viernes, 26 de junio de 2009

OLMEDA DE COBETA


El Sabinar debiera haber sido su nombre, y no La Olmeda. El escondido lugar de la provincia al que ahora voy, se rodea de enormes superfi­cies boscosas de sabinas y de campos agrios por los que nunca va el hombre, salvo algún cazador de lebratos o de perdiz y de otras piezas menores que, al ruido más insignificante, corren a esconderse junto a las tronqueras de los arbustos en donde nadie los ve.
- Pues, qué quiere usted que le diga. También se ven algunos olmos abajo, por donde los Hoyos; lo que pasa es que los pobrecitos se están secando con eso de la enfermedad.
La Olmeda es por situación pueblo vecino a la villa madre de Cobe­ta, al monasterio de Buenafuente del Sistal, al Villar y casi a Huerta­hernando, escuadra destacada de lugares que en buena parte enmarcan nuestras tierras del Alto Tajo. Fin de semana del segundo mes del año. Un poco de sol. Las frescas brisas de la vega mueven arriba la ropa que las amas de casa tendieron a secar en las cuerdas de su fachada.
A La Olmeda se entra teniendo junto a sí un curioso monumento de pie­dra ruda, a modo de grueso pairón molinés, rematado con una cruz de forja. En la solanilla de la plaza, esquina casi con la calle de la Iglesia, cosen dos mujeres sentadas como al abrigo de la tarde. Doña Dionisia lo hace de espaldas al sol, con un pañuelo sobre la cabeza que utiliza de sombrilla. Doña Epifanía no. Se ve que las dos mujeres son nacidas aquí, y aquí morirán si Dios quiere como las sabinas y como el espliego. Antes de acercarme acude al grupo otra tercera mujer, delgada ella, muy delgada y con el pelo color oro viejo: doña Teresa. Uno, que está hecho a compartir todo tipo de conversaciones intrascendentes con personas de los cuatro puntos cardinales de la provincia, ­se acerca al simpático trío de señoras olmedanas con la convicción de que, ya de entrada, se entenderá con todas ellas como si las hubiera conocido de siempre.
- Buenas tardes tengan ustedes.
- Buenas tardes nos dé Dios.
Silencio ahora. Unos segundos de silencio nada más, que doña Dio­nisia aprovecha para mirarme disimuladamente sin quitar ojo.
- Qué bien están aquí. No me digan que este rincón y esta tranquilidad que tienen no son una envidia.
- Pues sí que lo es, ya ve. Pero siéntese un poquito con nostras aunque sea en el poyo, y platiquemos todo lo que nos dé la gana ¡Qué prisa tiene! Porque usted es el señor Belinchón, ese que va por los pueblos, si no me equivoco.
- Sí señora, para servirle, ese soy yo.
- Le he conocido por la foto del periódico, ¿sabe? En mi casa lo le­emos todas las semanas. Pero en la realidad parece usted más joven.
- Muchas gracias. Son ustedes muy amables; ya me lo imaginaba yo. ¿Qué es lo que hacen?
- Ya lo ve, pasar un poco el rato. Cuando nos aburrimos de hacer una cosa nos metemos con otra. Mire usted, por las mañanas arreglamos la casa, las gallinas y todos esos asuntos. Por la tarde nos liamos con la colcha del ganchillo, y por la noche que si el periódico, que si la tele y demás, no crea, que el tiempo corre que vuela.
- Pues, qué bien. Tenía yo como un poco de cargo, pensando que en muchos pueblos la gente no sabría qué hacer.
- Nada, no señor, de eso nada. Aquí siempre tenemos algo que hacer. Tan majos que somos los de los pueblos. No hay jóvenes, eso sí es verdad. Ni mozos ni mozas. Todos se van.
Las chicas, si sale al caso, se arreglan por ahí mejor que los hombres.
- Pues, lo que es hoy, como yo no me vaya de aquí me parece que tie­nen ganchillo para rato ¿Cuánto se tarda en hacer una colcha?
