miércoles, 10 de junio de 2009

MONASTERIO


El nombre, no hay quien lo dude, es un nombre solemne y conven­tual, un nombre con olor a incienso y con imágenes para el subcons­ciente que fijan en la memoria hileras fervorosas de monjes medie­vales, discurriendo por los claustros en silencio con la cabeza en­capuchada o entonando salmodias que en rancios latines hablan a los hombres del gozo de la vida retirada. Pero no es así, en Monasterio no hay ningún monasterio y es muy posible que no lo haya habido nunca.
- Eso yo no se lo puedo decir. De la historia de aquí, los del pueblo sabemos muy poco. Dicen que si en las antigüedades pudo ha­ber un monasterio, qué se yo. Algunos vienen equivocados creyendo que esto es algún convento y van y se encuentran con un pueblo ma­lato. La plaza sí que fue un cementerio.
Las tierras de Cogolludo, pasadas sus torres y el pueblo de Ar­bancón donde uno se acerca en un instante a saludar a su amigo Hermenegildo Alonso, se adornan con un mar de trigales a punto de hoz.
Los modernos medios han hecho de los oterillos serranocampiñeses campos de cultivo. Ya en las inmediaciones de Monasterio se dejan ver por el hondo los tejados ocre de la aldehuela, escondidos tras el ra­maje mimbreante de las choperas que pueblan el vallejo. La perdiz se sacude entre los escombros de una casilla hundida al mismo tiempo que las nogueras proyectan sobre el herbazal una sombra negruzca, una sombra evasiva en la que uno piensa de pasada para huir del verano y de­ sus rigores e impiedades. Luego hay una fuente que apenas si mana y otra caudalosa algo más abajo, siempre a la sombra de los árboles; un lavadero pequeñín con dos albercas y un puente bajo pasadizo es­trecho por donde se cuelan las aguas en reguero del río Aliendre. Más arriba, en seguida el pueblo, al otro lado del bosque impenetrable de maleza que crece al amparo de la humedad entre los troncos. Mo­nasterio, en principio y sin haberme dejado caer sobre sus calles, es el pueblo de las soledades y de las sombras que hace siglo y medio hubiera gustado saborear a los poetas del Romanticismo.
- Aquí no hay juventud. Cuando había juventud jugaban en la plaza a la pelota. Llevamos para el caso más de treinta años sin jóvenes.
- Ni jóvenes ni mayores, señora Catalina.
- Eso mismo que usted dice, ni jóvenes ni mayores. Unas dieciséis personas creo que somos. Casas abiertas hay algunas más de los que viven fuera.
Me encuentro con doña Catalina y con doña Emilia sentado al sol sobre un poyo en la misma plaza del pueblo. Frente por frente se ve el juego de pelota descascarillado y solo. Hacia los callejones caca­rean las gallinas sin gana a la hora de la siesta. Las gallinas de Monasterio son blancas y azafranadas, están afónicas cuando llega el verano y se asfixian de calor teniendo en el vallejo las sombras tan cerca.
- Ya ve usted. Con este tiempo, los animales milagro que no se asan. Cuando la tarde cae refresca un poco.
Uno no sabe de quién será la culpa, pero es lo cierto que las calles estrechas y pintorescas de Monasterio están sin pavimentar. Son calles cuestudas, tropezosas, de piedra y cantos. El abuelo Gregorio Herrera baja hacia la plaza con un azadón al hombro y una hoz que no tiene dientes, sino cuchilla.
- ¿A quién piensa matar el hombre con ese instrumento?
- Pues, qué se yo, A quien me comprometa.
Monasterio es un pueblo pequeño, encantadoramente rústico, sus casas suelen ser de adobes y de entramado con piedra vista en el sos­tén de las paredes. Es un pueblo que, a cuatro pasos poco más de an­dar por él, tires en la dirección que tires, se acaba inmediatamente. Por las afueras que dan al barranco hay lienzos de paredón correspon­dientes a casas que ya se hundieron. Una mulilla negra pace tranquila mirando de vez en cuando a los chopos de la vega que suenan con el viento. El cerro de los Castillejos al frente se cubre con todo un manto de jarales en flor, con flores blancas como las de los algodonales. Mientras tanto, del cerrillo donde está el depósito del agua, ba­jan los cables de las antenas de la televisión hasta las casas, sostenidos con horquillas de palo para no dar en el suelo.
- Eso lo ponen porque las antenas en el tejado no sirven para nada. Como el pueblo está en un bajo se ve muy mal.
- Ya me lo imagino.
Las calles de Monasterio se ve que están olvidadas y desatendidas, se adivina en seguida que el ayuntamiento es de contados recursos económicos. Tras las cercas de los huertos, las olivas y los sabucos dan sombra a las piedras del ribazo. Tres perrillos enfadados se lanzan a mí desde la plaza un poco a la desesperada. Uno, que sabe muy bien que ni en Monasterio, ni en El Olivar, ni en Valdeconcha, ni en Alaminos, ni en muchos pueblos más es santo de su devoción para los chuchos, se echa a temblar con un miedo atroz, pero intenta disimularlo para despistar al enemigo. Antes de pasar a peores, un señor que sigue la escena de cerca, llama la atención varias veces a los perros hasta que me de­jan en paz.
