viernes, 26 de junio de 2009

OLIVAR, EL


Después de varios meses de trajinar por otras comarcas de la provincia, hoy nos volvemos a situar en el corazón de la Alcarria. El fenómeno resulta curioso. Uno tiene la experiencia de añorar los campos, los pueblos, las gentes de la Alcarria cuando la casualidad le ha entretenido más de la cuenta por sierras, campiñas o parameras, de la variadísima geografía guadalajareña.
- Pues dice usted, este pueblo es internacional. Aquí hay americanos, ingleses, belgas, argentinos, canarios…, de todo lo que se busque.
Y el forastero, que acaba de llegar a la plaza sin otra impresión que la de la lastra y los rastrojos, se muestra reacio a comprender lo que el señor Macario le cuenta, sentados sobre la plataforma de una mesa de ping-pong a la sombra de un árbol del paraíso.
- Vienen abogados, pintores, periodistas hay otros dos o tres. De eso no nos falta en todo el año.
La seca Alcarria se ha hecho en El Olivar, por lo que se ve, cosmopolita. Uno sigue sin entender, y sus contertulios no son capaces de darle una sola razón válida que lo justifique.
- Es que todo esto está muy bien. La gente viene porque le gusta. Lo que pasa es que hoy hace demasiado calor y se ve todo como muerto.
Un anciano golpea con la garrota unas piedras carcomidas de la fuente de la plaza. En el bar cercano los chiquillos juegan al futbolín bajo la fronda espesa de una acacia encerrada en el patio. La enorme fábrica de la iglesia la tenemos enfrente. Es una iglesia grande, con interesante portada renacentista y torre al poniente, cuadrada, sin chapitel como remate. La iglesia de El olivar, cuatro siglos sobre sus piedras, es con mucho la más galana, la dueña y señora de cualquier otra manifestación arquitectónica local por su solidez y tamaño.
- La ermita está allá afuera, según se entra. Yo he oído decir que es de la misma época que la iglesia.
Está escrito que por el pueblo pasó en dos ocasiones la reina Isabel Segunda, y que tuvo a bien regalar a la iglesia vasos sagrados y ornamentos para el culto. Hoy, la gente de a pie es un detalle que desconoce, como también ignora que en los años dorados de los Austrias fue El Olivar un importante núcleo para el comercio de víveres y un notable productor de huevos.
- Ahora no hay nada de eso. Lo único que producimos es veraneantes y buenas vistas, eso sí. No se vaya usted sin asomarse a la vega del Tajo. Se va por aquel callejón de enfrente. Cuando estaba lleno el pantano era más bonito aún.
Se atraviesa la plaza del pueblo, rodeada casas en construcción, fieles a los viejos cánones del estilo popular de la vivienda alcarreña. Por la calle de Ciriaco Romo se accede a lo que pudiéramos llamar el casco antiguo, de huertecillos sombreados de almendros, de higueras y de abetos. Quema la Alcarria.
En el callejón que en El Olivar llaman del Patio Pareja, se me arrojan estrepitosamente tres perruchos malencarados y de sanguinaria intención, dispuestos a lo que salga. Las mujeres, que con tiempo por delante intentan tomar los primeros frescos de la tarde en el mirador, salen en mi defensa, sacudiendo varazos a diestro y siniestro sobre los lomos erizados de la jauría a la vez que me piden disculpas por el incalificable comportamiento de los chuchos.
- Si luego no hacen nada, mire usted. Lo que pasa es que salen todos a la vez y asustan a cualquiera.
- Pues sí que es verdad. Pero no ha pasado nada. No se preocupen. Aun a pesar de los perros merece la pena llegarse hasta aquí. El espectáculo no se puede tomar gratuitamente. Es todo una maravilla.
- Eso dicen todos los que lo ven. Pues si se sube usted a ese cerro de la otra parte, que le decimos San Cristóbal, se ven mejores vistas aún.
Uno cree no haber visto jamás panorámica tan completa, tan sugestiva, como la que ofrece al visitante aquel rincón de la Alcarria desde el Patio Pareja. La abuela Catalina, y Angelines, y Gregoria, y Luisa, acostumbradas a mirar desde el mismo sitio cada tarde, quitan importancia a la soberbia espectacularidad del Valle del Tajo, que, roído en buena parte por los fondos secos del pantano, deja boquiabierto al viajero, versado -eso piensa él- en impresiones insólitas, en visiones de verdadero gozo que de vez en cuando se cruzan en el camino como premio a su tesón.
