa de una ermita románica perdida en un declive, entre las sabinas, al sol de la mañana, minutos antes de que aparezcan las primeras casas extendidas en una leve hondonada del páramo que circundan, a manera de anillo natural, una serie de cerros desgastados e improductivos.
La grandiosidad pasada de nuestro pueblo se pone de manifiesto en el instante mismo en que se da vista a su Plaza Mayor, a la sombra de su monumental iglesia renacentista, de los olmos tres veces centenarios que cobijan bajo su pompa casi toda la historia de Milmarcos, y la gracia de su fuente, también centenaria, motivo ornamental que realza la estampa arqueada del ayuntamiento presidiendo la plaza desde el otro extremo.
El señor Agustín, como después lo haría el señor Manolo, emplean al referirse al tiempo de las cosas argumentos relacionados con hechos concretos que han conocido personalmente, argumentos la mar de pintorescos pero rigurosamente reales. El señor Agustín nos cuenta la historia de la fuente sentado al sol sobre un banco de la plaza.
-Este año va a cumplir los noventa y nueve. Lo sé porque la hicieron cuando mi suegra tenía dos años, y tiene ahora cien y cinco meses, así que, ir echando la cuenta a ver qué sale.
La historia de los olmos de la plaza es cuestión aparte. El señor Manolo, mi amigo de Milmarcos don Manuel Roy, me indicó que el olmo más grande de los dos no es el más antiguo, sino el otro.
-Mire, le voy a enseñar el secreto. Esto que le voy a decir no lo saben todos los que vienen de fuera. Lea lo que pone en esa piedra, que ahí sí que no hay engaño.
Y, efectivamente, allí consta. En uno de los sillares de la fachada principal de la iglesia dice que fue en 1646 cuando se plantó el olmo. La cifra final aparece escondida debajo de la argamasa de una reciente reparación. Al pie de la primera inscripción, se sigue leyendo en la piedra que el olmo se escimó en 1746, cien años más tarde.
-¿Y el otro?
-Aquel es mucho más joven. Ese no pasará del siglo y medio. Siendo yo chico conocí a un anciano que lo había visto plantar. Contaba que lo puso un maestro, y por la edad que tenía el hombre, la misma que tengo yo ahora, y lo que hubiera podido vivir el que lo plantó, yo creo que debe andar con los ciento cuarenta o ciento cincuenta años. Una vez se desprendió una rama y tapó toda la calle hasta la puerta de la iglesia. No sé ni cómo no pillo a alguien debajo.
Don Manuel Roy, antiguo esquilador y tabernero, habla de su pueblo con conocimiento, con verdadera pasión. Lo sabe todo. Me dijo que Milmarcos se ha despoblado de manera alarmante en los últimos veinte años. Que él, sin ir más lejos, es uno de los que por circunstancias ha tenido que emigrar a donde se fueron los hijos, pero que el corazón lo tenía allí, apilado en el paredón de cualquier vieja casona como una más de las piedras nobiliarias de su pueblo.
-Sí señor; eso sí que lo podemos decir bien fuerte: aquí hubo mercado de ganado y de hortalizas todos los miércoles, donde acudían compradores de Castilla y de Aragón, y dos ferias, una el 3 de mayo y otra el 11 de noviembre, zapaterías, sastrerías, tiendas de todas clases, un teatro que no lo había mejor ni en Molina, y dos mil habitantes ¿Sabe cuántos quedan ahora?
-Qué sé yo. Trescientos.
-Ni hablar; ni mucho menos. Quedan de fijo en invierno sesenta personas. En proporción es éste el pueblo que peor ha quedado de la provincia. Yo lo digo siempre; hay quien me da la razón y quien me la quita, pero la concentración parcelaria ha tenido mucha culpa.
-¿Cómo es posible?
-Es posible porque antes, si había trabajo en el campo para ir cien personas aunque se produjera menos, resulta que después de concentrarlo, con las máquinas lo hacen entre dos, y los demás han tenido que marcharse. La cosa es bien sencilla.
Pero Milmarcos no es todo la Plaza Mayor. Cuando se sube o se baja, que así resulta ser al fin un paseo por las calles del pueblo, uno se va encontrando con plazuelas evocadoras y pintorescos rincones por el barrio alto. El origen de lo que después sería la villa de Milmarcos pudo estar aquí, en el barrio que dicen de la Piñuela, por donde vienen a caer la plazuela de San Antonio, escueta y limpia, con su olmillo en mitad rodeado de flores, o en la de la Muela, en otro altillo próximo al anterior. En la Plaza de la Muela sigue todavía en pie el viejo edificio que sirvió de teatro al Milmarcos de los mejores tiempos, y la ermita de la Virgen de la antigua, cuya imagen, vieja como su advocación, preside en solitario la hornacina del retablo. Mi acompañante, el señor Manolo, asegura que es aquel el origen del pueblo.
-Bueno, todo esto de la plaza y sus alrededores, naturalmente. Lo de abajo es mucho más moderno.
-¿Por qué no vemos el teatro?
