jueves, 4 de junio de 2009

MIRABUENO


Escondido, aguantando el chaparrón sin salir de su escondrijo, uno piensa que pudo muy bien haber pospuesto el viaje para mejor ocasión. En la plaza de Mirabueno el agua y el viento rugen por los cuatro costados, haciendo temblar las ventanillas del automóvil empañadas de vaho. Un regato que cruza en desbandada por la plaza, se lleva los efectos del aguacero buscando la vertiente del barranco. El tiempo no tiene por ahora perspectivas de bonanza. Bajo el ­olmo de la fuente pasa una señora luchando contra el vendaval que le acaba de dar la vuelta al paraguas. Hoy en el pueblo, uno se da cuenta en seguida de que no es dueño de sí, de que los elementos mandan, y, quieras que no, habrá que someterse a su antojo. La ra­dio ataca con una cuña publicitaria que habla de rebajas a la que sigue, como venido de lejanos mundos henchidos de nostalgias, el "Bandoneón arrabalero" de Carlos Gardel. Mirabueno bajo la lluvia aparece camuflado en un hermetismo desolador, en una cerrazón obligada donde necesariamente hay que abrir brecha, y pedir, por caridad siquiera, se me permita entrar en su alma de pueblo grande, saber de su vida con la confidencia de amigo fiel, hablar con sus ­gentes, adormiladas quizás junto al fuego, al son monótono de las canales.
- Mucha tranquilidad, sí señor. Por las mañanas parece como si no hubiera nadie en el pueblo.
- Pues, ya ve usted, sí que me gustaría ver al señor alcalde o alguno así que me enseñara el pueblo. Como hace tan mal día...
- Qué se yo. El alcalde igual está con las cabras. Es que ha puesto una miaja de aprisco.
Aquel amable señor, cuyo nombre me gustaría recordar en este momento, me atendió en una especie de zaguán repleto de leña y de aperos, preparando un canasto de troncos de roble para la lumbre en la cara opuesta de la plaza, al otro lado de la fuente.
- De todas maneras, vaya usted a ver a su casa. Vive muy cerca; allá por aquel callejón de enfrente.
La protección del paraguas nunca fue suficiente para poderse li­brar de la fuerza del temporal. Por las calles encharcadas de Mira­bueno las casas ofrecen en su conjunto un aspecto decrépito, de pueblo abandonado, donde no llegaron, salvo en alguna contada ocasión, los aires de la modernidad.
Encontré al alcalde en el aprisco, que no es, ni mucho menos, el tipo convencional de cabaña que cabría esperar, sino una nave inmensa levantada en la periferia, donde viven, magníficamente atendidas por sus dueños, dos centenares de cabras para la explotación. Son guapos ejemplares de la especie, de pelo negro, brillante; ani­males simpáticos que saludan al forastero lamiéndole los pies; ani­males acostumbrados a escurrir sus ubres cada mañana con las gomas de un extractor mecánico, que deben soportar de por vida, también contra naturaleza, no ver la luz del sol, ni saltar de risco en risco por aquellos roquedales de las tierras del Dulce.
- Eso es lo peor, que hay que tenerlas aquí, con lo bien que les venía a estos animales para vivir el sol y la hierba.
-¿Por qué no los sacan?
-Porque no nos dejan los de la Cámara Agraria. Dicen que des­trozan el monte. Claro, que eso está todavía sin demostrar. Esta raza no es como la de aquí; son animales mucho más pacíficos, y con un poco de vigilancia, ni llegarían a tocar los árboles; por lo menos, de destrozar, nada.
-¿Cómo las mantienen?
-Con forraje y con grano, lo que más.
-Para engorde parece extraño este tipo de ganado, ¿no?
-Es que no son para engorde. Se tienen más bien por la leche y por las crías. Paren dos veces al año, y por aquí por la zona son ya muy corrientes. Lo que más necesitan es atención. Para llevarlo bien hay que estar muy encima.
Mariano Portillo, el jovencísimo alcalde de Mirabueno, y José, su socio, me informaron con gusto y con amplitud de las particularidades, los pros y los contras de esta actividad para mí desconocida.
-Y para nosotros casi también. Lo llevamos un poco como en plan experimental todavía.
Con David, el juez, tan joven y amigable como el alcalde, me tiré al campo a pesar del mal tiempo, intentando cumplir una vieja ilu­sión que jamás pensé llegaría a término en un ambiente tan desapaci­ble: ver desde el Pico de las Eras el imponente espectáculo de las tierras bajas, que comienzan allí y se van extendiendo hasta las primeras estribaciones de la sierra.
-Desde aquí, estando el día claro, se ve el castillo de Atienza. Bajo el paraguas como único refugio, y soportando el azote de la lluvia que a impulso de los vientos del poniente nos venía dando de lleno en lo alto de aquel soberbio mirador, los hondos de la Quebra­da, salpicados de viñedos y de olivares, marcados caprichosamente por ramblas que siguen su curso entre juncares y zarzamoras, se mos­traban ante la mirada del observador como una estampa natural morte­cina, salvajemente hermosa, un cuadro indescriptible de transparen­cias y de sombras que la inclemencia se había encargado de plasmar meticulosamente con el pigmento de las aguas y de la soledad. Como fon­do las huertas, pequeñas heredades que descienden escalonadas entre laderas de encina y de matorral hasta perderse en la inmensa llanu­ra de cultivo.