- Fíjese en aquellas ruinas que se ven allí abajo. Es la antigua ermita de la Esperanza de Durón. Han estado muchos años debajo del agua. En lo alto del cerrillo está la nueva, mírela.
La caída montaraz de la vega se recorta en pequeños cuartelillos de olivar con poca fortuna, perdidos entre la maleza. Abajo los chalés de Durón, los rastrojos amarillos en las tierras que cubrió el pantano, el Tajo cerrado en madre buscando los bajos caprichosos de los oteros hasta esparcirse en la cola del remanso, la turbia luminaria de la tarde, y en lontananza, apenas perceptible por la canícula, las crestas planas de las Tetas, cenit y olimpo de la mitológica Alcarria de don Camilo.
- Aquí se sentó ese señor, ya ve usted. Me pidió una silla y aquí estuvo un buen rato mirando al barranco.
- ¿A quién se refiere?
- a ese que dice usted, a don Camilo Cela.
- ¿Ah, sí?
- Ya va para dieciséis años. Se conoce que vino a recordar cuando narró todo esto.
- Eso creo yo. Aunque con El olivar no se portó demasiado bien, que digamos.
- No dice casi nada del pueblo. Lo único que por estos barrancos había lobos y qué se yo cuantas cosas más que no son ciertas. También nos estuvo contando la historia del Saturnino con el pastor de Durón.
Fijándose atentamente quedan bajo el dominio de la vista los pueblos de Mantiel y de Chillarón del Rey al otro lado de las tierras que asoló el embalse. Aquí, junto a nosotros, altiplanos de almendro y campos lila de espliego que la gente cultiva en pequeñas parcelas, ordenadas y limpias.
Las buenas mujeres del mirador me han ofrecido un cojín para sentarme en el muro. Son señoras generosas y simpáticas, serviciales y con un alto sentido de la hospitalidad. Angelines y Gregoria, una morena y otra rubia, son hijas de la abuela Catalina, Luisa es nuera, salmantina y admiradora de la Alcarria.
La perra Mora observa con dudosa atención la despedida del forastero, con los ojos entreabiertos, tumbada a la sombra de la pared. Uno piensa que la perra tiene más de irritable que de mal corazón, y que, a pesar de lo que digan, la vieja medicina de la vara sigue dando tan buenos resultados como los dio siempre cuando se aplica de forma comedida y sólo en casos de verdadera necesidad.
Dos niños, agarrados como la lapa a la pared, buscan nidos de gorrión en la callejuela de Miradores. Hay una lancha motora que, a falta de agua para navegar, pasa la tarde bajo la yedra junto a la puerta de una casa de veraneantes.
- ¿Qué, le gustó aquello?
- Mucho, sí señor. Gracias a usted. Yo hubiera sido capaz de marcharme de aquí sin echar un vistazo a la vega si usted no me lo dice.
El señor Macario ya no está solo. Le acompañan media docena de contertulios a la sombra del árbol del paraíso.
El bar de la plaza es como un salón oscuro, al que se llega después de atravesar un patio sombrío, con acacia y caracol que llega hasta la segunda planta. En el bar de la plaza uno va escribiendo a tientas, le mira la gente, pide una cerveza y el dueño se la sirve sin decir palabra. El hombre anda ocupado con unos forasteros a los que intenta explicar, parece que sin éxito, el camino del Madroñal.
- Bueno, pues ustedes se van por donde yo les digo. ¿Qué se pierden? Tampoco pasa nada. Preguntan otra vez y al final no tendrán más remedio que llegar. La cosa está fácil.
Sobre una viga oscura que sirve de columna al establecimiento, hay un papel escrito en el que figura la lista de donantes para la Virgen de la Soledad. Uno no se acordó de preguntarlo, pero piensa que debe de ser la Copatrona del pueblo, en tanto que el patrón es el Santísimo Cristo de la Zarza, cuyas fiestas celebran con todo esplendor durante la segunda semana de agosto, en las que hay reina, damas, bailes, competiciones, jolgorio, y el tradicional “rodeo del cerdo”, personalísima atracción de los festejos olivareros.
Cuando la caída de la tarde va suavizando poco a poco el vivir de la Alcarria, uno se da cuenta de que el pueblo está visto. El Olivar es pueblo escondido y encantador, descubierto para su disfrute por los de fuera como lugar irremplazable de tranquilidad en medio de la árida Alcarria. La paradoja vuelve a repetirse, pero en esta ocasión avalada por el soplo perpetuo de la vega, que sube hasta el pueblo aromas de miel, de tomillo, de campo.

(N.A. Septiembre, 1983)