sábado, 13 de junio de 2009

MORANCHEL


En el empa1me con la carretera de Cifuentes hay un niño en cuclillas observando atentamente a un escarabajo pelotero que afa­na por llevarse a la madriguera la consabida bola de excrementos. La madre está sentada en la cuneta sobre un periódico con las espaldas al sol. Cuando la madre se aburre de esperar al coche de línea le dice al chiquillo muy enfadada que deje al escarabajo en paz, que eso es una porquería.
- ¡Pero mola, mama!
El asfalto se ha hecho líquido con el sol y la mañana quema. Moranchel aparece a un kilómetro, poco más, a la izquierda de la ca­rretera, y se va por una cinta estrecha de alquitrán en buenas condiciones. Por su apartamiento, por su presumible desolación, no
es pueblo que tire del viajero a distancia para llegarse a él, ni aún a curiosear siquiera. Es pueblo pequeño y de escasa vitalidad, no solamente por aquello del éxodo, que también lo tuvo, sino por­que lo fue siempre. Desde tiempos inmemoriales -me contarían después los vecinos- Moranchel perteneció como anejo al municipio de Cifuen­tes.
Se entra rozando de cerca el campo y las casas de los veranean­tes. Sobre un oterillo como fondo se alza la fábrica en espadaña de la iglesia, y aquí, donde ahora estoy, pastan en las afueras un ciento de ovejas manchegas a las que en días como hoy la lana que llevan encima les comienza a hacer estorbo. El pastor, apoyado en su vara de fresno, aguanta de conversación con dos señoras que car­gan agua en la fuente pública.
A primera vista, uno se da cuenta de que Moranchel es pueblo bien cuidado, limpio y de pavimentación excelente, dato que siempre suelo resaltar cuando esto ocurre y que, por supuesto, halaga a los munícipes. Me encuentro con una Plaza Mayor chiquita y recogida, pero muy digna; quizá desdigan de su graciosa estampa las pintadas que, sobre el muro del viejo ayuntamiento marcaron los enemigos de la estética y de la buena imagen. Las mujeres que viven en la plaza vis­ten con bata abrigada a pesar del tiempo y de la hora.
- Eso era el ayuntamiento, sí señor, y lo de arriba las escuelas. Ahora no es nada ni lo uno ni lo otro, para todo hay que ir a Cifuentes.
Según leyenda que incluye en su frontal de piedra, la fuente pú­blica fue hecha por la Diputación en el año 1957. La casona de re­creo que hay por encima de1 pilón tiene un patio hermoso, ador­nado con arbolitos acabados de hojar, con plantas de jardín y con ruedas de carro. E1 dueño y algún amigo más me hablan desde la verja.
- Es lo mejor que tenemos en el pueblo, la fuente. A ver si nos hacen un frontón que es lo que más se precisa.
El dueño de la casa me ha dicho que se llama Ángel Plaza, y el amigo que está con é1 Maximiliano Carrasco.
-¿Son muchos ahora en Moranchel?
-Muchos no, pero cuarenta de continuo seguro que sí los hay.
- Ustedes vivirán en Madrid, supongo.
- Nosotros sí, pero si un día nos jubilamos, aquí está nuestra casa. Madrid es imposible hacerse con él, no tiene arreglo. Ya hay algunos que se van viniendo en cuanto que se jubilan.
- La fiesta tengo idea de que es en octubre, si no estoy confundi­do.
- Sí, el primer domingo. Celebramos la fiesta del Rosario.
- Con toros, naturalmente.
- Alguna vaquilla solemos traer, pero cosa de poco. Somos un ve­cindario muy reducido y las cosas cuestan un disparate.
Moranchel, tal vez por su condición de pueblo eminentemente agrícola, es pueblo de pocas sombras. Saluda al verano que llega con ­los colores pálidos de las lilas y el más fogoso de las caléndulas, de los alhelíes y de los botones de oro. Sus calles son por lo ge­neral empinadas y la gente amable y servicial.
El cuidador de ovejas que había visto en la fuente se llama Ani­ceto, Aniceto Casanova Gutiérrez. Me cuenta que es natural de Huerta­hernando, pero que se casó en Moranchel y allí lleva media vida.
- Lo que quiere decir que le tratan bien los alcarreños.
- Muy bien me tratan, no me puedo quejar. Mi mujer es la alcaldesa del pueblo.
- ¡Ah, caramba! ¡Pues eso es mucho! y usted, por tanto, el alcalde consorte.
- Nada, yo no soy nada, uno más.
- ¿Quién manda en su casa?
- Manda mi mujer, pero eso desde antes de ser alcaldesa.
- Y usted a obedecer. No me lo creo.
- A ver qué remedio. Me trae a raya, que se lo digo yo. Alguna vez que otra le echo una bronca, pero por el cargo la tengo que obedecer y me pone firmes.
