martes, 16 de junio de 2009

MOTOS


Mas de tres horas de viaje y vislumbramos al fin, tras un leve montículo que hace el páramo antes de entrar en tierras de Teruel, al pueblo de Motos. Por entre los peñascales extramuros crece ra­quítico el boj silvestre, y las aliagas estrenan con el primer sol sus pulidas florecillas gualdas. Mayo va en buenas y por la mañana en estas latitudes todavía se siente el frío. El cielo se ve arrebolado e igno­ro lo que nos dará la tarde. Para llegar a Motos nos tuvimos que desviar desde la carretera de Orihuela, pasado Alustante, por un rama­l que nos ha colocado de inmediato junto al primer pairón. El cuentakilómetros del coche marca 208 de distancia a Guadalajara, de donde salí bien de madrugada. La gente por aquí se queja de lo lejos que les cae la capital y no les falta razón. Hay una balsa redonda, como una laguna., al pie de unos chopos y una fuente con pilar de si­llería, seca y abandonada, al otro lado del camino. Para subir a Mo­tos sólo falta ganar una cuesta dando la vuelta al cerro.
Cuando estoy en lo que sospecho que puede ser la plaza pública, la primera idea que se me ocurre es que el de hoy debe ser un pueblo extra­ño. Las calles son pinas y sin asfaltar, de tierra y guijarro; se me antoja un pueblo encantador dejado de la mano de Dios, o por lo menos de las manos de los hombres. Van a ser las once de la mañana y por ningún sitio se ve un alma. Poco más abajo de donde ahora estoy, veo girar el caldero a motor de una hormigonera. Hay a mi lado un arco adove­lado flotando en el espacio, de piedra limpia, que da paso a un pa­tio interior en donde hay una vivienda. Por falta de otro motivo de mayor interés, me decido a subir al cerro en donde se alza como una aguja el repetidor de televisi6n, una ermita con la puerta abierta de par en par y las cuatro tapias de piedra del camposanto. Luego sabría que a este le llaman el Cerro del Castillo, y que sobre él pesa una historia curiosísima de la que les daremos idea más adelante. ­En las antiguas eras de pan trillar yacen al sol los ape­ros agrícolas y se tuestan los neumáticos gastados de los tractores.
A un lado y a otro los apriscos del ganado, los pajares y los ester­coleros en los que picotean las gallinas. De pedrusco en pedrusco según se sube salta la moña, se acurruca la cogujada, aletea la fé­tida abubilla. El cementerio cae ladera abajo marcando la vertiente del cerro del Castillo; tiene una puerta artística, de hierro forja­do y retorcido en Alustante quizás. Las tumbas muestran un orden perfecto entre la hierba, las cruces blancas van una a continuación de otra en cuatro hileras rectas y escalonadas. La vecina ermita, en cambio es un canto a la desolación, no hay nada dentro, un azulejo por encima del arco de entrada dice: "Ermita de San Fabián y San Se­bastián". Si no se está al quite y se le devuelve al culto, aunque sea de tarde en tarde, la ermita acabará cayendo al suelo cualquier noche de aguaviento.
Desde esta singular atalaya se domina una inmensa comarca de pá­ramo. Al mediodía asoma la espesa pinada del Tremedal, ya en tierras de Teruel; los bajos fecundos del Rubial y de Santa María, y la ex­tensa vega de mies de la que vive el pueblo más al norte. Abajo Motos, con su esbelta torre cuadrada de mampostería y sillar impecable, y una docena de viviendas, pocas más, en las que habitan los veintisie­te pobladores que todavía quedan. Por cada uno de los caminos, como norma fue en todos los lugares del histórico Señor, se ven a la sa­lida los curiosos monolitos de su pairón.
Un gallo en las eras se desgañita a cantar; seguro que avisa al vecindario que esté ojo avizor, que hay moros en la costa. El solano eleva hasta donde yo estoy el bullicio del pequeño burgo: el rumor de la hormigonera, el trajinar de la gente, el canto de los pájaros, el olor a tomillo.
En la explanada del alto tuvo su cuartel general por aquellos años de l460, más o menos, el mal llamado Caballero de Motos, don Beltrán de Oreja, natural de Hita. Hoy, apenas queda el menor vestigio de la fortaleza. Las crónicas dicen de él que, ajustado como oficial por el Común de Molina., el "ilustre caballero" se dedicó al pillaje abierta­mente, se preparó su propio castillo, y se montó su personal ejército con todos los golfos y maleantes que pudo reclutar. Después sembró el pánico por toda la comarca enriqueciéndose, con malas artes naturalmente, de lo que pudo enganchar a la fuerza de los honestos moradores de la sierra. Muchas de las casas fuertes de la zona se levantaron, dicen, para librarse de la garra impía del caballero, o del bandido por mejor decir, Beltrán de Oreja, quien con el apelativo de Álvaro de Hita, impuesto por él mismo para burlar la ley, pasó a la historia, luego a la leyenda como un personaje mítico -incluso ejemplar- y luego al olvido. El castillo, para que de tan admirable huésped no quedara ni recuerdo, fue mandado derribar años más tarde por los Reyes Cat61icos.
Otra vez en la plaza me cuenta el muchacho de la hormigonera que él es hijo del pueblo, pero que vive en Alustante; que viene cuando hay algo de obra que hacer y nada más.
- Pues me parece bonito Motos, ya ves. Pero es tan difícil encontrar una persona siquiera...
- Ya; pero es porque no queda casi nadie. Ahí en la cochera puede que esté Jesús, el concejal que hace de alcalde.
