domingo, 28 de junio de 2009

OLMEDA DEL EXTREMO


Atravesar la Alcarria, navegar a pleno sol de invierno por las hos­cas sinuosidades de sus rincones menos conocidos, es un placer del que muy pocos se ven en condiciones de aportar la debida cuenta. Diría que las apacibles mañanas de enero, con su toldo azul sobre los campos del Tajuña, todas calmosas y acristaladas, son en realidad la verdade­ra, hora de La Alcarria.
Brihuega la de los jardines, el mínimo habitáculo de Malacuera con sus sembrados acabados de nacer, las artificiosas instalaciones de la Compañía Telefónica al borde del camino en columnas parejas, y robles en desplume, y curvas violentas, y bancalejos mustios, nos llevan finalmente al balcón natural de los altos que miran a la Olmeda.
Las ocho chimeneas de la plaza echan humo todas a la vez. El humo de las chimeneas sube recto, pastoso, atabacado, a perderse en la atmósfera limpia que cubre el caserío. La Olmeda se recuesta -medio se esconde- ­en el ala primera de una hoya gris bordeada de rebollos y de laderas color ceniza, en conjunción casi estudiada con la tonalidad plomo de sus casas antiguas sobre las que campean, picudas las dos y ambas re­matadas en una cruz de piedra, las espadañas de la parroquia y la me­nor de San Rafael casi al final de la calle arriba.
Desciendo lentamente por la calle Mayor, pausadamente, a palmos como acostumbran decir por estas latitudes. Al bajar del automóvil se ­siente algo de frío, la mañana parece cruda, pero como paradoja fogo­samente iluminada por un sol que amenaza con hacer que las piedras se enciendan. La estancia en el medido rincón alcarreño donde acabo de si­tuarme es gratísima, pienso que allí, sólo por motivos de vecindad, la gente debe ser completamente feliz.
- Se vive bien, ya ve usted. Pero hay de todo, como en botica.
Sentado sobre uno de los maderos del juego de bolos la calma es absoluta. A la izquierda la bella portada románica de la iglesia, sencilla, con cuatro archivoltas semicirculares en perfecto estado. Antes debió tener portalejo con dos columnas de piedra, pero se dejó perder por no cuidarlo cuando lo necesitó. Ante la disyuntiva de reparar el tejadillo o quitárselo de en medio, quien tuviera la responsabilidad de dar una solución opt6 por lo segundo. Ahora, cuando ya no existe, cuando el mal hecho es inevitable, la gente pone el grito en el cielo lamentándose y repitiendo que jamás debió desaparecer el gracioso cobertizo ­que adornó durante siglos el pórtico de la iglesia. El ábside por su parte es de medio cilindro, también románico del siglo XIII, con modi­llones bajo el alero que los sostienen y embellecen. La espadaña es de corte barroco, posterior en el tiempo, del XVII tal vez, con dos vanos mayores y otro superior para el campanillo que tampoco existe. Entre los dos agujeros mayores del campanario ha nacido un enebro que vive con las raíces clavadas en la coyuntura de la piedra sillar.
- ¡Quieta chucha!
Una perrilla caniche, menudita y ruin, no deja de saltar jugueto­na sobre mis rodillas. Me gustan los perros dóciles, pero hay veces que se ponen tercos como niños y uno no sabe la forma de quitárselos de encima. Al cabo la perra se aparta unos metros de donde yo estoy y se queda quieta, mirándome despagada fijamente.
Se acerca un vecino despacito al pie de las campanas. Antes de llegar a mi altura se detiene a disimuladamente mirando lo que hago. El hombre siente curiosidad por saber quién soy y qué demonios pinto tomando no­tas en el juego de bolos. Luego hablamos.
- Hay afición, por lo que se ve.
- Antes, sí. Hará un año o más que se desprendió un portillo y no lo arregla nadie. Yo creo que no han vuelto a jugar a los bolos desde entonces.
- La piedra que tienen ahí parece una pila de bautismo boca abajo.
- Pues eso es. Siempre ha estado ahí. Yo tengo ahora mismo sesenta y cinco años y siempre la he conocido igual. La trajeron de un pueblo que ya no existe y que estaba muy cerca de aquí. Se llamaba Rueña.
El barranco de la vega por el Camino de Solanillos se ve apretado de chopos desnudos y de olmos muertos, de hierbazales y de hojarascas que depositó el otoño.
- Son muchos en el pueblo ahora mismo.
- Pocos. La gente joven se fue. Veinte personas si es que llega.
- No será municipio, supongo.
- Qué va. Llevamos muchos años agregados al ayuntamiento de Brihuega. Somos como un barrio anejo.
La calle Mayor está toda ella en cuesta. Don Pedro del Amo siguió atento a mis pasos desde el quicio de su vivienda, vecina con el cam­panario. La calle Mayor comienza a la entrada del pueblo, por los cha­lés, y baja a morir más allá de la plaza. La plaza de la Olmeda es cuadrada, pequeña, de perfecta y bien cuidada pavimentaci6n. Mas abajo se ve el cementerio en la solana, y antes de 11egar hay apilados montones de leña seca. Por lo que he podido comprobar la gente es amable y con­versadora, austera y dadivosa como las tierras de la Alcarria.