- ¡Pues vaya plan! De su señora creo que dice Cela que se llama Maribel, y que es una mujer garrida y castaña clara, con la cabeza muy en su sitio.
- Eso dice, sí señor. Es que el señor Cela estuvo por aquí, ahora hace un año, cuando vino con la negra. ¡Menudo coche traía el gachó!
Es cierto que los modos particulares de interpretar la vida, y de echarle al mundo humor por las gentes de la Alcarria siempre que se les dé motivo, es asunto que aún no se ha estudiado lo bastante. Lástima que su lección de civismo no trascienda más allá de estos campos ásperos, en los que las abejas se aplican a arrojar de sus cuerpos la mejor miel del planeta.
- Pues le tengo que advertir una cosa. Si la vida no se toma por ese camino, no vamos a ninguna parte.
La iglesia domina, como ya se dijo, al pueblo entero desde lo al­to de una prominencia. La encuentro cerrada a cal y canto. Por los alrededores del escalón y del sencillo arco de acceso ha crecido la hierba. Uno piensa que es signo evidente de vejez, de que Moranchel es un pueblo sin niños.
- Sin niños y sin mayores también, si usted me obliga.
Los vencejos chillan estrepitosamente alrededor de la espadaña; unos entran y otros salen en las nideras de los canalones. A la som­bra de las campanas se ve al noroeste Masegoso, la villa que arrasa­ron cuando los bombardeos; y un poco, creo yo, la ermita blanca de la Virgen de Valderrebollo más al poniente. Sublime espectáculo el de los vallejos verdes y los oteros ceniza de la Alcarria, recogidos como en manojo al alcance de quien los mira. Las peñas del repetidor tie­nen forma de hongo por encima del cementerio viejo. La furgoneta del frutero entra escandalosamente, a todo gas, tocando el claxon para que la gente se entere. Todo Moranchel al pie de la colina, solo, con sus tejados ocres y sus chimeneas apagadas. El viento por su parte, hace el milagro de subir hasta las peñas confortador y delicado.
- ¿Qué, le gusta el pueblo?
- Sí, mucho. Desde aquí es muy bonito.
- Demasiado tranquilo, digo yo.
- Eso no es malo. ¿Cómo se llama usted?
- Yo me llamo Félix y tengo 85 años de edad.
- ¿Qué hace ahí la máquina excavadora?
- No lo sé; gastar muchos cuartos. Con lo que coge cada vez con la pala había trabajo para echar un jornal. Las máquinas estas acaban con los obreros.
- El progreso. Los de antes entienden poco de estas cosas.
- Ya lo creo, pero con el progreso también hay que comer.
Es costumbre en Moranchel invitar al vecindario cada quince de ma­yo, fecha en la que los labradores españoles celebran su santo patrón, San Isidro. Sobre detalles al respecto y sobre alguna cosa más consigo hablar con doña Rosario Ríos, andaluza de Jerez y teniente de alcalde, que anda de compras esperando su turno tras la furgoneta del frutero de Brihuega.
- Bueno, en realidad la invitación que se da para San Isidro es un poco pobre, y es costumbre que lo pague la iglesia. La alcaldesa y yo nos encargamos de repartirlo.
- ¿En qué consiste?
- Pues se da una panota, un panecillo pequeño ¿sabe?, a todo el que quiere, y un huevo cocido. Se pasa bien. Nosotros seguimos las costum­bres de antes, porque si las dejamos perder, dígame qué les queda a los pueblos.
- ¿Qué tal se arreglan las mujeres para gobernar?
- Qué sé yo. Nos metimos a ver si se arreglaba esto y aquí estamos.
- Con buenos resultados a fin de cuentas.
- Yo creo que sí. Parece que las cosas van bien. Los hombres hay al­gunas veces que no nos hacen caso.
- Pues no sabe cuanto me alegro de que las cosas les vayan bien, ya ve usted; y el que sean en el pueblo tan sim­páticos y tan divertidos casi me gusta más.
- Eso sí que procuramos serlo, que no haya penas donde estemos uno de nosotros. La menos divertida soy yo y nací allá abajo, en la tierra del buen vino, así que mire. También tenemos otra fiesta en enero, el ter­cer domingo; entonces celebramos el Santo Niño. Somos pocos, pero pro­curamos hacernos la vida lo más divertida posible.
La villa madre de Cifuentes es centro geográfico y administrati­vo de un nutrido plantel de pueblos singulares que, unos por esto, otros por aquello, bien vale la pena visitar. Moranchel, que muchos lo miran y pocos entran en él, según dicen, jamás debiera ser una excepción, no tiene motivos. Aquí, tal vez por su aislamiento del mundanal ruido, se conserva como oro en paño en el aspecto humano una muestra escogida de los valores más preciados que tiene la Alcarria.
(N.A. Junio, 1986)