domingo, 28 de junio de 2009

OLMEDA DE JADRAQUE


Atrás Sigüenza, lejos las murallas de Palazuelos y más adelante el empalme de Riosalido. La carretera por la que pretendo llegar hasta La Olmeda es blanca y descarnada. En tanto que el día acaba por cuajar, el viento frío de las mañanas de Castilla eriza la piel y uno siente, a pesar de las fechas, cierta pereza por bajarse del automóvil. A medida que la mañana va entrando, el campo se vuelve sereno, las colinas se ondulan suaves dando lugar a un horizonte apacible, agreste y calmoso al mismo tiempo.
Cuando se da vista a las salinas el panorama cambia. Ahora el silencio tomo como fondo el continuo piar de los gorriones entre las tejas del viejo almacén, el canto de la alondra y el punteo acompasado del cuclillo. Las albercas transparentan bajo el agua las formas planas de las piedras que le sirven de base y que la sal habrá de cubrir a mediados de agosto. No es ninguna novedad en la provincia el chocar con estos milenarios manaderos, donde por primitivas artes se extrae el producto sólido que las aguas de ciertos ríos llevan en su composición: Saelices, Imón, La Olmeda, son nombres de pueblos nuestros que uno no concibe si se les priva de su relación con la industria artesanal del cloruro de sodio.
Al andar por los senderos empedrados que quedan entre los distintos departamentos, uno tiene la impresión de hallarse contemplando en sueños la ruina de alguna ciudad legendaria que se tragó el mar. En los caminos se nota la rebaba blanquecina de los primeros restos, mientras que la vida vegetal no existe en las zonas de mayor o menor influencia por parte de las aguas.
Al lado de las salinas están las antiguas viviendas de los salineros, con su ermita y sus puertas cerradas a cal y canto. Desde la ventana de un balcón en el piso alto me mira con curiosidad una señora. No sé si habrá alguna persona más en todo el caserío de las salinas. Sobre la pared se ven algunas prendas de vestir tendidas en la cuerda. Al acercarme me doy cuenta que hay una niña al lado de la mujer que me sigue mirando. Les hablo desde la pradera, al pie del balcón.
- Buenos días. ¿Por dónde se va al pueblo?
- Por ahí. Por aquel camino arriba.
- ¿Sólo viven ustedes aquí en las salinas?
- No; vive también otra familia, pero son ya mayores y se van a jubilar.
- ¿Para cuándo saldrá la sal?
- Ya pronto. Cuando empiecen los calores de julio saldrá enseguida.
Al pueblo se sube por un camino de tierra. Quiero recordar que en este momento tal vez sea éste el único pueblo de la provincia al que hay que llegar por camino de tierra. Una vez en él las casas son de piedra vieja, y las calles -sólo una, pero muy larga- se ven hierbas de no pisar.
La calle de La Olmeda ofrece al visitante un aspecto desolador. Las más hermosas casonas del pueblo viejo están sin habitar. A mitad de la calle hay tres acacias en un altiplano que supongo será la Plaza Mayor. Desde este lugar se oye el sonido a todo volumen de un aparato de radio emitiendo una canción testimonio. A mi derecha aparece un arco de medio punto por el que se entra al atrio de la iglesia. El piso se ve plagado de mielgas, de vallico y de toda clase de matujos. La barbacana del pretil ofrece en primer plano una buena parte de las casas de La Olmeda que, a la vista de lo que hay a derecha e izquierda, uno acaba por pensar que en otro tiempo debió de ser un pueblo grande y próspero; opinión que con unos cuantos detalles más se acabaría confirmando después. Desde el mirador del atrio el pueblo parece navegar entre la pendiente y el bajo de las huertas, donde cunden las apretadas choperas y los matorrales. Más allá la larga vega de cereales en la vertiente norte y los cerrucos pedregosos por los que apenas se da el tomillo, la aliaga, y tal vez la mata de la espartera. La portada románica de la iglesia permanece bajo u tejadillo sin que me sea posible, al menos por el momento, entrar a su interior. El campanario en espadaña de forma triangular, al gusto de los primeros años del siglo XIII, se levanta orientada hacia la puesta del sol, con sus dos vanos y sus dos campanas que uno presiente de sonoro y solemne sonar.
