jueves, 4 de junio de 2009

MIÑOSA, LA

Un camino de tierra cenizosa y de descarnado rodar me lleva desde los aledaños de Atienza hasta el escondido pueblecito de La Miñosa. Metidos muy de lleno en la languidez de este otoño serrano, uno piensa si será la de hoy la última salida a tierras frías y tan lejanas antes de la próxima primavera, o tal vez el favor, no siempre deseable de la climatología y su vocación viajera le pongan de nuevo en marcha, no muy tarde, con rumbo a cualquiera de los insólitos lugarejos que la provincia le pudiera tener ocultos al otro lado de las montañas.
En un instante de mi andar por aquella senda, contemplo de cerca la estampa maravillosa del castillo de Atienza, inmenso, antiguo, provocador, recortando en el azul su silueta inconfundible de torreón a proa, donde se fraguó -la piedra es testigo- alguno de los más celebrados acontecimientos de la historia de Castilla.
Es la primera vez que intento llegar a un pueblo, habitado por personas con todos los derechos que su condición le otorga, por un sendero imposible, por una vereda indigna incluso para el paso normal de animales de carga. Y uno se pone triste, sí, muy triste, oteando a horizonte abierto la pureza del campo, del pico al collado, del barranco a la vertiente escabrosa, buscando un poco a la desesperada la estación términi. La vía ruin por donde camino se va extendiendo como serpiente moribunda por lomas, por laderas, por vallejuelos huérfanos de vegetación, cuyo rigor difícilmente soportan por toda muestra los chaparros y las retamas.
Y así, a riesgo de haberme podido quedar en cualquier pasadizo sin coronar la hazaña, se da vista a La Miñosa al final de una pendiente muy pina que baja por mitad de un hosco ribazo salpicado de piedras pardas, de estepas y de aliagares. Media docena de colmenas en línea esperan bajo el último sol del mes de octubre junto al paredón de una cerca. Después, el pueblo. Hay un anciano solitario al entrar en La Miñosa, sentado encima de una piedra poco más acá del olmo de la plaza
-Buenos días. ¿Cómo tienen ese camino tan infernal para venir al pueblo?
-Pues mire, qué quiere que le diga. Lo tenemos así porque no nos hacen otra cosa. Y eso poco que, que por lo menos con caballerías nos vale para salir de aquí, no se lo debemos a nadie, lo hicimos los hombres del pueblo por nuestra cuenta a fuerza de pico y pala. Cinco kilómetros casi hasta el empalme. ¿Qué le parece?
-Muy mal. ¿Qué quiere usted que me parezca?
-Si tuvieran vergüenza, yo digo que se les tenía que caer la cara por tenernos así. Aquí no quieren entrar los vendedores, ni nadie. Los del pueblo que viven fuera no vienen casi nunca porque destrozan los coches, Y para comprar, haga frío o calor, tenemos que salir hasta Atienza con las caballerías, el que las tiene, y el que no allá se las entienda. Este pueblo es una pena, una pena muy grande.
En cuestión de minutos el vecindario de La Miñosa se puso alerta. Sin que el Tío Eusebio hubiera terminado de descargar sobre mí su larga letanía de lamentaciones, ya era todo el barrio, nueve o diez personas, las que contemplaban de cerca lo animado de la conversación, en la que sólo me limito a escuchar. Las mujeres entran después en escena.
-Tiene que haber por ahí algún demonio que meta la pata, sí señor, que se lo digo yo. Alguna malquerencia de alguien o lo que sea. Pues no hace años que tenían que bajar los hombres hasta el riato, a sacar de los barros el coche del médico cuando venía en el invierno. Y aún seguimos así. Mire usted a ver si puede hacer algo por nosotros.
-Pues no crean que no lo siento. Yo soy un pobre hombre, lo mismo que ustedes, sin más poder que el de mi indignación cuando veo estas cosas. No se preocupen, que haré lo que pueda: contarlo, para que la gente se entere. A ver si los que deben hacerlo toman conciencia y el día menos pensado tienen ustedes la carretera que se merecen.
Los pocos hombres que formaban el corrillo: el propio Tío Eusebio, el Tío Fausto, el Tío Agapito, y Julián Cuenca, el alcalde, que se unió después, tuvieron a bien acompañarme hasta la orillas del pueblo, para conocer los parajes más interesantes de las cercanías por la parte que limita con el río. El alcalde me invita a pasar al antiguo salón de la escuela pública en la Calle Mayor. Es un local pequeño, en el que queda de la que fue su primera función un par bancos multiplaza, de aquellos en los que se acomodaban como podían ocho o diez chiquillos sentados sobre un incómodo barandal, y un tablón carcomido a diferente altura donde escribir y apoyar los brazos. Me explica el alcalde que el aparato de televisión pequeño que hay encima de un armario se compró cuando no tenían luz eléctrica, y que le hacían funcionar por medio de pilas; que allí pasa la consulta el médico los días que le toca; que en invierno dicen allí la misa por ser más abrigado que la iglesia, y que, detrás de la cabina de las votaciones, está instalado el teléfono público para llamar afuera cuando ocurre algo.
