martes, 9 de junio de 2009

MOLINA DE ARAGÓN


Henos hoy, al cabo de tanta espera, en la muy noble cabecera del Señorío. Son cientos de veces las que por éste o por aquel motivo tuvimos ocasión de ver como ahora vemos las torres almenadas y las murallas de su castillo dibujadas entre la neblina mañanera de la vega que, paso a paso, conduce al caminante hasta sus más próximos ale­daños. Ahí, en los magníficos restos del pasado que se extienden cerro abajo hasta las mismas puertas de la ciudad, se guarda, asido a sus piedras centenarias, el sempiterno vivir y la historia grande de las gentes de Molina.
El hecho fue así de fácil. Un rey de Aragón que lo libera del po­der sarraceno; un acuerdo entre dos por el que las tierras pasan a pertenecer a la corona de Castilla, y una entrega en calidad de se­ñorío a don Manrique de Lara, quien era a su vez vasallo del castella­no Alfonso VII y que pasaría más tarde a ser su primer señor. Hablamos del siglo XII. Un fuero personal para aquel inmenso legado de duro enclave, al margen después de las ordenanzas aragonesas y castellanas durante un buen periodo de la historia, dieron lugar a un pueblo de característi­cas especiales y muy concretas: amante de lo suyo, afable y respetuoso hasta lo indecible, leal, sobre cuya piel común curtida por los siglos resbalan las afiladas garras de la desunión y de los menosprecios como característica de nuestros días.
Otra vez me he vuelto a clavar de codos en la barandilla que sirve de mirador hacia el puente románico que hay sobre el río Gallo, cuyas aguas, como las del Mesa, se me antoja que corren en di­rección opuesta a como deberían correr. A un lado el altivo Giraldo del convento de San Francisco, negro y quieto como la muerte porque la mañana también es quieta. Luego, la moderna avenida que los molineses bautizaron como Paseo de los Adarves, su calle principal, comercial y bulliciosa, al modo de una pequeña Wall Street , y se abre en bulevares a la altura del magnífico edificio del Banco Central. Los ancianos, viejos lobos del páramo, de Gallocanta o de Sierra de Cuenca, con su característica cadencia molinesa, buscan solaz y conversación entre ellos sentados pacientemente sobre los bancos mientras tanto que la gente bulle.
- Mire, yo soy de La Yunta.
- Y yo de Tortuera.
- Entonces, casi vecinos. Buen trigo -les he dicho.
- Ya lo creo. Y buenas mozas. Las que ve usted por aquí, nada de na­da, ni chicha ni limonada, como decía un boticario que hubo en mi pue­blo.
- Yo soy de Poveda -me dice un tercero. Seguro que ni le suena.
- Sí que me suena. También conozco todo aquello. Es el pueblo de don Segundo Pastor.
- Ahí está la cosa. Algo primo mío es el Segundo. Que si la guitarra que si no, el jodio hizo carrera. Mejor que nosotros vive ese. Decía el papel estos días de atrás que le habían hecho un homenaje en el pueblo hace poco. Yo hace ya mucho que no aparezco por allí.
Ahora la calle del Chorro, la de las Tiendas, la Plaza de San Pe­dro, estrechas y sombrías donde parecen desvanecerse, o revivir, -quién sabe- aquellos años grises de primeros de siglo. Calles en las que comparten vecinazgo los escudos de armas de las fachadas con la pesca­dilla congelada de los escaparates, con los artículos de regalo, con las prendas de vestir y con los canastos de la fruta.
La Plaza de España se asoma a estas vetustas callejuelas capitali­nas con la gracia evocadora de sus rejas y de sus ventanales, orlada en cuadrado por acacias moñudas de recortada fronda. EI alcalde no es­tá en el ayuntamiento. Me dice el portero que llegará después pero que no sabe cuando. El amplio salón de fondo, tras el mostrador, tiene co­mo remate una fotografía mural en las que se ven las aguas de un río descolgándose entre los matorrales y los troncos de los pinos. La hora de oficinas, por la quietud de los despachos y de las máquinas de escribir solas encima de las mesas, debe ser la del café de las doce.
- Así que, dice usted que no puedo ver al alcalde.
- De momento no. Si fuera para cosa oficial podíamos salir a buscarlo.
- No, no es para cosa oficial. Es para, saludarlo sencillamente.
Doy al final, muy pronto, con Antonio López Polo, al que encuentro des­pachando en su tienda de la plaza. Es un hombre joven y abierto, molinés de carácter, desenvuelto y -al menos a mí me lo pareció- llano como una, carta.
- ¿Cuántos sois en Molina actualmente?
- Como habitantes censados unos cuatro mil doscientos; reales hay seguramente otros doscientos más.
- ¿De qué se vive en un pueblo así?
-Molina es un importante núcleo de servicios. Se vive en buena me­dida del comercio, para éste y para los demás pueblos, más o menos, de la comarca, y un poco también de la agricultura y de la ganadería.
Un vecino nos corta la conversación hacer al­guna pregunta al alcalde y en seguida continuamos.
- ¿Se puede hablar de un carácter especial en las gentes del Señorío y de Molina en concreto?
