lunes, 15 de junio de 2009

MORILLEJO


Colarse por aquellos vericuetos de la Alcarria que sobrepasan en el espacio al sanatorio de Trillo y a unas horas acordes con la caída del sol, denotan, entre otras cosas, madurez viajera. Uno, que ha recorrido estos campos de miel y tomillo en todas las épocas del año, en todas las horas del día y de la noche, sabe muy bien que, aun a pesar del riesgo de la tardanza, debe hacerse presente por allí, siempre que le sea posible, buscando el ocaso.
En estos tiempos nuestros, cuando parece que nada hay que des­cubrir, que todo se sabe, vuelvo de Morillejo con la impresión de haber tocado por primera vez tierra virgen. El viaje tuvo mucho de singular, aunque es quizás, lo que una vez pasado el tiempo más celebro, el haber encontrado en la romántica villa del Tajo unos cuantos amigos que tuvieron a bien acompañarme y vivir conmigo, y yo ­con ellos y con las simpáticas gentes que en el pueblo habríamos de encontrar, las dos horas de Morillejo a las que, de manera sucinta nos vamos a referir.
Tomás Ochaíta, amigo entrañable y colega de quien esto escribe; Eusebio Pérez, hermano político del anterior, y Paco Ochaíta Mayo­ral, primo de ambos, fueron en parte motivo de lo mucho de memora­ble que la expedición al pueblo de vinateros, pueda contar entre el variopinto concierto de impresiones recogidas durante más de un lustro de pausado peregrinar por las tierras de Guadalajara.
Alcanzamos desde cierta distancia a ver el pueblo, extendido en lo más alto de un calvero, allá donde la Alcarria se difumina para dar paso en el paisaje a las sinuosidades agrestes del Alto Tajo, una vez superada la hoya que los campesinos de la comarca reconocen por la Quebrá. Más adelante nos sorprenderá el volumen rocoso del Castillo junto a las curvas de la carretera, soberbia aguja mo­delada por los vientos y por las aguas de tantos siglos, en cuya cabeza se viene a estrellar el sol amarillento de la tarde. Abajo los recoletos majuelos, los clásicos bancalillos de olivar escalonados en la vertiente, los cerezos y las nogueras. Pasado el puente, luce su venerable antigüedad en la ladera la ermita de Jerusalén, arqueada en ojiva protogótica y ábside semicircular por la cara es­te que habla de transición, y el tiempo, siempre referido al estilo, sitúa en la alta Edad Media.
Acabamos de subir a Morillejo. Al amparo de la espadaña, bajo la fronda fresca de las acacias de la iglesia, toman el fresco en grupo la familia de don Eugenio Sotodosos, el primer vecino del pueblo con el que los viajeros se encontraron según se entra.
- Según se entra y según se sale, porque aquí es la única carretera que tenemos. Todo el que venga a hacer cualquier fechoría tiene que salir por donde entró. No hay escapatoria.
- Pues qué bien están. El verano a la sombra de las acacias, ni verano ni nada.
- Eso es. Y de cuando en cuando un toque al porrón ¿Quieren un traguillo?
Ahí está, a fe de quien no es bebedor, el encanto de Morillejo. El vinillo fresquísimo del señor Eugenio, su sabor artesanal con el inimitable aquel de los vinos de la Alcarria, es una alivio pa­ra, el cansancio y una tentadora invitación a no moverse de allí. Pasaríamos largo rato de tertulia con estos amables vecinos a los que acabamos de conocer, hablando del aguardiente, del churú y del vino de las cuevas y de todo aquel cambalache de los trasiegos, de los alambiques, de las cocciones y boticas, que uno se imagina deben preceder a ese sorbo feliz que termina de paladear y que jamás experi­mentó en parte alguna a no ser en el propio Trillo, en Gárgoles o en cualquier otro punto concreto de la misma Alcarria.
- Pues se lo digo yo que llevo toda la, vida metido en estos asun­tos. No hay ningún secreto. Para que el vino esté bueno se necesita que la uva madure bien, y no hacer trampas.
Pero, ante todo y sobre todo, es el "churú", por menos corriente, el producto estrella de los que se fabrican en Morillejo como derivados de la uva, aparte, claro está, de su vinillo extraordinario al que ya nos hemos referido y del incomparable aguardiente de cuyas exce­lencias hablaremos después
El churú, exquisito licor morillejano, del que nadie es capaz de dar norte por cuanto a su origen ni de su curiosa denominación si­quiera, es un producto genuinamente alcarreño, llamado a extinguirse en el momento que desaparezcan estos mínimos lugarejos donde todavía, unos cuantos vecinos cada año, se preocupan de preparar su garrafilla familiar para el gasto de casa y para cubrir los contados compromisos que, de temporada en temporada, pudieran surgir. Tiene esta bebida, tan nuestra como olvidada, un sabor dulce, peculiar y muy apetecible; pasa con tal suavidad que el paladar jamás dirá basta, si el sentido común, que para eso está, no le pone freno.
- Hay que tener cuidadito con él -me dice mi experto amigo, el se­ñor Eugenio-. Se va tomando como si tal cosa, pero al final atonta.
- ¿Qué mezcla lleva, si se puede saber?
- Lleva una parte de aguardiente, del que hacemos aquí, y dos de mosto de uva acabada de pisar. La gracia está en ponerle el mosto in­mediatamente, pues, como hayan pasado un par de horas y haya empeza­do a fermentar, ya no hay quien se haga con él.
