jueves, 11 de junio de 2009

MONDÉJAR


Con carácter experimental en nuestro ya largo quinquenio de andaduras por tierras guadalajareñas, hoy partimos hacia una de las villas más notables de la provincia. Cierto es que uno no siente vocación por los pueblos grandes, ni apremio tampoco por acudir a ellos. Más bien le atrae al viajero la apacible soledad de los pueblecillos olvidados, donde la historia tuvo en ocasiones la deferencia de pararse a esperar y hoy nadie menciona; ínfimos lugarejos de la Sierra, de la Campiña, de la Alcarria, del Señorío, que son realmente el cañamazo donde se urdió el modo de ser de nuestra raza y del que, en modo alguno, tenemos derecho a renegar; mínima expresión de habitabilidad que uno se trae cogida de la mano en cada viaje, donde nota al volver el calor y el latido vital de cuatro docenas de corazones viejos que se obstinan en ser fieles a su terruño. Mondéjar, visto así, rompe todos los moldes de esta personal filosofía y, con la impresión de que sería tema capaz de llenar cientos de páginas, uno sale de casa con más expectación que nunca que nunca a vivir su experiencia de dos o de tres horas en la señorial villa de los famosos zumos para ser testigo de una mañana cualquiera de su vivir.
El antiguo “Monte de piedra” de los árabes nos recibe al final de la vega con la pomposidad de sus letreros indicadores en las esquinas. Mondéjar es pueblo de anuncios, de establecimientos bancarios, de garajes, de bodegas, de fábricas de harina y de restaurantes.
Al girar une leve glorieta nos adentramos en la calle Mayor. Esta primera avenida mondejana conjuga la sobriedad de los viejos palacios con la gracia capitalina de los edificios acristalados de hoy. En la calle y en los establecimientos públicos se ven gentes que vienen y que van, que compran pan y fruta o negocian en la ventanilla de una caja de ahorros.
La Plaza está al final mismo de la Calle Mayor, más allá las diferentes calles se esparcen en abanico configurando el corpachón, ancho y largo, de la villa: calle del Olmo, de la Fragua, de la Botica, de las Bodegas, Solana Alta, calle del Pósito, de Maravillas… La Plaza Mayor conserva impecable el rancio sabor de la Castilla del dieciocho. Es una plaza cuadrada, con soportales y viviendas antiguas en sus tres caras, mientras que la cuarta, orientada al mediodía, se cubre con la fachada enorme de la iglesia parroquial de santa María Magdalena, a la que se sube por una escalinata de sillar y verja de hierro, que nos recuerda en algo aquella otra del Pórtico de la Gloria en la catedral compostelana. La portada es un legado valiosísimo del arte renacentista, sobre cuyas cornisas crece el musgo, y la torre, cuadrada y colosal, se confunde en lo más alto con el cielo gris, como la de Babel.
Acaba de entrar en la plaza el coche de línea. En el autobús no sube nadie, se apean dos muchachos jóvenes y una señora mayor con pelerina negra. El cartero se va calle abajo con la valija de la correspondencia colgada del hombro. Cuatro ancianos conversan en corrillo junto a la farola que hay en mitad de la plaza.
La iglesia de Mondéjar es en su interior una muestra excepcional del arte gótico, levantada a expensas del primer marqués, don Iñigo López de Mendoza, en las décadas iniciales del siglo XVI, obra de Cristóbal y de Nicolás de Aldonza. Tiene cierto aire catedralicio, viniendo a caer sobre gruesas columnas nervadas el peso de sus tres bóvedas, de las cúpulas y de los arcos en ojiva, que dan al visitante la impresión de ser etéreos, incorporales. Atrás el coro magistral de Nicolás de Aldonza, más de orfebre que de arquitecto, con balaustrada, relieves y medallones, sencillamente admirables. En el presbiterio la imagen solitaria de la Magdalena, sobre el muro que sirvió de frontis al bello retablo plateresco que las llamas encendidas del odio redujeron a ceniza en los primeros días de la Guerra Civil.