El alcalde pedáneo se llama Benito Mayo. Lo saludo mientras enreda en el tractor a la sombra de la iglesia, en plena costanilla que sube desde la plaza. Es un señor de mediana edad que de inmediato se pone a servirme para lo que necesite, a servirme de guía en lo poco que el pueblo tenga que ver.
- Muy poco hay que ver. Es un pueblo pequeño, ya lo habrá visto. Podemos dar una vuelta y luego ver la iglesia por dentro. Con tan po­ca gente esto ha quedado como muerto.
- Buen campo parece. Por loa menos los bajos.
- De todo hay. Lo más triguero son los altos de las alcarrias que le decimos.
Nos acompaña ahora desde la plaza una señora con la llave de la iglesia. La mujer se llama Matilde Pardo y me explica que vive en el pueblo sólo a temporadas. Apenas entrar a la iglesia, los ojos de quien no la conoce se van en seguida hacia las formas retorcidas del retablo barroco que adorna el presbiterio, detrás del altar mayor. Es un ejemplar bellísimo, obra de algún buen artífice del siglo XVIII del que me gustaría conocer por lo menos su nombre. Se ve de madera descubierta, sin dorados. En el cuerpo superior se conserva un lienzo de autor me­diocre representando a la Santísima Trinidad. La hornacina tiene una imagen de la Asunción de la Virgen.
- Pues había otros dos cuadros buenos, uno a cada lado, pero cuando la guerra se los llevaron. Las campanas también llevaron buen aire.
Doña Matilde comenta que por aquellos años la iglesia lo pasó muy mal, que tampoco había derecho.
- Fue cuartel de Caballería, así que puede hacerse una idea del tra­to que le debieron de dar.
Hoy por hoy la iglesia es acogedora, cómoda y muy cuidada. Tiene una nave solamente y está muy limpia. En uno de los laterales está la talla moderna del patrón del pueblo: San Rafael Arcángel, cuya fiesta hubo de adelantarse por supuestas razones al cuarto domingo del mes de agosto.
- Claro, eso se hizo para que hubiera más gente con lo del verano.
La imagen de San Rafael es verdaderamente hermosa, de madera lim­pia, sin tintes ni policromías, surcada por la gracia natural de sus dibujos que la propia estructura de la talla realza para hacerla toda­vía más bella. Se cubre con una capa finísima de barniz incoloro.
- Pues aún era más bonito el que había antes.
Lo que uno pudo encontrar de novedoso en las pocas horas de estan­cia en la Olmeda, se resume en unas cuantas casonas antiguas, ajusta­das al modelo tradicional de las viviendas alcarreñas de siempre, y el agrio espectáculo exterior de los campos, abarrancados y sinuosos como corresponde a esta latitud. Casonas que transpiran un halo de vetustas grandezas desconocidas, donde vivieron por aque­llos años imposibles de sujetar con cifras familias no­tables cuyos escudos de armas aguantan, fijos aún, sobre el muro de piedra en las fachadas salitrosas. Los viejos heraldos que sellan el lugar de la Olmeda poseen relieves con alfanjes, manos abiertas, es­trellas y alguna cruz de Calatrava, haciendo de los que todavía exis­ten un todo común.
- Casas muy antiguas, ¿verdad usted?
- Sí, algunas sí que lo son.
- Ya lo ve. Se acabarán cayendo. Los dueños viven fuera y no hacen caso.
La ermita de San Rafael tiene un techadillo que atraviesa y cubre toda la calle. El fragmento de un escudo de alabastro permanece pega­do a la fachada. La estirada aguja mural de la ermita mira al salien­te y se corona en romántica cruz de piedra. Por la mirilla de la puerta sólo se aprecia oscuridad, no se ve nada. Se adivina la pequeña dimensión de su interior pero sin distinguir nada concreto.
- Ahí detrás tenemos el ayuntamiento. También está el pobre para caerse.
Es cierto. Un severo arco de dovelas con escudo de castilla marcado en la clave, sujeta como puede el ruinoso edificio municipal. Cuando el alcalde se refiere a su vieja estructura y olvidada conservación, lo dice con velada nostalgia.
- Los pueblos van a menos. Gracias a que los fines de semana aún se anima la cosa un poco con los de los chalés.
Un señor que se llama Luís sube montado en su maquinaria por el atajo de la Concepción. Antonio García Pardo, mozo del pueblo al que yo conocí casualmente cuando él era un niño, se prepara para salir en su tractor, tal vez hacia las barbecheras del alto de las Alcarrias. Junto a nosotros lo poco que queda de la que en otro tiempo fuera ermita de la Con­cepción, todo recuerdo, con su cubierta de uralita, hoy cochera o almacén trastero, en espera del soplo fatal de las desidias para dar en tierra con su cuerpo de siglos.
Los fríos que amenazan con recorrer sin piedad estas soledades de la Alcarria, se empiezan a notar rozando la piel a esas del mediodía. Don Benito Mayo y otros vecinos me entretienen en la plaza, viendo algu­nas fotos retrospectivas de la Olmeda en años atrás, de cuando en el pue­blo se celebraban bodas y había niños, por aquellos años en que el portalejo de la iglesia alegraba aún su estructura solemne junto al juego de bolos.

(N.A. Febrero, 1987)