- Tanto como especial no diría yo, pero creo que nos define un carácter común que es el de pertenecer a esta tierra. Carácter que varía mucho según las zonas. No es igual ni parecido un señor de Tartanedo que uno de Checa, la cosa cambia. Somos de Guadalajara y castellanos, eso no nos lo tiene que venir a decir nadie, pero sentimos un gran respeto por lo aragonés. Somos -pienso yo- amables, cordiales con la gente que se acerca a nosotros, muy amantes de nuestras costumbres y con un pro­fundo sentido religioso en la población; introvertidos, tal vez, un po­co con todo lo nuestro. Molina, como centro y capital que es del Señorío, yo te diría que tiene una mezcla o un conjunto total del carácter de los pueblos.
Con la amurallada fortaleza por montera que comanda la llamada To­rre de Aragón al norte de la ciudad vieja, uno deambula de acá para allá movido por la intimidad de sus rejas, por el silencioso embrujo de sus calles enlosadas. Rincones donde se respira el pasado envuelto en la penumbra que proyectan los aleros sobre el pavimento frío e intran­sitado. En un azulejo prendido con argamasa en la cara trasera de la esquina se lee: “Calle de Quemadales". Uno piensa que el apelativo tendrá su porqué, parejo posiblemente con la antigüedad de aquellos vericuetos.
La librería, de don Clodoaldo queda a cuatro pasos mal contados de don­de ahora estoy. Don Clodoaldo Luengo es un personaje de indiscutible consideración que pasa su vida vendiendo cultura a los molineses, cuan­do no regalando sus oídos con las notas acordes de la más prestigiosa rondalla de todas las tierras de Guadalajara, fundada por él mismo, ca­mino ya del medio siglo. En el reducido establecimiento comercial de don Clodoaldo hay colgada del techo una fotografía monumental en color del Barranco de la Hoz, muchos libros enseñando sus lomos en los es­tantes y paquetes de postales con vistas del paisaje y del arte mo­linés orientados al turismo.
Los libros, seguramente serán, por paradoja en la librería de don Clodoaldo, el articulo de menor aceptación.
- Sí, es triste reconocerlo, pero es así. Se lee muy poco. De poesía y de novela no se lee prácticamente nada. Algo relacionado con los pueblos y con la historia del Señorío y muy poco más. La gente se ha vuelto incomprensiblemente antipática ante lo que no tiene en apariencia ­valor material.
- En cambio, al hablar de la rondalla de Santa Cecilia la cosa es muy diferente. Sus éxitos lo dicen todo ¿Cuántos Componentes son?
- Hasta el momento hemos mantenido veintiocho o treinta, pero se me marchan dieciocho a la Universidad y me dejan en cuadro. Nos que­damos sólo con diez y así no hay quien dé un concierto.
- ¡Caramba! Pues no deja de ser una tragedia para el movimiento cultural de Molina. ¿Qué piensan hacer?
- No sé. Para rehacerla es necesario partir de cero. Volverlo todo a levantar se llevará mucho trabajo y muchos años.
- La música es algo esencial en su vida; tan necesario para usted como el aire que respira. Supongo que apechará el problema con empe­ño, ¿no?
- Yo tuve una bandurria a los cinco años y recuerdo que dormía con ella. Me la compró una tía mía por un duro. Desde entonces ha sido la música parte de mi vida. Haremos por la rondalla todo lo que haya que hacer. La fundé yo hace cuarenta y cinco años, pero la dirigió mi mu­jer hasta el año 74 que tuve que tomar el timón después de su muerte. Primi la ha dirigido conmigo todo este tiempo. Murió también recien­temente y su lugar entre nosotros resulta insustituible. Fue una pér­dida irreparable.
En un barecillo apacible de la calle de las Tiendas he dado en coincidir con el joven director de “Tierra Molinesa”, una revista tri­mestral en la que se recogen, bajo variadísima y amena presentación, las noticias, las inquietudes, los rasgos humanos e históricos, el ar­te en general y la cultura del que son protagonistas el casi centenar de pueblos, villas y aldeas de la zona. Carlos Sanz visita Molina con la frecuencia que su trabajo en la Diputación se lo permite, y, por qué no decir, uno celebra la feliz coincidencia.
-Tengo idea de que el número que acaba de salir de “Tierra Molinesa” es el cuarto. ¿Qué tirada total alcanzáis, pensando ya en el próxi­mo que aparecerá en noviembre?
- El último número nos ha colocado en los 6.200 ejemplares de tirada, que no está nada mal teniendo en cuenta que su alcance territorial es bastante limitado.
- ¿Quienes lo reciben?
- La revista llega sin excepción a todos los cabezas de familia del Señorío. Aparte están aquellas suscripciones que nos hacen los molineses o los simpatizantes que viven fuera, y que ya en el número cuatro han superado las quinientas.
-Tendrás noticia de la extraordinaria acogida de la revista en las familias, incluso en aquellas de los pueblos más olvidados.
-Más o menos, sí. Y me alegra, sobre todo porque es la recompensa al esfuerzo que todos hacemos por sacarla adelante.
Uno da por concluida la que considera su misión en buena hora. No sabe qué camino tomar. Resulta doloroso dejar el retirado burgo de los Manrique de Lara con casi toda la tarde por delante. La que hoy nos entretuvo en ver y conocer, tan sólo un poco, es una ciudad viva, una bella ciudad en cuerpo y espíritu, con personalidad arrolladora y clavada de raíz a su propio yo con proyección de siglos, lo que la reviste de un encanto muy singular e indefinible.

(N.A. Octubre, 1985)