jueves, 25 de junio de 2009

OCENTEJO


Mucho me temo, lector amigo, no saberte llevar en esta ocasión con mi pobre relato a la realidad exacta del lugar en donde me encuentro. Es demasiada pretensión quererse valer de las posibilidades que ofrece el idioma para introducirte en este apoteosis paisajístico donde cuenta el color, el volumen, el vacío, el aroma, el rumor de las aguas que bajan, el vértigo, tan difícil de ajustar a la prosa que habitualmente empleo para contarte a retazos la pequeña y grande, la verdadera historia humana de la tierra en que vives.
Hoy he caído como de sorpresa en uno de los rincones más bellos de la Guadalajara abrupta y pinariega. Hasta el momento presente de algún modo me había limitado a admirar de oídas las maravillas con las que se adornan estas tierras del Alto Tajo. Después de ahora, tendré muy a honra el pertenecer a esa relación imaginaria -no creo que excesivamente grade- de incondicionales que recuerdan con nostalgia su paso por aquí, paseando en dirección opuesta a como nos presenta estas hermosas tierras el mapa provincial, es decir, Arbeteta, Valtablado, puente sobre el río, y Ocentejo al fin.
En lo más agreste, pintoresco y solitario del Alto Tajo, viene a caer este lugar de leyenda en cuya Plaza Mayor acabo de tomar asiento bajo el álamo centenario que le sirve de eje. Frente a mí, se levanta allá arriba el mojón peñascoso del Castillo que coronan unas cuantas piedras desgranadas de la antigua fortaleza y dos o tres antenas de televisión clavadas sobre la cima. Una docena de buitres merodean con majestad rozando las nubes que, poco a poco a poco se van apoderando del intenso azul de los cielos serranos. Hay un perro de tremendo corpachón que se ha puesto a husmear cerca de mí. Ahora sale del pueblo una ambulancia con algún enfermo que escapa a toda marcha buscando el camino de la capital. Aparecen tres señoras por la misma esquina hablando del desdichado que se llevan en la ambulancia. La espadaña de la torre asoma la gracia de su remate por encima de las tejas del ayuntamiento. Alrededor se elevan macizos roquedales grises y laderas de boj, de pinos tiernos y de retamas desnudas. El perro escapa a esconderse con el rabo entre piernas tras unos corrales en los que crece un laurel.
Salvo la plaza impecable, a la que acompañan en galanura el nuevo edificio del ayuntamiento y un bar cercano, Ocentejo conserva en sus calles el rancio sabor de los viejos pueblos serranos. Del barrio alto desciende un canal de hormigón que baja seco, con el fondo cubierto de hojas secas y de pequeños charcos. Detrás me encuentro con un señor apoyado sobre el muro sin decir nada, mirando, no sé si con curiosidad o con indiferencia, al forastero que se acerca hasta él buscando, aunque tan sólo sea, unos minutos de conversación.
- Buenas tardes. Creo que los que viven aquí no se deben cansar de ver el pueblo ¿No le parece?
- Ya lo creo que nos cansamos. A nosotros no nos parece tan bonito como dicen los de fuera. Si tuviera que vivir aquí de continuo seguro que no lo decía. Para venir de visita un rato está muy bien, pero nada más.
- No me diga.
- Sí se lo digo, sí. Esto queda muy lejos de todas partes, y muy escondido aquí sin salir del hoyo.
- ¿Cuál es el cerro aquel que hay detrás del Castillo?
- Le decimos el Covacha de la Tía Martín. Eso sí que es hermoso. Sigue así como para abajo y va a meterse hasta el río. De aquella parte para acá baja lo de Armallones. No puede imaginarse lo bonito que está.
- ¿Se tarda mucho en llegar al río?
- Muy poco. Un cuarto de hora andando. Si está ahí mismo.
Se llama nuestro hombre Patricio Cortijo, y por esa benevolencia tan común entre las gentes de esta tierra, nos hicimos amigos enseguida. Muy pronto me di cuenta de que también él, diga lo que diga, es un enamorado de las cosas bellas.
- Pues dice usted, aquí se vivió un poco de la resina, pero de eso hace ya mucho tiempo. La agricultura y el ganado es lo que más da. La vega es divina. En las huertas se saca de todo.
- Y a pesar de eso el pueblo está casi vacío.
- Así es, ya lo ve usted. Aquí no hay gente. Me parece que son veintiocho puertas abiertas las que tenemos. Muchas viudas, y algún viudo también, pero menos. Las mujeres duran más. Y solteros y solteras. Así que, armamos de cada juerga por las noches… Todos de setenta para arriba.
Un muchacho joven, Emilio, dedicado en Ocentejo a los trabajos para la obtención del agua en las salinas, y el propio señor Patricio, me llevaron a casa de Ruperto, el telefonista. Ruperto tiene la casa un poco más debajo de la Plaza Mayor, precedida de un pequeño jardín al que en verano sombrearán las apretadas hojas de la parra e inciensan con su eterno gris los troncos de los olivos. Don Ruperto Sánchez Fraile es un hombre metido en edad; es el rapsoda, el poeta, el historiador oficial y el cantor de llavilla. Sale sacudiéndose las manos empolvadas de un huertecillo que tiene detrás de su casa.
