miércoles, 4 de marzo de 2009

CONDEMIOS DE ABAJO


Los vientos glaciales de Sierra de Pela gimen por el alto, con­virtiendo en chupón de hielo el mástil que campea sobre el pino to­rreón del castillo de Atienza. Mirando a1 poniente, los nubarrones se acolchan tapando las cumbres blancas de los cerros de Riaza y a mitad, prevalece el blanco edredón de la última anochecida en las colinas y vallejos donde se juntan las dos Castillas.
Las aguas de los arroyos que cruzamos al pasar se han endurecido en placas planas, asidas a los matochos y a los yerbazales del cau­ce. El pueblecito de Cañamares, que no ha tanto recorrí calle por calle, esquina por esquina, en tiempo más apetecible que el que hace hoy, duerme moribundo en torno a la puente románica bajo el mantón de nieve. Albendiego hiberna entre los álamos, recogiendo en el fon­do del vallejo la luz fría que le reflejan los montes. A la diestra Somolinos, el de las espectaculares heladas, guardián de hados y de ninfas que festejan bajo los rizos transparentes de la laguna, cuyos secretos nos hemos propuesto conocer y sacar a la luz en un futuro más o menos lejano.
El automóvil amenazó en algún momento con salirse de la carretera, y el conductor debe caminar por estos vericuetos serranos palmo a palmo. El conductor anda mustio como las hojas de las estepas. Le vie­nen a la memoria los lazos que desde su juventud le vinculan a estas tierras, y se ha parado a pensar que será Condemios de Abajo el últi­mo pueblecito que visite por las elevadas latitudes done ahora va como cazador de impresiones. Los otros pueblos de la comarca los ha recorrido, uno por uno, durante los últimos cinco años.
Condemios de Abajo, el menor de los dos Condemios que por razones de bastardía vive como un poco a la sombra de su homónimo de Arriba, el hermano mayor, queda al pie de los cerros blancares de Los Llanos. Unas vacas mordisquean la nieve en las cercas que avecinan los chalés que hay a la entrada. La poca gente que aquí vive se ha bajado al sol de 1a carretera, en la explanada donde vende desde su furgón e1 fru­tero de Congostrina. Al pie del mercadillo ambulante hay dos señoras con de1antal y dos hombres vestidos de pana antigua. El frutero, al que uno conoce de viajes precedentes, 1e invita a un puñado de casta­ñas que saca del cajón. El frutero de Congostrina y el pescadero de Atienza son fieles durante todo el año a su servicio en la sierra, cosa que no hacen los demás, los que suben con el buen tiempo y ruido de megafonía a comerse la sopa boba en época estival. Uno no sabe si el público se lo tendrá o no se lo tendrá en cuenta.
En Condemios de Abajo hay en realidad dos calles cortas que suben paralelas hasta la iglesia, dejando entre ellas enormes casonas de hace más de dos siglos, separadas por alguna que otra travesaña en donde, por lo general, no vive nadie. Son paredones los de estas viviendas en los que se empleó para su construcción el primer material que vino a mano: caliza, arenisca rodena, piedra de pizarra. Un tratante de Soria, bien abrigado, se resguarda del viento poniente en los esca­lones de la iglesia, mirando al pinar. Ahora viene hasta nosotros el señor Goyo, el alguacil, que es una de los dos caballeros que encon­tré junto al muchacho de la fruta. A Goyo, el alguacil, le explico quien soy y cual es el motivo de mi viaje. Después le invito a to­mar lo que le apetezca en la taberna de la Angelita, que nos atenderá cuando vuelva del casillo de echar el pienso a los corderos.
- ¡Hombre, claro; como que vamos a ser igual que los de la capi­tal, que viven del cuento. Aquí no hay más remedio que trabajar; para vivir luego como los perdíos.
- Tampoco será tanto; vamos, digo yo. A las ovejas aun les sacan al año un par de crías, que valen muchos duros, ¿no?
- ¡Hombre, pachasco! Si se les desteta un poco pronto, claro que dan dos crías. Y aun así, qué...¿Y lo esclavo que es esto? ¿No dicen que la vida está tan mala por ahí? Pocos se vienen al pueb1o a pelear con el ganao. Eso para los cuatro tontos que nos quedamos porque no hemos sabido ganarnos el pan en otra parte..
La taberna de la Angelita ocupa un trozo del portal y tiene bien un poco de tiendecilla. No es que se pueda hablar de bar o tienda con absoluta propiedad, pero lo más imprescindible casi siempre la hay.
- Oiga ¿Se puede saber qué es la que escribe?
- Todo lo que usted me cuenta.
- ¡Ay, madre¡ Este me saca a mí en los papeles como sacaron al Juanón de Prádena. Pues no pienso decirle cómo me llamo.
- Bueno, pues ya me enteraré y diré que es usted una señora muy antipática.
Goyo, el alguacil., y otro señor mayor que encontramos en una tra­vesaña muy bien señalizada de amarillo y que dice Calle de la Iglesia, me contaron que el pueblo tiene ayuntamiento propio, que pagan al secretario la parte que le corresponde y que no tienen que estar a expensas de nadie. Me hablaron también de que la fiesta mayor es pa­ra la Virgen de Septiembre, pero que cuando no cae en sábado se sue­le adelantar unos días para que no haga trastorno a los de fuera.