- Hombre, eso depende. Si lo cogemos con codicia, en tres o cuatro meses se puede hacer.
- Contando conque en La Olmeda ya no hay jóvenes ¿Cuántos quedan de los que ya no lo son tanto?
- Pues mire, se lo voy a decir. Casualmente yo los conté casa por ca­sa el otro día. Somos cuarenta y cuatro personas, y veinte casas abiertas. Ni uno más.
A lo largo del rato, intentando callar de vez en cuando para que las mujeres moviesen, animadas por el silencio, la aguja de la labor, se habla mucho y se habla de todo: del campo, de los huertos, de los que se van del pueblo, de la fiesta de San Jorge, de las monjas de Buena­fuente y del médico que los asiste que, por lo que me cuentan, se lo quieren quitar.
- Pues no crea que se lo decimos en broma, no, que la cosa va en serio. Que se dice que nos lo quieren quitar. Como también dejen de venir las monjas de Buenafuente, entonces si que nos arreglan.
­- Si, tengo idea de que vienen a ayudar a los más ancianos por varios pueblos de la comarca.
- Claro que si; y si hay que poner una inyección también la ponen. Lavan la ropa en dos o tres casas. Por lo menos vienen dos o tres veces a la semana.
Lo que no me parece tan bien es que una fiesta como la de San Jor­ge, se la hayan tenido que llevar de su 23 de abril. Parece que en otras fechas no pega.
- Ya, pero cuando vienen lo mozos, como son ellos los que se divier­ten, se la ponen a su gusto. Ahora se celebra el último domingo de Ju­lio. Hay años que coincide con el día de Santiago.
Doña Teresa tiene a bien indicarme la salida por junto a la iglesia para ver el pueblo y sus alrededores con un relativo orden. Apenas sa­lir, llama la atención al noreste la vega y el barranco que los del pueblo llaman del Cerezo. En los bajos de la vega se ven, asurcadas con perfección, las moñas del espliego.
- Sí señor, todo aquello es espliego. Hace ya diez años que lo plan­tan. Hay que llevarlo a Chiloeches, allá por Guadalajara. En ese pueblo lo destilan, lo hacen esencia y eso.
Las tierras de Sonsarios y de La Reguera continúan en un mismo plano más a la salida del sol, todo de sabinas. Luego los campos de labor del término de Cobeta.
- La calle ésta por la que vamos ahora es San Jorge. Por aquí traen en pro­cesión al santo dando la vuelta el día de la fiesta. Ahí detrás tienen como un poco de bar. No sé si estará abierto.
Es una plazoleta chiquita, con barandal de hierro y vista a los huertos. En las antiguas escuelas se ha preparado su saloncillo para bar, otro para consulta médica y espacio también para secretaría. Al instante aparece Fortuno, despistadillo el hombre, con las llaves del bar por si lo quiero ver.
- No, muchas gracias. Ahora es que no me apetece nada.
Fortuno se queda como un poco despagado con las llaves sin usar. Me explica la señora Teresa que más allá de donde están los huertos tenían antiguamente las eras de trillar, cuando las mulas. En un tablarcillo, no lejano, mimbrean con el viento de la tarde las agujas de un azafranal.
- Qué raro, ¿verdad? El azafrán parece más propio de La Mancha.
- Alguno hay también por aquí, pero muy poco.
Campos, campos de riego a fuerza de sudor y labores minuciosas ocupan las modestas heredades de los huertos. En las vertientes sombrías que miran al norte, la piel interminable del sabinar. Paisaje crudo en absoluta calma, donde la vista y el Ánimo descansan juntos.
- Más abajo hay un arco muy antiguo en la casa.
Arco adovelado por el que se entra al patio de una vivienda antigua, aleros voladizos cargados de años, vantanucos de hogares en donde nadie habita, todo, como La Olmeda entera, mirando con los ojos entreabiertos a los débiles rayos de la atardecida. Más adelante pasan el rato sen­tados sobre los poyos de sus casas los cuatro ancianos de la calle de la Fuente.
