martes, 16 de junio de 2009

MUDUEX


Sería la hora de la siesta cuando por primera vez me puse ante los ojos la pequeña porción del Valle del Badiel donde descansa Muduex. Es éste un pueblo al que difícilmente se llega tomando al pie de la letra el verdadero sentido semántico de la palabra. A Muduex no se llega; se cae precipitadamente, violentamente, después de haberlo des­cubierto abajo desde los breñales de la carretera cuando ésta desciende zigzagueando por el Cerro Carramedio. Visto desde allí, Muduex es un pueblo envidiable, un pueblo donde a uno le gustaría vivir. En aquella parte, un telón de montañas lo resguardan de las inclemencias del norte, a las que los muduenses saben distinguir con nombres sig­nificativos: el Marañal, el Romeral, el Pico la Luisa. A este lado, la fraga y el bosque bajo se extienden por la ladera y no terminan hasta chocarse de bruces con la misma ribera del río. En medio, Muduex, rodeado de huerta en pequeños cuarteles rectangulares, entre cruzado por caminos que van a todas partes, adornado inteligentemente con árboles por doquier y con alamedas que ocupan, como el pueblo, el sitio exacto donde deben estar. Aguas arriba, no muy lejos de allí, se tuesta bajo el sol inclemente del verano la villa de Utande.
Ya a las puertas del pueblo, pasando entre sombras el puentecillo sobre el Badiel, un campesino con sombrero de paja y chaqueta al hombro me dice adiós alzando amablemente una hoz que lleva en la mano. En la plaza, a esas horas, el grifo de la fuente echa un caldo que no se puede beber. Buscando desde la plaza la parte en sombra de las calles se llega en seguida a las huertas, donde, a pesar de la hora, ya hay gentes trabajando.
-Buenas tardes. Parece que pega el sol.
-¡Qué se puede esperar! En su tiempo estamos.
Era don Ángel Arroyo, un anciano simpático y sin prejuicios a la hora de hablar con los desconocidos, siempre que vayan con buena intención. Lleva un cubo colgando del brazo, que tapa con un trozo de trapo viejo.
-Mire: llevo aquí plantas de pimiento para ponerlas ahora cuando afloje un poco el sol.
-¿Se da bien el campo en Muduex?
-Sí, hombre; aquí, el campo, va bien. Se coge bastante trigo y mucha cebada, principalmente.
-Y, aparte, la huerta, ¿no?
-No. La huerta es un entretenimiento para el consumo de la casa y nada más. Se siembran muchas patatas y podía haber aquí una buena huerta, porque está muy repartida; pero faltan brazos, ¿me entiende?
-Sí, señor; claro que le entiendo.
-¿Qué hacen con la cosecha?
-Pues el trigo lo llevan al silo de Torija, y la cebada, a Trijueque.
-¿Hay suficiente maquinaria?
- ¡Pues anda que no quiere usted saber cosas! Claro que hay ma­quinaria, ¿con qué lo van a hacer, si no? Yo creo que tractores hay cerca de treinta en todo el pueblo.
Llegó junto a nosotros don Cirilo González, carpintero jubilado que casualmente andaba por allí. Don Cirilo me contó que antes eran en el pueblo 500 personas, pero que ahora no llegaban a 200.
-Mire: los chicos se tienen que ir a la escuela a Valfermoso. Aquí tenemos escuela, pero no hay maestro. ¿Qué hacemos?
-Lo curioso es el nombre del pueblo. ¿Por qué Muduex?
-Ese nombre se lo pusieron los árabes.
-¿Usted cree?
-No, hombre; no. ¡Qué van a ser los árabes! Fueron los franceses. Muduex es un nombre francés.
Puntualizó don Félix Sanz, que venía de segar verde y se acercó al corrillo. Don Félix, que no es de Muduex, sino de Tomellosa, nos hizo en poco tiempo una reseña histórica, que escuchamos con la boca abierta.