Busco a don ángel, el cura, para que él me ayude a encontrar a Fidel, el hombre encargado de enseñar a los turistas la cripta de los Judíos en la ermita de San Sebastián.
- Pues no sé dónde podrá estar ahora. Seguramente que lo podremos encontrar en el bar que hay junto a la gasolinera. Los “pasos” no son obra de arte, es una escultura muy elemental, pero merece la pena verlos.
Al señor encargado de los judíos, Fidel Hernández Hernández, lo encontramos por una de las calles del barrio de arriba. Se subió al coche como acompañante, y en seguida nos apeamos al final de una pista de cemento, antes de entrar a la costanilla empedrada por la que subiremos a pie hasta la ermita.
-Está prohibido subir en coche, aunque vaya yo. Lo dejaremos aquí abajo y subiremos andando.
-¿Cómo tienen organizado todo esto de los Judíos?
-Es una hermandad, ¿sabe? Somos más de quinientos hermanos. Al Cristo del Calvario se le tiene mucha devoción en Mondéjar.
-¿Los sacan en procesión alguna vez?
-No, no se puede. Son muy grandes y están pegados al suelo. Cuando la guerra los destrozaron. Hace ocho o diez años que los tuvieron que restaurar.
- Y usted es como si dijéramos el amo.
- Yo los enseño a la gente y les cuento la historia. Si quiere usted se la cuento también. Ya sabe, siempre me dan algo. Yo lo limpio y todo. En casa le venderé un librillo y un llavero del Cristo, si le gusta.
L ermita de San Sebastián está encalada, es blanca como las ermitas cordobesas de Góngora, en medio de fornidos pinos y sobre un altillo desde donde se domina una visión general de Mondéjar y de una buena parte de sus campos de viñedo y olivar. Ya dentro nos encontramos con una hermosa talla de Nuestra Señora vestida con largo traje blanco.
- Ésta es la Virgen de los Milagros. Lleva un traje de novia que se lo ofreció una joven de aquí del pueblo.
-Los “pasos” nos sorprenden en una especie de cuevas subterráneas, creo que doce en total, limpias, iluminadas con cierto misterio, donde las toscas imágenes de los principales protagonistas de la Pasión toman a veces caracteres fantasmales, favorecidos por los efectos de la luz. El señor Fidel me intentó explicar “la historia” valiéndose de una cinta grabada en un magnetófono que no conseguimos hacerle funcionar.
- Pero, ¡Será posible! Si hace cuatro días que le puse las pilas. Habrá que esperar un par de minutos para que cante.
- No se preocupe. Lo importante es verlo. Me está interesando mucho.
- Ésta es la Virgen María que iba para Egipto, cuando pasó el milagro del trigo, que querían matar al Niño aquellos canallas.
- Ya.
- Aquí está el Señor con todos los Apóstoles. El que se tapa la cara para no vernos es Judas, el muy sinvergüenza. Ese es el que se llevaba las monedas.
Después fuimos viendo, uno en cada cueva, los distintos misterios representados con imágenes superiores en tamaño a la estatura normal de las personas. Hay pasos en los que los personajes representados son doce o más, como en el ya visto de la Santa Cena. Al contemplar en la penumbra cada una de las escenas, el señor Fidel, que no consiguió poner en funcionamiento su aparato, hace un brevísimo y sentido comentario.
- A éste le decimos la oración en el huerto. Mire por ahí por el suelo a los tres durmiendo. Baja el ángel y adora al Señor.
- Pues sí que es verdad.
- Y aquí es cuando lo atan a la columna. Aquel de arriba es Pilatos y su mujer. Ese es Garrabás, con la lengua fuera.
- Qué bien atendido está todo esto, ¿verdad?
- Sí señor, lo cuido yo. Aquí están los judíos jugándose las ropas del Señor a los dados.