-Y también será, pienso yo, donde reciban a las autoridades cuando allá de uvas a peras aparezcan por aquí ¿no?
- Nada, no señor. En La Miñosa no se les van tronzar a ninguno las piernas. Los que mandan, aquí no han pisado nunca.
-¿Cuántos habitantes son en el pueblo?
-Pocos. Quedan unas diez casas abiertas. No hace mucho que fuimos treinta y cinco vecinos, o alguno más.
A partir de aquí mis amigos me hablan sin un determinado orden, sin cederse la palabra cuando creen que algo de interés me puede ser útil. Después bajamos hasta la fuente, donde otras dos o tres personas toman el sol sentado en los bordes de cemento. El agua de la fuente es riquísima, muy fría, y va cayendo con regularidad sobre el pilón del abrevadero. Por la vega del Cañamares el río se ve bajar embarrancado por detrás de las aneas y de los juncos marinos. El río se ciega tras cruzar el puentecillo de maderas y vuelve a aparece más abajo, perdiéndose después en busca del pantano de Pálmaces.
-Pues dice usted. Este río es muy traicionero. Cuando se pone soberbio no hay quien lo aguante. Arrea con toda la vega en banda y alguna vez ha llegado a saltar por encima del puente.
Por las huertas se ven praderas sombrías, bajo la pompa amarillenta de los chopos del plantío que se salvaron de la última tala.
-Como estamos metidos en un hondo, desde aquí todo lo que se ven son cerros. El que hay con una cruz de palo encima del pueblo es la Cabezuela, al de la solana le decimos la Torrecilla, y los de por esa otra parte les decimos las Covatillas, la Llana y el Monte de Roble.
-Yo pienso que con tanta vegetación y tanta quietud tendrán buena caza.
-Algunos jabalines se andan trayendo, y corzos también hay bastantes. Cuando vienen los cazadores nunca se van de vacío.
En las aguas turbias de la charca que cruza el puente, nadan los pececillos en bandadas que van y que vienen caprichosamente, sin asustarse del grupo observador que los mira desde lo alto y les tira piedrecitas.
-Esto es muy tranquilo ¿sabe? Demasiado tranquilo. Ni tanto jaleo como en la capital ni tanto silencio como hay aquí. En verano aún vienen algunos y ponen las tiendas de campaña por debajo de los chopos. Ahora, ya lo ve, todo tan quieto.
Otra vez en la plaza del olmo me subo con Julio Cuenca, el alcalde, hasta el pórtico de la iglesia. Se va por una callejuela en cuesta, pavimentada con piedras que se desgastaron de tanto pisar. La iglesia de La Miñosa tiene como portada un arco románico, muy sencillo, bajo un pórtico que se sostiene sobre dos columnas de madera vieja. En una plancha oscura que hay por encima del arco se puede leer: “Parroquia de San Pedro Ad Víncula”. Ya en su interior la iglesia no tiene nada que llame la atención: un pequeño retablo desangelado que alberga la imagen de un San Pedro chiquito y casi irreconocible, varias tallas destartaladas y un artesonado fácil, pintado de gris, por encima del presbiterio.
-¿A que santo tienen en el pueblo por patrón?
-A San Antonio. Lo celebramos el trece junio. La iglesia es vieja y está muy mal, ya lo ve usted.
A la salida nos queda el pueblo abajo. Los tejados de pizarra nos devuelven los reflejos del sol sobre la vista. De alguna chimenea cercana sube recto el hilo de la humareda a perderse en el ambiente puro de la mañana. No se oye un ruido. Los hombres del pueblo se han reunido a la sombra del olmo de la plaza. Son casi todos hombres ancianos, que gustan escuchar con atención los cuentos del Tío Alejandro, oídos por enésima vez y en aquel mismo sitio. El Tío Alejandro, apoyado en su garrote, con sus gafitas de doctor cargado de años y su sonrisa picarona, les cuenta las hombradas y las bravatas que protagonizó cuando servía al Rey en Larache. Historietas que sesenta años más tarde cobran emoción y realismo en su voz cascada.
- ¡Qué moras, chicos! ¡Si las hubierais visto! Aquello eran mujeres guapas, ya lo creo.

(N.A. Noviembre, 1983)