Un joven con barbas lee a la sombra tumbado en una hamaca en el barrio de arriba. Tiene a su lado el referido radiocasete con otra canción mensaje a todo volumen. La Calle Mayor se estira cada vez más. A medida que uno camina por esta calle buscando su final se ven más casas deshabitadas, más hierba en los zócalos y oye cantar más grillos. Al pie de una soberbia mansión de noble traza hay todo un vergel medio silvestre alegrando la entrada: caléndulas, alhelíes y azulinas, dan el color, mientras que el aroma a naturaleza viva lo presta el sándalo y la hierbabuena. Uno piensa que es La Olmeda, para mal suyo, uno de los lugares más necesitados de atención que conoce.
A falta de personas con quien charlar o de otros motivos que desdigan de tanta soledad, bajo como puedo por un sendero estrecho hasta la fuerte sillería que hay en las orillas, cerca de la chopera. Consta escrito en el frontis que se construyó en 1888. Tiene tres caños que manan abundantes sobre un pilón. El agua corre después hacia el sombrío lavadero público en donde nadie lava, y luego se pierde en el barranco sin que haya quien saque provecho de su fertilidad. La fuente de La Olmeda es un rinconcito venerable, grandioso y romántico, que uno guarda en la memoria con especial afecto. Lástima que no haya nadie, ni vivo ni muerto, que sepa aprovecharse de tanta virtud.
Ya de regreso, comenzando a desandar de nuevo la Calle Mayor, la vista se detiene en los historiados balcones de las casas, en las figurillas geométricas, en las fechas y lecturas marcadas sobre las paredes, y en los enmarques de azul que se cuelan por los ventanucos de las casas en ruina.
Dos niños suben desde el barranco por una senda llevando un botijo en la mano. La hierba de la cuesta les llega casi hasta la cintura. Adivino que a más o menos altura de la que acabo de ver, pero más metida en el pueblo, hay otra segunda fuente. Tal vez tenga la misma fecha que la primera, las mismas piedras y hasta los mismos chorros.
- Sí, es muy parecida a la otra, pero sólo tiene dos chorros –me explican los niños.
- ¿Vivís en La Olmeda?
- No. Nosotros vivimos en Madrid, pero venimos algunas veces.
El frontón de pelota, limpio y de construcción reciente, levanta su muro de jugar un poco más arriba. No hay nadie en el frontón. El joven de la hamaca baja poco después a recoger algunas cosas de su coche. Se ve que es un muchacho atento, pero muy poco explícito. La presencia del desconocido no le ofrece demasiado interés.
- Buenos días.
- Buenos días.
- ¡Que pasa en La Olmeda, que no hay gente!
- Creo que de continuo viven tres. Un matrimonio a la entrada del pueblo y un chico soltero que vive solo a la salida. Hoy, como es sábado, hemos venido otros tres o cuatro de fuera.
- Qué pena. Debió ser un buen pueblo, según parece.
- Sí, después de Sigüenza es posible que fuera en tiempos el mayor de la comarca.
La casa de don Robustiano Barahona, alcalde pedáneo, es una de las que en cualquier época del año están habitadas por sus dueños. Don Robustiano Barahona, y su mujer, doña Blasa Ruiz, son dos personas atentísimas con las que uno consigue hacer buenas migas al poco de presentarse a ellos. Don Robustiano es un señor de oído duro y de conciencia recta, castellano antiguo y sin doblez al que uno debe garantizar su hombría de bien para que le acepte como amigo.
- A ver. Pues sí que están las cosas como para fiarse de cualquiera ¿No le parece a usted?