- Buenas tardes.
- Buenas tenga usted.
La fuente de La Olmeda es original. Media docena de escalones des­cienden en subterráneo hasta el tremendo chorrerón, cuyo conteni­do inaplicable se perderá por la, reguera de los huertos. La, señora, Te­resa me cuenta, con no poco misterio, las extrañas virtudes del agua de la fuente.
- Es un agua muy buena. En este tiempo sale caliente, y en verano fresca. Qué cosas, ¿verdad usted?
- Ya lo creo.
Ahora pita al entrar al pueblo la furgoneta de un vendedor de Cobeta. El señor Román, marido de la señora Dionisia, trajina con el azadón en el cuadro chiquito de su huerto, moviendo la tierra demasiado ­húmeda. El señor Román ha reconocido al forastero inmediatamente y le recibe con gozo y con familiaridad.
- Pues ya ve. Preparando un poco la tierra para sembrar ajos.
- ¡No me diga! Casi a finales de febrero. El refrán dice que no debe ser así, que cada día que pasa de enero pierde un ajo el ajero.
- ¿Y qué más da? Sólo quiero sembrar un correjo para la cosa del gasto. Luego ya se sembraran las patatas y todo lo que salga.
- Mucha agua ¿no?
- Bueno, no tanta. En verano flojea bastante. También hay pozos en cada huerto para regar a cubos. Antiguamente esto era un lío. Teníamos que pasar aquí la noche aguardando turno para regar. Ahora ya no ¡Para qué! Si somos cuatro de ellos.
El señor Román, la señora Teresa y yo subimos otra vez hasta la plaza. Junto al juego de pelota, me cuenta el señor Román que no es nuevo, que se hizo en 1920, pero que hace poco lo restauraron y le echaron el piso.
- Afición sí que hay, lo que pasa es que no hay quien juegue. En mis tiempos, eso de jugar a la pelota los días festivos era de continuo. Ahora aún juegan en verano, y con el piso arreglado todavía mejor.
El frutero de Cobeta se ha instalado en medio de la plaza. Mis amigos tienen todo a punto para llevarme a ver la iglesia. Doña Dionisia y doña Epifanía continúan en el rincón dándole a la aguja. Al cabo vino la llave y pudimos entrar. Se pasa bajo el clásico teja­dillo columnado de tantas iglesias de nuestros pueblos. En su inte­rior no es demasiado espaciosa, tiene el piso de tarima contra los fríos y está muy limpia. Al fondo hay un humilde retablillo barroco presidido por una imagen de Santa María Magdalena penitente sosteniendo una cruz. A los lados tiene otras dos imágenes sencillas: San Jorge alanceando al dragón y la Virgen del Rosario. El dragón de San Jorge parece más bien un perrucho pintado de negro, mientras que la lanza del Arcángel va adornada con flores artificiales y con cintas de colores como las capas de los tunos. En las recogidas capillas que forma el crucero están las imágenes de la Dolorosa y de San Roque. El coro se asoma a la nave desde sus pies con balaustres de madera pintada.
- Pase a la sacristía. Ahí tenemos un cuadro de la Virgen de Montesinos que regaló un señor.
- ¿También asisten desde aquí a la romería de Montesinos?
- Antes sí que íbamos. Los de cada pueblo acompañando a su cruz, perro ya ni aun eso. Ese día se pasaba muy bien, ya lo creo.
La tarde va de huida en Olmeda de Cobeta. Las últimas luces del día vienen a estrellarse contra la chata espadaña del campanario. Nos se ve a nadie por los alrededores del pueblo. Cuando el sol limpio del Alto Tajo decide esconderse tras las lomas del poniente erizadas por el sabinar, las dos campanas comienzan a diluir su color de bronce con las primeras sombras del anochecer. Hace frío.

(N.A. Marzo, 1987)