Los “judíos” de Mondéjar, después de haber pasado en su contemplación algunos minutos, tienen mayor interés del que el público les presta. Pioneros en el tiempo de las magníficas interpretaciones que nuestros imagineros del periodo Barroco, son un escondrijo originalísimo, irrepetible, donde están depositados cuatro siglos de devoción, además de una obra colosal que debió de llevarse para su factura vidas enteras de artistas aficionados de quienes nada se sabe. ¿Quién pudo ser el autor material de los pasos? Se piensa que algún ermitaño o monje del antiguo convento de Franciscanos. En un documento capital para la historia de Mondéjar, descubierto recientemente, ya se daba cuenta al rey Felipe II en 1581 de la existencia de estos pasos en la ermita de San Sebastián, “de obra curiosa y de especial devoción por las capillas subterráneas, que están muy contemplativas”.
- Y éste es el santo Cristo del Calvario, nuestro Patrón. Aquí sí que no le faltan visitas a diario. En septiembre nos lo llevamos siete días a la iglesia, con una carroza y todo. Luego se trae otra vez. Como se den cuenta de que está abierto, pronto tendremos gente aquí a rezar al Cristo.
Devuelto otra vez nuestro amigo Fidel a su casa, donde aprovechó para venderme un folleto en color editado en 1973 sobre “Mondéjar, su historia y sus obras artistico-religiosas” con abundantes fotografías de “los judíos”, me marché hacia la afueras de la villa, para ver de cerca, y al ser posible en pleno funcionamiento, la más importante industria mondejana que es la bodega de los Hermanos Mariscal. Antes de llegar vemos, en la misma carretera de Perales, otra planta embotelladora que se llama “El Tío Cayo”, cerrada en aquel preciso instante.
No es la primera vez que uno ha tenido ocasión de observar en pleno funcionamiento una bodega de este tipo, pero, como si lo fuera, siempre resulta de gran interés para los ajenos al oficio el hecho de pararse a ver, cómo en su rueda mecánica las botellas se lavan escrupulosamente con agua a presión muy caliente, se rompen por los empleados los cascos que no ofrecen una garantía total de higiene, y se van llenando hasta la medida justa sin que la mano del hombre intervenga para nada.
- ¿Cuántas botellas suelen llenar regularmente?
- Unas veinte mil a la semana.
Eusebio Mariscal me enseña las instalaciones, uno de los tres hermanos propietarios de la empresa.
- ¿Y la capacidad total de la bodega?
- Aquí se pueden elaborar dos millones de litros por temporada, aunque depende de la cosecha. Este año, por ejemplo, no hemos llegado al millón.
- Lo peor habrá sido abrirse brecha en el mercado, ¿no?
- Nos ha costado mucho. La etiqueta de Guadalajara nos ha creado problemas por no ser tierra de tradición vinatera, pero nos estamos abriendo camino con el arma de la calidad y nos va bastante bien. Ya guardamos medallas importantísimas a la calidad conseguidas incluso en el extranjero, y eso es lo principal.
- ¿Cuál es el secreto?
- El secreto es la uva “zencibel”, que requiere un terreno muy señorial como es el de Mondéjar. Alguna de este tipo se da en Valdepeñas, pero muy poca. Por lo demás, aquí se trabaja como en cualquier otra bodega de la Mancha o de la Rioja. En cambio, para cosa de cereal, esta tierra ya no es tan buena.
- Siendo así, tendrán varios miles de hectáreas dedicadas al viñedo.
- No los tenemos porque el término de Mondéjar es pequeño. Hay unas 1.200 hectáreas aproximadamente. Eso sí, casi toda la uva es “zencibel”.
La vida en Mondéjar, histórica, grande, señorial, con todo lo que nos imaginamos que nos falta todavía por conocer, corre un poco al margen de los problemas que la actual sociedad presenta para el ciudadano medio. Son cinco bodegas, tres almazaras, dos fábricas de harinas y un campo óptimo para la buena uva los que ocupan el quehacer de la mayor parte de los hombres de la villa, porque las mujeres están absorbidas casi todas ellas por los trabajos de confección, que al decir de los mondejanos da tanta o más vida que las demás industrias. Un libro abierto, un ejemplo a imitar del que nos sería difícil deducir las causas, incluso a pesar de los tiempos que corren: decisión y trabajo. El secreto de esta simpática villa alcarreño manchega, honra no sólo de ella, sino por extensión de la provincia a la que pertenece.

(N.A. Enero, 1984)