miércoles, 3 de diciembre de 2008

ABÁNADES


Mirando con desacostumbrado interés el mapa mural en donde uno ha ido señalando en circulitos marrones y azul celeste los ciento y más pueblos de Guadalajara en que, por espacio de un bienio de caminar sin descanso, la suerte le quiso llevar, se da cuenta enseguida de que a mitad de la cartulina existe una laguna en blanco, una calva que viene a coincidir en el espacio con aquellas tierras de la provincia donde el Tajuña se viste de mocedad antes de decidirse por entrar en la Alcarria.
Un callejón encajado entre rocas nos va introduciendo, con el sol de frente, en la hoya natural en la que se esconde Abánades. El pueblo saluda al viajero desde los muros de la iglesia, alzada como remate a una loma agreste que las gentes conocen por el Castillo. Un puente pintoresco entre las chope­ras por cuyos ojos se cuelan casi congeladas las aguas del río, y que habrá que atravesar despacio, con la vista ocupada más bien en aquel encanto de naturaleza en hibernación, nos dejará poco después en el corazón del pueblo.
A primera vista, Abánades es un lugar que desconcierta. La limpieza y pulcritud de sus calles céntricas, y el porte casi señorial de tantas viviendas como al visitante acaban de sorprender en éste su primer encuentro, van en perfecto des­acuerdo con la idea inicial que pudiera haber motivado el viaje. Media docena de señoras enlutadas vienen desde la ermita de Las Mercedes camino del pueblo. Frente al juego de pelota, una casona en ruinas espera, si no hay nada ni nadie que lo impida, ver cómo se cumplen los cuatro siglos de su existencia; todo un historial de escombros y de palitroques todavía en pie, cuya venerable identidad queda patente sobre las piedras del ventanuco, debajo de una inscripción piadosa que no pude leer y de un escudo sencillo, picado en 1586.
- Pues no es usted el primero que se le queda mirando. Ya han venido algunos de fuera a ver si se la venden.
- ¿La casa?
- No, la casa no, la piedra. Según dicen, vale muchos cuartos.
- En este pueblo, además de la piedra, yo creo que hay muchas cosas más que merecen la pena. Parece muy bonito.
- Si se fija usted bien, estamos como en una isla. Entre el río y el canal nos rodean por todas partes.
Ángel Huerta decía la verdad. Fijándose bien, Abánades es una isla. Una isla sin mar ni nada que se le parezca; sólo campos llanos de regadío en los diferentes vallejos que lo circundan y un pueblo escalonado, como un cogollo que flamea al sol sobre el declive del cerro del Castillo, simulando remotamente una antigua ciudad bíblica de mercaderes, de patriarcas y de gentes de bien.
Por la calle de los Pradillos, la más baja y soleada de Abánades, paralela siempre al canal que corre al otro lado de los huertos, ya venían junto a mí Vicente y Gonzalo. Vicente Tinajas, Vicente en realidad, es un joven maestro a quien debo entre otras cosas su compañía, su atención y su acertado asesoramiento. Vicente suele colaborar, siempre que sus ocupa­ciones se lo permiten con don Germán, el párroco, en la revis­ta Gaceta Literaria, donde, con mejor voluntad que medio­s, van sacando a la luz cada treinta días el acontecer munici­pal más sobresalien­te, la lección y los comen­tarios de quiene­s, por amor al terruño, tienen a bien aportar su granito de arena en cada número. En la calle de los Pradi­llos, una señora se come al sol con entusiasmo un buen cantero de pan y una manzana hermosa, sentada a la puerta de su casa.
Aprovechando el ascenso entre callejuelas y cuestas en los barrios altos, mis amigos me fueron contando lo que de novedoso pudiera tener un pueblo donde apenas ocurre nada. Así supe que la población, de hecho, no va más allá de las ciento treinta o ciento cuarenta personas; que los paredones de piedra suelta que se ven encima del cerro del Castillo no son restos de fortaleza alguna, como pudiera parecer, sino trin­cheras y parapetos de cuando la Guerra; que hasta hace poco, Abánades y siete pueblos más, se estuvieron alumbrando con luz de su propia central en el Tajuña y que aquello no era ni luz ni nada que se le pareciese; que es el lugar más habitado de la comarca, y que los viejos -también es fatalidad- tienen casi todos la tensión alta.
- Si no todos, la mayoría sí que tienen la tensión alta. Y algo de culpa habrá que echarle a la bebida, porque la médica, lo primero que ha hecho es prohibirles el vino, y desde enton­ces andan los hombres como sonámbulos, que no se aclaran. Antes, en cuanto aparecía el vinatero, ya se les veía por la calle con su garrafilla acuestas.
- El pueblo, en realidad, no tiene aspecto de vivir mal.
- No, mal no se vive. Del campo. Pero si sale, la gente se marcha a ganar el jornal, que deja más. Hay algunos que se van a las truchas, a Renales. La vega no puede ser mejor para las hortalizas, y como hay toda el agua que queramos...
- ¿A qué colegio llevan los niños?
