martes, 30 de junio de 2009

OREA


Al año justo de haberlas recorrido a pie por otras vertientes, uno tiene ocasión de situarse de nuevo en las faldas pinariegas cuya denominación se generaliza don el sonoro apelativo de Montes Universales. Y fue por quererse alejar demasiado del punto de partida y salirse, incluso de los límites provinciales por aquellas sierras entrañables en las que arrastra su pobre caudal el río Cabrillas. Ya puestos, me fui a Orea por Alustante, lo que dio ocasión de contemplar de pasada uno de los pueblos más pintorescos de España, Orihuela del Tremedal, villa que no es de Guadalajara pero que merecía haberlo sido. Con sus casas blancas y escalonadas que corona la monumental iglesia de San Millán, no lejos del santuario mariano del Tremedal, desde donde se domina una panorámica de bosques y terreno bravío.
Es mala hora, me consta. Uno sabe muy bien que con el sol de la sobremesa no hay estancia mejor que la propia casa, sustituible únicamente por una siesta a la sombra en el pinar con permiso de los insectos. Lo cierto es que a esta hora intempestiva Orea me recibe soñoliento, mustio, como planta agostada por el intenso sol de las tardes de julio. Orea tiene las sombras en la vega y el verde intensísimo del pino silvestre a cuatro pasos de las primeras casas, pero el pueblo en sí se achicharra bajo la fuerza de la canícula: “Y luego dicen por ahí que tenemos fama de pueblo frío”, me dirán después los ancianos de la calle Nueva.
Como Orea es pueblo vivo, el viajero que llega sin conocer a nadie enseguida encuentra refugio en el bar de Santos. Por encima del mostrador, entre el botellaje, una ardilla con delantal se sirve una copa de anís.
- ¿Qué va a tomar?
- Un zumo fresquito de limón, si me hace el favor.
En una mesa del bar hay dos señores comiendo ensalada de tomate y lonchas de jamón. Un cura toma café en otra mesa cercana. El cura -como debe ser- va vestido de cura. Está sólo. El viajero le invita a café y el acepta de buen grado.
- Mucho calor, señor cura.
- Hoy sí que pega. Yo creo que a usted le conozco de algo.
- Puede ser. Uno es un poco dulero, y por eso no me extraña. ¿Es usted el cura de Orea?
- Pues soy y no soy –me contesta. Soy cura de Orea como anejo, pero resido en Checa.
- Bonito pueblo Checa, sí señor. La tarde que estuve allí también hacía calor. ¿Cuál de los dos pueblos prefiere?
- No opino. Para mí los dos son buenos. Faltaría más.
- Éste parece mayor, creo yo.
- No, tiene más habitantes Checa. Éste está poco más arriba de las trescientas personas.
Los autocares del campamento están aparcados al sol en la explanada. De vez en cuando llega otro autobús cargado de niños que vienen de Valencia. El campamento de Orea, con sus instalaciones magníficas, tal y como se me dijo en el pueblo, es lugar de solaz durante el verano para cientos de chiquillos, valencianos y madrileños casi todos.
Por las calles de Orea, siempre en vertiente buscando los altos de las Neveras, uno se encuentra con viviendas elegantísimas y casonas solar roídas por el peso de los siglos. En la plaza del Ayuntamiento luce la elegancia de sus formas, con sencilla línea, la casa Consistorial, de solemne carillón como remate a punto de dar las cuatro. Viviendas antiguas acabadas de remozar, otras en obras. Los celosos habitantes de Orea, fijos o de temporada, parecen dispuestos a dar la vuelta al pueblo buscando la comodidad y el confort.
Cerca de la arboleda, dos muchachos holandeses en bañador estudian las tierras próximas al pueblo que tienen extendido encima de la plataforma de la báscula. Yo he pasado de largo. A la sombra del puentecillo sobre el recién nacido Cabrillas, apenas si se siente rozar en la espalda la brisa que viene de la Huerta. Poco después se sienta a mi lado un señor muy simpático, que viene del campo con un sombrero de paja y una botella vacía. El hombre se llama Mariano, y me ha dicho que fue sacristán de Orea y que viene de recoger un poco de hierba para el ganado.
- ¿Cómo le dicen a este cerro?
- San Cristóbal. Ahí detrás tenemos las vacas en el pinar.
- ¿Muchas?
- No, muchas no. Ya casi no quedan. Un ciento de ellas, poco más. Creo que en este momento son exactamente ciento siete.
- Donde dicen que hay bastantes debe ser en Checa.
- Hombre, más que aquí sí que hay. Lo que pasa es que en Checa tienen también reses bravas.
