sábado, 6 de junio de 2009

MIRALRÍO


Es nuestro pueblo de hoy uno de los que, en cada viaje, sorpren­den al caminante, como una cuenta más en el original rosario de pe­queños lugares extendidos hasta los confines de la provincia por la carretera de Soria.
Miralrío es, amigo lector que conoces los campos serios de la zona, el pueblecito que partes por su mitad antes de caer de bru­ces en la hoya de Jadraque; el de la torre cuadrada de piedras planas, sin chapitel ni veleta, rematada en derredor por bolas enormes de granito, al estilo de los viejos campanarios aragoneses; el que, como hace Las Casas, se asoma a la vega del Henares, siendo testigo del maridaje eterno con el Bornova en presencia de una vieja casilla de campo, perdida entre la es­pesura de los álamos. Miralrío es, efectivamente, pueblo de voca­ción contemplativa, su nombre lo dice; pueblo que nació para mirar, sólo para mirar, desde la serenidad de su atalaya, el manso correr de las aguas serranas que acabarán en Portugal, como aprendimos de niños, por los cauces del Tajo.
A Miralrío acabo de llegar a eso de la media tarde. El sol ha perdido la poca fuerza conque acostumbra a lucir a estas horas en un día de avanzado otoño. Encuentro la plaza como un recinto de discreta extensi6n, rectangular completamente, adornada en su mitad con una fuente veinteañera y al fondo la torre de la iglesia que manda la sombra hasta la plaza. Hay cuatro mujeres sentadas en un banco debajo de una parra; están manicruzadas, muertas de frío. Me gustaría entrar en conversación con las cuatro mujeres de la plaza, en conversación paciente, larga, pero hay que romper antes los hielos de la desconfianza y eso lleva su tiempo. A pesar de todo, uno se da cuenta enseguida de que las buenas mujeres de Miralrío son abiertas, sin prejuicios, y que, en condiciones más favorables, de horario sobre todo, hubiéramos conseguido hacer amistad muy pronto. Las cosas, por hache o por be, no siempre se presentan como uno quisiera.
-Pues claro que hace frío, sí señor; pero mire, yo por lo menos prefiero el invierno, parece que está una mejor, se tienen más ga­nas de comer y todo.
- Es una lástima que pueblos tan bonitos como este se hayan que­dado medio vacíos ¿verdad?
-Ya ve usted. Bonito si que es; a la gente le gusta mucho. Aquí el que viene vuelve otra vez, eso si no se queda. Lo peor que tene­mos es la luz de las calles, por la noche no se ve ni gota. Las fa­rolas ahí están, pero no las ponen. No se vaya del pueblo sin aso­marse al Barranco.
El Barranco cuenta aquí con el protagonismo de todas las bellezas naturales habidas y por haber en la comarca y en los alrededo­res más próximos. El maravilloso espectáculo que ofrece el Barranco lo vi en otra ocasión y desde otro ángulo, también en diferentes circunstancias climatológicas y, recuerdo, que igual que hoy, me impresionó aquella tarde de mayo desde las eras del Rostro en las orillas de San Galindo. Ahora, la inmensa plataforma por donde ba­ja el Henares, no es aquel paraíso tapizado de "mie­ses a punto de hoz" a que nos referimos en otro tiempo, sino un callado dormitorio de la naturaleza, surcado de norte a sur por las regueras de los ríos que descienden cortando en su mitad la alfom­bra amarillenta de hojas caídas, postrero quehacer del otoño, precipitado aquí con los vientos y con las lluvias del mes de noviembre. Aunque todo cuanto desde allí se ve no tenía para mí nada de novedoso, el hecho de volverlo a contemplar, ahora con el asesoramiento personal de los viejos de Miralrío, dan al decadente paisaje de la vega toda la carga emocional de lo auténtico, el valor a tope de las cosas vividas in situ, a la hora y en su momento justo.
- Es muy bonito esto, sí señor, para qué vamos a decir otra cosa.
- A nosotros no nos dice nada porque lo vemos todos los días, pero la gente que viene por aquí, se va encantá. Acérquese usted hasta el morro de la Muela, que, desde allí, es divino todo lo que se ve.
No me acerqué al fin al morro de la Muela. El viento frío subía con tal fuerza, que sólo era apetecible esconderse en la solana de la iglesia con aquella media docena de ancianos simpáticos, hablando de lo que venía a cuento y de lo que no. Lejos, soplando el viento hacia nosotros con verdadera furia, Carrascosa, de casas salpicadas más allá de la chopera, y la ermita de la Caridad, vecina de los ríos; y Cogolludo, perdido en lontananza entre la sombras de la ladera; y el padre Ocejón al norte, compitiendo en galanura con las gélidas crestas de So­mosierra, que se pierden en mitad de las nubes con dirección a donde el sol se esconde.