- Aquí. Tenemos una escuela con veintitantos chicos de matrícu­la.
La sorpresa de su iglesia románica, dominando desde la solana toda la coraza municipal de Abánades, justifica con largueza la visita al pueblo. Seis arcos de medio punto que vienen a descansar sobre doble columnata con capitel labrado, hacen del pórtico uno de los rincones más bellos y apacibles que hasta el momento hayamos tenido la suerte de conocer. A través de los arcos, el pueblo se dibuja con una fisonomía personalísi­ma, paradisíaca, completando la mano del hombre el encanto de aquella naturaleza anónima y feraz que se extiende a lo largo y a lo ancho de sus dos vegas, y sube hasta las alturas dando lugar a las moles gigantes del Rondal y de la Muela, en medio de un ambiente provocador de absoluto mutismo.
Un buitre otea en el azul con vuelo majestuoso por encima de los montes. A nuestro lado, el tiempo hecho piedra, y un poco también -triste es decirlo- la indignación y la penuria.
- Se hundirá la iglesia, y el pórtico y todo; ya lo verá usted. Si no la arreglan acabará por venirse abajo.
Un rayo debió ser la primera causa del lamentable estado en el que la iglesia de Abánades se encuentra hoy. Después las lluvias, las heladas, los vientos, han ido regando con escom­bros desprendidos desde la cobertura el piso del presbiterio.
- Es cosa de un millón de pesetas para arreglar el teja­do, y habrá que sacarlo de alguna subvención. Lo demás, con cuatro hacenderas de los vecinos se podría solucionar.
- ¿Dónde se celebran ahora los actos de culto?
- En la ermita de Las Mercedes. Allá abajo. Como aquello nos va solucionando el problema, parece que no es tan urgente el arreglo de la iglesia, pero sí que lo es; cada día que pasa, mucho más.
- La parroquia está dedicada a San Pedro, y en ella conservan aún alguna que otra imagen, retablos y parte de los enseres de la ornamentación. Un lienzo reciente representa, suspendido del muro, a la Sagrada Familia del establo. El lienzo está firmado por Tossan, un veraneante que lo donó a la parro­quia.
El Tío Alberto es uno de los ancianos de Abánades afec­tado por la campaña antialcohol promovida por la doctora. Es un señor simpático, que sabe mucho. El Tío Alberto nos contó por encima la historia de San Llorente, un pueblo que hubo hace mucho tiempo allá, por el cerro del Cornero, y del que tan sólo han llegado hasta nosotros las ruinas y una intere­sante leyenda en la que bien merecería la pena profundizar.
- Pues sí señor, aquel pueblo, cuentan que se llamaba San Llorente, y por lo visto era muy pequeño. La cosa es que se envenenaron todos los vecinos con el chocolate de una boda. Todos, menos una vieja que estaba por el campo cuidando los cochinos. La vieja se quiso venir aquí, pero se perdió y fue a parar a Sotodosos. Por eso, la Magdalena que tienen en Sotodo­sos era la patrona de San Llorente, que se la llevaron los de aquel pueblo y allí está. Eso es lo que siempre hemos oído contar.
Pero la nota distintiva de nuestro pueblo es el agua. Abánades, aparte de su privilegiada y pintoresca situación en medio de aquel juego de contrastes, es todo él una fuente inagotable. Por la margen izquierda del Tajuña, que escapará de allí doblado su caudal, el campo es un continuo manar que va discurriendo en direcciones múltiples a la busca del río.
- Se dice que el nombre del pueblo viene de agua y ána­des.
Un monolito, a modo de torreón de ladrillo, arroja por sus cuatro caras catorce chorros gruesos de un agua riquísima, además del sobrante, que equivale muy bien a media docena de chorros más. Al otro lado del camino surge bajo las peñas el Canalón, un manadero casi torrencial de agua potable que vierte sobre un viejo pilón en el que, Doroteo, hombre versado al parecer en tales menesteres, está lavando unos cuantos jamones que llevó hasta allí en una carretilla, aprovechado la chorrera del desagüe.
- Esto no son jamones, no señor. Aquí les decimos brazue­los. Los jamones son los de la parte trasera del cerdo, y esos tienen que estar más tiempo en sal. Ahora los tendré unos días al humo en la chimenea, y luego a colgar.
Con el son casi imperceptible de los manantiales en can­ción permanente, y la luz de la mañana reflejándose sobre el cogollo albo del caserío, Abánades es un pueblo hermoso, de una belleza delicada que trasciende al carácter abierto de sus gentes. En el bar de Pedro acabamos por tomar algo en amigable tertulia hasta más ver. Los niños pasan la mañana jugando por las tierras cercadas del Molino Viejo, escondiéndose y volviendo a aparecer entre la maleza, las piedras y los troncos desnudos de la chopera. En lo alto, otra vez los muros de la iglesia, ocultando desde aquí el capricho de su pequeño atrio, cuyo recuerdo uno conserva con cariño y con admiración grandes.
(N.A. Febrero 1982)