- ¿Cuántos pregones da usted al día?
- Depende. Algunos días dos, otros uno, y otros ninguno. Si no hay en el pueblo mas que treinta y tantos habitantes. No vienen los vendedores casi.
- A veinte durillos por pregón; qué menos.
- Nada de eso. Ocho duros o diez cuando más.
En una de estas travesañas, nos paramos a ver las artísticas inscripciones que hay sobre los dinteles, en ambos lados de una custodia señalada con pulcritud: "Alabado sea el Santísimo Sacramento", dice en dos de ellas, frente por frente.
- Ganado sí que tendrán bastante.
- Qué va. Hay tres dueños, pero hacen un solo atajo. Y cosa de vacas, cuarenta como mucho.
Acabamos de pasar al lado de un saliente de piedra que forma un semicono pegado a la pared. Me dice el alguacil que era un horno familiar, de cuando se cocía el pan en las casas.
- Ahora ya ni eso. Nos lo traen hecho del otro Condemios.
Bajamos el señor Goyo y yo hundiendo los pies en la nieve. Por encargo de un conocido común vine a Condemios con interés por salu­dar al vecino don Eustasio Martín, e1 antiguo carpintero. Me reci­be en casa su mujer, la señora Telesfora, que anda por la cocina limpiando una madeja de intestinos para hacer los chorizos. Todavía es la matanza para muchos vecinos de la sierra un acontecimiento fami­liar con categoría de verdadero rito.
-Lo que pasa es que ya no cría casi nadie los cochinos. Somos viejos y no tenemos apaño. Se compran ya hechos para la matanza y se sale mejor.
-¿Por donde anda el abuelo Eustasio?
-Acaba de salir en este momento con el nieto. Ha bajado donde las cercas a cortar unos cuantos mimbres para colgar los lomos.
-¿Cómo lo hacen?
-Pues, cuando están bien salados se cuelgan con mimbres en vez de con cuerdas. Por estos pueblos se hace así.
La señora Telesfora me ha preparado, para entrar en reacción, un vasito de vino y un plato con una enorme loncha de jamón acabada de cortar en la despensa. Le digo que no quiero, que he desayunado ya, que muchas gracias; pero la mujer insiste y creo más prudente acep­tar un poquito de jamón, para que no diga, y un sorbo de tinto.
- Muy rico, sí señora.
-Aquí, gracias a Dios, hasta ahora no nos ha faltado nunca. Ma­tamos dos cochinos: uno para nosotros y otro para la hija que vive en Madrid. Con poca cosa preparamos nuestro apaño. Si no fuera por la matanza, en estos pueblos no se podía vivir.
El techo de la cocina está tapado, hasta no caber más, de morci­llas frescas que penden de los palos y de aros gruesos de chorizo colocados a secar. La abuela me enseña ahora el resto de la cana1, colocada cuidadosamente en dos artesas de madera superpuestas, en 1a despensa contigua a la otra de donde sacó el jamón.
-Mire, la gamella grande es la carne, los huesos y todo eso. En la pequeña tengo los lomos.
Enseguida llegó el abuelo Eustasio con su manojo de varillas de mimbre para colgar los lomos. Lleva unas gafas de cristal grue­so y me dice que le han operado de cataratas. El abuelo Eustasio es un señor excelente, con un sentido exacto de la familiaridad y de bondad innata, como suelen ser los ancianos de la sierra. Hombres y mujeres que dedicaron su vida a trabajar en las peores condiciones para sacar la familia adelante, y hoy, agobiados por el peso de la edad y por el recuerdo de aquellos hijos que se fueron del pueblo en busca de algo mejor que aquellas cuatro montañas, dejan el tiempo correr sin esperar nada.
- Ahí está. La vida es así. Antes fuimos nosotros jóvenes. Qué tendrá la dichosa vejez, que nadie la quiere. Y si no se llega a ella, eso es todavía peor.
No es mucho más lo que en una mañana cruda del mes de enero el que llega de improviso puede encontrar en lugar tan poco conocido y tan solitario como Condemios de Abajo. A poco más de un kilómetro hacia las puestas del sol se deja ver, difuso tras la desnuda alameda de los prados, el pueblo vecino, con igual nombre que este tranquilo pueblecito de la Sierra del que nos dispo­nemos a salir cuando el astro rey nos mira en oblicuo desde las montañas del mediodía.
Atienza y su comarca toda, una reserva de tipismo y de costumbres que se resisten a desaparecer y a las que es obligado sorprender en su sitio, en donde están, haciéndose uno más de estos sufridos habitantes por quienes el viajero siente desde antiguo verdadera devoción. Cuando ya en las afueras me despido de Pedro, el yerno de mi amigo el señor Eus­taquio, un nubarrón oscuro -nunca se sabe lo que llevará dentro- ha dejado al pinar y a una considerable porción de la comarca en penumbra. Las columnas del Alto Rey, allá en frente, cortan el viento frío que viene del poniente.

(N.A. Febrero, 1985)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que de buenos recuerdos...Lo que daría por volver un dia al bar de la Tia Angelita a por unas "chuches",que yo por entonces tenía 8 años.
Una bonita manera de recordar a algunos de los que ya no estan, y a los pocos que permanecen.
Condemios al final, es mucho mas que un par de calles y una matanza, eso lo aseguro.