Jesús López Martínez se llama el actual alcalde pedáneo de Motos, agregado al ayuntamiento de Alustante, que viene a ser para todos los efectos como la ciudadela cabecera de comarca. Luego de tantos años pisando pueblos, conociendo y tratando a tantos hombres anónimos y mu­jeres que son como fuentes de la raza puestas a secar porque la vida así lo manda, nada me impresiona la consabida hospitalidad molinesa. Jesús López Martínez es un hombre amable y complaciente, un señor que, como todas las personas honestas de las que por aquí se dan, tiene la virtud de la transparencia, que se le ve venir y se sabe a ciencia cierta adonde va., sin tapujos ni componendas hoy tan al día. El alcalde dejó el tractor en la cochera para más tarde y, sin quitarse el mono azul -ni falta que hace-, se marchó conmigo a enseñarme del pue­blo lo poco o lo mucho que me faltaba por ver.
- Ya he visto la ermita. Si no la atienden se les va a caer.
- Pues así es. El tejado lo tiene bueno. Somos muy pocos vecinos y parece que las entidades de fuera no están dispuestas a dar. Sí que corre peligro. Lo de abajo es el cementerio.
- Lo tienen como muy ordenado.
- Que va. Teníamos que haberlo agrandado un poco más por la era de abajo. Somos pocos ya los que nos tenemos que morir aquí, pero empiezan a haber problemas ya por cosa de espacio. ¿Quiere ver la iglesia?
- Igual me da. La he visto por fuera y me imagino que por dentro no tendrá demasiadas cosas que ver.
- ¿Que no? ¿Ha visto la de Alustante? Ésta no le anda de lejos.
- Yo encantado, claro; pero por no molestarle. Si quiere vamos.
Para entrar a la iglesia, de Motos se puede acceder a atrio por un par de arcadas gemelas, una a cada lado, con sendas escalinatas y barandal de piedra. La portada se conserva impecable, de piedra arenisca como acabada de poner. Sobre la doble portona hay una interesante muestra de clavetería que alguien tuvo la original idea de pintar de bar­niz. Los muros son de mampostería reforzada con sillar en las esqui­nas, en los ventanales y en los contrafuertes.
Dentro se da uno cuenta de que su acompañante tenía razón. La de Motos es una iglesia hermosa. El retablo mayor tiene la particularidad ­de no pasar desapercibido. Una buena exposición del arte plateresco, un tanto recargado, con curiosa ornamentación de imaginaria en la que se reconoce a San Pedro con la tiara papal, a San Andrés y a los cua­tro evangelistas. Pero sobre todo lo demás, sobresale por su patetismo y buen arte un Cristo de tamaño natural, procedente de escuela bizan­tina que recuerda, aun siendo talla, los que con posterioridad a él en el tiempo fijara al lienzo el insigne maestro del dieciocho italiano Giambattista Tiépolo. Debajo hay una talla en busto de la Dolorosa con el corazón traspasado por una espada. Luego, nos detenemos un momento en los retablos laterales del Rosario y de la Virgen de la Rosa.
- Este altar de aquí es el que dicen que tiene más valor.
- Es verdad; todo pintura. Un poco estropeadillo se ve.
El retablo en cuestión lo forman una serie de tablas, al parecer flamencas, donde se ven representadas figuras de santos y escenas di­versas de la vida de Cristo.
La techumbre luce elegantes y perfectas nervaduras en ojiva de los últimos tiempos del gótico. Atrás el coro y el baptisterio como suele ser norma en los templos de la época. El alcalde me invita a que suba con él hasta el campanario.
-Al de Alustante se sube por el caracol, ¿verdad'?
-Sí, este tiene la subida de madera. Tenga cuidado con la, palomina, y de las pulgas que alguna habrá.
Una Vez arriba vuelve a repetirse a través de los seis vanos el grandioso espectáculo paisajístico que vimos desde el Castillo. Mucha tierra baldía en las lomas, grises, improductivas.
- Eso es lo malo. Las lomas es que son piedra y no sirven para na­da. La vega, en cambio es lo mejor que tiene el pueblo.
Nos fuimos luego al pequeño local de la secretaria, a la que se su­be por cuatro escalones junto a un ventanuco en el que hay colocado un curioso esquiloncillo de bronce.
- ¿Y esa campana?
- Era un campanico para acudir a la escuela cuando éramos chicos. Ahora se emplea para sustituir al alguacil, que no tenemos, y cuando viene el médico también se toca.
En la oficina municipal hay una mesa con papeles del correo y una máquina de escribir que nadie usa, una estufa de leña y un ar­mario antiguo con documentos y polvo. El alcalde me saca para que lea el trabajo de don Francisco Layna Serrano sobre el Caballero de Motos. De despedidas ya, Jesús me cuenta que lo que hay junto a la laguna como más nuevo no es un pairón, sino una cruz en recuerdo de un chico primo suyo que se ahogó estando de broma con los amigos en la balsa por un corte de digestión.
Apenas me detuve en la fuente de la plaza antes de salir. Dos cho­rros de agua fresquita y de grato paladar caen de la fuente. Cuando la hora del medio día se empieza a imponer, con el sol de mayo sobre las casas, emprendo el viaje de vuelta: doscientos ocho kilómetros nos separan de la capital. Ignoro si la cifra será igualada en algún otro caso dentro de la geografía española. Tres horas largas de viaje sin parar pisando tierra de una misma provincia. Palabra que me gustaría conocer el dato.

(N.A. Mayo, 1985)

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