El amplio portalón de la casa es fresco y acogedor, remanso de bienestar del que la señora Blasa me sale a recibir en el momento mismo de llamar a su puerta. Del portal cuelgan en las paredes algunas fotografías antiquísimas, todas enmarcadas, muy grandes, y una escopeta de caza de las de hace más de medio siglo. En las fotos -vivo documento del costumbrismo local en los años veinte- se recogen varios momentos de la procesión del Corpus. Se pueden ver a los hombres cubierto su cuerpo con la clásica capa castellana, a las mujeres embutidas dentro de su típico sayal de tejido grueso, y a los niños con sus cabecitas caladas con boinas de paño negro, mientras que el sacerdote sostiene, grave y solemnemente, la custodia bajo palio. Las fotografías son de un indudable valor documental.
- Pues ya ve usted lo que son las cosas. En un trastero del ayuntamiento andaban las dichosas fotos tapadas de polvo, allí para tirarlas. Las limpié con cuidado y ahí están. Uno de esos chiquillos de la boina soy yo, y la chiquilla esa del lacito es mi señora. En el pueblo éramos entonces más de quinientas personas.
Don Robustiano, que antes me había pedido por favor que no dijese nada en perjuicio de su pueblo, y doña Blasa, su mujer, me acompañan a ver la iglesia. Un gesto que no les pido, pero que ellos me ofrecen gentilmente y yo acepto gustoso. Por cuanto a la iglesia, preveía su interés y se confirmó mi sospecha.
Por la portada románica que había visto antes pasamos a su interior. La iglesia tiene dos naves. El retablo mayor es de estilo neoclásico y está presidido por la imagen del evangelista San Mateo. Otro lateral está dedicado al Santo Cristo. Acerca de sus enrevesadas formas me intenta asesorar la mujer del alcalde.
- Dicen los curas que tiene mucho valor, que es del estilo roquero.
- Rococó querrá decir, o barroco.
- Eso. Con el Santo Cristo se cantaba antiguamente el Miserere. Se subía y se bajaba la cortina.
Me llaman la atención dos lienzos enormes y bastante deteriorados. Uno representa a la Inmaculada Concepción según la escuela de Zurbarán, y otro al apóstol San Andrés. Pero sobre todo un tercero de menor tamaño, donde se recoge la curiosa escena de un franciscano, puesto de hinojos ante la figura de Cristo y de su madre Santa María. El lienzo lleva bien visible la firma de Matías Jimeno y la fecha de 1644.
- A la Soledad le tenemos mucha devoción en este pueblo. La subimos aquí, pero antes la teníamos en su ermita.
Se extraña el alcalde de que en la iglesia toda predominen las formas románicas, en tanto que en la nave lateral los arcos rematan en ojiva, lo que deja claro el tiempo de su construcción como posterior.
- Es curios –me dice. Una parte la hicieron los romanos y la otra los griegos.
- Qué va, las dos son de mucho después. Los romanos y los griegos no hacían las cosas así.
La iglesia, por lo demás, está perfectamente conservada y atendida. Se ve que el cura y los pocos colaboradores que le hayan querido ayudar, echaron allí algo más de lo que sus fuerzas le permitieron. En las baldosas y las tumbas del pavimento, en los bancos, en las paredes y en los altares, hablan el buen orden y la limpieza
- Pues mire, a ver si nos dan algo. Muchas promesas, pero luego nada.
Desde afuera, las sierras de Bujalcayado parecen más lejanas con la fuerza de la luz. El cerro de Castilviejo, donde según los decires hubo un castillo y vivió doña Urraca, se desgrana sobre la cumbre de peñascos color ceniza dando buena fe de la severidad de estos campos. Junto a la iglesia La Olmeda de Jadraque, deshabitada y moribunda, testigo de unas formas de vivir según el soplo de los tiempos con las que, permítaseme, siento no estar demasiado de acuerdo.

(N.A. julio, 1987)