-Mire: este pueblo lo quemaron los franceses cuando la Indepen­dencia. El pueblo anterior tenía dos parroquias y 2.500 habitantes cuan­do lo hicieron villa los Mendozas. Por eso, cuando aramos un poco hondo por aquí salen cascotes de tinaja, baldosas y restos humanos.
Lo que sí es árabe es ese torreón de piedra que ve usted ahí arriba, pero nada más.
-Pues sí que es interesante, ya ve usted.
-Y la iglesia se hizo en gran parte con piedras traídas de la ermita de Santa Ana. La imagen que había allí también la tenemos en el pue­blo. Es una imagen de madera tallada, pequeñita, que no hay otra igual en ninguna parte, porque está dando de mamar a la Virgen sentada.
-¿Y no podría yo verla?
-No la puede ver nadie porque no está en la iglesia. La guardan en una casa que nadie sabemos cuál es. Pero, si quiere verla, puede venir para su fiesta, que entonces la sacan en procesión.
-¿Cuándo es la fiesta mayor del pueblo?
-La fiesta es el 12 de noviembre, y hay toros y todo. San Diego de Alcalá, que en el almanaque viene el día 13, no sé por qué.
Don Ángel Arroyo, que había estado atento todo el rato, quiso también echar su cuarto a espadas en el polémico asunto del nombre de Muduex.
-Pues yo siempre he oído decir que el nombre del pueblo es porque una vez se asomó un toro desde el Cerro Carramedio y, cuando vio el pueblo aquí abajo, dijo: ¡Muuuu…!
Caminando por las afueras se unió al grupo don Inocente Guijarro, que, cuando cogió confianza, nos habló de la pesca en el Badiel.
-Había cangrejos y anguilas. Las anguilas se han sacado aquí hasta de tres y cuatro kilos. Ahora no hay nada.
En la fuente al pie de la iglesia lava ropa con losa y jabón, a la vieja usanza, una señora que se llama Eladia. Es la esposa de don Ángel Arroyo, quien a estas horas estaría ya plantando los pimientos del cubo.
-Buena lavadora tiene usted.
-Sí, señor. Pero esto que hago no se debe de hacer. Ahora que no hay casi caballerías, bueno está; pero donde se echa jabón no pue­den beber los animales.
Mi amigo Félix Sanz me invitó a acompañarle a su casa, que está en la calle Real. Me enseñó su reciente hallazgo en el Val: una piedra en forma de "Z" a la que ha preparado una peana artesanal pintada de verde y que conserva en un rincón a la entrada a manera de trofeo. Vi su colección de fotografías en color con distintas panorámicas del Valle de Muduex tomadas por él mismo. Las fotos están en un marco de madera presididas por otra del propio Félix Sanz a caballo, en instantánea que se hizo en Barcelona cuando el Servicio Militar en el año 34.
En una de las seis plazas que hay en Muduex -del Cid, de la Constitución, de los Légamos, y otras tres- está el bar de Miguel. Es un local más bien pequeño y, pese a ser el único bar del pueblo, no se suele llenar.
-En este tiempo nunca se llena. La gente viene tarde del campo y en seguida se acuesta. En invierno se llena algunas veces.
-¿Y qué suelen hacer los clientes?
-Beber y jugar la partida. Félix y yo les ganamos de vez en cuando a los capataces de la pista. Nos empezaron pegando, pero después no hay forma de que nos vuelvan a ganar.
La última impresión de Muduex fue de regreso a casa. A la caída de los cerros, al otro lado del río, se ven campos de olivo cuidados magistralmente, una especialidad laboral de la villa que debe tener su origen, pienso yo, en el primer pueblo que ocupó el valle antes de que los gabachos cometieran la barbaridad de reducirlo a cenizas, sobre las que surgió de nuevo este bonito lugar de la provincia.

(N.A. Agosto, 1980)