Si dejamos a un lado la gracia especial de las uvas criadas en la raya del Alto Tajo y el secreto, que supongo no faltará, además de lo dicho, en la fabricación de la tal bebida, y nos paramos a pensar en lo económico de los productos que lo integran, en seguida aparece la idea de su industrialización, de su promoción debida, y de su puesta, con todos los honores en el mercado nacional como algo tradicional­mente nuestro, como sudor de esta tierra marginada donde tanto queda todavía por descubrir y, desde luego, por valorar en justicia empe­zando por los que aquí somos. Es el gran pecado de esta Castilla ma­dre que tan clavada llevamos en el alma, pero que -la Historia es testigo- otros vendrán de fuera para sacar a la luz, partiendo de lo nuestro, nuevos mundos.
- Bueno, pues si quiere le puedo enseñar el cocedero y el alambique donde se hace el aguardiente.
Aceptamos, desde luego, la invitación. La abuela Juana, la mujer de nuestro amigo, se quedó a la sombra de las acacias haciendo con la aguja de punto una manta de retajas para el somier. El cocedero está en la Hoya, a cien metros escasos de la iglesia, carretera abajo. Por el poniente se dibujan en el contraluz de un dorado sol de ocaso las torres gemelas de la nuclear y, poco más a la izquierda, las Tetas de Viana. El señor Eugenio nos va contando por el camino cómo fue la batalla que dio por resultado la construcción de Morillejo en el si­tio que está.
- Los moros estaban allá en frente, en Valdemijar, y los romanos aquí, por donde estamos nosotros. Después de la batalla ganaron los romanos, y se hizo el pueblo donde ellos quisieron.
- ¡Caramba! Si esos hombres no vivieron en la misma época.
- Ah, pues aquí sí.
Está el cocedero en una estancia oscura, donde se guardan los en­seres y las tinajas de la fermentación. El alambique es una caldera grande de hace cien años, en la que se cuece el orujo con una especie de trébedes a base de leña como combustible. Pasa el vapor por unos tubos en serpentín que hay dentro de una pilastra con agua, fría y que fuerzan la licuación al cambio de temperatura. El líquido resultante es ya el famoso aguardiente de Morillejo que va cayendo, gota a gota, en una jarrona de barro colocada bajo el grifo.
- Lo primero que sale es muy fuerte, no se puede beber. Se le mi­den los grados y se rebaja con agua,
- Pero se pondrá turbio, digo yo.
- Si el aguardiente tiene fuerza no se pone turbio. Si es flojo, sin grados, entonces sí que lo enturbia el agua.
- ¿Hace mucho tiempo que lo fabrican?
- Qué se yo. Más de trescientos años, seguro. Desde que el pueblo existe.
- ¿Quién consume el aguardiente en estos tiempos?
- Por la Alcarria se vende muy bien. En algunos sitios le dicen anís alcarreño, porque hay que echarle anís en grano, si no, no hay quien lo pruebe. Los viejos lo usan mucho. También va bien para po­ner unas gotas en el café; dicen que es lo mejor.
- Con un vaso de cuarto, un hombre al suelo, ¿no?
- Qué va. Yo, de joven, me bebí una vez un litro.
- ¿Y qué?
- Nada; que pasé dos días como muerto.
Aunque llano en su configuración a la caída de la Era Alta minada de cuevas, los alrededores de Morillejo son en extremo abruptos y pintorescos. El cementerio se divisa solitario hacia el mediodía, ro­deado de breñas y de olivos en el Cerrillo del Moral. La iglesia pa­rroquial tiene un pórtico sombrío, con tejadillo de protección enca­jado entre dos contrafuertes. Está dedicada a Nuestra Señora de la Concepción que es a la vez la patrona del pueblo.
- Pues dice usted. Antiguamente se celebraba la fiesta en su día, el 8 de diciembre. Venían los gaiteros de Azañón y nos pasábamos una semana haciendo hogueras hasta las doce de la noche. Menudo se ponía el pueblo entonces.
- Vamos que, con las hogueras y los aguardientes en pleno invierno, las rondas se pondrían a la orden del día.
- Qué se yo. A los de aquí nos dicen “rondajos”. A ver si es por eso. Algunas viviendas antañonas nos llaman la atención por su presumible señorío, quizás decimonónico, destacando en el conjunto total ­de las casas del pueblo, habitadas temporalmente por razón del vera­no. Por las calles llanas corren en bicicleta los hijos de los Vera­neantes.
Se ha hecho tarde. El sol acaba de desaparecer por los últimos al­cores que delimitan las tierras de Azañón. Nos vamos a despedir de Morillejo intentando adquirir alguna botella de churú como recuerdo, para perpetuar la memoria de este rincón de la Alcarria coincidiendo con las grandes ocasiones. Nos lo vende al fin la señora Lucía, una anciana bajita y enlutada que nos debió tomar por turistas, y la buena mujer aprovechó la ocasión por si no se repetía. Nuestro amigo, el señor Eugenio Sotodosos, se comprometió a prepararnos algún litro más, “diga usted que vienen otra vez", a precio razonable.
Perdido en aquel delicioso paraíso de la presierra, subsidiario hoy de la villa de Trillo, Morillejo viene a ser como la perla desconocida de la provincia, donde el pasado es siempre actual y donde sus habitantes, sin excepción, cuentan con el don de la hospitalidad y de la apertura de alma: razón demás para recordarla con la admiración y con la gratitud que se debe a las gentes honestas.

(N.A. Septiembre, 1984)