- Pues tanto gusto en conocerle. Ahí estaba enredando en unos trastos por el corral. Como hace uno tantos oficios…
He pensado después que hubiera sido interesantísimo haber podido pasar la tarde completa con Ruperto, escuchando de sus complacientes labios de hombre de campo olvidados sucesos aquí, y que ni las crónicas más antiguas ni la Historia seguramente cuentan. Pues bueno es saber que entre las peñas del Castillo, y no lejos de la pequeña iglesia románica que hay a sus pies, hoy convertida en cementerio, la tierra se tragó a petición suya los cuerpos vivos de una infanta perteneciente a la noble familia de los Carrillo de albornoz y de una tía suya, que prefirió quedarse allí para defenderla del horror de la morisma en aquellos tiempos revueltos del final del medievo en que la leyenda da como ciertos todo este tipo de aconteceres. Aún se oye nombrar a los ancianos de Ocentejo con el apelativo del “Tapón de Encantamiento” al supuesto lugar donde se realizó el prodigio, y donde en el gélido callar de las noches de invierno, todavía se escuchan los suspiros y los lamentos sin consuelo de las dos desdichadas.
- El Castillo se cree que es del siglo XII. De cuando el rey Alfonso VIII vino por aquí a recoger gente para la conquista de Cuenca.
- Poco queda ya de él ¿verdad?
- Esas cuatro piedras de lo alto. Lo dinamitaron los franceses cuando la guerra de la Independencia, y el Puente del Molino también. Y los carlistas después quemaron los pergaminos y los archivos del ayuntamiento. Por todos estos montes estuvo escondido El Empecinado.
Ante la información erudita de Ruperto, el señor Patricio habló para puntualizar:
- Esto lo sabe porque lo ha oído contar, pero no porque lo vio. Si se acordar él de todo eso, mejor me acordaría yo que soy más viejo y no sé nada.
- ¿Qué tal es la gente de aquí?
- No hay mala gente. Somos un poco brutillos, pero buenas personas. Nos defendemos unos a otros si llega el caso.
- ¿Cómo les llaman a los de Ocentejo?
- Eso depende. Los de Canales nos dicen “tacaños”, como a los de Sacecorbo “cocoteros”. Pero más bien nos llaman “los pollos”.
- ¿Y eso, por qué?
- Pues, para que usted se entere, es que aquí hemos tenido siempre las mejores mozas de la comarca, ¿sabe?
- Ya.
-Y se ve que los de los pueblos vecinos las criticaban, porque vestían muy bien y eran un poco presumidas, ¿sabe?
- Ya.
- Y por eso les llamaban las pollitas y a nosotros los pollos.
- Qué cosas. Un motivo para sentirse orgullosos.
- Sí, pero ya sabe. Las cosas de antes, de cuando las rondas y todo aquello. Ahora, ni fu ni fa.
- Pienso que en lugares tan escondidos como éste, aparte del Castillo, debe de haber algún vestigio de civilizaciones aún más antiguas.
- Ah, claro. En el poblado de Los Casares yo he visto lápidas con inscripciones que mientan a los dioses romanos, Diana y no sé que más. Pero no lo han explorado mucho. Aquello debió de ser en tiempos grandísimo. Yo creo que hacían las casas alrededor de las sabinas.
El desaparecido pueblo de Los Casares se quedó sin gente por envenenamiento de todos sus habitantes, al beber agua durante una boda de la botija de barro en la que habían metido una víbora. La única superviviente de la tragedia, a la sazón madre de la novia, se salvó por haber bebido el vino de otra vasija, y cuenta la tradición que se marchó a vivir a Ocentejo, con el consabido disgusto de los habitantes de Canales, que perdieron con su persona todas las tierras del pueblo desaparecido. La vieja, cuentan aquí, que marcó los mojones entre los dos pueblos, tomándose como límite el lugar exacto donde fue a parar una canasta de mimbre a la que la mujer había propinado un tremendo puntapié que la hizo volar cerro abajo.
El Ocentejo de hoy, aparte de un personal incomparablemente simpático, y de unos paisajes más propios de un paraíso que de la árida y seca Meseta Castellana, tiene un bar muy bien cuidado y amplio en la Plaza Mayor, y unas fiestas del Rosario acordes con su fondo tradicional que apenas en este trabajo hemos llegado a insinuar.
Una copita con los amigos que nos ha servido el propio Emilio, el muchacho de las salinas, y de nuevo el campo como compañero de viaje. La misma historia de cada día por el dédalo de esta nuestra singular geografía guadalajareña: amigos, rincones incomparables que hay que dejar en su sitio para siempre, nostalgias… Hoy con el aliciente adicional de un paisaje no apto para el olvido.

(N.A. Febrero, 1984)