- Allá abajo, en la ermita, hacemos una romería todos los años que para qué. Ahora se baja muy bien por la pista. Si quiere venir, ya sabe, el ocho de septiembre está ahí todo el pueblo y gente de los alrededores. Se pasa muy bien.
-Es admirable lo bien que saben ustedes buscarse los buenos si­tios. Seguro que en todo Miralrío no hay otro tan al abrigo como éste.
- Pues hombre, nos hemos sentado en la plaza, pero hacía frío. Nos hemos venido luego aquí, que siempre está más al resguardo del aire.
- Ah, pues en la plaza están ahora las mujeres. Por cierto, con una cara de frío...
- Déjelas estar, que son muy cotillas. Nosotros nos apañamos mejor solos.
En las pendientes de la Sarguilla se ven, ocultas sus puertas de entrada por la maleza, las bocas de las viejas bodegas de cara a la umbría. Las cuevas de Miralrío, como las cuevas de toda la pro­vincia, a excepción de algunas que vimos por la Alcarria todavía en uso, son lugares para el recuerdo a los que no se acerca nadie, ni siquiera los niños a jugar, porque no los hay.
-Buen vino se hacía aquí; bastante mejor que lo que nos dan ahora. Cuando la guerra nos escondíamos ahí, en las cuevas. Ya no hay quien les haga caso.
Con mi amigo, don Crispín García Baranda, hombre bajito y de buen humor, y don Ignacio Serrano, y los otros amigos de la solana del atrio, recuerdo haber vivido momentos memorables de verdadera calma, despi­diendo desde el alto las últimas luces que ya comenzaban a esconderse por detrás de las lejanas sierras, mucho más allá de los cerros de Alarilla, dejando la inmensa vega y las tierras de la Campiña envueltas en la sombra del atardecer.
-¿Dónde se juntan ustedes cuando el tiempo no les deja salir al sol?
-Pues en ninguna parte, porque la tele está ahora que da asco. Alguna vez nos vamos al bar, por allá por donde el frontón, pero poco.
A falta de manos jóvenes para trabajarla, Miralrío posee una hermosa vega destinada hoy al cultivo casi exclusivo de patatas. Según me dijeron, las patatas son el producto local por excelen­cia: buenas y abundantes.
-Hombre, tanto no será. Buenas sí que son las patatas de la ve­ga, pero eso de abundantes depende de cómo pinte la cosa. Este año parece que no salen mal.
Las calles del pueblo acusan, en estas horas avanzadas de la tarde, las trágicas consecuencias del despoblamiento. Son calles arregladas con esmero y hasta con algún que otro dolor económico por parte del municipio. Calles en las que intentan convivir, en su dispar presencia, las modernas construcciones de ladrillo, con­fortables y coloristas, con los corralones derruidos, con las es­combreras de añosas mansiones dejadas al olvido. Por la carretera todavía se ven arcos ochocentistas de dovela con fechas marcadas en la piedra. Un rebaño de ovejas grandes, de ovejas lustrosas que suenan sus esquilas al ritmo del careo, están mordisqueando en las praderas del frontón. El pastor se ha escondido en su manta de cuadros al abrigo de los cuchillos del juego de pelota. "Bar Las Acacias. Especialidad en conejos" dice un cartelito blanco pegado a la pared.
-¿Qué va a tomar?
-Una cerveza que no esté muy fría, por favor.
Me sirve un muchacho que no deja de mirar, sin decir palabra. El bar de Miralrío tiene al otro extremo de la sala alargada donde lo instalaron un poco de tienda, como un negocio aparte, como si nada tuviera que ver lo uno con lo otro.
-¿Atendéis a la vez las dos cosas?
-Claro; y no tenemos que correr. No ve que no hay gente. En verano es otra cosa, pero ahora, casi no viene nadie.
Es pequeño Miralrío, muy pequeño; pero, encontré en él cierto aire de pueblecito señor, algo que bien pudiera ser me­ra ilusión, producto simplemente de la imaginación del viajero, tan sensible a veces ante lo espectacular de los campos y ante la soledad de los pueblos. En cualquier caso, este simpático lugar, perdido en el anoni­mato de los bellos nombres de pueblos de Castilla, continúa allí, a la vista de todos, en aquel poético balcón sobre la vega, a la espera de un alma romántica,-loca o cuerda, qué más da-, que prefiera ganar dos horas de su vida contemplando, desde los bordes del Barranco, la dádiva sin par de la Naturaleza.

(N.A. Noviembre, 1982)