-Eso no tiene nada que ver. Lo hicieron almacén de grano y yo creo que no quedan más que las cuatro paredes. Antes sí, tuvo sus palcos, su delantera, su anfiteatro, su buen escenario… Se llamaba “Teatro Zorrilla”. Ahora no se puede ni ver.
En la travesía de la Muela luce sus formas marcadas sobre la piedra el escudo de la Inquisición. La calle Oscura es hoy una de las más luminosas de Milmarcos. Es una calle en cuesta, de paredes blancas y recortados aleros que nos devolvería en un momento a la Plaza Mayor.
En la Casa del Cura vive un matrimonio que es todo amabilidad con el desconocido, virtud harto frecuente aún entre las gentes del Señorío. Valentín y su esposa amada, actuales propietarios de la Casa del Cura, nos invitaron a tomar en su portal una botellita de refresco. La casa cierra su portona antigua con un cerrojo enorme de hierro forjado. Aquí, en esta casual tertulia de familia, saqué a mis amigos el tema de la “migaña”, jerga con la que los hombres de Milmarcos y de Fuentelsaz solían entenderse cuando no tenían un interés especial porque su conversación fuera de dominio público.
-Pues sí, la verdad es que era así. Es como un vocabulario especial que nos servía cuando salíamos fuera para hablar entre nosotros si no nos interesaba que se enterase nadie. Aquí ya casi no se habla, pero los de Fuentelsaz lo usan bastante.
-¿Cómo nació aquello?
-Nació porque los hombres solíamos marchar de aquí durante largas temporadas a trabajar fuera. Éramos esquiladores, azucareros, músicos, y no siempre se portaban bien con nostros por esos mundos. Entonces es cuando hablábamos en migaña: Dica, dica el vale, que fila navega de manduga. Y así no se enteraba nadie.
-¿Qué querían decir con eso?
-Mira, mira que cara de burro tiene el amo.
-¡Caramba! Pues habrá que pensar mal siempre que hablen así.
-Dica el vale del calmarza, que fila navega mas gallarda. “Mira el del periódico, qué cara más buena tiene”. Las mujeres son rusas en migaña, el alcalde es junco, los curas maqueas. En fin, que también se acabará perdiendo por no usarlo.
-¿Dice usted que se marchaban por ahí a esquilar?
-A las Cinco Villas todos los años, y Castilla la hemos recorrido entera. Salíamos cada temporada más de sesenta hombres. En este pueblo perfeccionamos las primeras máquinas de esquilar, pero antes lo hacíamos siempre con tijeras.
Milmarcos es un pueblo en donde se da la paradoja de poderse palpar en sus gentes un cariño nada común, verdadera pasión por sus propias cosas, y a la vez ser el más castigado por la mano negra de la despoblación. Con mucha nostalgia me lo contaba don Manuel Roy caminando por la calle de Jesús Nazareno de paso hacia la ermita.
-Mire, aquí, sin descartar a nadie, hemos trabajado mucho. Hemos ganado mucho, hemos ahorrado mucho, y lo hemos invertido todo en el pueblo. Se conoce que la vida ahora lo pide así. Ahora nuestros hijos han volado fuera y aquí está todo esto, hermoso, sí señor, muy hermoso, pero sin juventud, sin escuela, sin nadie.
Cruzamos por delante de una casona enorme, un palacete del siglo XVIII conservado magníficamente. El palacio perteneció a la ilustre familia de los García Herrero, y es, a pesar de los siglos, la gala de Milmarcos y la muestra más lujosa de la arquitectura señorial molinesa.
-Es de unas señoras ya mayores que no vienen nunca. De vez en cuando aparecen por aquí gentes desconocidas, como si fueran amigos de la familia, pasan unos cuantos días y se van otra vez. Casi siempre está cerrada.
Llegamos a la ermita. Mi amigo mostraba gran interés por llevarme hasta el santuario donde se guarda y se venera la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, ya en las afueras, sin llegarse a salir de lo que es la caja urbana de Milmarcos.
-Haber nacido en Milmarcos y no emocionarse al llegar a este sitio es cosa difícil. Véala usted bien. Debíamos haber traído la llave.
La vi, sí, desde una de las rejillas de la puerta de entrada. La ermita del Nazareno se aparta con mucho de la concepción general de las ermitas con las que nos solemos encontrar en los pueblos de Castilla. Es un edificio muy grande, cuidado con celo, del que sólo alcancé a ver desde fuera un retablo lujosísimo, de buen dorado, y la imagen de Jesús con la cruz acuestas, difuminada en las sombras bajo una cúpula versallesca, de oros y relieves en fondo blanco.
El medio día se nos puso encima con mayor premura de lo que por mi parte hubiera sido de desear. Milmarcos es tema demasiado amplio para tratarlo de estudiar como merece en el corto espacio de una mañana no completa. De ahí que en la presente ocasión no haya resumen final como cierre a nuestro trabajo, que fue surgiendo sobre la marcha como es costumbre, y por medio del cual uno desearía llevar hasta ustedes la imagen verdadera de un pueblo honorable, que prefiero dejar como libro abierto en el que sólo nos fue posible conocer una parte de su excelente contenido.

(N.A. Noviembre, 1982)