- Pienso, señor Mariano, que lo mejor que tienen en el pueblo es este paseo ¿No le parece?
- Esto está muy bien. De aquí a un par de horas todos los jubilados del pueblo vienen a sentarse a estos bancos.
- Y un pinar hermoso, según dicen.
- Es bueno, sí señor. Yo tengo entendido que es el segundo de la provincia.
Arriba, ya casi al final de la calle Nueva, los hombres vuelven a hablarme del pinar y de los paisajes que hay más allá del cerro de San Cristóbal, muy cerca de la divisoria de aguas y del nacimiento del río Tajo.
-Pues, para que vea usted, por esa parte hay un puente que lo pagaron las tres provincias. De la provincia de Teruel estamos a cuatro kilómetros, y del límite con la de Cuenca a poco más. En ocho horas andando se planta usted muy bien en Tragacete.
-Y muy bonito que debe ser todo eso.
- Mucho, sí señor. Los que vienen de fuera dicen que es muy pintoresco.
Una señora de la calle Ancha me cuenta que antiguamente había una casona solar que le llamaban La Casa Grande, que de moza recuerda haber ido a bailar allí y que tenía en las esquinas un diablo y una diabla.
- También le decían la Lanera. Cuando éramos pequeños íbamos por allí a hacerle burla al diablo y a la diabla. Ahora ya no quedan ni las piedras. A ésta de aquí enfrente también le decimos La Casa Grande, pero está muy vieja y ya no vale para nada.
Nos asomamos por la puerta entreabierta y se ve, efectivamente, algún rasgo de sus pasadas grandezas en los esquinazos interiores a punto de desplomarse, en los derruidos barandales de hierro, y en las escaleras por las que hace años que no sube ni baja nadie.
En Orea, supongo que sería por aquellos años de maricastaña, cuenta el Padre Nirember que nació y debió de vivir el pastar Roque Martínez, extraño personaje al que le nació un espino cerca del estómago, que crecía y reverdecía cada primavera.
Por los barrios de arriba me reconoce y me saluda Félix Mallán, el joven y muy amable secretario accidental del Ayuntamiento. Con Félix como guía uno siente la seguridad de saber la tierra que pisa.
- Pues qué te podría contar de Orea; que es un pueblo de lo mejorcito que hay por la zona, y que vive, como todos, de la agricultura y de la ganadería.
- ¿Hasta qué punto repercute el pinar en el vivir diario de la gente?
- Repercute de una manera indirecta. Aunque los pinares son propiedad del ayuntamiento, la gente se beneficia, qué duda cabe. En este momento hay quince personas que viven de los trabajos como peones del ICONA.
- ¿Cuántas hectáreas de pinar tiene el término?
- Como propias hay unas cuatro mil hectáreas, y luego de comunales hay otras dos mil aproximadamente.
- ¿Y no se han montado en el pueblo, como en otros sitios, industrias derivadas de la madera?
- Sí, hay una fábrica de puertas castellanas, muy bonitas y muy buenas, por cierto, con cinco empleados de manera continua.
Me acompañó Félix a ver la iglesia parroquial, que está situada como a mitad de la calle en cuesta, más arriba de la Plaza Mayor. La iglesia de orea se precede de un atrio romántico, en el que crece la hierba silvestre y dan sombra media docena de acacias. Como toda la construcción antigua del pueblo, la iglesia está construida con piedra arenisca de color rojizo. En su interior es templo de nave central con algunas capillas laterales. Hace frío dentro de la iglesia. En el presbiterio hay un triple retablo bicentenario, y algunos lienzos oscurecidos por los humos de las velas y por los siglos. Techumbre abovedada, sencillo coro con balaustres sobre una imponente viga de corazón de pino, y los clásicos pendones procesionales que todavía se sacan en la fiesta de la Asunción, que curiosamente se celebra en Orea con gran pompa el día ocho de septiembre.
- También se conmemora por tradición la fiesta de San Cristóbal. El diez de julio se han hecho desde siempre carreras de caballos, y se sube hasta el cerro de romería.
Después de esta ligera impresión de uno de los pueblos más alejados de la capital que haya visitado hasta hoy, tomo el camino de regreso por la carretera de Checa, lamiendo las puertas del formidable edificio de la Casa Cuartel. Quedan casi doscientos kilómetros de camino que recorrer a la caída de la tarde, en los que tendré ocasión de respirar aires serranos, alcarreños y campiñeses, en el transcurso de unas cuatro horas de viaje a todo lo largo de la provincia.

(N.A. Agosto, 1983)