- No le hacen nada. Ese más jovencito está medio enrazao con esos que dicen "salchichas" y se enfada mucho, pero no muerde.
El hombre me ha dicho que se llama Daniel Recuero. Le explico que un viejo amigo mío, el señor Cruz de Arbancón, ya difunto, me contó en tiempos que para el Cristo llegaban a Monasterio los arbanconeros y les soltaban los cochinos por las calles.
- Sí, alguna vez lo hicieron en la fiesta de septiembre. Vienen en romería a los praos y allí hacen el arroz y se pasa el día muy bien. Sacamos el Cristo en procesión, se subastan las rosquillas y los cuatro ramos. Es muy bonito todo.
- Lo celebrarán el catorce de septiembre, como en todas partes.
- Bueno, ahora para que acuda más público se pone el sábado y domingo de esa misma semana.
La abuela Elvira es la señora del alcalde de Monasterio. Es una mujer muy agradable y bondadosa, que me ha reconocido inmediatamente.
A la abuela Elvira no le gusta que diga su nombre en los periódicos, porque una vez vinieron los de la televisión y la sacaron desgranando judías.
- Menudas risas luego, mire usted. Me parecía yo a las viejas esas que sacan de los pueblos.
- Ya, pero por mí no se preocupe. Le aseguro que no la voy a sacar en ninguna parte desgranando judías.
Mi amigo Daniel Recuero, en vista de la admiración que siento por la abarrocada espadaña de la iglesia, con su doble campanil su cruz de forja, me invita a echar un vistazo a la iglesia en su inte­rior.
- Tiene poco que ver, le advierto.
Se pasa por un portalejo interior que tiene un arco adovelado muy bonito. Ante el trozo de una lápida -tal vez de algún sepulcro- que hay incrustada en la pared, mi acompañante aclara que es una piedra labrada de las de “antiguamente”, que nadie sabe los años que aquello tendrá. La iglesia, como cabe suponer dada la escasa po­blación que siempre tuvo Monasterio, es pequeña. Tiene una sola nave blanqueada y un coro al respaldo. Sobre el muro central del presbite­rio está la imagen del Santo Cristo, otra de San Pedro Apóstol y alguna más que no soy capaz de reconocer.
­- Esa es Santa Quiteria. Para su fiesta se dan a la gente sopas de pastor en un canastillo después de la misa. San Pedro es el patrón de la parroquia, como si dijéramos.
Resulta admirable la extraordinaria erudición que las buenas gentes de los pueblos tienen acerca de las cosas del pequeño mundo que les rodea, y sobre todo, el cariño que suelen poner al contarlo al forastero que llega deseoso de saberlo todo.
- No ve que hemos vivido aquí toda la vida.
El alcalde del pueblo se llama Manuel Elvira Criado. Es un señor mayor, esposo como ya se apuntó de doña Elvira, y que a eso de la me­dia tarde está pacientemente en la esquina preparando su muleta para salir al huerto. La mula del señor alcalde es una mula paciente y me­diadora; cuando le echan las aparejos y la alforja terciada sobre el lomo, el animal agacha la cabeza dócilmente sin decir ni pío.
- ¿Qué quiere el alcalde de Monasterio que cuente a los lectores de la provincia y de fuera de ella?
- Nada, ya ve usted. Que vivimos muy tranquilos y muy en paz en el pueblo. Que se acuerden de nosotros para todo, para darnos también, que buena falta nos hace.
- ¿Y qué más necesitan, si lo tienen todo: tranquilidad, tantos ár­boles que esto parece un paraíso, y siempre un cantero de pan y algo más que llevarse a la boca?
- En eso tiene usted razón, pero aquí hay que echar muchos miles de duros en arreglar las calles y eso no lo tenemos.
La señora Leonor, la de Teléfonos, me ha salido a saludar con la puesta de las gallinas en las dos manos: cuatro huevos frescos, calen­titos aún, palpitantes. Luego, la mujer deja los cuatro huevos sobre el poyo y se sienta a descansar tranquila, a la sombra de la casa.
Los claros de la tarde de junio sacuden por encima de las choperas la harina fogosa de la canícula. Cuando al cabo de un rato de gozar en solitario junto al borde de la fuente, a la sombra de los árboles que en la capota sigue domando el viento, me alejo de Monasterio carrete­ra arriba por el mismo camino por donde entré. El señor Manuel Elvi­ra Criado, el alcalde, corona la cuesta montado en su rocín como un nuevo caballero andante, dibujando en el abierto horizonte serrano-campiñés una silueta evocadora, típicamente cervantina.

(N.A. Julio, 1986)