-Los huertos los lleva la gente mayor para entretenerse. Ahí po­nen de todo. Aquellas son las bodegas de la Umbría, y las de la So­lana las tenemos aquí, debajo de nosotros. En este pueblo cada uno tiene la suya, y muchas que están abandonadas. El vino es todo de nuestra cosecha.
Desde la cruz de bendecir las vides, clavada en la misma peña del Pico, Mandayona se deja ver escondida tras la neblina, limpia e in­dustrial, abajo en el valle.
-Si quiere nos vamos a casa y nos secamos un poco. El tiempo pa­rece que no tiene muchos ánimos de cambiar.
En su casa conocí a don Luís Pariente, el padre de mi amigo David, el juez de Mirabueno. Don Luís es un hombre de extraordinaria afabi­lidad, abierto al diálogo, amante y conocedor como pocos de lo que fue su pueblo, y disconforme -quizás no le falte razón- de cómo al final vinieron rodando las cosas.
-En este pueblo, donde usted lo ve, se fabricaba cal, mucha cal. Todo el pueblo era una cantera de cal, y se hacía también carbón vegetal de buena clase, que luego se mandaba fuera.
-Y una romería, que para qué, según he oído.
-¡Hombre! La Virgen de Mirabueno ha tenido más trofeos que ningu­na de la provincia. De cuarenta y tres pueblos venía la gente en ro­mería. Aquí han venido ministros, obispos, y qué se yo. Con la cosa de la guerra se apagó, y después, parece que el Obispo se torció por la de Barbatona y ya, prácticamente, no queda nada. La fiesta de hermanos se celebra todavía el 12 de septiembre.
-Ah, pues tanto no sabía yo.
-Sí señor. Había que pedir permiso al Papa para sacarla en roga­tivas cuando el pueblo, o los otros pueblos, lo pedían.
-¿Dónde tienen ahora la imagen?
-En la iglesia. La iglesia fue en principio santuario de Nuestra Señora de Mirabueno. Es de estilo renacentista y data de 1701.
En efecto. La iglesia que después llegué a ver con el asesoramiento de don Luís Pariente, y la compañía de Mariano, el alcalde, es una magnífica obra del dieciocho, só1ida y conservada, cuyo portón principal salvaguarda de la insistente precipitación un pórtico le­vantado sobre tres columnas. Tiene el templo una sola nave y un re­tablo también dieciochesco que, curiosamente, no llena el ábside.
-Es que el retablo no es de aquí. Lo trajeron, creo que fue en el año 1944 desde Palencia, por mediación de don Alberto Martín Artajo.
Colocada sobre un templete que preside la parte más noble del presbiterio, diminuta y extraordinariamente bella, la imagen patro­nal de la Virgen de Mirabueno. Se accede por detrás a un camerino de restauración reciente que da paso directo a la imagen, donde, colas interminables de fieles de la comarca en tiempo de romería, y hoy sus hijos, residentes y ausentes, suben con fervor y una oración en los labios, a besar el manto maternal de la Señora.
-Estaba todo lleno de exvotos por las paredes. Ahora ya no queda más que esto. y había también unas cadenas del Cautivo. Dice la le­yenda que, por mediación de la Virgen de Mirabueno, uno de aquí apa­reció libre en el pueblo cuando lo tenían cautivo por África.
-Qué pena que se hayan dejado perder tantas cosas, ¿verdad?
-Ya lo creo. Abajo, en e1 sótano, estaba el tronco de la encina donde dicen que se apareció la Virgen. La gente le iba quitando as­tillas como recuerdo. Ya tampoco está.
La taberna de Gerardo, uno de esos rincones familiares y som­bríos de los pueblos donde siempre se está a gusto, fue testigo de mis últimos instantes en Mirabueno. Allí, tomando algo, y hablando de todo con los buenos amigos que la casualidad me fue poniendo al paso, dimos tiempo, sin advertirlo apenas, a horas avanzadas del me­dio día, viendo caer detrás de los cristales empañados de la ventana el turbión incesante, ahora de agua mansa, que los regatos de la calle se iban encargando de llevar a las torronteras del Barranco.

(N.A. Febrero, 1982)

2 comentarios:

Daniel dijo...

Unos datos apra corregir el artículo.

La Iglesia de Mirabueno es del año 1353 como hermita y del año 1575 aproximadamente y no de 1701, del año 1701 es la borbacana que cierra la iglesia por fuera, por lo que la Iglesia no es del S XVIII sino del S XIV

Asi mismo el estilo es Renacentista Rural.

Tampoco cuadra las fechas, el renacimiento va desde el S XV al XVI en España si se dice que la Iglesia es de 1701 no puede ser renacentista

Noelia CP "Las Ranas" dijo...

Enhorabuena y gracias por hablar también de Luis Pariente, mi abuelo materno y del juez, mi tío. La iglesia fue santuario e iglesia, nunca ermita.La diócesis debería volver a darle el valor que se merece a esta romería y arreglar la torre de la iglesia , visible desde el valle del rio Dulce. Parada ademas, de la ruta de la lana, del camino de santiago. Y cercana al camino del Cid.